miércoles, 6 de agosto de 2014

"Una Princesa En Casa" capítulo 27

         




Había sido solamente una polilla. Adriano había interrumpido posiblemente la conversación más importante de toda la vida de Angie por culpa de una polilla.
Angie permanecía en uno de los rincones del espacioso salón de Johana Porcella, sintiéndose completamente fuera de lugar con aquel vestido azul que se había comprado con Ariana en las galerías. Era demasiado informal, demasiado femenino quizá. La falda le llegaba prácticamente hasta los tobillos y era de manga larga, pero tenía un pronunciado escote que le hacía parecer mucho más exuberante de lo que realmente era.
-Me encanta este vestido -le susurró Nicola al oído-. Aunque estoy deseando que llegue esta noche para quitártelo.
Angie rio disimuladamente.
-Tienes un cuello precioso -continuó diciendo Nicola-. ¿Crees que alguien se dará cuenta si te doy un beso?
-¡Sí! -exclamó Angie, volviéndose aterrada hacia él.
Nicola prácticamente la abrasó con la mirada mientras le tendía una copa de champán.
-Lo único que tienes que hacer es decir sí y anunciaré aquí mismo nuestro compromiso. Entonces no importará que te bese. Podremos pasar toda la noche besuqueándonos en una esquina.
Angie miró a su alrededor. Aquel no era el mejor lugar para confesar un secreto, pero no podía seguir retrasando el momento de decirle la verdad.
-Micola, hay una razón por la que no puedo aceptar tu propuesta de matrimonio.
-Por favor, no me digas que ya estás casada.
-¡No!
-Gracias a Dios -se acercaba tanto a ella que Angie podía sentir el calor de su cuerpo-. Mira, la cena no va a empezar hasta dentro de una hora. Podemos ir al piso de arriba, cerrarnos en uno de los cuartos de baño y...
-Me encantaría -respondió Angie.
Allí, con más privacidad, no le costaría tanto explicarle quién era realmente ella.
Pero evidentemente, aquella no era la respuesta que Nicola estaba esperando.
-¿De verdad? Yo estaba bromeando, pero si de verdad quieres... -rio suavemente.
-Dentro de diez minutos, en el piso de arriba.


Nueve minutos y medio.
Nicola intentaba no mirar el reloj mientras se dirigía disimuladamente hacia las escaleras. No miraba el reloj, no miraba las escaleras, pero le resultaba imposible apartar la mirada de Angie. Ella estaba cruzando la habitación, sonriendo radiante mientras conversaba con Walece Tippins, el pastor de la iglesia de su madre. Probablemente el mismo que los casaría y...
Angie lo miró directamente a los ojos, como si hubiera sentido su mirada y sonrió. Fue una sonrisa completamente diferente de la que le estaba ofreciendo al pastor. Era una sonrisa solo para él. Una sonrisa llena de secretos y rebosante de amor.
Nicola le devolvió la sonrisa. Sentía el corazón en la garganta. La amaba como no había amado jamás a nadie. La amaba porque a ella no le importaba nada su dinero. La amaba porque los quería a él y a sus hijos con cada célula de su cuerpo.
-Si sigues mirándola así, se enterará todo el mundo.
La madre de Nicola estaba a su lado. Nicola desvió la mirada del rostro de Angie para mirar subrepticiamente el reloj. Siete minutos, cuatro segundos, tres, dos...
-Entonces -Johana Porcella dio un sorbo de vino mientras seguía a Angie con la mirada-, ¿vas a casarte con ella?
A Nicola le costaba creer que su madre aceptara la idea de que se casara con una niñera con tanta tranquilidad.
-Se lo he pedido esta tarde. 
-Bien hecho.
-¿Bien hecho? ¿Qué te pasa, mamá? Acabo de decirte que voy a casarme con una niñera y dices que he hecho bien? 
Johana se echó a reír. 
-Oh, eres tan divertido. Sé perfectamente quién es ella. Ya sabía yo que me resultaba conocida. Y sí crees que voy a protestar porque te cases con la princesa Angie de Wynborough, entonces es a ti al que te ocurre algo.
-¿Princesa qué? -preguntó Nicola estupefacto.
-Angie Arizaga Princesa real de Wynborough -repitió su madre-. Mira cómo se comporta, cómo se mueve. No me puedo creer que de verdad pensaras que se trataba de una niñera.
Y lo que Nicola no podía era respirar.
Angie, no, la princesa Angie, estaba pálida como el papel mientras se acercaba hacia él. Y su madre tenía razón. Sus movimientos tenían una gracia especial. Caminaba como si pensara que la gente tenía que apartarse para cederle el paso. ¿Por qué no lo habría advertido antes?
-Me gusta -dijo Johana-. Hace falta tener una gran capacidad de iniciativa para hacerse pasar por una niñera con el fin de atrapar a un marido rico y atractivo.
Nicola se sintió como si acabaran de darle un puñetazo en el estómago.
Angie había estado jugando con él. Le había tendido una trampa y él había estado a punto de casarse con ella.
Pero el dolor era más intenso que la indignación por haber sido estafado. Estaba desolado. La sincera, honesta y desinteresada Angie no le había dicho nada más que mentiras.
Se volvió hacia su madre y dijo con voz fría y controlada:

-Siento tener que marcharme antes de la cena -a continuación se volvió hacia Angie, que acababa de acercarse a él-. Nos vamos, ve a buscar tu abrigo. Yo me encargaré de los niños...
-Nicola...
Angie estaba representando perfectamente su fingida confusión. Pero Nicola no esperaba menos de una princesa.


Angie había esperado demasiado tiempo para decirle la verdad. Había mentido y no podía culpar a Nicola por haberla echado de su casa.
Se había despedido de los niños, no sin antes contarles la verdad sobre su identidad y el motivo de que Nicola quisiera que se fuera.
A Adriano no había tenido forma de consolarlo y Ariana estaba indignada. Su padre cambiaba frecuentemente su identidad cuando se iban de vacaciones y no conseguía entender la diferencia entre eso y lo que Angie había hecho. Angie había intentado hablar con Nicoka, había intentado explicarse. Pero él se había mantenido en todo momento frío como el hielo y tras escuchar las disculpas de Angie, le había pedido que hiciera las maletas y se marchara.
Y a Angie ya solo le quedaba una cosa que hacer antes de subirse al coche que la estaba esperando para llevarla al aeropuerto.
Llamó tímidamente a la puerta del despacho de Nicola. Sí, no había ninguna duda. La atrevida Angie Gutierrez había desaparecido y volvía a ser la tímida y modosa Angie otra vez.

-¿Sí? -preguntó Nicola con dureza. Angie abrió la puerta y asomó tímidamente la cabeza.
-Nicola, por favor, no dejes que las cosas terminen de este modo.
-¿Y cómo te gustaría que terminaran, princesa? ¿Con un acuerdo de negocios entre la casa real Wynborough y Porcella-Cardozo? ¿Con una habitación llena de abogados diseñando un plan para trasladar la empresa y a sus tres mil trabajadores a Wynborough?

Su dureza hizo renacer de las cenizas el espíritu de Angie Gutierrez.

-Crees que lo sabes todo, ¿verdad? -preguntó con dureza-. Pues te equivocas. Vine aquí a buscar a Rafarl Cardozo con la esperanza de que fuera mi hermano. Puedes creer lo que te apetezca, pero no estaba buscando un marido. De hecho, lo último que esperaba de ti era una propuesta de matrimonio. Y ni siquiera estoy segura de que mi padre me permitiera casarme contigo.

Nicola se dirigió hacia el mueble bar y comenzó a servirse una copa con movimientos bruscos.

-Ya sabes lo que les ocurre a los mentirosos, ¿verdad, Angie? Nunca se puede estar seguro de si mienten o dicen la verdad. Cierra la puerta al salir, ¿quieres?
Las últimas esperanzas de Angie murieron. Nicola tenía razón. Era una mentirosa, e incluso en el caso de que Nicola pudiera perdonarla, ella no era Angie Gutierrez.
Angie dejó lentamente la cajita de la sortija sobre el escritorio de Nicola y se marchó cerrando la puerta tras ella.

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