Lejos
-Pero si prometió llamarte…
-No es lo mismo, Yamila. Él ya no está. Se ha ido lejos. Muy lejos.
-Hablas con él todos los días, Diana. Además, dijo que vendría cada dos meses… vamos, ya deja de llorar. Es lo que siempre ha querido.
-¡No quiero dejar de llorar! ¡Tú harías lo mismo si sólo pudieras ver a Ernesto cada dos meses!
Yamila se quedó muda. Una profunda tristeza invadió su rostro, que instantáneamente adquirió un tono grisáceo. Miró el suelo, y Diana pudodivisar una lágrima cayendo por su mejilla. Recién en ese momento se dio cuenta del error que había cometido.
Ernesto había muerto hacía un poco más de un mes. Fue terrible. Diana nunca había visto tan destrozada a su amiga, y eso que la conocía desde que eran niñas. Cuando llegó al velorio la encontró apoyada en el ataúd, llorando amargamente. Su cabello rubio contrastaba totalmente con el vestido negro que llevaba. Tenía los ojos rojos de tanto llorar, y el rostro pálido por el miedo, la tristeza y la confusión. Ernesto, el amor de su vida, el chico del cual había estado enamorada desde los quince años, había dejado de existir. Todo su futuro había desaparecido de pronto. Iban a casarse a fines de año. Yamila tenía un mes de embarazo. De un día para otro Ernesto había desaparecido para siempre, dejándola sola con tan solo veintidós años y un bebé en camino.
-Daría todo por ver a Ernesto cada dos meses, ¿sabes? Lo amo.
Yamila comenzó a llorar en silencio.
-Yami, no… perdóname, lo olvidé, te juro que no fue mi intención.
Ahora eran dos las que lloraban. Yamila se tocó el vientre.
-Sólo me tiene a mí, Diani. Me aterra pensar que me pase algo y se quede solito.
-No te va a pasar nada. Nos tenemos la una a la otra.
Yamila volteó a mirarla, esperanzada.
-¿Quieres ser la madrina, Diana?
Diana abrazó fuertemente a su amiga.
-¡Claro que sí, hermana! Te prometo que va a ser el bebé más feliz del mundo.
-Gracias. ¿Sabes una cosa? Si es hombre, se va a llamar Ernesto.
-¿Y si es niña?
-…Diana…- susurró.
-¿En serio, Yami?
-Sí. Te quiero, hermana. Eres todo lo que tengo. Mi familia no está acá. Ernesto se ha ido. Sólo me quedas tú.
-Yami…
Diana y Yamila se abrazaron fuertemente. Se necesitaban la una a la otra más que nunca. Diana decidió dejar de lado su tristeza y darle prioridad a Yamila. Tenía tan sólo veintidós años, acababa de perder al amor de su vida, y en menos de siete meses iba a ser mamá. Diana miró a su amiga y pudo notar que su vientre plano comenzaba a notarse. Lástima que Ernesto no podía verlo. Lo había hecho tan feliz…
Ya era tarde y el cielo comenzaba a oscurecerse. Diana se despidió de Yamila y caminó a su casa, que hasta hace poco había sido también la de Israel.
Israel había sido el primer amor de Diana. Se gustaban desde que ambos estaban en primero de secundaria. El primer beso de Diana había sido con él. Habían estado juntos hasta los catorce años, cuando Diana se fue a vivir fuera del país. Diana volvió para cursar su carrera universitaria cuando teníadieciocho, y ahí se reencontró con Israel. Desde entonces habían sido novios. Llevaban un año viviendo juntos cuando a Israel le otorgaron una beca para terminar sus estudios en una prestigiosa universidad en el extranjero. Debía estar fuera del país por dos años.
Finalmente Israel se fue. Llevaba menos de cuatro semanas lejos, pero había sido suficiente para destrozar el corazón de Diana. Ni las miles de llamadas ni los mensajes de texto llenaban el vació de no tenerlo a su lado. Extrañaba besarlo, abrazarlo, dormir a su lado, despertar junto a él cada día. Pasaba los días triste y enojada; no hablaba con casi nadie, cosa extraña en ella. Por las noches se quedaba despierta por horas, y lloraba al no sentirlo a su lado.
Eran las seis y media de la tarde. Diana estaba a cinco cuadras de su casa. El cielo estaba oscuro y las calles, solitarias. Escuchó unos pasos que la seguían, así que caminó más rápido. Cuando dejó de escuchar los pasos volteó, y pudo ver a un hombre ocultándose entre las sombras. Diana sintió miedo.
No lo pensó dos veces y se echó a correr. El hombre la siguió. Ella se desvió de su camino y corrió hacia la casa de Yamila. El corazón le latía muy rápido a causa del miedo.
Llegó al parque, frente al edificio donde vivía Yamila. Era grande y solitario, y los árboles tapaban la poca luz que los faroles podrían brindar. De día era un parque lindo y acogedor; pero de noche se tornaba oscuro y tenebroso.
Diana se escondió entre los árboles. Miró hacia atrás, temblando. Ya no había nadie. Se quedó parada ahí un rato, reuniendo el valor suficiente para salir y seguir su camino.
Cuando por fin se decidió, no pudo dar ni tres pasos ya que su persecutor la abrazó por detrás, inmovilizándola y obligándola a mirar hacia el frente.
-Suéltame- ordenó Diana.
-Pensé que nunca dirías eso, princesa.
Él la soltó para que Diana pueda verle el rostro. Ella gritó y lo abrazó con fuerza. Cayeron sobre el pasto. Diana lloraba de la emoción.
-Mi amor…
-No aguantaba ni un minuto más lejos de ti.
Israel secó las lágrimas de Diana y la besó con ternura.
-Pero… ¿Cómo? ¿Y la universidad?
-Aunque quisiera estudiar allá, también puedo hacerlo acá. Pero no puedo ni quiero vivir sin ti. Voy a estar a tu lado por el resto de nuestras vidas. Te amo más que a nada en el mundo.
-Yo también te amo, mi vida. Te juro que te extrañé demasiado. Nunca había extrañado tanto a alguien.
Israel rió con una felicidad que no sentía desde hace mucho tiempo.
Los días para Yamila pasaron uno tras otro, sin diferencia alguna. La rutina la agobiaba. Se le veía enferma y cansada. Hacía lo que podía para llevar ese vientre enorme que cada día crecía más y parecía acabar con ella. Unas ojeras se instalaron en su rostro permanentemente. Le costaba sonreír, no podía hacer mucho esfuerzo y sentía que iba a desmayarse en cualquier momento. Lo único que parecía alegrarla era el pensamiento que cada vez faltaba menos para tener a su bebé en brazos.
Yamila entró en labor de parto una lluviosa tarde de invierno. Diana e Israel la acompañaron en el hospital, aunque no se les permitió ingresar a la sala de partos. Los doctores echaron a Yami en una camilla y ella le sonrió a Dianaantes de que se cierren las puertas.
Los minutos parecían hacerse eternos. Diana temblaba y lloraba mientrasIsrael trataba de calmarla. Ella era la única que sabía que Yamila podía no salir viva de esto.
Luego de lo que para Israel y Diana pareció una eternidad, un médico salió a hablar con ellos.
Había nacido una niña preciosa. Estaba completamente sana y tenía el peso y tamaño adecuado. No le faltaba nada.
Excepto unos padres. Lo que tanto temía Diana había sucedido.
Yamila había muerto minutos después de dar a luz. Según el médico, apenas nació la bebé, Yamila le dio un beso y luego cayó en un profundo sueño del cual nunca iba a despertar.
Diana no pudo decir nada. Se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.
Meses atrás, Diana le había hecho una promesa a Yamila. Era un secreto entre ellas dos. Nadie más debía saberlo.
-Diana, debo decirte algo. Pero prométeme que guardarás el secreto.
-Lo prometo, hermana. Puedes confiar en mí.
-Yo… necesito que te hagas cargo de mi hija. Necesito saber que no estará sola. Por favor, Diana, dime que lo harás.
-No te entiendo, Yami.
-Tengo cáncer, y no creo que sobreviva al parto. El médico dice que es un esfuerzo demasiado grande para mí. Es ella o yo.
-Pero… ¿desde cuándo sabes esto?
-Poco después de enterarme que estaba embarazada. No quise decírtelo para no preocuparte. Los médicos dijeron que por mi estado no podría recibir ningún tratamiento, ya que podría afectarle a mi hija. En serio, siento que no sobreviviré. Pero ya es hora, Diana. Tengo siete meses. Muy pronto nacerá mi bebé. No quiero pensar en que no tendrá a nadie. Sé que tú cuidarás de ella por mí. Por lo que más quieras, prométeme que lo harás.
-No digas esas cosas. Vas a vivir, Yamila. Vas a ver crecer a tu hija, y yo voy a estar a tu lado. No te voy a dejar sola.
Ambas tenían los ojos llenos de lágrimas.
-Pero… si me pasa algo… ¿Tú e Israel cuidarían de ella?
-De eso nunca dudes, Yami. Nunca.
-Gracias, Diani.
Tal como se lo había prometido a Yamila, Diana y Israel adoptaron a la pequeña. Como era deseo de su madre, se llamó Diana. Diana Yamila.
La niña creció en un bello hogar, rodeada de felicidad y mucho amor. Cada día que pasaba era más hermosa. Tenía los bellos ojos de Ernesto, y el cabello rubio y largo de Yamila.
Diana hablaba a menudo con ella sobre Yamila. Aunque la pequeña no sabía que ella era su verdadera madre, amaba escuchar a Diana hablarle sobre la maravillosa amiga que alguna vez tuvo.
-Mami…
-¿Qué, mi amor?
-¿Recuerdas que me dijiste que tu amiga Yamila se fue al cielo?
-Sí, princesita.
-¿Y que su hermana había adoptado a su hijita?
-Sí. ¿Por qué de repente quieres saber todo esto, nena?
-¿El cielo está muy lejos? Porque si yo fuera su hijita estaría muy triste por tener a mi mamá tan lejos, ¿sabes?

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