Capítulo 26
-Nicola, ¿has visto a Ariana?- La voz de Angie hizo que Nicola levantara la cabeza del desayuno que estaba preparando para Adriano.
-No, esta mañana todavía no la he visto. ¿Qué ha pasado?
-Adrianito, ¿la has visto tú?
-No.
-Nicola, por favor, ¿puedes salir un momento?
Nicola siguió a Angie al pasillo a toda velocidad.
-¿Ha habido algún problema?
-Creo que sí. Han llamado por teléfono de un agencia de taxis. Me ha dicho que la joven que había tomado uno de sus taxis esta mañana se había dejado una maleta en el asiento. En ella venía su dirección.
-¿Qué?
-Nicola, creo que Ariana se ha escapado. Me han dicho que la joven se dirigía hacia el aeropuerto.
A los pocos minutos, Angie y Nicola iban al aeropuerto a toda velocidad. Pero antes de que hubieran llegado, sonó el teléfono. Los guardias de seguridad del aeropuerto habían encontrado a Ariana. Estaba en la sala de espera, a punto de tomar un vuelo hacia Los Ángeles.
Angie jamás había visto a Nicola tan enfadado. Estaba furioso y espantosamente sombrío. Cuando se acercaban ya a la comisaría del aeropuerto, Angid lo obligó a detenerse un momento.
-Si entras así, ella se pondrá a la defensiva y tardarás días en conseguir que te explique por qué lo ha hecho.
-¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Inventarme algo agradable? ¿Te parece bien que le felicite por las líneas aéreas que ha escogido para viajar?
Angie se echó a reír, no pudo evitarlo. Y, para alivio suyo, Nicola también consiguió esbozar una sonrisa y la abrazó con fuerza.
-Gracias por estar aquí conmigo. Me temo que no se me da muy bien eso de ser padre. Pensaba que últimamente estaba haciendo las cosas bien, que ya había pasado lo peor, y... -se le quebró la voz-. ¿Por qué habrá hecho Ariana una cosa así? No consigo comprenderlo.
-¿Sabes, Nicola? Eso es exactamente lo que tienes que decirle.
-No lo entiendo.
Nicola se sentó frente a Ariana. Su hija no había hecho otra cosa que mirar fijamente hacia el suelo desde que Angie y él habían entrado en la comisaría del aeropuerto.
-¿Podemos volver a casa? -preguntó la niña, sin alzar la mirada.
-No, hasta que me digas por qué querías irte a Los Ángeles.
-¿Qué importa eso?
-Si no me lo dices, ¿cómo voy a poder decidir si debo o no dejar que te marches?
Ariana estuvo a punto de caerse de la silla al oír a su padre.
-¿Qué?
-Supongo que tendrás una buena razón para querer estar allí, y, al menos que la conozca, no puedo dejarte marchar. Porque si la razón es verdaderamente buena...
-¡No me dejarías marchar de ninguna manera!
-Es cierto, tienes razón. Pero por lo menos diciéndotelo he conseguido que me prestes atención. ¿Sabes por qué nunca dejaría que te fueras?
-¿Porque soy demasiado pequeña?
-Sí, porque eres demasiado pequeña -repitió Nicola-, pero también porque te quiero.
Los ojos de Ariana se llenaron de lágrimas que la niña rápidamente apartó de sus ojos.
-Lo sé -dijo con un hilo de voz.
Nicola suspiró con paciencia.
-Si lo sabes -dijo, consiguiendo mantener un tono considerablemente tranquilo-, ¿cómo se te ha ocurrido hacer las maletas y... -se le quebró la voz-, y dejarnos a Adriano y a mí de esta manera?
Ariana comenzó a llorar.
-Lo siento -sollozo-. Papá, Angie, lo siento. ¡No sabía qué otra cosa podía hacer!
Nicola rodeó la mesa y la niña se levantó para abrazarlo.
-Pensaba que era un buen momento para marcharse -continuó diciendo Ariana, llorando como una criatura de cuatro años-. Adrianito quiere mucho a Angie y yo pensaba que si me iba, Angie seguramente se quedaría porque no querría dejarlo solo. Y tampoco te dejaría nunca solo a ti -miró a su padre. Las lágrimas caían a raudales por sus mejillas-. Yo sé que la quieres, aunque no te apetezca admitirlo. Cuando está cerca de ti, siempre estás contento.
-Pero Ariana, no lo comprendo. ¿Ibas a marcharte para que Angie se quedara?
-No -se secó las lágrimas y se frotó la nariz. Angie le tendió un pañuelo de papel para que se sonara-. Gracias. Quería irme porque -comenzó a llorar con renovadas fuerzas-... porque tengo lo mismo que tenía mamá.
-¿Cáncer? -le preguntó Nicola, completamente apabullado.
-Papá, ya sé que en realidad mamá no tenía cáncer, que eso fue una mentira que nos contaste cuando murió.
-Ariana, ¿qué...?
-Papá, sé lo que pasó -repuso Aleli con fiereza-. He leído en un libro lo que es la depresión y allí decía que una persona con depresión se pasa todo el día en la cama, tumbada y llorando. Eso era exactamente lo que hacía mamá. Yo la oía llorar, nunca te lo dije, pero me quedaba en la puerta de su habitación y la oía llorar. Y también te oí cuando la encontraste en el baño. Estaba escondida debajo de su cama y te oía gritarla. Estabas muy enfadado porque se había suicidado. Sé que mamá se suicidó.
Nicola estaba estupefacto.
-Oh, Dios mío, Ari...
-Los libros que he leído dicen que la depresión puede ser hereditaria. Y yo la tengo. Estoy siempre tan triste... Y tengo miedo de hacer lo mismo que hizo ella.
Nicola enmarcó el rostro de su hija y la miró intensamente a los ojos.
-Oh, Ari, ¿de verdad has pensado en suicidarte?
-No -contestó con vehemencia-, nunca. No quiero suicidarme. Pero lo que decía el libro -empezó a llorar otra vez-. Decía que la gente que tiene depresión puede suicidarse de repente. Por eso quería irme, para que Adrianito y tú no me encontrarais una mañana tumbada en el suelo del baño...
Nicola abrazó con fuerza a su hija.
-Oh, cariño, estás equivocada -musitó Angie-, tu madre murió verdaderamente de cáncer. Sufría muchos dolores y tenía un tumor cerebral. Nunca sabremos cómo pudo afectar eso a su capacidad de raciocinio o si fue el dolor el que la impulsó a tomarse esas pastillas. Nadie se ha inventado lo del cáncer. Y si ella estaba deprimida, era porque sabía que se estaba muriendo.
Nicola miró a Angie con una trémula sonrisa. Sí, Ariana se había equivocado en una cosa, pero había otra en la que había acertado por completo. Se sentía feliz cuando Angie estaba cerca de él. Le bastaba mirarla a los ojos para que se apoderara de él una sensación de paz que no había experimentado en toda su vida.
Por mucho que le costara admitirlo, no podía seguir negando que estaba enamorado de ella.
-Volvamos a casa -le susurró a Ariana-. Allí te hablaré de la enfermedad de tu madre, y quizá busquemos a alguien que pueda ayudarte. No creo que vayas a suicidarte, cariño, pero quizá haya alguien que pueda explicarte algo más sobre la depresión de lo que has leído en los libros. Juntos podremos solucionar todo esto, ¿de acuerdo?
Ariana asintió y Angie le brindó otra de sus maravillosas sonrisas.
-Ah, estás aquí -dijo Nicola. Angie alzó la mirada del suelo del cuarto de juegos, donde estaba tumbada haciendo un solitario-. ¿Dónde están los niños?
-Adriano está en la ducha, preparándose para la fiesta de tu madre y Ariana en su habitación, vistiéndose. Le he dicho que si quería podía quedarme en casa con ella, pero parece que tiene ganas de ir -lo miró a los ojos-. Si no te importa, he pensado en ofrecerle a tu madre una disculpa y quedarme esta noche en casa.
-Ni hablar -Nicola se agachó a su lado-. Solo si vas tú podré soportar esa fiesta. Por favor, ven, no me dejes solo.
-Ariana y Adriano podrán protegerte de Priscila -respondió Angie con una sonrisa-. De verdad, creo que estaría bien para ti y para los niños que fuerais juntos, como una verdadera familia.
-Pero tú eres parte de nuestra familia...
-No, Nicola, no lo soy.
-Pues creo que eso es algo que debemos intentar corregir. Yo quiero, todos queremos, que formes parte de nuestra familia -contestó Nicola, mirándola muy serio-. Para siempre.
Angie recogió las cartas.
-Nicola, por favor, no empieces otra voz con tus ofertas. Ninguna cantidad sería suficiente...
-¿Y qué tal la mitad de todo lo que tengo?
-Lo siento, pero... -en ese momento fue cuando Angie se dio cuenta de que Nicola llevaba algo en la mano. Se trataba de una cajita negra y... Era la caja de una joya.
Nicola la abrió y se la tendió, mostrándole el diamante más hermoso que Angie había visto en toda su vida. Pero no fue el valor del diamante el que hizo que se le hiciera un nudo en la garganta. Lo que la emocionó fue lo que significaba. Y el hecho de que aquel mensaje brillara también en los ojos de Nicola.
Y, por si no lo había comprendido, Nicola susurró con nitidez sus palabras.
-Cásate conmigo.
Angie rio, llevándose nerviosa una mano al cuello. Estaba completamente sorprendida. Ni en la más loca de sus fantasías se había imaginado nunca a Nicola pidiéndole que se quedara a su lado de ese modo.
-No te pediré siquiera que firmes un acuerdo prenupcial porque sé que no te interesa mi dinero.
-Nicola, yo...
Nicola le tomó la mano y le deslizó el anillo en el dedo.
-Podemos casarnos pronto y viajar a algún lugar especial para pasar la luna de miel -la besó-. Algún lugar cálido en el que podamos pasarnos desnudos la mayor parte del día.
-Niocla, no lo sé...
Entonces fue él el que se quedó completamente sorprendido. Como si en ningún momento se le hubiera ocurrido la posibilidad de que Angie pudiera contestar negativamente a su propuesta.
Pero a Angie le resultaba imposible aceptarla. Nicola le había pedido a Angie Gutierrez que se casara con él, y ella no era Angie Gutierrez.
-¿Cómo es posible que no lo sepas? -susurró Nicola, volviendo a besarla-. Te necesito, Angie. Tanto que a veces temo desgarrarme por dentro. Y no es solo cuestión de sexo Cuando estamos juntos, me siento infinitamente mejor que cuando estoy solo.
Sin embargo, no le había dicho que la amaba.
-Nicola, tengo que pensar en esto -susurró-. No puedo decirte que sí sin reflexionar sobre la decisión que voy a tomar. No esperaba que me pidieras que me casara contigo.
-Sí, yo tampoco lo esperaba, pero hoy he comprendido que era eso lo que quería -volvió a besarla-. Angie, me haces tan feliz. Me basta ver tu sonrisa para...
Todavía no le había dicho que la amaba, pero aquello comenzaba por fin a parecerse a una declaración de amor. Angie tenía que decirle de una vez por todas quién era ella. Y tenía que decírselo inmediatamente.
-¿Te acuerdas cuando me preguntaste cómo había conocido a la princesa Diana? -comenzó a decir.
Nicola asintió, claramente perplejo.
-Sé que era amiga tuya, pero yo imaginaba nuestra boda como una boda tranquila, y una boda con una princesa no creo que sea exactamente tranquila.
-Bueno... -comenzó a explicar Angie.
Y entonces se oyó un grito. Un grito cada vez mayor. Procedía de la habitación de Adriano y sonaba cada vez más alto. De pronto, Adriano irrumpió en la habitación de juegos, llevando encima solamente una camisa.
-¡Hay una abeja asesina en mi habitación!
Nicola se levantó, tomó a Adriano por la cintura y le tapó la boca para aplacar el efecto sirena.
-¿Cómo es posible que haya una abeja en tu habitación en medio del invierno?
-No lo sé -contestó Adrianito, sin disminuir el volumen de decibelios-. ¡Estaba en mi armario! Intentó matarme cuando abrí la puerta.
Angie se levantó.
-Yo me ocuparé de ella -dijo Nicola-. Prepárate para ir a la fiesta de mi madre, ¿quieres? -le pidió a Angie-. Ya hablaremos más tarde.
-Pero Nicola, yo tengo que...
Pero Nicola estaba abandonando ya la habitación.
Continuará...

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