martes, 7 de abril de 2015

"La Vida Que Imagine" capítulo 6









Seis

Yiddá

Los días, las semanas y los meses pasaron. Monótonos, uno tras otro, sin novedades.

Estaba harta.

Mi mente estaba bloqueada y saturada. Ya no pensaba más en mí. Mis pensamientos ya no se enfocaban en la casa, ni en mi matrimonio, ni en Diana y nuestras conversaciones del desayuno. Ya no pasaba mis días debatiéndome al borde de la depresión cada vez que veía mi vientre vacío. Ahora, mi mundo entero se reducía a Angie. A que no le vaya mal en sus últimos meses de colegio; a que no se pierda ni una de sus consultas médicas; a que mantenga comunicación con Nicola y los padres de este; a que no le falte ni la cuna, ni los pañales, ni la ropa, ni los juguetes, ni los biberones, ni la leche en polvo y a que haga de una vez por todas un plan a futuro.               Faltaban tan sólo tres meses, y ella parecía no enterarse. Habíamos hablado del tema, pero parecía que todo lo que le decía le entraba por un oído y le salía por el otro. Su vida iba a cambiar en noventa días, pero ella no quería ni oír del parto. Asumí que estaba asustada, así que le di un par de semanas para que se relaje y lo pueda pensar. Pero, pasado ese tiempo, nada había cambiado. Simplemente se negaba a hablar del asunto, y punto.

Y no, no había aceptado que nunca iba a vivir esto. Simplemente mi mente había bloqueado toda información que no se relacionase con mi hermanita menor. Estaba tan preocupada en ella que lo había tomado como si fuera mi embarazo y no el de ella. 

Deseaba con todas mis fuerzas que eso fuera así.

Pero no.

Yo también moría de miedo con todo esto. Cada vez que la veía tan grande, tan adulta, tan mayor, me sentía mal conmigo misma, por dejar que esto suceda. Su juventud se le había sido arrebatada de un momento a otro, y yo no le había prestado la atención necesaria para prevenirlo. Me lo recriminaba constantementeCon mamá jamás hubiera pasado. Ella era perfecta en todos los sentidos. Sabía cómo tratarme a mí, entonces en plena adolescencia; y cómo tratar a Angie, la pequeña niña que siempre estaba rebosante de energías. Y ni hablar de papá. Era mi héroe, mi todo.

Me hicieron tanta falta…

¿Por qué se tuvieron que ir? ¿Por qué? Yo no estaba preparada. Angie no estaba preparada. ¡Tenía apenas diecisiete años! De un momento a otro me vi totalmente sola, con una hermanita que no dejaba de llorar, suplicando que mamá venga a abrazarla por última vez. Si no fuera por la familia de Diana, no hubiera podido salir adelante. Sus padres me apoyaron en todo, me ofrecieron atención, alimentos, e incluso mudarme con ellos, pero no fui capaz. Sabía que Angie no iba a ser capaz de asimilar un cambio más en su vida, por lo que decidí ponerme a trabajar y continuar en nuestra gran casa de tres pisos, que de pronto se hizo más grande aún. Apenas cumplimos dieciocho, Diana se mudó conmigo. Aún no puedo creer que haya cambiado su vida sólo para apoyarme, y le estaré eternamente agradecida. 

Si bien ella y mi hermana ya se llevaban bien, desde ese momento fueron inseparables. Diana la amaba como a una hija; y, para Angie, Diana lo era todo. Reconozco que a veces me sentí un poco dejada de lado, pero era capaz de lo que fuera con tal de ver a mi pequeña sonreír de nuevo.

Cuando cumplí los veintitrés me casé con Julián. Muchos me cuestionaron, me dijeron que era muy joven para hacerlo, pero estaba decidida. Cuando veía mi futuro, veía a Julián en él. Por eso, daba igual si nos casábamos en ese momento, en cuatro meses o en diez años: de todos modos, no nos íbamos a separar nunca.

Angie, la noticia de mi matrimonio le hizo bien. Aunque no pudo ser totalmente una figura paterna, Julián se convirtió en lo más cercano a eso. Con trece años, a mi hermana le ayudó saber que había un hombre en la casa, el cual podía defenderla y cuidar de ella.

Todo comenzaba a ir de maravillas, hasta que, de un día para otro, Angiecambió. Estaba distraída, nerviosa y sensible en general. No comía, y si lo hacía vomitaba al poco rato. Esto me afectó mucho, consulté varios médicos pensando que tenía un trastorno alimenticio y pasé noches en vela preguntándome por qué había sucedido esto.

Pero no. El tiempo me demostró que estaba completamente equivocada. 

A los tres meses de aquel cambio, mi hermana entró a mi habitación a medianoche para decirme aquellas palabras que marcaron mi vida, que me hicieron cuestionar todo lo que había hecho eso. Me dieron un motivo para derrumbarme; y, a la vez, un motivo para seguir luchando. Algo para renovarme; algo que, aunque en ese momento no lo creí así, llegaría a ser una de las cosas más importantes de mi vida. 

Aquella noche, Angie hizo un espacio entre llanto y llanto para decirme: “Lsiento, Yiddá. Estoy embarazada”.

 

 

Amanecía en la casa, y todo el mundo se levantaba para un nuevo día de trabajo. Julián preparaba el desayuno para todos mientras Diana terminaba de darse una ducha. Aún con sueño y sin ganas de comenzar el día, estiré las piernas y me levanté de la cama. 

Miré el reloj. Las siete y diez de la mañana. Más le valía a Angie estar lista para el colegio; había llegado tarde ya muchas veces en los últimos meses por culpa de su creciente flojera, y no iba a permitir que eso siga sucediendo. Faltaba tan sólo mes y medio de clases. No era el momento adecuado para dejarlo.

Unos golpes en mi puerta interrumpieron mis pensamientos.

-¡Pasa!

Diana entró de puntillas y cerró la puerta detrás de ella. Me miró con una mezcla de dulzura y preocupación, como una madre en el primer día de clases de sus pequeños. Se sentó en el borde de mi cama y me hizo una seña de que haga lo mismo. Obedecí sin pensarlo antes. Diana siempre había tenido algo en ella que me hacía respetarla y seguirla, porque siempre estaba en lo correcto. Tal vez la miraba como si fuera alguien extraordinaria, una mujer maravilla, y en cierto modo eso era para mí. Mi amiga incondicional, la que había dejado todo sólo para apoyarme; la que podía comprender a la perfección a mi hermana y ayudarme a lidiar con ella; la que tenía a miles de hombres a sus pies pero nunca había tenido una relación abierta porque sabía respetarse. La chica con la que todos querían estar, con quien todos querían hablar, con la que siempre se podía contar. Una mujer maravillosa,  radiante, capaz de iluminarle el día a cualquiera.

Diana Sánchez, mi angelito de la guarda.

-Hola.

Ella continuó mirándome fijamente.

Suspiré.

Sonrió.

-Hola, Yi. ¿Cómo despertaste?

-Bien, supongo. Lo más cercano a bien que puedo estar en una situación como esta.

Tomó aire. Hice lo mismo. 

Esta iba a ser una conversación larga.

-Ya hemos hablado de esto, hermana. Es hora de dejar de pensar en el pasado, de dejar de castigarte por algo de lo que ni tú ni Julián tienen la culpa. Debes dejar de lamentarte por lo que no tienes y comenzar a darte cuenta de todo lo maravilloso que te rodea. Si te lo digo es porque te amo, Yiddá, Y no quiero que sigas pasándola mal. Ahora más que nunca es cuando todos debemos de estar unidos y apoyar a Angie.

Lágrimas de rabia comenzaron a brotar de mis ojos. Sus últimas palabras retumbaban en mis oídos. Apoyar a Angie. A AngieAngie

AngieAngie Angie! ¡Siempre todo ha girado en torno a Angie! ¡Ya no quiero seguir así!

-Yiddá...

-¡Nada! Cuando éramos niñas, siempre se hacía lo que ella quería. Cuando fallecieron mis padres, todo el mundo se preocupó del estado de ella. ¡Yo también los perdí! ¡Yo también me quedé sola, Diana! Y ahora, todo gira en torno a ella por culpa de su irresponsabilidad. ¡Siempre ha sido sólo Angie! No sabes lo que se siente ser opacada por una niña que nunca aprecia lo que haces. ¡Yo di todo por ella! Y parece no darse cuenta, ¡en serio! La amo más que a mi vida, pero esta situación es demasiado para mí. Necesito espacio, necesito volver a quererme, necesito sentirme querida. Ya nada es como antes.

Me permití llorar y descargar todo lo que tenía dentro. Quería soltar todo de una vez; sólo así podría volver a despertarme con una sonrisa y comenzar de nuevo.

Diana no me cuestionó, ni me gritó, ni intentó razonar conmigo. Sólo se acercó, me abrazó y me dejó llorar en su hombro.

No estaba sola, la tenía a ella. Nunca estuve sola, y nunca lo estaría.

Desde ese día, las cosas tomaron un mejor rumbo.

Yiddá! ¡Yiddá, ven por favor! ¡Duele, duele! ¡Alguien ayúdeme! ¡YIDDÁ!


martes, 10 de marzo de 2015

"Amor En Desencuentro" capítulo 48

                














-          Hey you – Yidda se sentó en la fría hierva junto a la lapida, acarició el frío mármol con el nombre de Yami y suspiró. – ha pasado mucho ¿sabes?

“Pasó lo que pensé que nunca pasaría. Me enamoré,  me enamoré del hombre más increíble, más a puesto, más inteligente y amoroso que jamás conocí. ¿Puedes creerlo? ¡Yo Yidda Eslava estoy jodidamente enamorada!. Te juro que si pudieras verme no me creerías. Pero él es, él es lo que nunca quise hasta que lo encontré. – Yidda se recostó en la hierba - ¿Recuerdas cuando llegabas con esas bobadas del príncipe azul y yo no te creía?, pues sigo sin creerte porque mi príncipe no es azul, si fuera azul sería un pitufo. Mi príncipe es de carne y hueso, es un hombre real de increíble cabello rubio, rubio natural eh, e increíbles ojos azules cielo. ¿Me estás escuchando? ¡Estoy enamorada Diablos!
El semblante de Yidda se ensombreció un poco.
“  - Por cierto, el imbécil de tu marido como siempre no me deja ser feliz, aunque últimamente se ha moderado. Anda raro, no sé qué le pasa. Tú no tendrás algo que ver ¿cierto?. Como sea. Tengo que terminar con la fantochada de este matrimonio para poder estar junto a Julián. Pero me da miedo Yaya. Tengo miedo de Ernesto y lo que pueda hacer si decido dejarlo.
Huir no es una opción, he huido toda mi vida y estoy harta de eso, debo cerrar este ciclo para poder ser feliz de una vez por todas. Ser feliz por mí, por ti, por Julián. Necesito ser feliz Yami, por todo lo que nos arrebataron. Pero para eso debo dejar al bastardo de tu ex marido y temo lo que pueda hacer. Todavía tiene las malditas fotos, aunque, te cuento que mi Juli es abogado y está… no sé qué está haciendo pero va a ayudarme a separarme de Ernesto. ¿Ves? Mi hombre si es un hombre de trabajo. Es un cheto de ciudad, de esos de traje de etiqueta, pero es lo de menos.
Espero que consiga algo y me saque de aquí. Me lleve lejos para poder ser felices juntos, aunque si te soy sincera, a veces lo veo tan difícil, con Ernesto, con Manuela, un futuro juntos se antoja tan lejano. Y ahora Yami…
Yiddi se sentó y acarició el nombre con cariño.
-          Ahora estoy tan asustada, no sabes lo que te necesito. Yo… yo tengo un retraso y… Wacha, ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Cómo no fuiste capaz de decirme que estabas embarazada de Nikko estando casada con Ernesto? Tuve que enterarme por Nikko y él, él te ama, no ha dejado de hacerlo.  Esa me la debes, y te juro que cuando nos reunamos de nuevo, en algún mundo, voy a patearte el trasero por no habérmelo dicho. Pero ahora sí, a lo que vine.
Te decía que estoy asustada porque… Porque tengo un atraso y… a mí nunca me vienen atrasos yo… yo estuve con Julián y fue el momento más feliz de mi vida. Pero estoy asustada, aunque ser madre es la cosa más hermosa que me pueda pasar, no puedo estar embarazada ahora que mi vida es tan incierta. Me hice la prueba pero… pero no la he revisado porque… bien, soy una cobarde y te necesitaba. Espero que desde donde sea que estés me ayudes ahora porque estoy cag*da de miedo. Esto lo vamos a hacer juntas.”

Yidda se puso en pie y sacó la pequeña prueba, la sostuvo en su mano y cerró los ojos.
-          Muy bien Yami, a la cuenta de tres… 1-2-3.

Yidda abrió los ojos y estudió el objeto en sus manos.

-          Deberían encerrarte en un loquero por hablar sola – se rió una voz a sus espaldas.
Yidda dio un brinco y se giró para mirar a Julián caminar sonriente hacia ella. Lo más rápido que pudo colocó la prueba a su espalda pero fue un movimiento que él notó.
-          ¿Qué escondes allí castaña hermosa?

Yidda retrocedió un paso.
-          Nada.
-          ¿Nada? Eso no se ve como “nada”.

Antes de que Yidda pudiera correr Julián la alcanzó y le quitó el objeto de la mano con una sonrisa que se borró en el momento que vio lo que era.


      
El sonido de los golpes no cesaba y Nikko corrió a la puerta entre bostezos y tropezones. Miró el reloj sobre la meseta y se preguntó quién rayos tocaba su puerta a esa hora.

-          Peter por favor ábreme – la voz cantarina de Yamila sonaba angustiada y Nikko casi voló hasta la puerta para abrirle.

La pequeña y frágil figura de Yamila estaba parada en el porche del joven con una enorme capa encima que le cubría el rostro y todo su cuerpo. Al verla Nikko quiso estrecharla entre sus brazos pero se contuvo al recordar que ella era ahora una mujer casada y se limitó a dejarla pasar.
-          ¿te encuentras bien?, Por favor siéntate, ¿te traigo algo de beber? – Yamila lo miró tras la capucha de su capa.
-          No Nikko no necesito nada de eso.
Él la miró allí parada frente a él y la sintió un ángel perdido, hermoso y triste.
-          ¿Qué se te ofrece Yami? es la una de la madrugada tiene que ser algo urgente.
-          Lo es – Yamila se quitó la capucha de la cabeza y lo miró con sus hechizantes ojos negros – te necesito hoy.
Nikko dio un paso hacia ella.
-          Lo que necesites, lo que quieras, solo dime y te lo daré.

Yamila lo miró con ojos perdidos, con sueños rotos, con fantasías de mujer hechas trizas.

-          Te necesito a ti – caminó hasta él con la mirada vidriosa – necesito que me ames como solo tú sabes hacerlo. Necesito que me enseñes lo que es amor.
Nikko la miró con terror y admiración en la mirada.
-          Yaya ¿Que me estás pidiendo?, es de madrugada tu…
-          Te pido que te olvides del mundo, olvídate de todo lo que te rodea y ámame.
-          Te amo. – susurró él.
-          Entonces tócame y demuéstralo.

Él cerró los ojos.
-          Yamila, no sabes lo que me estás pidiendo, yo no puedo hacerte esto.
-          Niko – Yamila tomó su rostro entre sus manos y lo hizo mirarla – estoy aquí parada frente a ti consiente y segura de lo que quiero pidiéndote que te la juegues.
-          Estás casada. – susurró él.
Ella cerró los ojos y sus pequeñas manos cayeron para convertirse en puños a sus costados.
-          ¿y crees que no lo sé?
-          ¿entonces qué haces aquí?
Ella lo miró con una llamarada de algo peligroso quemando en sus ojos.
-          Esto hago – y sin más lo beso.
Fue el beso más dulce que Nikko hubiera probado nunca. Cálido y fogoso. Fue la clase de beso que te hace olvidarte de tu propio nombre. Fue la clase de beso que grita perdición.
Él no supo el momento, ni le importó, en que llegaron a su cuarto. Él no supo el momento, ni le importó, en que sus manos arrancaron la ropa de la joven y ella hizo lo mismo con la suya.
No había principio, no había final entre esos dos cuerpo entrelazados.
Nikko besó cada centímetro del cuerpo de ella y sonrió al escucharla gemir de placer. Amó la forma en que el hermoso y flexible cuerpo de ella se sintió bajo el suyo. En un segundo su espalda chocó contra la cama y ella lo miró desde arriba como una antigua diosa de la pasión con sus cabellos despeinados y sus labios hinchados por sus besos. - Era glorioso – pensó al verla moverse sobre él.   
Yami lo miró como solo una mujer plena puede mirar y se unió a él como solo  dos almas, atreves del cuerpo, pueden hacerlo.
El tiempo y el espacio desaparecieron mientras ambos bailaban una danza tan antigua como el tiempo y se profesaban amores distintos sin palabras.
Nikko y Yamila esa noche se volvieron cómplices, amantes y almas gemelas en tiempos equivocados.   
Nikko estrelló el vaso de brandi contra la pared más cercana y miró de nuevo el maldito papel en su mano, llevaba más tiempo del que pensaba allí sentado torturándose con recuerdos.

-          Maldita mujer – gritó para sí – Maldita bruja que me prohibió amar a alguien más. – cayó al suelo de rodillas junto a sus recuerdos y su botella de alcohol – Maldita seas.  

"Área Peligrosa" capítulo 5

                   






NICOLA 

Entramos a lo que sería la sal de entrenamiento, guiados por Johana, Renzo, Matías y Piero. Al haber salido directamente de AIDL, teníamos puesto nuestros uniformes de misiones, por lo que estábamos listos para entrenar. 

El uniforme de nosotros los hombres, en una licra sin mangas de color azul negroso y un pantalón de deporte del mismo color. El de las mujeres un enterizo del mismo color y manga tres cuartos. 

-Pueden tomar asiento.- dice Johana. Todos nos sentamos en los asientos del gimnasio y algunos en el piso. 

-Buenos, tenemos el peso y la talla de cada uno y con esa información haremos algunos enfrentamientos.-dice Piero- De eso se encargarán Renzo y Matías. 

-Luego pasarán a formar los equipos tácticos, dependiendo de sus habilidades, destrezas y claro está sus especialidades- continuó Renzo.- De eso se encargarán Piero y Johana. 

-Todos participarán durante los entrenamientos, ya sea en combate personal, en grupo o en ambos- dice Matías. 

-Bueno, si no hay dudas- Dice Johana- comenzaremos. 

-Hoy, como es el primer día, haremos combate cuerpo a cuerpo en la mañana y táctica en grupo en la tarde-dice Piero.

-Comenzaremos con...-dice Matías mirando una lista que tiene en la mano- Irivarren y Pessaressi. 

Los dos se pusieron en medio y empezaron a luchar. 

Después de la cuarta patada me aburrí y empece a contarle chistes a Rafael. 

-Oe, ¿qué le dice un cable a otro cable?- le digo a Rafael. 

-¿Qué le dice?- me contesta. 

-Sígueme la corriente. 

Los dos nos matamos de la risa. 

Estoy pensando seriamente que si esto de ser agente o espía no funciona debería ser comediante. 

Después de mi ensimismamiento, vuelvo a la realidad y veo que un montón de parejas han pasado. Y justo ahí escucho mi nombre y me paró como el macho que soy, listo para patearle el culo a quien se enfrente a mi. Hasta que veo quien es. Ernesto. ¡Esto tiene que ser una broma!

Ernesto es mucho más pesado que yo y es mucho más alto, no me pueden poner con el. Primero, yo se que he subido un poco de peso, pero no tanto como para que me pongan contra Ernesto. Segundo, el debería de ir con alguien como Rafael que aunque sea todo pichicata, esta también pesa, y pesa como Ernesto. 

A pesar de mis pensamientos lo que refleja mi cuerpo es de una persona calmada. Aunque pesé mucho más que yo, se que puedo con él. 

-Ten cuidado con las cosquillas, soy muy sensible.- le digo juguetón. 

¡¿Y PARA QUE LE DIJE ESO?! 

Al terminar de pelear no siento mi cuerpo, tengo una cortada en el brazo, el labio partido y un moretón asegurado en el ojo derecho, el cual acabará con mi hermoso rostro y mi maravilloso encanto. 

Angie niega con la cabeza al verme y me ayuda a curarme las heridas. 

-Realmente apestas.- me dice. 

-Gracias por el voto de confianza.- le contesto sarcásticamente 

Se levanta para irse y se ríe, sonrió ante ese sonido, realmente tiene una risa hermosa. 


 

"Amor Por Chantaje" capítulo 2










Capítulo  anterior:  
—¡Angie! He ido al aeropuerto a buscarte, pero te me has escapado.
—¡Nicola!

 


Su voz sonó floja y temblorosa, como la de una niña… Se aclaró la garganta al tiempo que se recordaba que era una persona adulta, pero ni su cuerpo ni su cerebro respondían a sus órdenes porque ambos estaban demasiado centrados en Nicola.
Aquellos cuatro años no lo habían cambiado tanto como a ella; pero claro, él ya era un adulto cuando ella se marchó. Para su pesar, Nicola  seguía teniendo ese magnetismo sexual que tanto había recordado; sin embargo, viéndolo ahora desde la perspectiva de una mujer hecha y derecha, ese atractivo le parecía aún más poderoso. Era como si lo que había visto hacía tantos años hubiera sido solo una imagen borrosa que ahora veía con total definición.
Quizás había olvidado lo increíblemente sexy que era, o a lo mejor había sido demasiado joven e ingenua para apreciarlo en su totalidad. Fuera lo que fuera, ahora podía percibirlo con total claridad.
Llevaba el pelo más corto que antes, lo que le daba un toque de dureza; y también sus ojos parecían más duros y fríos.
—No has venido en primera clase.
—¿Sabías que venía? —por mucho que lo intentara no podía evitar que se notara su sorpresa.
—Claro. Te recuerdo que soy tu fiduciario y, dado que el motivo de tu visita es hablar de la herencia…
¡Su fiduciario! Claro que lo sabía, pero había dado por hecho que sería David Bryant con el que tendría que tratar el tema, y que él actuaría como intermediario entre Nicola y ella. Lo que menos necesitaba en esos momentos era tener que hacer frente a esa situación, porque ya estaba suficientemente nerviosa.
—Me sorprende que Johana no esté contigo —dijo intentando recuperar el control de la situación.
—¿Johana? —por la expresión de su rostro era obvio que aquel comentario no le había hecho ninguna gracia—. Esto no tiene nada que ver con Johana- añadió fríamente.
Por supuesto, allí estaba él para proteger a su amante. Con dolor se dio cuenta de que deseaba con todas sus fuerzas echarle en cara acusaciones que había creído olvidadas, pero el modo en el que la había mirado al recordarle que era su fiduciario parecía decirle que tuviera cuidado. Después de todo quizás no le resultara tan sencillo reclamar aquel dinero. Claro que, si hubiera algún impedimento, el sector Bryant la habría avisado en sus cartas, en lugar de animarla a que fuera a Inglaterra.
Lo cierto era que, en lo que se refería al dinero de la herencia, se sentía bastante segura de sus argumentos; al fin y al cabo, dado que Nicola se había casado con ella para disponer del control de la empresa, lo lógico era que no pusiera ningún impedimento a garantizarle ciertos ingresos a cambio de mantener las acciones del negocio. Él debía tener en cuenta que Angie también podría vender esas acciones en el mercado, donde quizás obtuviera una cantidad mayor. El saber de su poder en ese aspecto le dio algo más de seguridad.
Nicola se puso a su lado y ella se dio cuenta de que había algo más que no había cambiado: todavía tenía que alzar bastante la cabeza para mirarlo a los ojos. Ya era demasiado tarde para arrepentirse de las cómodas zapatillas sin tacón que había decidido ponerse.
—Vamos —le dijo poniéndole la mano en la espalda, momento en el que Angie comprobó que el mero roce seguía provocando en ella un deseo irrefrenable.
¿Qué demonios le ocurría? Sabía perfectamente que no podía dejarse llevar por ese deseo sexual que Nicola despertaba en ella como no lo había hecho ningún otro hombre. El problema era que, hasta solo unos minutos antes, Angie había estado convencida de que su vulnerabilidad hacia aquel hombre era asunto concluido y ahora estaba claro que no era así, ni mucho menos.
Estaba confundida, era incapaz de pensar con lógica o de mirar a algo que no fuera él.
—Es por aquí.
Lo siguió de manera automática hasta el ascensor de cristal donde el ascensorista lo saludó amablemente.
—Buenas tardes, Bates —contestó Nicola cordialmente—. ¿La familia bien?
—Sí, muy bien, señor Porcella. Mi hijo Robert está encantado con ese trabajo que usted le buscó.
Se limitó a responder con una sonrisa que a Angie le recordó el modo en el que solía sonreírle a ella y sintió un dolor tan intenso que la hizo tambalearse ligeramente.
—¿Te sigue dando miedo la altura? No mires hacia abajo —le recomendó con frialdad—. Por alguna razón, todos los arquitectos de la ciudad se han puesto de acuerdo en que están de moda los ascensores de cristal.
Su voz era extremadamente neutra; claro que tampoco había ningún motivo por el que tuviera que mostrar simpatía alguna hacia ella. ¿O sí? Al fin y al cabo le había ahorrado la molestia de fingir ser un marido feliz, o que ella le importaba lo más mínimo y, al mismo tiempo, le había dado exactamente lo que quería. En la misma carta en la que había renunciado a su herencia, Angie le había otorgado poder absoluto sobre las acciones de la empresa.
Pero no lo había hecho por él, lo había hecho por su padre, porque sabía que Nicola llevaría el negocio hasta lo más alto. Al menos en eso estaba segura de poder confiar en él.
Había cerrado los ojos nada más ponerse en marcha el ascensor, pero los recuerdos y las imágenes que le venían a la cabeza eran mucho peores que unos cuantos metros de altura. Nunca perdonaría a Nicola por lo que había intentado hacer con ella, por haber intentado manipularla de aquel modo y por abusar de la confianza que su padre había depositado en él.
El ascensor se detuvo.
—Ya puedes abrir los ojos.
Nada más poner un pie en el pasillo Angie vio que estaban en el ático, la parte más lujosa de cualquier edificio de apartamentos. Aquello debía de ser muy caro.
—Le pedí a David Bryant que me buscara un sitio barato y cerca de su oficina —murmuró mientras Nicola abría la puerta.
—Pues ha cumplido ambos requisitos: su despacho está bastante cerca, y aquí eres mi invitada.
—¿Tu invitada? —se quedó helada en el umbral de la puerta, mirándolo con los ojos abiertos de par en par—. ¿Este es tu apartamento?
—Sí —confirmó él—. Cuando David me dijo que querías quedarte en algún sitio cerca de la oficina, pensé que lo mejor era que te quedaras aquí conmigo. Al fin y al cabo tenemos un montón de cosas de las que hablar… y no solo sobre la herencia.
Angie comprobó que estaba mirando fijamente a su mano izquierda; la misma mano de la que se había quitado el anillo de boda que él le había puesto cuatro años antes. Aquella alianza había volado por la ventana del taxi cuando se dirigía al aeropuerto el mismo día de la boda.
—¿Quieres decir… —le costaba demasiado hablar sabiendo que los ojos de Nicola estaban clavados en ella—…de nuestro matrimonio?
—Exactamente —afirmó él sin dejar de mirarla—. ¿Sabes? Para alguien que sigue siendo virgen…, tienes un aspecto muy poco virginal.
—¿Y tú… cómo lo sabes? —le preguntó con voz temblorosa sin dar crédito a lo que acababa de oír.
—¿Que cómo sé que todavía eres virgen?—dijo él levantando su maleta del suelo—. Lo sé todo sobre ti. Angie… sigues siendo mi mujer.
¡Su mujer!
Tenía la sensación de estar a punto de vomitar y un sudor frío le empapaba el cuerpo. Eso no era lo que había esperado, no estaba preparada para enfrentarse a algo así.
Durante el vuelo desde Río había luchado por deshacerse del temor que la había tenido tan inquieta día y noche durante las semanas previas al viaje. Temor a que, si volvía a ver a Nicola, descubriera que parte de ese amor infantil que había sentido por él no había muerto, sino que estaba allí esperando a estallar como una bomba que destruiría su nueva vida y la estabilidad emocional que tanto le había costado alcanzar. Pero lo que estaba sintiendo, ahora que lo tenía delante no era amor, más bien era una mezcla de hostilidad y rabia.
Bueno, sí, seguía siendo virgen. ¿Qué tenía eso de malo?
—No tienes ningún derecho a espiarme y meterte en mi vida —empezó a decirle llena de furia, pero Nicola no la dejó continuar.
—Seguimos estando casados. Sigo siendo tu marido y tú sigues siendo mi esposa —señaló, fríamente. Quizás estuvieran casados para la iglesia, pero no para la ley puesto que ese matrimonio no había sido consumado. De cualquier modo, eso no le daba derecho a inmiscuirse en su vida y hablarle como si… como si… Bueno, tenía que controlar su mente, porque era obvio que solo eran imaginaciones suyas que Nicola le hubiera hablado en tono posesivo.
Aquellas palabras la habían dejado perpleja. ¿Por qué no se habría olvidado de su matrimonio? Se suponía que estaba enamorado de otra mujer… ¡de su madrastra nada menos!
Aun después de tantos años seguía sintiendo un profundo asco con solo imaginar a Nicola y a Johana juntos. La mujer de su padre y el hombre en el que tanto había confiado. De pronto se le pasó por la cabeza si Nicola y Johana se habrían acostado juntos antes de la muerte de su padre. Era como si todas las preguntas que se había negado a plantearse durante tanto tiempo se agolparan ahora en su cabeza.
Él la había convencido de que se casaba con ella para protegerla, cuando lo único que quería proteger eran sus propios intereses.
Cerró los ojos exhausta de tanto pensar; había viajado hasta Inglaterra con un solo propósito y eso era en lo que tenía que centrarse, en eso y en nada más…
—Mira, no he venido para hablar de nuestro matrimonio —atajó Angie drásticamente antes de que la conversación siguiera por esos derroteros—. Ya le dije a David Bryant cuál era el objetivo de mi viaje.
—Sí —la interrumpió con cierta tristeza—. Darle toda tu herencia a no sé qué organización benéfica. No, Angie. Como fiduciario no sería ético permitirte hacer eso. Y como marido…
Deseaba responderle con todas sus fuerzas, preguntarle cuándo le había importado lo más mínimo lo que era ético y lo que no; pero algo dentro de ella le advirtió que era mejor no decir nada.
—El dinero es mío legalmente —le recordó después de contar hasta diez para calmarse.
—«Era» tuyo —corrigió Nicola duramente—. Tú misma insististe en renunciar a él, y lo hiciste por escrito. ¿Te acuerdas?
Angie volvió a respirar hondo. La situación se estaba poniendo más difícil de lo que había esperado.
—Es cierto que escribí a Henry —convino ella con calma—. Por cierto, ¿cuándo murió? No tenía ni idea.
Nicola le estaba dando la espalda y, por un momento pensó que no la había oído o no tenía intención de contestar; pero entonces, sin volverse a mirarla, dijo con extrema frialdad:
—Tuvo un ataque cardiaco poco después de… bueno, fue el día de nuestra boda.
Angie lo miró horrorizada.
—Por lo visto se había encontrado mal durante la ceremonia —continuó explicándole—. Y después se derrumbó en la puerta de la iglesia. Fui con él al hospital… pero no pudieron hacer nada.
—¿Fue…—estaba demasiado destrozada como para no expresar sus pensamientos en voz alta— fue por mi culpa?
—Llevaba tiempo sufriendo mucha presión —contestó sin responder a su pregunta—. La muerte de tu padre le había afectado enormemente, además de darle una increíble cantidad de trabajo. Parece ser que los médicos ya le habían avisado de que su corazón no estaba muy fuerte, pero él no había hecho ni caso de las advertencias —entonces hizo una pausa y la miró con pesar—. Me pidió que te dijera lo orgulloso que se había sentido de acompañarte hasta el altar.
Los ojos de Angie se llenaron de lágrimas al recordar al viejo abogado la mañana de la boda. En el trayecto hacia la iglesia le había tomado la mano con algo de timidez, pero intentando transmitirle el cariño de un padre, intentando hacer lo que habría hecho su padre de haber estado allí, porque sabía que Angie lo echaba mucho de menos en esos momentos.
—Si te vas a regodear en ese absurdo sentimiento de culpabilidad… —advirtió Nicola ásperamente—. Henry tenía el corazón muy delicado y aquello habría ocurrido aunque tú hubieras estado allí.
Por algún motivo sus palabras solo consiguieron hacerla sentir peor en lugar de consolarla.
—No quiero discutir contigo —dijo Angie cambiando de tema radicalmente—. Tú eres muy rico sin necesidad de ese dinero. Si pudieras ver a esos niños…
—Me parece una buenísima causa. Mi gente me ha dicho que…
—¿Tu gente? —aquello era sencillamente increíble—. No tienes ningún derecho

—No creerías que iba a dejar que desaparecieras así como así. Aunque solo fuera por tu padre… se lo debía.
—Lo que no puedo creer es que puedas haber caído tan bajo, incluso para alguien como tú, hacer que me espiaran es…
—Estás exagerando —le dijo algo condescendiente—. Es cierto que hice ciertas averiguaciones para saber dónde estabas y qué hacías… y con quién —admitió con más suavidad—. Cualquiera habría hecho lo mismo; eras demasiado joven e ingenua. Podría haberte pasado cualquier cosa.
Yidda intentó deshacerse inmediatamente de la sensación que le provocaba pensar que en algún momento hubiera estado realmente preocupado por ella.
—No me importa lo que digas, Nicola. No voy a darme por vencida —aseguró con determinación—. El refugio necesita dinero y estoy dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirlo.
El silencio que siguió a su estallido provocó en Angie un intenso escalofrío, especialmente al notar que Nicola la miraba como si… como si…
¿Cómo era posible que nunca se hubiera percatado del poder de aquella mirada? Agitó la cabeza y le echó la culpa al cambio horario.
—Bueno, dado que ahora ya eres una mujer, sabrás muy bien que todo en esta vida tiene un precio. Me cediste tu dinero libremente y ahora quieres que te devuelva no solo lo que tus acciones han reportado, sino también los futuros beneficios de la empresa.
—Me pertenece —insistió ella—. De acuerdo con el testamento de mi padre, ese dinero sería mío cuando cumpliera treinta años, o cuando me casara, lo que ocurriera antes.
—Mmmm —se quedó pensativo unos segundos después de los cuales la miró con una expresión que Angie no supo identificar—. Ya me has dicho lo que quieres que te dé, pero no has dicho nada de lo que estás dispuesta a dar tú a cambio. Suponiendo, por supuesto, que yo estuviera dispuesto a llegar a un acuerdo.
Lo miró confundida. ¿Qué diablos querría que le diera?
—Como ya te he dicho —continuó él—, seguimos estando casados. Nunca solicitamos la nulidad.
Entonces lo entendió todo.
—Quieres la nulidad matrimonial —afirmó sin querer hacer caso de la punzada que había sentido en el corazón al decir aquello—. Por supuesto.
—No, no es eso lo que quiero —la interrumpió inmediatamente—. Ni mucho menos.


viernes, 6 de marzo de 2015

"Área Peligrosa" capítulo 4









ISRAEL

Y henos aquí a todos, frente a una gran mansión donde tendremos que pasar todos los días juntos, hasta que la estúpida mente de quien nos junto vuelva a sancionar y nos separen. 

¡Yupi! Tendré que compartir casa con una sarta de inútiles que con las justas saben como me llamo, y eso es por el simple hecho de que existe un país que se llama igual que yo, o bueno yo me llamo igual, pero es la misma vaina.

El punto es que si de por si el compartir morada con gente a la cual confío me pone nervioso, imagínense compartir casa con la gente la cual no conozco, ¡me pone los pelos de punta! ¡Es el mejor día de mi vida! ¿Dios, porque no le hiciste caso a los mayas y destruiste el mundo en el 2012? Nos hubieses ahorrado una gran molestia. 


Bueno, regresemos a la realidad. Estamos todos varados en la sala mirándonos como imbéciles recién salidos de un examen de admisión. 


-¿Y a quién esperamos, o que? -pregunto, ya que por la cara de todos, nadie pensaba en abrir la boca

-No sé pero quedarse aquí parece ser lo más inteligente- Es Melissa quien me responde.  

-¿Porqué no el preguntamos a la señorita "fase dos" que hacer?- preguntó Angie de forma despectiva 


El rostro de Diana se crispó completamente. 

-¿Qué es lo que estas queriendo decir?- dijo Diana con una mirada, que si fuese mortífera, Angie estaría bien muertita. 

-Tranquila negra, si Diana consiguió ser fase dos es por que se lo merece y no porque se lo regalaron, y ahora siendo de tu equipo deberías de sentirte feliz por ella- misteriosamente fue Nicola quien la calmó.

-Sí, tienes razón- dijo Angie -Perdóname Diana, es sólo que esto ha sido muy difícil para mí. -concluyó arrepentida

-Tranquila, es entendible- respondió Diana. 

Angie gimoteó y se colocó a tras de Nicola. 

Bueno, enserio ¿qué vamos a hacer?- preguntó Pessaressi, más para alejar la atención que todos estábamos centrando en Angie, que en si pensar que es lo que deberíamos de hacer. 


Julián y Hart, como estrategas, se juntaron para analizar las cosas, a estos se les unieron Nicola y Yaco. 

-Bueno, creemos que lo mejor sería sentarnos todos y decir nuestros nombres completos y una breve introducción de nosotros mismos, como decir una curiosidad o simplemente que les gusta hacer.- dijo Julián, a la vez que. Hart,  Nicola y Yaco asentían detrás de el. 

Todos estuvimos de acuerdo y nos sentamos, a mi derecha estaba, como siempre, Diana y a mi izquierda se sentó una rubia que si no me equivoco se llama Carol.

Todos nos sentamos y se formó un gran silencio.

-Bueno, ya que nadie quiere comenzar, lo haré yo- dijo Hart.- Soy Mario Hart y estoy aquí por ser un gran estratega y experto en computadoras. Y lo que más me gusta hacer es el automovilismo. 

Y así cada uno se fue presentando.

Realmente parecía una reunión de Alcohólicos Anónimos y ante este pensamiento solté una carcajada. 

Diana me miro dubitativa y yo sólo negué aún riéndome, agarré su mano y la apreté, ella sólo me devolvió la sonrisa. 

Cuando llegó el turno de Angie, enserio me sorprendí. La chica era experta en todo, ahí es cuando me di cuenta el porque de su reacción ante Diana, ella realmente se estaba esforzando por conseguir ser fase dos. 

Era tan persistente que me hizo acordar a Yidda.

Justo cuando terminó la reunión de AAAA llegaron Cathy y Marisol, salvándonos de nuestra desgracia. Detrás de ellas venían Renzo, Piero, Matías y Johana.

Sólo pude sonreír y alegrarme por primera vez en el día. Era ¡Hora de entrenar!

martes, 3 de marzo de 2015

"Amor Actuado" capítulo 16










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¿Cuándo te irás? 

Las vacaciones habían terminado. Esas vacaciones que habían durado tan poco y que Julián ya empezaba a extrañar. Observó por su ventana viendo el agradable sol de mayo que se extendía por los cielos, nada mejor que estar en la playa disfrutando del clima… sacudió su cabeza y regresó su atención al cuaderno de apuntes que reposaba sobre la mesa del escritorio.
Se sentía presionado, los exámenes llegarían pronto y luego también estaba su partida al extranjero por cuestiones de su trabajo pero había otra cosa más importante que esas dos anteriores, el cumpleaños de Yidda, el cumpleaños de ella estaba a tan solo unos días antes de su partida así que por suerte si podían pasar el día juntos el problema sería si la rubia quería pasar el día de su cumpleaños con él.

Después de todo no eran nada más que buenos amigos.
Sí, buenos amigos, esa había sido la frase que Yidda había empezado a utilizar cuando ellos dos estaban solos, ahora ya no eran cómplices ni mentirosos sino “buenos amigos”.
Julián estaba empezando a odiar esas palabras cuando provenían de la boca de la muchacha que él prefería besar.

—Fabuloso —gruñó, ahora no podía apartar su mente de los labios de Yidda.

Ya casi no se habían besado, cuando intentaba besarla ella corría el rostro y solo se besaban en la mejilla, tal vez durante las vacaciones Julián había dicho algo malo y ella se había molestado, no sabía y quería arreglar aquello que estuviera mal entre ellos.
Decidió que necesitaba un descanso del estudio y se puso de pie para estirar su cuerpo un poco, dio vueltas a la habitación hasta que de nuevo se sentó para estudiar o al menos intentar hacerlo. Dirigió su vista al cuaderno de apuntes pero antes de que pudiera volver a leer alguien tocó la puerta de su habitación y ya que acostumbraba a cerrar la puerta con seguro tuvo que ponerse de pie para poder abrirla.

—Joven Zucchi —dijo la mujer de la limpieza—. Sus padres necesitan hablar con usted, lo esperan en la oficina —y sin decir nada más la mujer se marchó rápidamente.

Eso no iba bien, si sus padres necesitaban hablar con él significaban malas noticias.
Salió de su habitación y bajó hasta la primera planta para después dirigirse hacia la oficina de juntas de su casa, cuando entró divisó a sus padres sentados frente a la computadora de la oficina, sus rostros eran serios y sus miradas firmes, esto llevó al muchacho a pensar que definitivamente había algo mal.

—Papá, mamá —dijo Julián llamando la atención de sus padres—. Estoy aquí.

—Gracias por venir —habló Renzo a su hijo—. Tenemos noticias y no son precisamente agradables —dijo usando un tono de voz firme que para cualquier persona podía parecer molesto, por suerte él ya se había acostumbrado a esa voz.

—Eso supuse —suspiró Julián—. ¿De qué se trata?

—La compañía de modelaje de MAK’s quiere que trabajes con ellos para unos anuncios comerciales, serán diversos —dijo Marisol.

Bien, según recordaba Julián tener trabajo no era una mala noticia y mucho menos con la agencia de modelaje MAK’s que solo contrabata a modelos, tanto femeninos como masculinos, con años de experiencia. Cuando pasó aquel problema con su ex-novia había perdido cualquier esperanza de tener una posibilidad de trabajar ahí así que definitivamente para él era una buena noticia. ¿Qué podía estar mal?

—¿Por qué es una mala noticia? —preguntó aun sabiendo que no podía haber una mala notica en ese trabajo.

—Trabajarás con otros modelos, ya no serás tú solo así que…

—Ya he arreglado mis problemas con compañeros de trabajo —ciertamente antes él no solía trabajar con cualquier personas, siempre terminaba discutiendo con todo el mundo ya que su actitud era un poco prepotente y sacaba a todos de sus casillas pero en el último año su actitud había empezado a cambiar para bien—. No tengo ningún problema con eso.

—Aun no me dejas terminar —le dijo su madre manteniendo su sereno tono de voz—. Sé que tu actitud ha mejorado bastante pero no es eso lo que nos preocupa, hijo, son las personas con las que vas a trabajar. Los otros modelos son el joven Ernesto y la joven Alejandra.

Y ahora entendía porque era una mala noticia.
¿Trabajar con ellos dos?
Ernesto, el modelo morocho que le había quitado su trabajo, su chica y encima le había hecho pasar un mal rato a Yidda en la fiesta, simplemente no.
Y luego estaba Alejandra, la chica que le mintió a todo el mundo diciendo que Gastón le había pagado para que fingiera ser su novia, la misma que se había ido con Ernesto, la misma que había manchado su nombre en la agencia de modelos, la misma que le había roto el corazón. Definitivamente no.

No necesitaba pensar dos veces para saber que era una mala idea, sin embargo antes que sus sentimientos estaba el trabajo y si rechazaba a esa agencia podía arruinar su carrera a temprana edad además que también les haría pensar a “esas” personas que aun le afectaba todo eso.

—Tienes hasta mañana para pensar sobre el trabajo, la agencia nos informó que puedes contestar hasta mañana en la noche —Julián asintió—. Piénsalo bien.

—Sí, lo haré —se dio media vuelta para dirigirse hacia la puerta pero nuevamente volteó a sus padres—. Saldré unos minutos.

Sus padres no dijeron nada pues sabían que la decisión era solo de Julián y que ahora necesitaba aclarar su mente, sin embargo todos tenían presente que era una oportunidad única y que la decisión que tomara influiría en su futuro.

***
Eran de esos días que Yidda no planeaba salir ni siquiera al patio por lo que arreglar su cabello y quitarse la pijama no habían estado en sus planes para ese día, total solo estaría
estudiando para por lo menos lograr sacar un 8 en su examen, ella no era la chica más inteligente del colegio así que esas notas eran a lo más que aspiraba.

Mientras repasaba sus notas jugaba con el lápiz de colores que le había regalado Alondra, lo movía entre sus dedos de un lado a otro y cuando timbró su celular se sobresaltó dejando caer el lápiz al suelo, este rodó hasta quedar debajo del armario que compartía con Beatriz.
Yidda rodó los ojos y tomó su celular para ver el número de Julián, tardó en contestar quizá demasiado. Se suponía que no se verían ese día ¿Por qué le marcaba?
Suspiró y contestó el aparato.

—Yidda, te necesito —le había dicho Julián cuando apenas había llevado el celular a su oído.

—Sí, buenos días —dijo la castaña con una sonrisa en el rostro.
Escuchó reír al muchacho a través del celular.

—Buenos días —saludó el chico—. Perdón por llamar así pero quiero verte, necesito hablar contigo ¡Oh mi voz de la razón! —Yidda rió mientras negaba con su cabeza—. ¿Crees que podamos vernos?

—¿Es tan importante? Sabes que no soy una chica de buenas notas ¿verdad? —dijo dirigiéndose a su armario—. Tengo que estudiar.

—Te juro que si no fuera importante no te interrumpiría en tus estudios —contestó Julián rezando porque ella le dijera un simple “sí”—. Pero si no puedes está bien…

—Nos vemos en 40 minutos en el parque cerca de la plaza.

—¿Por qué no en tu casa? —preguntó.

—Es domingo y hay casa llena, además que Israel y su novia están aquí y la chica es admiradora tuya —de su armario sacó un short corto de mezclilla y una blusa blanca de manga corta con encaje—. Si quieres tener la mirada de la chica sobre ti puedes venir…

—Entonces nos vemos en 40 minutos en el parque —dijo el chico—, anotado.

—Claro, nos vemos —se despidieron y colgó al aparato para apresurarse a ir a la ducha.

Las chicas siempre llegaban tarde se recordó Julián volviendo a ver la hora en su celular faltaba un minuto para que se cumplieran los 40 minutos que Yidda había pedido pero aun no había ni señal de ella.
Suspiró mientras esperaba unos segundos más debajo de la sombra de un árbol, llevaba puesta una playera azul y unos pantalones de mezclilla, de esa manera podía hacerse pasar como un chico normal pero para prevenir que nadie lo viera incluyó en su vestuario un par de lentes de sol. Esa era la ropa más normal que tenía una que por cierto había escogido Yidda cuando fueron a comprar su vestido.

—Perdón por la tardanza —dijo la muchacha rubia mientras se inclinaba y apoyaba las palmas de sus manos en sus rodillas para poder tomar un poco de aire.

Julian se enderezó y dejó salir el aire que había estado reteniendo, vio con disimulo al reloj de su celular y vio que apenas estaba cambiando de minuto así que técnicamente no había llegado tarde, había llegado con segundos de sobra.

—No te preocupes, no llegas tarde —dijo el modelo guardando el aparato en el bolsillo del pantalón.

Yidda se enderezó, su pecho aun se elevaba y bajaba debido a su acelerada respiración pero aun así eso no le impidió sonreír al ver a Julián con el atuendo que ella había escogido para él desde hacía ya bastante tiempo, no creyó que el algún día lo fuera a usar ya que en primer lugar esa no era su vestimenta habitual y en segundo lugar esa ropa había sido comprada en una tienda de ropa de usada pero ahí estaba frente a ella vistiendo de esa manera.

—Wow —dejó salir—. No creí que lo fueras a usar —dijo señalando su ropa.

—Mírame —se dio una vuelta con los brazos un poco abiertos para modelar frente a ella—. Me convenciste.

—Se te ve increíble. Ahora ves que no hay necesidad de vestir ropa de diseñador cuando con cualquier tipo de ropa luces genial…

—¿Eso es un halago? —preguntó riendo—. Porque ese es mi trabajo. Luces hermosa —le dijo, dando un paso grande para deshacer la distancia que los separaba—. Y gracias por venir hoy.

—Gracias y de nada. Pero me debes un café helado por hacerme salir con este calor infernal.

—Ten por seguro que tendrás todos los cafés helados que quieras hoy, así que —pasó su brazo por los hombros de Yidda—, vamos por uno y hablamos.

Caminaron juntos por el parque hasta un pequeño puesto de bebidas heladas, había más personas frente a ellos pero decidieron esperar en la fila ya que ambos empezaban a sentir sus
bocas secas y no tenían las ganas de seguir caminando bajo el sol hasta encontrar otro puesto. Después de varios minutos fueron atendidos y solo compraron una bebida que ambos compartirían. Caminaron hasta encontrar un lugar vacio y alejado de todas esas parejas amorosas que parecían necesitar un cuarto de hotel rápidamente antes de que dieran un espectáculo, además que necesitaban hablar en privado.

—¿Qué tan importante es que debemos alejarnos de todos? —preguntó Yidda dejándose caer sobre el pasto, habían llegado casi al finalizar el parque por lo que en definitiva estaban completamente solos, lo único que los rodeaba era naturaleza y un delicioso viento que hacia relajarse a ambos.

—Muy importante para mí —dijo Julián sentándose al lado de ella, quizá demasiado junto.

—Bien, entonces dilo ya —le animó la chica.

—Me dieron un trabajo en una empresa de modelaje muy importante pero no sé realmente que hacer, no quiero hacer una mala elección —le explicó.

—No encuentro nada de malo en eso.

—Yo tampoco, al principio, pero después de saber que no iba a trabajar solo y saber quiénes iban a ser mis compañeros es lo que me ha hecho dudar —volvió a suspirar, esos eran solo problemas de él y sin embargo ahí había recurrido a Yidda para consultar algo que probablemente no debía ser su problema.

—¿Quiénes son? —preguntó la muchacha dando un trago a su café helado.

—Uno de ellos es Ernesto, el chico que te intentó tocar —dijo recordándole aquella noche—. Y el otro es Alejandra.

—No la conozco ¿verdad?

—Sí, te hablé de ella. Alejandra es mi ex-novia, aquella chica que manchó mi nombre en la agencia.

Bueno, sí, definitivamente la tenía difícil, pensó Yidda.

—Acepta. Si no lo haces desperdiciaras una gran oportunidad que no sabes cuándo volverás a tener y además que les darías un mensaje equivocado a esos dos, no dejes que ellos piensen que te afecta estar cerca de ellos, deberías ir y hacerles frente, demuéstrales que eres un chico genial que no se deja afectar por el pasado y sobre todo que has madurado, verás que los dejarás sin habla —le aconsejó.

—Gracias y no sabes cuánto aprecio escuchar eso de ti. Pero aun hay más.

—Dilo, no lo digas todo por partes.

—Esa agencia de modelaje no está aquí, está fuera del país —los ojos de la chica no escondieron el asombro de las palabras de Julián.

Ambos sabían que en menos de un mes él se iría pero cambiar sus planes tan rápidamente e irse antes de lo normal era algo que Yidda no se esperaba pero debía dejar de lado sus sentimientos y pensar en que era lo mejor para Julián y su futuro.

—¿Cuándo te irás? —preguntó sin poder verlo a los ojos.

—Si acepto sería la próxima semana —le contestó.


Yidda asintió sin decir ni una palabra.

miércoles, 28 de enero de 2015

"Navidad" corto Yidda y Julián








La casa estaba en silencio, a excepción del suave sonido de las luces del arbolito navideño. Una joven chica, de no más de veintisiete años, se encontraba sentada al pie de este.Devoraba los regalos con los ojos con la emoción de una niña. La sonrisa en su rostro brillaba, tocaba las brillantes esferas y los coloridos muñecos y reía con una emoción indescriptible. Cualquiera al escucharla hubiera dicho que le estaban contando el mejor chiste del mundo; y su risa era tan clara, tan limpia, tan hermosa, como una catarata de agua cristalina.

Levantó la mano para acomodar unos cuantos mechones de cabello que se habían caído sobre su rostro, y continuó revisando la infinidad de cajas envueltas en papeles de todos los colores que habían sobre la alfombra. Un verdadero paraíso multicolor de regalos de todas las formas y tamaños, con despampanantes lazos y elaboradas tarjetas con los más lindos diseños que Yiddá había visto en su vida. Esa, sin duda alguna, era una de las Navidades más mágicas que había vivido.

La puerta principal se abrió y se volvió a cerrar. Un elegante chico hacía su aparición cargado con varias cajas más; seguido por una pequeñita ataviada en un precioso vestido, azul como el cielo. Ella, al ver el árbol rebosante de obsequios, corrió emocionada hacia él y se dejó caer a su lado.

-¡Beatriz! ¡El vestido!

Yiddá se estiró para ayudarla a pararse y comprobar que nada se hubiera roto.

-Déjala, amor. Está emocionada.

Suspiró.

-Está bien- volteó la cabeza para mirar a la pequeña-. Ven a saludar a mamá, Bea.

La niña se inclinó y le rodeó el cuello con los brazos. Enterró su pequeña carita en el cabello de Yiddá y se quedó así por unos segundos. Luego la soltó y corrió de vuelta a buscar su nombre en las tarjetas de los regalos. Yiddá volteó a ver a Julián y sonrió.

-Es nuestra pequeña. La misma a la que hace tan poco cambiaba pañales y daba de lactar. Está muy grande. Siento que en cualquier momento se hará mayor y nosotros no nos habremos dado cuenta ni habremos reaccionado a tiempo. Con cada paso que da se aleja más de mí. Con cada paso que da se vuelve más independiente.

-No te preocupes, mi vida. Aún nos queda muchísimo tiempo.

Ella asintió.

-Mírala, Yi. Es preciosa.

Yiddá sonrió.

-Gracias por regalarme esta maravilla.

Julián se acercó y le dio la mano para ayudarla a ponerse de pie. La observó, y se quedó helado. Estaba precios. Su sonrisa destacaba. Sus dientes brillaban, blancos, relucientes. Su maquillaje, muy natural, hacía lucir aún más joven su rostro de niña. Los ojos color miel estaban iluminados, delatando su emoción y sus nervios. El cabello suelto, lacio, perfectamente ordenado. Pequeños aretes dorados adornando sus orejas, y sus labios, rojos como la sangre. Collar dorado a juego con los aretes, y pulseras del mismo color. Las uñas, recortadas con cuidado, lucían una delicada capa de esmalte escarchado. Vestido rojo pegado al cuerpo, que se amoldaba perfectamente a su figura. Ni muy largo ni muy corto, la medida perfecta. Completaba el atuendo un par de zapatos de tacón rojo, tan brillantes que parecían nuevos.

Yiddá era un verdadero ángel. Julián lo sabía, claro que lo sabía.

Cómo se moría por esa mujer.

-Estás hermosa- susurró Julián, a la vez que la tomaba por la cintura y unía sus labios con los de ella. Yiddá dejó que sus manos descansen sobre el pecho de Julián, cerró los ojos y se dejó llevar. Sus labios sabían a chocolate caliente. Una Navidad más al lado de los amores de su vida. El chico más bello del mundo, y el angelito caído del cielo que había llegado hacía casi siete años a sus vidas. Una mañana de un 26 de diciembre había llegado al mundo Beatriz Zucchi Eslava como regalo atrasado de Navidad. La pequeña niña que llegó de sorpresa, pero resultó ser la sorpresa más linda de todas, convirtiéndose en el motivo de vida de Yiddá y Julián.

Luego de unos segundos se separaron y voltearon a ver a Beatriz, quien se había puesto de espaldas y se tapaba los ojos con las manos.

-Díganme cuando hayan parado para voltear- expresó la niña.

Yiddá y Julián se miraron entre ellos, luego volvieron a poner sus ojos en la niña y rompieron en carcajadas.

-No entiendo qué es tan gracioso- refunfuñó Beatriz mientras se quitaba las manos de los ojos y regresaba al árbol-. ¡Es realmente asqueroso! ¡Debería de estar prohibido!

Yiddá se acercó a su hija y se sentó a su lado.

-Eres pequeña, no lo entenderías- explicó mientras le acomodaba los mechones de cabello que se habían salido de su lugar. Dejó que sus dedos recorrieran sus largos rizos castaños, hasta que la niña se impacientó.

-¡No soy pequeña! ¡Voy a cumplir siete! ¡Y ya voy al colegio!

Julián soltó una risita. Se acercó a Beatriz y la levantó en brazos.

-Por más que tengas seis y vayas al colegio, tú siempre vas a ser nuestra bebita.

Beatriz se puso de pie y volvió a inspeccionar las tarjetas de los regalos.

Yiddá volteó a ver a Julián. Se acercó a él y le susurró al oído.

-¿No le has dicho, no?

-Aún no. ¿Por qué? ¿Prefieres que lo haga yo?

-No, creo que ambos debemos hacerlo…

-Te doy la razón.

Yiddá se sentó en el sofá más cercano, dando pequeños golpecitos con los dedos. Su hija volteó a mirarla.

-Mami.

-¿Sí, mi amor?

-¿Tú crees que esté esa muñeca que le pedí a Papá Noel?

-Pues…- miró a Julián- claro que estará, ¿no, mi amor? Él la consiguió, ¿no?

Él adoptó una postura nerviosa. Yiddá soltó una risita.

-Este… ¿saben qué, reinas? Olvidé comprar el panetón.

-No, papi. Compramos varios- refutó Bea, confundida.

-Es que a mí me gusta otro tipo de panetón- aclaró Julián a la vez que tomaba sus llaves-. Voy a la tienda, ya vuelvo.

Le dio un beso rápido a la niña y salió corriendo, lo cual provocó la risa de su mamá.

-¿Qué es lo gracioso?

-Nada, nena- dijo Yiddá, respirando para calmarse.

-No entiendo a los adultos- concluyó Beatriz.

El celular de Yiddá sonó. Lo desbloqueó y leyó el mensaje en la pantalla.

Estoy d camino. Perdón x olvidarlo”

Ella tecleó rápidamente.

Apúrat. Tenemos q decírselo los 2. Ya no puedo esperar”

“Dame 20 min. T amo”

“Ok. T amo más”

Dejó su celular a un lado y se dispuso a hablar con Beatriz.

-Bea

-¿Qué pasó, mami?

-¿Qué dirías tú si Papá Noel te trae otro tipo de muñeca?

-No lo sé. A mí me gusta la que le pedí, porque llora, duerme y también come. ¡Es genial!

Yiddá sonrió.

-¿Y si te trae uno que también llora, duerme y come; pero hace más cosas?

-Sería aún más genial- respondió.

Con esa respuesta, su mamá se quedó tranquila.

 

 

Al final, Julián llegó a tiempo y la niña recibió la muñeca deseada, lo que causó una alegría impresionante en ella. Eran ya las doce con cuarenta y cinco minutos y no mostraba rastro alguno de sueño.

-Nena, ya va siendo hora de ir a la cama- le informó Julián a la vez que la cargaba en brazos.

-No tengo sueño- refutó-. Quiero usar mis juguetes nuevos.

-Vamos, nena. Mamá y yo tenemos una sorpresa para ti.

Beatriz miró a su mamá y esta asintió. Sus pequeños ojitos se le iluminaron. ¿Sería acaso la muñeca de la que habló su mamá? No podía negarse a tremenda oferta.

-Está bien. Iré a dormir.

Yiddá sonrió y los siguió escaleras arriba, hasta llegar a la habitación de la pequeña. Julián la dejó en su cama y se sentaron ambos junto a ella, uno a cada lado.

-¿Cuál es la sorpresa?- cuestionó la niña.

-Este…- Yiddá comenzó a hablar-. Papá y yo queremos decirte que pronto las cosas van a cambiar.

-¿Cómo? ¡Yo no quiero eso!

-No es nada malo, nena- la tranquilizó Julián-. Al contrario, es algo que te va a traer mucha alegría.

-¿Qué es, mami?- Beatriz miró a su mamá.

Julián buscó la mirada de Yiddá, le tomó la mano y sonrió.

-Bea, dentro de poco vas a tener un hermanito.