lunes, 18 de agosto de 2014

"Amigos Desconocidos" capítulo 76

                     






La mudanza estaba siendo un caos. Israel se había empeñado en que abandonase su departamento lo antes posible y había involucrado a todos en el proceso. Sus hermanos había pasado unos días después de las fiestas con ellos y se había marchado, afirmando que se verían pronto. Y así lo demostraron cuando una semana después se aparecían con Renzo y Marisol. Israel había estado encantado de la visita y aún más de la ayuda. No quería arriesgarse de que Diani se echase atrás y obligó a todos a acomodar la nueva vivienda.
Diana llevaba una caja no muy pesada, pero como las anteriores, desapareció de sus manos en cuanto Nicola la vio. Empezaba a enfurecerse por el trato. Ella no era una princesita enclenque y no le gustaba que la tratasen como tal. Intentó controlar la oleada de ira y suspiró frustrada.
- Inspira, espira -aconsejó Yidda mientras pasaba por su lado con una caja.
- Antes de que acabe el día me he quedado sin novio ¿Te apuestas algo? -gruñó Diani, mirándolo furiosa como se cargaba con varias cajas.
- Ya -se rió su amiga- ¡Lo adoras! No lo dejarías por nada del mundo.
- ¿Quién ha hablado de dejarlo? -preguntó la joven, cruzándose de brazos- ¡Lo que voy hacer es matarlo!
- Ok, por mi perfecto. Pero no me hagas desempaquetar para buscar una lima para llevártela a la cárcel -bromeó Yidda alejándose.

Diani miró furiosa como todos cargaban paquetes y cajas sin cesar. Hizo un nuevo intento de coger una caja y de nuevo Israel se acercó a toda prisa para recoger su cargamento, mientras la besaba tiernamente. Lo habría descuartizado en ese momento, pero intentaba recordar cómo se respiraba. No le gustaba nada los efectos que tenía ese hombre sobre su autocontrol. Y lo que menos le gustaba era el nuevo trato de damisela en apuros que le había adjudicado. Eran amigos desde hacía años. Él más que nadie sabía que ella podía cargar con todo aquello sin problema ¡Él mismo la había obligado a mover todos los muebles de su cuarto! Y ahora no la dejaba ni despeinarse. Empezaba a estar realmente frustrada.
- ¡Eh, tú! -protestó Mario acercándose con su butaca favorita- ¿Por qué no haces nada si eres tú la que te mudas?
En lugar de responder, le quitó la butaca de las manos. Segundos después apareció Israel, que inmediatamente le arrebató el objeto de las manos y lo cargó hasta la casa, con una tierna sonrisa. Diana miró a su cuñado como si acabase de demostrar una teoría y suspiró frustrada. Mario la miró a ella y después a su hermano, y se echó a reír.
- Pobre de mi cuñadita –bromeó el muchacho abrazándola- No la dejan cargar peso.
Diana lo fulminó con la minada y se separó.
- No me hace ni maldita gracia –gruñó la chica ceñuda.
- Piensa que él lo hace para que no te canses y así no tengas una excusa para rechazarlo esta noche –se burló Mario, estallando en risas.
- Si quieres morir, no hace falta que te esmeres tanto. Tú me dices y yo te hago el favorcito –amenazó Diana irritada.
- Ok, ok. Voy a cargar que aún queda mucho e Israel grita feo cuando ve a alguien parado. A alguien que no seas tú, claro –se corrigió con malicia, alejándose.
Resignada a no poder ayudar, se ocupó de acomodar lo que Israel le permitía, dentro de la casa. Consiguió que las chicas la acompañasen ¡Si ella no podía trabajar las demás tampoco! Así que observaban como ellos trabajaban mientras ellas se tomaban unas cervezas en la cocina.

- ¡Uhm! El lado machista de mi hijo tiene su parte positiva –dijo Marisol saboreando su cerveza.
- Por su propia salud, más le vale no tener ese lado nada desarrollado –gruñó Diana sacando otra cerveza del frigorífico- No me gusta nada que me trate así.
- Uy, pues si que vais a empezar bien la convivencia –bromeó Yidda, indagando entre la comida de las estanterías.
- Deja ya de rebuscar ¡Aún no hice la compra y no hay golosinas! -explicó su amiga mirándola con perspicacia- Últimamente te la pasas comiendo todo el día. Parece que estuviese ansiosa.
- O embarazada –añadió Marisol, sin darle importancia.
Diana giró inmediatamente sobre si misma y miró a su amiga. Yidda tenía los ojos como platos y la boca abierta por la sorpresa. Su amiga corrió hasta ella y la agarró por los hombros.
- ¿Estás embarazada? –preguntó rápidamente Disna.
- ¡Claro que no! –contestó automáticamente Yidda.
- Yiddi… -dijo su amiga en tono de reproche.
La chica no dijo una palabra más y se limitó a mirar a otro lado mientras se acomodaba el pelo. Gesto que Diana había aprendido a interpretar como señal de incomodidad. El silencio en Yidda decía más que cualquier discurso en otra persona.
- ¡Voy a ser tía! –afirmó Diani sin dudas.
- ¿Qué? –se escuchó desde la puerta.
Todas voltearon inmediatamente para ver a Israel entrando. Yidda se frotó el rostro con irritación y ansiedad.
- ¡Callaos! –ordenó exigente- No quiero que Juli sepa que todos se enteraron antes que él.
- O sea que es verdad que estás embarazada –concluyó Diana con una sonrisa.
- ¡Sí! Pero no digan nada más sobre el tema. No quiero que Juli se entere así –explicó Yidda malhumorada.
- ¡Voy a ser tía! –gritó Diana de alegría mientras la abrazaba.
- ¡Que te calles! –gruñó su amiga de nuevo.
Diana la ignoró y continuó abrazándola y hablándole a su tripa como si fuese uno más en la conversación. Israel la observó mientras ella mostraba su felicidad por la noticia. Parecía que no estaba tan en contra de formar una familia como él creía. Si quería ser tía quizás más adelante, querría ser madre. La idea de un hijo de ambos le hizo sonreír. Pero tenía que ir poco a poco. Aún había una barrera entre ellos. Y aunque no sabía de qué se trataba, intentaba derribarla con pequeños golpes.
Yidda golpeaba las manos de Diana para que dejase de sobarle la tripa y resoplaba frustrada por la insistencia de su amiga.
- No tengo hermanos. Está es mi única oportunidad de ser tía. Así que te aguantas y soportas que consienta a mi ahijado –se justifico Diana, abrazándola de nuevo.
- ¡Pues espera a que nazca! –protestó Yidda, separándose como pudo.
- ¡Eh! ¡Que yo también te puedo hacer tía! –Afirmó Angie indignada- Y estoy segura de que Mario ya lo habrá hecho, en uno de sus descuidos –bromeó haciendo que todos rieran.
El resto de los hombres entraron a la cocina y se hizo el silencio. Al ver a Julián, Yidda se puso nerviosa y para disimular Diana se la llevo al dormitorio.
- Tienes que contárselo –comentó Diana sentándose en la cama a su lado- Sé que tienes miedo de su reacción o de lo que puede afectar a tu vida. Pero es un asunto de los dos. Y también sé que quieres tenerlo –afirmó ante la cara atónita de su amiga- Si no fuese así, habrías acudido a mí para solucionarlo, hace mucho.
- He pensado mucho en este asunto –corroboró Yidda cabizbaja- He decidido tenerlo. Pero tengo mucho miedo.
- Tu vida va a cambiar. Pero no tienes que pensar que vaya a ser para peor. Tienes a un hombre que te quiere a tu lado. Y no pretendo decir que él se vaya a encargar de ti ¡Soy yo! ¡Nunca diría semejante estup¡idez! –bromeó Diana abrazándola- Él querrá a ese bebé y lo mantendrá sin problemas ¡Está forrado! –bromeó de nuevo haciéndola reír esta vez- Tendrás que hacer reformas en tu rutina.
Yidda la miró con cara de “estás de broma ¿no?”.
- ¡Ok! Cambiará toda tu vida. Pero ¿y qué? Podrás encontrar otro trabajo o modificar los turnos de este si es lo que quieres. Tienes a Juli y a mi a tu lado –explicó Diani sin dejar de abrazarla.
- No quiero ser una mantenida –protestó Yidda.
- Tener un hijo no implica que os caséis ni nada de eso. Pero por lo que tengo entendido os comportáis como un matrimonio hace mucho. Compartir una vida juntos no es cuestión de medir cuanto aporta cada quien al hogar. A él no le cuesta nada llevar dinero a casa. Y tú estás acostumbrada a ser autosuficiente. Van a haber muchas discusiones entre vosotros –aseguró Dianita, acariciándole el cabello- Pero lo importante es que cada uno tenga su propia vida, aunque la comparta con el otro. No dejes de ser quien eres y no le pidas a él que lo haga.
- ¿Y si se empieza a comportar como un gil¡pollas y tratarme como si no fuese capaz de hacer nada por mi misma, como ha hecho Isra? –preguntó medio en broma Yidda.
- ¡Oh, gracias por recordármelo! –protestó Diana tirándose sobre la cama.
- Todos tenemos que aprender a que los cambios en una relación no hacen que cambien la persona –afirmó su amiga, tendiéndose junto a ella-¿Tienes helado?
Diana tenía dos cosas claras. Israel tenía que darse cuenta de que lo que había dicho Yidda era cierto. Y que su amiga iba a ser una embarazada de lo más antojadiza.

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