domingo, 17 de agosto de 2014

"Hermoso Desastre" capítulo 11






La cita por la noche superó todas mis expectativas. Comimos comida china mientras yo reía ante las habilidades de Mario con los palillos. Cuando él me llevó a casa, Nicola abrió antes de que pudiera darme un beso. Cuando salimos el miércoles por la noche, Mario se aseguró de besarme en el coche.
El jueves durante el almuerzo, Mario me encontró en la cafetería y sorprendió a todos cuando se sentó en el lugar de Nicola. Cuando Nicola terminó su cigarrillo y entró, caminó pasando a Mario con indiferencia, sentándose al final de la mesa. Millet se acercó a él, pero se mostró decepcionada cuando él la despidió con la mano. Después de eso, todos en la mesa estaban en silencio y me resultaba difícil concentrarme en cualquier cosa que Mario decía.
—Asumo que no estaba invitado —dijo Mario, capturando mi atención.
— ¿Qué?
—He oído que tu fiesta de cumpleaños es el domingo. ¿No estoy invitado?
Diana miró a Nicola, quien miró a Mario, como si estuviera a punto de arrancarle la cabeza. 
—Era una fiesta sorpresa, Mario. —dijo Diana en voz baja.
—Oh. —dijo Mario, encogiéndose.
— ¿Me estás dando una fiesta sorpresa? —Le pregunté a Diana.
Ella se encogió de hombros. —. Es en el lugar de Raffael el domingo. Seis de la tarde.
Las mejillas de Mario se tornaron de un rojo tenue. —Supongo que ahora realmente no estoy invitado.
— ¡No! ¡Por supuesto que lo estás! —dije, sosteniendo su mano por encima de la mesa. Doce pares de ojos se centraron en nuestras manos. Pude notar que Mario estaba tan incómodo con la atención al igual que yo, así que retiré mi mano.
Mario se puso de pie. —Tengo algunas cosas que hacer antes de clases. Te llamaré más tarde.
—Está bien. —dije, ofreciéndole una sonrisa de disculpa.
Mario se inclinó sobre la mesa y me besó en los labios. El silencio en la mesa se prolongó y Diana me dio un codazo después de que Mario se marchó.
— ¿No es espeluznante cómo todo el mundo te mira? —Susurró. Ella miró a su alrededor con el ceño fruncido—. ¿Qué? —Gritó Diana—. ¡Ocúpense de sus asuntos, pervertidos!
Uno por uno se volvieron hacia otro lado y los murmullos continuaron.
Me cubrí los ojos con las manos. —Sabes, antes era patética porque pensaban que era la novia de Nicola. Ahora soy mala porque todo el mundo piensa que estoy rebotando entre Nicola y Mario como una pelota de ping pon. —Cuando Diana no hizo ningún comentario, la miré—. ¿Qué? ¡No me digas que tú también crees esa mierda!
— ¡No he dicho nada! —dijo.
La miré con incredulidad. — ¿Pero eso es lo que tú piensas?
Diani negó con la cabeza, pero no dijo nada más. Las heladas miradas de los otros estudiantes de pronto eran aparentes y me puse de pie, caminando hasta el final de la mesa.
—Tenemos que hablar. —dije, tocando el hombro de Nicola. Traté de sonar amable, pero la ira burbujeando dentro de mí provocó un filo a mis palabras. La población estudiantil, incluyendo mi mejor amiga, pensaba que estaba haciendo malabares con dos hombres. Sólo había una solución.
—Pues habla —dijo Nicola, lanzando algo empanado y frito en su boca.
Me inquieté, notando las miradas curiosas de todos a nuestro alcance. Cuando Nicola seguía sin moverse, lo agarré del brazo y le di un buen tirón. Se levantó y me siguió afuera con una sonrisa en su rostro.
— ¿Qué, Pajarita? —dijo, mirando de mi mano a su brazo y luego a mí.
—Tienes que dejarme salir de la apuesta —le supliqué.
Su cara cayó. — ¿Te quieres ir? ¿Por qué? ¿Qué he hecho?
—No hiciste nada, Nico. ¿No has notado a todo el mundo mirándonos? Estoy convirtiéndome rápidamente en la paria de la Universidad.
Nicola sacudió la cabeza y encendió un cigarrillo. —No es mi problema.
—Sí, lo es. Mario dijo que todo el mundo piensa que tiene deseos de morir porque estás enamorado de mí.
Las cejas de Nicola se levantaron y se atragantó con el soplo de humo que acababa de inhalar. — ¿La gente está diciendo eso? —dijo, mientras tocía.
Asentí con la cabeza. Miró a lo lejos con los ojos muy abiertos, tomando otra calada.
— ¡Nicola! ¡Tienes que dejarme salir de la apuesta! No puedo salir con Mario y vivir contigo al mismo tiempo. ¡Se ve terrible!
—Deja de salir con Mario.
Lo fulminé con la mirada. —Ese no es el problema y lo sabes.
— ¿Es esa la única razón por la que quieres irte? ¿Por lo que dice la gente?
—Por lo menos antes yo era la tonta y tú eras el tipo malo. —me quejé.
—Responde la pregunta, Pajarita.
— ¡Sí!
Nicola miró más allá de mí a los estudiantes que entraban y salían de la cafetería. Él estaba deliberando y me impacienté mientras él tomaba su decisión.
Finalmente, se mantuvo firme, resuelto. —No.
Negué con la cabeza, segura de haber entendido mal.
— ¿Disculpa?
—No. Tú misma lo dijiste: una apuesta es una apuesta. Después del mes, estarás con Mario, él se convertirá en un médico, se casarán y tendrán hijos y nunca te volveré a ver. —Hizo una mueca ante sus propias palabras—. Aún tengo tres semanas. No las dejaré pasar por chismes en el comedor.
Miré a través de la ventana de cristal para ver a todos en la cafetería mirándonos. La atención no deseada hizo que mis ojos ardieran. Pasé junto a él para dirigirme a la siguiente clase.
—Pajarita —llamó Nicola después de mí.
No me di la vuelta.
Esa noche, Diani se sentó en el suelo de azulejo del cuarto de baño, balbuceando sobre chicos mientras yo estaba en frente del espejo haciendo de mi pelo en una coleta. Sólo escuchaba a medias, pensando en que tan paciente Nicola había sido—para Nicola—sabiendo que a él no le gustaba la idea de Mario recogiéndome de su apartamento casi todas las noches.
La expresión del rostro de Nicola destelló en mi mente cuando le pedí que me dejara salir de la apuesta, y nuevamente cuando le dije que la gente decía que él estaba enamorado de mí. No podía dejar de preguntarme por qué él no lo negó.
—Bueno, Isra piensa que estás siendo demasiada dura con él. Él nunca ha tenido a nadie lo suficiente importante para….
Nicola asomó la cabeza y sonrió mientras miraba mi cabello alborotado. — ¿Quieres ir a cenar? —Preguntó.
Diani se puso de pie para mirarse en el espejo, pasando sus dedos por su pelo dorado. —Isra quiere visitar el nuevo lugar Mexicano en el centro si ustedes quieren ir.
Nicola sacudió la cabeza. —Pensé que Pajarita y yo podríamos ir solos esta noche.
—Voy a salir con Mario.
— ¿Otra vez? —dijo, molesto.
—Otra vez —le dije con una voz cantarina.
El timbre de la puerta sonó y me apresuré para abrirla. Mario estaba delante de mí,
— ¿Alguna vez te vez menos que magnifica? —preguntó Mario.
—Basándome en la primera vez que vino aquí, tendré que decir que sí —dijo Nicola detrás de mí.
Puse los ojos en blanco y sonreí, levantando un dedo hacia Mario, señalándole que esperara. Me volví y eché los brazos alrededor de Nicola. Se puso rígido con sorpresa y luego se relajó, tirando fuertemente de mí hacia él.
Miré a sus ojos y sonreí. —Gracias por organizar mi fiesta de cumpleaños. ¿Puedo tomar un vale para la cena?
Una docena de emociones se desplazaron por la cara de Nicola, y entonces, las comisuras de sus labios se elevaron. — ¿Mañana?
Lo abracé y sonreí. —Absolutamente. —Me despedí de él mientras Mario me tomaba de la mano.
— ¿Qué fue eso? —Preguntó Mario.
—No hemos estado llevándonos bien últimamente. Esa fue mi versión de una rama de olivo.
— ¿Debería preocuparme? —preguntó, abriendo la puerta.
—No. —dije sonriendo, besando su mejilla.
En la cena, Mario habló de Harvard, de la Casa y sus planes de buscar un apartamento. Sus cejas se juntaron. — ¿Te escoltará Nicola a tu fiesta de cumpleaños?
—No estoy muy segura. No ha dicho nada al respecto.
—Si no le importa, me gustaría llevarte. —Él tomó mi mano y me besó los dedos.
—Le voy a preguntar. La fiesta fue su idea, así que…
—Lo entiendo. Si no, te veré allí. —sonrió.
Mario me llevó al apartamento, aparcando en el estacionamiento. Cuando me beso, sus labios se mantuvieron en los míos. Tiró del freno de mano mientras sus labios viajaron a lo largo de mi mandíbula al oído, y luego hacia mi cuello. Me tomó por sorpresa y dejé escapar un suspiro en respuesta.
—Eres tan hermosa —susurró—. He estado distraído durante toda la noche, con tu pelo retirado fuera de tu cuello. —Él repartió besos por mi cuello
— ¿Por qué tardaste tanto? —Sonreí, levantando mi barbilla Mario se enfocó en mis labios. Agarró cada lado de mi cara, dándome un beso un poco más firme que de costumbre. No teníamos mucho espacio en el coche, pero hicimos que el reducido espacio estuviera a nuestro favor. Se apoyó en mí, doblé mi rodilla cuando me dejé caer contra la ventana. Las ventanas se empañaron en minutos con nuestra respiración dificultosa, pegándose en las heladas ventanas. Sus labios rozaron mi clavícula y luego su cabeza se elevó cuando el cristal vibró con varios golpes fuertes.
Mario se sentó y yo me enderecé, ajustando mi vestido. Di un salto cuando la puerta se abrió. Nicola y Diana estaban al lado del coche. Diani tenía una expresión simpática y Nicola parecía estar a punto de una rabieta.
— ¿Qué demonios, Nico? —Gritó Mario.
De pronto, la situación se sintió peligrosa. Nunca había oído a Mario levantar la voz, los nudillos de Nicola estaban blancos mientras él apretaba sus manos en puños a los costados—y yo estaba en medio.
La mano de Diana parecía minúscula cuando la colocó en el voluminoso brazo de Nicola, sacudiendo la cabeza hacia Mario en una alerta silenciosa.
—Vamos, negrita. Necesito hablar contigo —dijo.
— ¿Sobre qué?
— ¡Sólo ven! —gritó.
Miré a Pablo, viendo la irritación en sus ojos. —Lo siento, me tengo que ir.
—No, está bien. Ve.
Nicola me ayudó a salir del Porsche y luego pateó la puerta, cerrándola. Me volteé, interponiéndome entre él y el coche, empujando su hombro. — ¿Qué te pasa? ¡Basta!
Diana parecía nerviosa. No tomó mucho tiempo saber por qué. Nicola olía a whisky; ella había insistido en acompañarlo o él le había pedido que viniera. De cualquier manera, ella era un elemento de disuasión a la violencia.
Las ruedas del Porsche de Mario chillaron fuera del estacionamiento y Nicola encendió un cigarrillo. —Puedes entrar, Diani.
Ella tiró de mi falda. —Vamos, negra.
— ¿Por qué no te quedas, “Angiecita”? —Bulló.
Asentí con la cabeza para que Diana siguiera adelante y de mala gana ella cumplió. Me crucé de brazos, lista para una pelea, preparándome para arremeterlo contra la inevitable charla. Nicola tomó varias caladas de su cigarrillo y cuando fue obvio que él no iba a explicar nada, mi paciencia se agotó.
— ¿Por qué hiciste eso? —Le pregunté.
— ¿Por qué? ¡Porque estaba follándote delante de mi apartamento! —Gritó. Sus ojos estaban desenfocados y podía ver que él era incapaz de tener una conversación racional.
Mantuve mi voz tranquila. —Puede que esté quedándome en tu casa, pero lo que hago, y con quien lo haga, es mi problema.
Tiró el cigarrillo al suelo. —Eres mucho mejor que eso, Pajarita. No dejes que te folle en un coche como una barata cita de graduación.
— ¡No iba a tener relaciones sexuales con él!
Hizo un gesto hacia el espacio vacío donde el coche de Mario estaba. — ¿Qué estaban haciendo, entonces?
— ¿Nunca has besado a alguien sin que llegue a nada más?
Frunció el ceño y sacudió la cabeza como si estuviera hablando galimatías. — ¿Cuál es el punto en eso?
—Es el concepto que existe para mucha gente… sobre todo para aquellos que tienen citas.
—Todas las ventanas estaban empañadas, el coche se estaba sacudiendo… ¿Cómo iba yo a saber? —dijo, agitando sus brazos en la dirección del estacionamiento vacío.
— ¡Tal vez no deberías espiarme!
Se frotó la cara y sacudió la cabeza. —No puedo soportar esto, Pajarita. Siento que me estoy volviendo loco.
Tiré mis manos al aire y las dejé caer golpeando mis muslos. — ¿No puedes soportar qué?
—Si tú duermes con él, no quiero saberlo. Iré a la cárcel por mucho tiempo si me entero que… simplemente no me lo digas.
—Nicola —bullí—. ¡No puedo creer que hayas dicho eso! ¡Eso es un gran paso para mí!
— ¡Eso es lo que todas las chicas dicen!
— ¡No me refiero a las putas con las que lidias! ¡Me refiero a mí! —Dije, sosteniendo mi mano contra mi pecho—. ¡Yo no he… ugh! No importa.
Me alejé de él, pero me agarró del brazo, girándome hacia él.
— ¿Tú no qué? —preguntó. No le respondí; no tenía que hacerlo. Podía ver el reconocimiento atravesar su rostro y se rió una vez—. ¿Eres virgen?
— ¿Y qué? —dije, la sangre arremolinándose en mis mejillas.
Sus ojos se dirigieron a los míos. —Es por eso que Diani estaba tan segura que no irías tan lejos.
—Tuve el mismo novio los cuatro años de escuela secundaria. ¡Él era un aspirante a ministro bautista! ¡Esto nunca fue un tema para nosotros!
La ira de Nicola se desvaneció y el alivio era evidente en sus ojos.
 — ¿Un ministro de la juventud? ¿Qué pasó después de toda la dura abstinencia?
—Él quería casarse y quedarse en… alli. Yo no lo hacía. —Estaba desesperada por cambiar de tema. La diversión en los ojos de Nicola era lo suficientemente humillante. No quería que él cavara más lejos en mi pasado.
Dio un paso hacia mí y sostuvo cada lado de mi cara. —Virgen —dijo, sacudiendo la cabeza—. Nunca me lo hubiera imaginado con la forma en que bailaste en The Red.
—Muy gracioso. —le dije, dirigiéndome a las escaleras.
Nicola intentó seguirme, pero tropezó y cayó, volviéndose boca arriba y riendo histéricamente.
— ¿Qué estás haciendo? ¡Levántate! —dije, ayudándolo a ponerse de pie.
Enganchó su brazo alrededor de mi cuello y le ayudé a subir las escaleras. Israel y Diana ya estaban en cama, por lo que sin ayuda a plena
vista, me quité los tacones para evitar romperme los tobillos al guiar a Nicola a la habitación. Cayó de espaldas a la cama, tirando de mí con él.
Cuando aterrizamos, mi cara estaba a pocos centímetros de la suya. Su expresión era repentinamente seria. Se inclinó, casi besándome, pero lo alejé. Las cejas de Nicola se elevaron.
—Ya basta, Nico —dije.
Me abrazó fuertemente contra él hasta que dejé de luchar y luego alejó la correa de mi vestido, haciendo que ésta colgara de mi hombro. —Desde que la palabra virgen salió de tus labios… tengo una urgencia repentina de ayudarte a salir de este vestido.
—Qué mal. Estabas dispuesto a matar a Mario por la misma razón hace veinte minutos, así que no seas un hipócrita.
—Al diablo con Mario. Él no te conoce como yo.
—Anda, Nicola. Vamos a quitarte la ropa y meterte a la cama.
—De eso es de lo que estoy hablando. —rió entre dientes.
— ¿Cuánto has bebido? —pregunté, consiguiendo finalmente poner mi pie entre sus piernas.
—Lo suficiente. —sonrió, tirando del dobladillo de mi vestido.
—Probablemente superaste lo suficiente hace mucho, —le dije, dándole una palmada en la mano. Coloqué mi rodilla en el colchón junto a él y tirando de su camisa sobre su cabeza. Intentó tomarme otra vez pero lo agarré de la muñeca, oliendo el hedor de acre en el aire—. Dios, Nico, apestas a whisky
.
—Huele a madera quemada y productos químicos.
—Sabe así, también. —dijo riendo. Abrí la hebilla de su cinturón y tiré de los bucles. Se echó a reír con las sacudidas del movimiento y luego levantó la cabeza para mirarme—. Es mejor que cuides tu virginidad, Pajarita. Sabes que me gusta duro.
—Cállate. —dije, desabrochándole los pantalones vaqueros, deslizándolos hacia abajo sobre sus caderas y luego sus piernas. Tiré los vaqueros al suelo y me paré con las manos en mis caderas, mi respiración era dificultosa. Sus piernas estaban colgando de la cama, sus ojos cerrados y su respiración profunda y pesada. Se había quedado dormido.
Tomé una respiración profunda y caminé al armario. Sacudiendo mi cabeza mientras revolvía la ropa. Abrí la cremallera del vestido y lo empujé hacia abajo sobre mis caderas, dejándolo caer hasta los tobillos. Lo pateé a la esquina, deshice la cola de caballo, sacudiendo el pelo.
El armario estaba lleno de su ropa y la mía, solté una respiración, soplando mi cabello fuera de mi rostro mientras buscaba a través del desorden por una camiseta. Mientras que retiraba una de la percha, Nicola se estrelló contra mi espalda, envolviendo sus brazos alrededor de mi cintura.
— ¡Me asustaste hasta la mierda! —Me quejé.
Deslizó sus manos sobre mi piel. Me di cuenta de que se sentían diferentes; lentos y pausados. Cerré los ojos cuando tiró de mí contra él y enterró su cara en mi pelo, acariciando mi cuello. El sentir su piel desnuda contra la mía, hizo que me tomara un momento para protestar.
—Nicola…
Tiró de mi pelo a un lado y rozó sus labios a lo largo de mi espalda, de un hombro a otro, soltando el broche de mi sujetador. Besó la piel desnuda en la base de mi cuello y cerré los ojos, la cálida suavidad de su boca se sentía demasiado bien para detenerlo. Un silencioso gemido escapó de su garganta cuando él apretó su pelvis contra la mía, y pude sentir lo mucho que me deseaba a gasés de sus bóxers. Contuve la respiración, sabiendo que lo único que nos mantenía de ese gran paso que hace momentos estaba en contra eran sólo dos piezas de tela delgada.
Nicola me volvió hacia él y luego presionó contra mí, inclinando mi espalda contra la pared. Nuestros ojos se encontraron, y pude ver el dolor en su expresión mientras analizaba mi piel desnuda. Lo había visto persuadir a las mujeres, pero esto era diferente. Él no me quería conquistar; él quería que le dijera que sí.
Se inclinó para besarme, deteniéndose a tan sólo una pulgada de distancia. Podía sentir el calor radiando de su piel contra mis labios, y tuve que detenerme a mí misma de atraerlo el resto del camino. Sus dedos se clavaron en mi piel mientras él deliberaba, y luego sus manos se deslizaron desde mi espalda hasta el dobladillo de mi ropa interior. Su dedo índice se deslizó por mis caderas, entre mi piel y el tejido de encaje, y en el momento en que estaba a punto de tirar hacia abajo los delicados hilos, dudó. Justo cuando abrí la boca para decir sí, cerró los ojos.
—No así. —susurró, rozando sus labios contra los míos—. Te deseo, pero no sucederá así.
Se tambaleó hacia atrás, cayendo sobre su espalda en la cama, y yo me quedé por un momento con los brazos cruzados a través de mi estómago. Cuando su respiración se reguló, metí mis brazos a través de la camisa que aún tenía en la mano y tiré de ella sobre mi cabeza. Nicola no se movió y dejé
escapar una respiración de alivio, sabiendo que no podría contenernos a cualquiera de nosotros si él se despertaba con una menos honorable perspectiva.
Me apresuré al sillón reclinable y me desplomé en él, cubriendo mi cara con mis manos. Sentí las capas de frustración danzando de un lado a otro para luego estrellarse en sí dentro de mí. Mario se había ido sintiéndose menospreciado, Nicola esperó hasta que yo estaba viendo a alguien—alguien quien realmente me gustaba—para mostrar un interés en mí y yo parecía ser la única chica con la cual no era capaz de dormir, incluso, cuando estaba ebrio.


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1. Odio a Mario! Como le dice que le están haciendo una fiesta sorpresa
2. Nicola celoso! So cute!
3. "Me gusta duro" jajajaja me mato!


.-Isa ❤️
                                                                                                               

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