Capítulo 28
Angie mantenía cerradas las contraventanas de la habitación del hotel del aeropuerto de Buenos Aires.
Aquello era patético. Y ya llevaba tres días allí. Escondida.
Todo había comenzado cuando al llegar al aeropuerto le habían comunicado que el próximo vuelo a Aspen no salía hasta el día siguiente por la mañana.
No tenía fuerzas para hacer nada, salvo para permanecer acurrucada en medio de aquella cama inmensa. Había dormido cerca de veinte horas y en ese momento se encontraba sentada en la cama, viendo la televisión sin ningún entusiasmo. Se sentía completamente miserable. Pero todo, absolutamente todo lo que estaba sintiendo, era culpa suya.
Nicola la había llamado mentirosa y tenía razón.
Pero ella lo había amado.
Todavía lo amaba.
Sin embargo, si en algún momento Nicols había sentido algo hacia ella, había sido por una mujer que ni siquiera existía.
Angie cambió de canal y se irguió bruscamente. Acababa de aparecer una foto de Ariana en la televisión. Elevó rápidamente el volumen.
-... desaparecida desde ayer -estaba diciendo el reportero que cubría la noticia-. La hija de Nicola Porcella, uno de los propietarios de Porcella-Cardozo, fue vista por última vez por los alrededores de Welford School, entrando en un Toyota de color azul. La policía está interrogando a cuantos la conocen con el fin de averiguar su paradero.
Angie estuvo a punto de caerse de la cama cuando se levantó para llamar por teléfono. Las manos le temblaban de tal manera mientras marcaba el número que tuvo que empezar de nuevo.
Era imposible que Ariana se hubiera ido de casa, después de la conversación que había mantenido con Nicola sobre la muerte de su madre.
-Vamos, vamos. Contestad -susurraba con impaciencia mientras esperaba a que contestaran al otro lado de la línea.
-Yamila Piñero -escuchó a los pocos minutos.
-Yami, ¡gracias a Dios!
-Angie, ¿dónde demonios te has metido? He llamado a casa de los Porcella y el ama de llaves me ha dicho que hacía días que te habías ido.
-Y es cierto, pero todavía estoy aquí, en Perú. No puedo explicarte ahora lo que ha pasado. Yami, necesito que me digas algo, ¿Gabriel Moran me envió a uno de sus guardaespaldas mientras estaba aquí?
-¿A un guardaespaldas? Claro que no. Me dijiste que no lo necesitabas.
-¿Estás segura?
-Completamente.
Angie maldijo de una forma muy poco apropiada para una princesa.
-No puedo explicártelo ahora, por favor, perdona, pero tengo que colgarte -Angie colgó el teléfono y llamó inmediatamente a recepción-. Necesito un taxi inmediatamente -pidió.
Se puso unos vaqueros y un jersey a toda velocidad y a los pocos segundos corría hacia el ascensor.
-Todo esto es culpa suya, alteza –dijo Nicola muy tenso, mientras caminaba nervios por el pasillo, sin invitarla a entrar en su despacho-. Ariana se marchó porque estaba triste por tu marcha.
Nicola estaba furioso.
Furioso porque Ariana había vuelto a irse, furioso con Angie por haberse presentado en su casa de aquella manera, furioso por haber sentido que volvía a resurgir la esperanza al verla allí otra vez. ¿Acaso se había vuelto loco?
-Estaba muy enfadada conmigo porque había dejado que te fueras -le explicó a Angie-. Como si hubiera tenido otra opción...
-Claro que la tenías.
-¿Ah, así que ahora resulta que sido culpa mía?
-También ahora tienes otra opción. Puedes decidir escucharme o continuar ignorándome
-Venga, princesa, vuelve a Wynborough. Lo único que vas a conseguir estando aquí es ponerme las cosas más difíciles cuando la encuentre.
-¿Y qué ocurriría si la hubieran secuestrado? ¿Si en realidad no se hubiera ido por voluntad propia?
-No la han secuestrado, estoy seguro. Aunque son muchos los que parecen estar deseando cobrar un rescate -replicó Nicola, volviéndose para alejarse de su lado.
Angie lo agarró del brazo.
-¡Maldita sea, Nicola, escúchame!
No, Nicola no quería escucharla. No quería tener que mirarla a los ojos. No quería enfrentarse al hecho de que todavía la amaba, de que todavía la quería.
Quería llorar, pero decidió aferrarse a su enfado y miró el reloj con impaciencia.
-De acuerdo, te escucho. Tienes sesenta segundos exactamente, así que rápido.
-Creo que puedo identificar al conductor del Toyota azul.
Aquellas palabras bastaron para atrapar la atención de Nicola.
-¿Sabes cuál de los amigos de Ariana conduce un Toyota azul?
-No es uno de los amigos de Ariana -le dijo Angie-. Yo creía que era uno de mis guardaespaldas y...
-Un guardaespaldas. Claro -la interrumpió Nicola-, una princesa tiene que tener guardaespaldas -comenzó a subir las escaleras-. Angie, por favor, vete a casa.
-¡Eso no es justo! -exclamó Angie, corriendo tras él-. Has dicho que me escucharías durante sesenta segundos.
-Pues bien, he mentido -abrió la puerta de su despacho e inmediatamente salió a su encuentro Joe Verrone, el policía que estaba a cargo de la investigación del caso de Ariana.
-Señor Porcella, creo que será mejor que vea esto.
-¿Qué es?
-Una de las cientos de peticiones de rescate que hemos recibido, señor. Pero en este caso no es una carta, sino un CD ROM. Pase y siéntese, por favor.
-Joe, me estás asustando -Nicola se sentó frente a su ordenador y otro de los detectives activó el mensaje.
A los pocos segundos, aparecía la imagen de Ariana en la pantalla del monitor. Aparecía sentada en el suelo de una habitación indescriptible, atada a una silla, con expresión desafiante.
-Hola, papá. Estoy aquí, a salvo. Por lo menos por ahora -se le quebró ligeramente la voz-. Se supone que tengo que decirte que metas un millón de dólares en un maletín -miró a la cámara-. Sí, lo siento -la voz le volvió a temblar-. Un millón de dólares en billetes pequeños y sin marcar.
Inmediatamente, se borró la imagen.
-Oh, Dios mío. Dios mío -Ariana había sido secuestrada y él se había pesado el día entero furioso con ella, convencido de que se había escapado y que aparecería en cualquier momento.
Angie estaba a su lado. Le tomó la mano y se la apretó con fuerza.
-¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó Angie, tomando prácticamente las riendas de la situación-. ¿Entregar el dinero? ¿Seguir todas las instrucciones que nos den y esperar a que Ariana esté a salvo para intentar atrapar a su secuestrador?
La mirada de Joe no pronosticaba nada bueno.
-No sé si podemos arriesgarnos a esperar. Si el secuestrador piensa que la víctima puede identificarlo de algún modo... Por la experiencia que tengo, creo que deberíamos intentar encontrar a Ariana por todos los medios posibles.
Angie abrazó a Nicola.
-La encontraremos -le aseguró-, haremos todo lo que haga falta y la encontraremos.
Nicola también la abrazó, y se permitió alegrarse de que estuviera allí.
-Antes has dicho que podrías identificar al conductor del coche...
Angie asintió, mirando hacia el grupo de detectives.
-Nos ha estado siguiendo un hombre en un Toyota azul desde hace semanas. Yo pensaba que era uno de los guardaespaldas de la Casa Real de Wynborough, pero estaba equivocada, no habían dispuesto que me siguiera ninguno. Vi claramente su cara varias veces. Es un hombre mayor, de la edad de Nicola aproximadamente, un poco más bajo que él y algo más grueso. Lleva el pelo muy corto, como un soldado y tiene un rostro inconfundible. Cejas oscuras y pobladas, ojos pequeños, nariz y barbilla largas y pómulos poco pronunciados.
-¿Podríamos intentar reconocer un retrato robot? -preguntó Nicola, mirando a Joe Verrone, que estaba llamando ya por teléfono.
-Ahora mismo voy a pedir-que nos lo envíen. Con un poco de suerte, tendremos a Ariana con nosotros dentro de cinco minutos.
Cinco minutos. Nicola podía morir quinientas veces en cinco minutos. Se levantó y se asomó a la ventana, fingiendo fijar la vista en las montañas cuando de hecho tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no podía ver nada en absoluto.
Nicola miró fijamente el retrato robot que les envió la policía.
-Conozco a ese hombre -le explicó a Joe Verrone-. Trabajaba para mí. Lo despedí hace un mes. Se llama Bruce Baxter.
-¿Tiene la dirección de su domicilio?
-¿Está bromeando? ¿De verdad cree que si Bruce secuestrara a Ariana la llevaría a su casa?
-Siempre es el primer lugar en el que miramos -le explicó Joe-. Y tengo la esperanza de que su hija se encuentre allí. Sé que parece poco inteligente, pero créame, las cárceles no están llenas de genios.
Nicola se sentó tras su escritorio. Buscó la dirección del presunto secuestrador y se la tendió al policía, que inmediatamente volvió a llamar por teléfono.
-Esto encaja con todo lo que hemos averiguado hasta ahora -le explicó a Nicola-. Ahora, lo único que necesitamos es conseguir una orden judicial y...
Nicola se puso inmediatamente la chaqueta.
-Voy con ustedes.
-Señor Porcella, con los debidos respetos, creo que debería esperar usted aquí.
-Voy con usted.
El policía miró a Angie en busca de apoyo.
Pero ella sacudió la cabeza y tomó la mano de Nicola.
-Yo también voy.
Nicola no podía esperar en el coche.
Y Angie no lo culpaba. La vista del equipo de rescate preparando una visita sorpresa al apartamento de Bruce Baxter era aterradora... Las armas eran enormes y si Ariana estaba en el interior de la casa, probablemente pronto se vería envuelta en un tiroteo.
Pero casi era mejor que empezara cuanto antes.
En cuestión de segundos, la policía se introdujo en el interior del apartamento. No hubo un solo tiro. Al minuto, Joe salió para indicarles que entraran al edificio. En cuanto se asomaron a la puerta del apartamento, vieron a Ariama.
La niña saltó a los brazos de su padre y él la abrazó con fuerza.
-¿Estás bien? ¡Por favor, dime que no te han hecho nada!
-Estoy bien, nadie me ha tocado -dijo la niña entre lágrimas-. Sabía que vendrías a por mí, papá. Lo sabía -Angie tampoco podía dejar de llorar-. En realidad no tenía pistola. Era una pistola de mentira, pero como al principio no me di cuenta, me metí en su coche. ¡No lo hubiera hecho si no hubiera pensado que la pistola era de verdad!
-Lo sé pequeña -susurró Nicola, besándole el pelo y meciéndola en sus brazos-. Pero ya pasó todo.
-Tenía miedo de que pensaras que me había vuelto a escapar -sollozó Ariana-. Tenía miedo de que me llevaran lejos y tú nunca supieras que había sido un secuestro.
Nicola miró entonces a Angie y esta abrazó a Ariana también.
-¿Estás bromeando? Tu padre estaba muy afectado. Nunca lo había visto tan asustado. Y después de ver el CD ROM, he tenido que sujetarlo para que no entrara con los policías en la casa.
Ariana rio entre las lágrimas.
-¿De verdad?
Angie asintió.
-De verdad.
Ariana miró entonces a su padre.
-¿Nos vamos ya a casa, por favor?

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