La casa estaba en silencio, a excepción del suave sonido de las luces del arbolito navideño. Una joven chica, de no más de veintisiete años, se encontraba sentada al pie de este.Devoraba los regalos con los ojos con la emoción de una niña. La sonrisa en su rostro brillaba, tocaba las brillantes esferas y los coloridos muñecos y reía con una emoción indescriptible. Cualquiera al escucharla hubiera dicho que le estaban contando el mejor chiste del mundo; y su risa era tan clara, tan limpia, tan hermosa, como una catarata de agua cristalina.
Levantó la mano para acomodar unos cuantos mechones de cabello que se habían caído sobre su rostro, y continuó revisando la infinidad de cajas envueltas en papeles de todos los colores que habían sobre la alfombra. Un verdadero paraíso multicolor de regalos de todas las formas y tamaños, con despampanantes lazos y elaboradas tarjetas con los más lindos diseños que Yiddá había visto en su vida. Esa, sin duda alguna, era una de las Navidades más mágicas que había vivido.
La puerta principal se abrió y se volvió a cerrar. Un elegante chico hacía su aparición cargado con varias cajas más; seguido por una pequeñita ataviada en un precioso vestido, azul como el cielo. Ella, al ver el árbol rebosante de obsequios, corrió emocionada hacia él y se dejó caer a su lado.
-¡Beatriz! ¡El vestido!
Yiddá se estiró para ayudarla a pararse y comprobar que nada se hubiera roto.
-Déjala, amor. Está emocionada.
Suspiró.
-Está bien- volteó la cabeza para mirar a la pequeña-. Ven a saludar a mamá, Bea.
La niña se inclinó y le rodeó el cuello con los brazos. Enterró su pequeña carita en el cabello de Yiddá y se quedó así por unos segundos. Luego la soltó y corrió de vuelta a buscar su nombre en las tarjetas de los regalos. Yiddá volteó a ver a Julián y sonrió.
-Es nuestra pequeña. La misma a la que hace tan poco cambiaba pañales y daba de lactar. Está muy grande. Siento que en cualquier momento se hará mayor y nosotros no nos habremos dado cuenta ni habremos reaccionado a tiempo. Con cada paso que da se aleja más de mí. Con cada paso que da se vuelve más independiente.
-No te preocupes, mi vida. Aún nos queda muchísimo tiempo.
Ella asintió.
-Mírala, Yi. Es preciosa.
Yiddá sonrió.
-Gracias por regalarme esta maravilla.
Julián se acercó y le dio la mano para ayudarla a ponerse de pie. La observó, y se quedó helado. Estaba precios. Su sonrisa destacaba. Sus dientes brillaban, blancos, relucientes. Su maquillaje, muy natural, hacía lucir aún más joven su rostro de niña. Los ojos color miel estaban iluminados, delatando su emoción y sus nervios. El cabello suelto, lacio, perfectamente ordenado. Pequeños aretes dorados adornando sus orejas, y sus labios, rojos como la sangre. Collar dorado a juego con los aretes, y pulseras del mismo color. Las uñas, recortadas con cuidado, lucían una delicada capa de esmalte escarchado. Vestido rojo pegado al cuerpo, que se amoldaba perfectamente a su figura. Ni muy largo ni muy corto, la medida perfecta. Completaba el atuendo un par de zapatos de tacón rojo, tan brillantes que parecían nuevos.
Yiddá era un verdadero ángel. Julián lo sabía, claro que lo sabía.
Cómo se moría por esa mujer.
-Estás hermosa- susurró Julián, a la vez que la tomaba por la cintura y unía sus labios con los de ella. Yiddá dejó que sus manos descansen sobre el pecho de Julián, cerró los ojos y se dejó llevar. Sus labios sabían a chocolate caliente. Una Navidad más al lado de los amores de su vida. El chico más bello del mundo, y el angelito caído del cielo que había llegado hacía casi siete años a sus vidas. Una mañana de un 26 de diciembre había llegado al mundo Beatriz Zucchi Eslava como regalo atrasado de Navidad. La pequeña niña que llegó de sorpresa, pero resultó ser la sorpresa más linda de todas, convirtiéndose en el motivo de vida de Yiddá y Julián.
Luego de unos segundos se separaron y voltearon a ver a Beatriz, quien se había puesto de espaldas y se tapaba los ojos con las manos.
-Díganme cuando hayan parado para voltear- expresó la niña.
Yiddá y Julián se miraron entre ellos, luego volvieron a poner sus ojos en la niña y rompieron en carcajadas.
-No entiendo qué es tan gracioso- refunfuñó Beatriz mientras se quitaba las manos de los ojos y regresaba al árbol-. ¡Es realmente asqueroso! ¡Debería de estar prohibido!
Yiddá se acercó a su hija y se sentó a su lado.
-Eres pequeña, no lo entenderías- explicó mientras le acomodaba los mechones de cabello que se habían salido de su lugar. Dejó que sus dedos recorrieran sus largos rizos castaños, hasta que la niña se impacientó.
-¡No soy pequeña! ¡Voy a cumplir siete! ¡Y ya voy al colegio!
Julián soltó una risita. Se acercó a Beatriz y la levantó en brazos.
-Por más que tengas seis y vayas al colegio, tú siempre vas a ser nuestra bebita.
Beatriz se puso de pie y volvió a inspeccionar las tarjetas de los regalos.
Yiddá volteó a ver a Julián. Se acercó a él y le susurró al oído.
-¿No le has dicho, no?
-Aún no. ¿Por qué? ¿Prefieres que lo haga yo?
-No, creo que ambos debemos hacerlo…
-Te doy la razón.
Yiddá se sentó en el sofá más cercano, dando pequeños golpecitos con los dedos. Su hija volteó a mirarla.
-Mami.
-¿Sí, mi amor?
-¿Tú crees que esté esa muñeca que le pedí a Papá Noel?
-Pues…- miró a Julián- claro que estará, ¿no, mi amor? Él la consiguió, ¿no?
Él adoptó una postura nerviosa. Yiddá soltó una risita.
-Este… ¿saben qué, reinas? Olvidé comprar el panetón.
-No, papi. Compramos varios- refutó Bea, confundida.
-Es que a mí me gusta otro tipo de panetón- aclaró Julián a la vez que tomaba sus llaves-. Voy a la tienda, ya vuelvo.
Le dio un beso rápido a la niña y salió corriendo, lo cual provocó la risa de su mamá.
-¿Qué es lo gracioso?
-Nada, nena- dijo Yiddá, respirando para calmarse.
-No entiendo a los adultos- concluyó Beatriz.
El celular de Yiddá sonó. Lo desbloqueó y leyó el mensaje en la pantalla.
“Estoy d camino. Perdón x olvidarlo”
Ella tecleó rápidamente.
“Apúrat. Tenemos q decírselo los 2. Ya no puedo esperar”
“Dame 20 min. T amo”
“Ok. T amo más”
Dejó su celular a un lado y se dispuso a hablar con Beatriz.
-Bea…
-¿Qué pasó, mami?
-¿Qué dirías tú si Papá Noel te trae otro tipo de muñeca?
-No lo sé. A mí me gusta la que le pedí, porque llora, duerme y también come. ¡Es genial!
Yiddá sonrió.
-¿Y si te trae uno que también llora, duerme y come; pero hace más cosas?
-Sería aún más genial- respondió.
Con esa respuesta, su mamá se quedó tranquila.
Al final, Julián llegó a tiempo y la niña recibió la muñeca deseada, lo que causó una alegría impresionante en ella. Eran ya las doce con cuarenta y cinco minutos y no mostraba rastro alguno de sueño.
-Nena, ya va siendo hora de ir a la cama- le informó Julián a la vez que la cargaba en brazos.
-No tengo sueño- refutó-. Quiero usar mis juguetes nuevos.
-Vamos, nena. Mamá y yo tenemos una sorpresa para ti.
Beatriz miró a su mamá y esta asintió. Sus pequeños ojitos se le iluminaron. ¿Sería acaso la muñeca de la que habló su mamá? No podía negarse a tremenda oferta.
-Está bien. Iré a dormir.
Yiddá sonrió y los siguió escaleras arriba, hasta llegar a la habitación de la pequeña. Julián la dejó en su cama y se sentaron ambos junto a ella, uno a cada lado.
-¿Cuál es la sorpresa?- cuestionó la niña.
-Este…- Yiddá comenzó a hablar-. Papá y yo queremos decirte que pronto las cosas van a cambiar.
-¿Cómo? ¡Yo no quiero eso!
-No es nada malo, nena- la tranquilizó Julián-. Al contrario, es algo que te va a traer mucha alegría.
-¿Qué es, mami?- Beatriz miró a su mamá.
Julián buscó la mirada de Yiddá, le tomó la mano y sonrió.
-Bea, dentro de poco vas a tener un hermanito.

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