s a-¡Bien, chicos! ¡Es todo por hoy!
Fui corriendo hacia mi botella de agua y me dejé caer en el suelo, agotada. Habían terminado mis tres horas diarias de baile. Para mí, la danza lo era todo. Mi vida, mis sueños, mi pasión. Desde hace cinco años, mi rutina diaria no me dejaba mucho tiempo para el descanso. Estudios desde las ocho hasta las tres, almuerzo hasta las cuatro, academia de baile de cuatro y media a siete y media, llegar a casa, ducharme y hacer deberes hasta las nueve. Una hora de televisión y a la cama, totalmente cansada. No había tiempo para fiestas, salidas ni reuniones. Mucho menos para chicos.
Bueno, o por lo menos esto era lo que le hacía creer a los demás.
Angie, una de mis mejores amigas, se sentó a mi lado.
-Hey, Diana.
-¿Ah?
-Ese chico está ahí de nuevo. Si no me dices ya mismo quién es, voy a llamar a la policía. Hablo en serio. No hace otra cosa que venir todos los días a mirar.
Miré hacia la calle. En efecto, ahí estaba. El salón de baile era grande y una de las paredes tenía grandes ventanas que daban a la calle.
-Es el mejor amigo de mi hermano, ya te dije.
-¿Sabes qué? No te creo- Angie cruzó los brazos y me miró fijamente. La empujé por el hombro, perdió el equilibrio y se tambaleó. Me eché a reír.
-No es tan gracioso- dijo mientras se incorporaba, aunque sabía que pensaba lo contrario ya que se notaba que estaba intentando no reírse.
A veces pensaba cómo podía ser amiga de alguien como ella. Yo no era exactamente el tipo de chicas con las que podías mantener una conversación de horas y horas sobre labiales y esmaltes de uñas. Andaba por la vida en jeans y zapatillas, con el cabello suelto sin ningún tipo de peinado o simplemente recogido en una cola de caballo. De cuando en cuando me ponía vestidos, pero nunca muy pegados. Sólo para bailar usaba tops deportivos y pantalonetas, ya que el calor que hacía en ese sitio me hacía imposible hacer ejercicio con camiseta. En cambio, Angie era amante de la moda y el glamour,nunca repetía un atuendo y parecía tener más de cincuenta pares de tacones. Pese a ser tan diferentes, era mi mejor amiga y la amaba.
-Ya, Diana. No me vas a cambiar de tema.
-Eh…
-¿Me vas a decir?
-¿Qué?
-¡Ah! Contigo no se puede.
Me reí. Me encantaba desesperarla.
-Es el mejor amigo de Mario. O sea, mi otro hermano. Si no me crees, allá tú.
-Lo averiguaré, Diana Sánchez- Angie me lanzó una mirada retadora y se fue sonriendo.
Una vez que ella se hubo ido, miré nuevamente hacia la ventana. Él había vuelto y me miraba, sonriente. Me sonrojé, miré hacia los lados para saber que nadie me miraba, y, acto seguido, le mandé un beso.
Me dirigí al baño para cambiarme y ponerme algo más abrigador que la ropa deportiva que llevaba. Al revisar mi maleta, me di cuenta de que había llevado un pantalón, más no una camiseta. Todo lo que tenía era un chaleco de jean, el cual se usaba abierto ya que no tenía cierre ni botones.
Aunque no me gustaba para nada la idea de salir en top a la calle, decidí que debía importarme poco, ya que él estaba afuera… sí, eso haría, le pediría que me lleve a casa en su auto. Si mi hermano me llegaba a preguntar algo, le diría que me lo había encontrado en el camino.
Salí a la calle, temblando de frío. Me paré en la puerta de la academia y miré a ambos lados. Ya no estaba. Me dieron ganas de echarme a llorar. Eran ya las ocho y estaba sola en la calle, y la ropa no me ayudaba a pasar desapercibida. Un hombre pasó y estaba a punto de decirme una grosería cuando se topó con mi mirada fulminante. Bajó la mirada y se alejó con pasos rápidos.
Me senté en la acera, indecisa. Se suponía que él debía de estar ahí. Todos los días estaba. Sabía que eran los únicos minutos que teníamos para estar solos. Sin embargo, no había ni rastro de él. ¡Y justo hoy!
Me paré y marqué su número en mi celular. Justo cuando estaba timbrando, una camioneta negra se estacionó frente a mí. El conductor bajó la ventana y me sonrió. Levanté las cejas. Israel sólo atinó a mirarme.
-¿Y?- pregunté.
-Sí sabes que no llevas camiseta, ¿no?
Crucé los brazos, tapando mi vientre desnudo.
-Deja de mirarme. No fue a propósito.
-Sí, claro.
Me puse roja al instante. Él sonrió, consciente del efecto que causaba en mí.Nunca había estado tan enamorada. Israel era mi compañero, mi amigo, mi cómplice, mi todo.
-¿Me llevas?
Israel y yo suspiramos al mismo tiempo. Nos miramos y nos reímos.
-Venga ya. Sube al auto o te vas a resfriar.
Rodeé la camioneta y me senté en el asiento del copiloto. Isra me recibió con un dulce beso en los labios. Lo miré y sonreí.
Llevábamos casi un año en esto. Yo tenía dieciocho años, y él, veinte. Éramos chicos, pero felices. Disfrutábamos del poco tiempo que teníamos al día para estar solos. Al principio nos encontrábamos en un punto intermedio entre la academia y mi casa, pero luego empezó a esperarme mientras bailaba. Caminábamos juntos unos minutos y luego me embarcaba en un taxi.
Nadie sabía de lo nuestro. Cuando él iba a mi casa a visitar a mi hermano, cruzábamos miradas y nos sonreíamos con complicidad. Era nuestro pequeño secreto, ese secreto que guardábamos bajo siete llaves. La promesa de amarnos por siempre. Él y yo. Nadie más. La pequeña Diana, saliendo con el mejor amigo de Mario. ¡Quién iba a pensarlo!
-Ponte mi casaca. No quiero que te enfermes.
Me pasó su casaca de cuero y me la puse. Me quedaba inmensa, pero era mucho mejor al chaleco.
-Gracias.
Nos quedamos en silencio. Él puso la llave en el auto, dispuesto a arrancar, pero yo tomé fui más rápida y se la quité.
-¿Qué haces?
-¿Sabes qué? Hoy no quiero llegar tan temprano a casa. Es viernes.
-¿Qué piensas hacer?
-¡Nunca salgo, Israel! ¡Nunca! Mis padres me tratan como a una niña. Quiero que me lleves a algún lado, por favor. A donde sea, no importa. Sólo no quiero ir a casa.
-¿Quieres que tu papá me mate, Diana? Ni siquiera sabe que estás conmigo. ¡Qué va a decir si te ve llegar tarde!
-Por favor, mi amor. Sólo hoy. Te prometo.
-No hay forma. Es por tu bien, princesa. Créeme.
Fruncí el seño y crucé los brazos. Isra suspiró. Se acercó a mí y me robó un beso. Al principio no supe si enojarme más o devolverle el beso, pero finalmente opté por lo segundo.
-Te amo.
-Yo más, princesita.
Israel tomó las llaves.
-¿Sabes para qué están hechas las reglas, Diana?
-¿Para respetarlas?
Él me miró y se rió.
-No. Para romperlas. Hoy vamos a salir.
Lo miré, perpleja.
-¿Hablas en serio?
-¿De verdad pensabas que te iba a negar una salida?
No aguanté más y lo besé nuevamente. Israel me abrazó. Apoyé mi rostro en su pecho y cerré los ojos, feliz.
-¿A dónde vamos?
-Ten- dijo mientras sacaba un sobre de la guantera y me lo pasaba.
Lo abrí y saqué los papeles. Leí su contenido, y pensé que ya nada me podía hacer más feliz.
Dos boletos de avión. Con mi nombre y el de Israel. Una semana en Miami.
-Nos vamos de viaje, Diani.
¿Era en serio lo que me estaba diciendo? Comencé a reír de la emoción.
-¡Eres el mejor novio del mundo!
-Eso ya lo sé- rió.
-Hey.
-Es broma, preciosa. ¿Y? ¿Qué dices?
-Espera, Israel. Mis padres no me dejarán.
-Ya tengo su permiso.
-Tal vez si les digo que… espera. ¿Qué dices? ¿Es en serio?
-Sí.
-Pero… ¿cómo?
-No puedo ocultarlo más, Diana. No puedo seguir fingiendo que no pasa nada entre nosotros, si me muero de ganas de besarte cada vez que te veo. Se acabó el secreto, hermosa. Es oficial. Tú eres mi novia.
-Se lo dijiste a mis padres…
-Sí, princesa. A ellos y a tu hermano.
Reí, emocionada. Ya no debíamos ocultarnos más.
-Mario no me mató, como pensé que lo haría. ¿Sabes qué? Me dijo que ya se había dado cuenta. Y tus padres están encantados con esto. Piensan que por fin tienes algo en tu vida además que el baile.
-Ya, ya, todo bonito, pero con el baile no te metas- dije entre risas.
Y, luego de pronunciar un “vámonos”, Israel encendió el auto y arrancamos hacia el aeropuerto, a lo que tal vez sería la semana más perfecta de nuestra vida.
Autora: @daniespos
Gracias a jime @DSP_USA por la edición! Las dos son una genias! Las quiero!!

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