—Adelante. —dije, escuchando un golpe en la puerta.
Nicola entró y se quedó inmóvil en la puerta. —Vaya.
Sonreí y miré mi vestido. Era una falda corta, era sin duda más atrevido de lo que había llevado en el pasado. El material era delgado y negro. Mario estaría en esa fiesta y yo tenía toda la intención de que me notara.
—Te ves increíble. —dijo mientras yo me ponía mis zapatillas.
Le di un gesto de aprobación a su camisa blanca y pantalones vaqueros.
—Tú también te ves bien.
Sus mangas estaban enrolladas por encima de los codos, dejando al descubierto los intrincados tatuajes en sus antebrazos. Me di cuenta de que su brazalete favorito de cuero negro estaba alrededor de su muñeca cuando metió las manos en los bolsillos.
Diana e Israel nos esperaban en la sala.
—Mario se va a mear a sí mismo cuando te vea. —Diana rió mientras Israel dirigía el camino al coche.
Nicola abrió la puerta y me deslicé en el asiento trasero del Charger de Isra. A pesar de que ambos habíamos ocupado ese asiento en innumerables ocasiones, de pronto fue incomodo estar sentada a su lado.
Los autos se alineaban en la calle, algunos incluso estaban estacionados sobre el césped. La Casa estaba a reventar y la gente aún seguía llegando caminando por la calle desde los dormitorios. Israel se estacionó sobre el césped en la parte posterior, Diani y yo seguimos a los chicos al interior.
Nicola me trajo un vaso de plástico rojo lleno de cerveza y luego se inclinó para susurrar en mi oído. —No tomes nada de nadie que no sea Isra o yo. No quiero que nadie agregue algo en tu bebida.
Puse los ojos en blanco. —Nadie va a poner nada en mi bebida, Nicola.
—Sólo no aceptes nada que no venga de mí, ¿De acuerdo?, Pajarita.
—No había escuchado eso antes. —dije sarcásticamente, tomando un trajo.
Una hora y media pasó y Mario aún seguía sin aparecer.
Diana y Mario bailaban una canción lenta en la sala cuando Nicola tiró de mi mano. — ¿Quieres bailar?
—No gracias. —dije.
Su cara se ensombreció.
Toqué su hombro. —Estoy cansada, Nico.
Puso su mano sobre la mía y comenzó a hablar, pero cuando miré más allá de él, vi que Mario estaba caminando hacia nosotros.
Nicola se dio cuenta de mi expresión y volteó.
— ¡Hola, Angie! ¡Viniste! —Sonrió Mario.
—Sí, hemos estado aquí desde una hora o algo así. —le dije, retirando mi mano del agarre de Nicola.
— ¡Te ves increíble! —Gritó sobre la música.
— ¡Gracias! —Le sonreí, lanzándole una mirada a Nicola. Sus labios estaban juntos y una línea se había formado entre sus cejas.
Mario asintió con la cabeza hacia la sala y sonrió.
— ¿Quieres bailar?
Arrugué mi nariz y sacudí la cabeza. —No, estoy un poco cansada.
Entonces, Mario miró a Nicola. —Pensé que no vendrías.
—Cambié de opinión. —dijo Nicola, irritado por tener que dar explicaciones.
—Ya veo. —dijo Mario, mirándome a mí—. ¿Quieres ir a tomar un poco de aire fresco?
Asentí con la cabeza y luego seguí a Mario por las escaleras. Él se detuvo, tomando mi mano mientras subíamos al segundo piso. Cuando llegamos a la parte superior, él abrió un par de puertas francesas hacia el balcón.
— ¿Tienes frío? —Preguntó.
—Sólo un poco. —le dije, sonriendo cuando vi que él se quitó la chaqueta y cubrió mis hombros—. Gracias.
— ¿Estás aquí con Nicola?
—Viajamos juntos.
La cara de Mario se extendió en una amplia sonrisa y luego miró hacia el césped. Un grupo de chicas estaban agrupadas, con los brazos alrededor de ellas para combatir contra el frío. Papel crepe y latas de cerveza estaban sobre
la hierba, junto a ellas botellas de licor vacías.
Mario meneó la cabeza. —Este lugar estará destruido por la mañana. El equipo de limpieza va a estar ocupado.
— ¿Tienen un equipo de limpieza?
—Sí. —sonrió—. Los llamamos estudiantes de primer año.
—Pobre Isra.
—Él no está en el equipo. Él obtiene un pase porque es primo de Nicola y él no vive en la Casa.
— ¿Tú vives en la Casa?
Mario asintió con la cabeza. —Los últimos dos años. Necesito conseguir un apartamento, de todos modos. Necesito un lugar más tranquilo para estudiar.
—Déjame adivinar… ¿estás matriculándote en Negocios?
—Biología, con especialidad en Anatomía. Me falta sólo un año más después espero asistir a Harvard
.
— ¿Ya sabes si has sido aceptado?
—Mi papá fue a Harvard. Quiero decir, no estoy seguro, pero él es un ex alumno generoso si sabes a lo que me refiero. Tengo calificaciones perfectas,.
— ¿Tu padre es médico?
Mario lo confirmó con una sonrisa afable.
—Es cirujano ortopedista.
—Impresionante.
— ¿Y tú? —Preguntó.
—Aún no he decido.
—La típica respuesta de un estudiante de primer año.
Suspiré de manera dramática. —Supongo que he arruinado las posibilidades de ser excepcional.
—Oh, no tienes que preocuparte por eso. Captaste mi atención desde el primer día de clase. ¿Qué estás haciendo en cálculo para tercer año como estudiante de primer año?
Sonreí y torcí el pelo alrededor de mi dedo. —Las matemáticas son fácil para mí. Tomé las clases en la escuela secundaria y dos cursos de verano—Eso sí es impresionante. —dijo.
Nos quedamos de pie en el balcón durante una hora, hablando de todo, desde los restaurantes locales hasta cómo me hice tan buena amiga con Nicola.
—Yo no lo mencionaría, pero los dos parecen ser el tema de conversación.
—Genial. —murmuré.
—Es raro para Nicola. Él no crea amistades con las mujeres. Él tiende a ser el enemigo la mayoría del tiempo.
—Oh, yo no lo sé. He visto unas cuantas que tienen pérdida de memoria a corto plazo o son demasiado indulgentes cuando se relaciona a él.
Mario se echó a reír. —La gente simplemente no entiende su relación. Tienes que admitir que es un poco ambigua.
— ¿Estás preguntándome si me acuesto con él?
Él sonrió. —No estarías aquí con él si lo hicieras. Lo conozco desde que tenía catorce años y soy muy consciente de la forma en que opera. Tengo curiosidad sobre su amistad, sin embargo.
—Eso es lo que es. —me encogí de hombros—. Salimos, comemos, vemos T.V., estudiamos y discutimos. Eso es todo.
Mario rió en voz alta, sacudiendo la cabeza ante mi honestidad. —He oído que eres la única persona con el derecho de poner a Nicola en su lugar. Eso es un título honorífico.
—Como sea. Él no es tan malo como todo el mundo le hace ser.
El cielo se puso morado y después rosa cuando el sol se abrió paso por encima del horizonte. Mario miró su reloj, mirando por encima de la barandilla a la pequeña multitud en el césped. —Parece que la fiesta ha terminado.
—Será mejor que encuentre a Isra y Diani.
— ¿Te importaría si te llevo a casa? —Preguntó.
Traté de controlar mi emoción. —No, en absoluto. Se lo dejaré saber a Diani —Entré por la puerta y después me encogí antes de darme la vuelta—. ¿Sabes dónde vive Nicola?
Mario levantó sus gruesas cejas. —Sí, ¿por qué?
—Ahí es donde me estoy quedando. —le dije, preparándome para su reacción.
— ¿Te estás quedando con Nicola?
—De hecho, perdí una apuesta, así que estaré allí por un mes.
— ¿Un mes?
—Es una larga historia. —me encogí de hombros tímidamente.
— ¿Pero ustedes sólo son amigos?
—Sí.
—Entonces te llevaré a casa de Nicola. —sonrió.
Troté por las escaleras para buscar a Diana y pasé junto a un Nicola sombrío, que parecía estar molesto con la chica borracha que hablaba con él. Él me siguió hasta la sala mientras yo tiraba del vestido de Diana.
—Si quieren pueden adelantarse. Mario ofreció llevarme a casa.
— ¿Qué? —dijo Diani con el entusiasmo en sus ojos.
— ¿Qué? —preguntó Nicola, enojado.
— ¿Hay algún problema? —Le preguntó Diana.
Él miró a Diana y luego me llevó hasta la esquina, su mandíbula revoloteando bajo su piel. —Ni siquiera lo conoces.
Saqué mi brazo de su agarre. —Esto no es de tu incumbencia, Nicola.
—Al demonio si no lo es. No dejaré que viajes a casa con un completo extraño. ¿Y si trata aprovecharse de ti?
— ¡Bien! ¡Él es lindo!
La expresión de Nicola cambió de la sorpresa a la ira, y me preparé para lo que podría decir después. — ¿Mario, Pajarita? ¿En serio? Mario, —repitió con desdén—. ¿Qué clase de nombre es ese, de todos modos?
Me crucé de brazos. —Ya está bien, Nico. Estás comportándote como un idiota.
Se inclinó, aparentemente nervioso. —Lo mataré si te toca.
—Me gusta. —le dije, haciendo énfasis en cada palabra.
Él pareció sorprendido por mi confesión y luego su expresión se volvió severa. —Está bien. Si terminas debajo de él en el asiento trasero de su coche, después no vengas llorando conmigo.
Mi boca se abrió, ofendida y furiosa al instante.
—No te preocupes, no lo haré. —le dije, alejándome de él.
Nicola me agarró del brazo y suspiró, mirándome sobre su hombro. —No quise decir eso, Pajarita. Si él te lastima, si tan sólo te hace sentir incómoda, sólo házmelo saber.
La ira se desvaneció y dejé caer mis hombros. —Sé que no lo quisiste. Pero tienes que ponerle un alto a este gran exceso de sobre protección de hermano mayor que tienes.
Nicola se echó a reír. —No estoy jugando el papel del hermano mayor, Pajarita. Nada de eso.
Mario apareció en la esquina y se metió las manos en el interior de los bolsillos, ofreciéndome su codo. — ¿Todo listo?
Nicola apretó la mandíbula y di un paso hacia el otro lado de Mario para distraerlo de la expresión de Nicols. —Sí, vámonos. —Tomé el brazo de Mario y caminé con él unos poco pasos antes de volverme para decirle adiós a Nicola, pero él estaba taladrando con la mirada la parte posterior de la cabeza de Mario. Sus ojos se deslizaron hacia mí y sus rasgos se suavizaron.
—Ya basta. —dije a través de mis dientes, siguiendo a Mario entre la multitud hacia su coche.
—Es ese plateado. —Los faros de su coche parpadearon dos veces cuando él presionó la llave inalámbrica.
Él abrió la puerta del pasajero y reí.
— ¿Conduces un Porsche?
—Ella no sólo es un Porsche. Ella es un Porsche 911 GT3. Hay una diferencia.
—Déjame adivinar, ¿Es el amor de tu vida? —Le dije, citando la declaración de Nicola acerca de su motocicleta.
—No, es sólo un coche. El amor de mi vida será una mujer con mi apellido.
Me permití una pequeña sonrisa, tratando de no parecer excesivamente afectada por su declaración. Él tomó mi mano para ayudarme a entrar en el coche y cuando él se sentó al volante, apoyó la cabeza en contra de su asiento y me sonrió.
— ¿Qué harás esta noche?
— ¿Esta noche? —Le pregunté.
—Ya es de mañana. Y quiero invitarte a cenar antes de que alguien se me adelante.
Una sonrisa se extendió en mi cara. —No tengo ningún plan.
— ¿Te recogeré a las seis?
—Está bien. —dije, mirándolo tomar mis dedos entre los suyos.
Mario me llevó directamente a casa de Nicols, manteniéndose al límite de velocidad y mi mano en la suya. Se puso detrás de la Harley, y al igual que antes, me abrió la puerta. Una vez que llegamos a la puerta, él se inclinó para besar mi mejilla.
—Descansa un poco. Nos vemos esta noche. —me susurró al oído.
—Adiós. —sonreí, girando el pomo. Cuando la empuje, la puerta cedió y me lanzó hacia adelante.
Nicola me agarró del brazo antes de caer. —Tranquila.
Me volví para ver a Mario mirándonos con una expresión incómoda. Se inclinó para mirar en el apartamento. — ¿Ninguna joven humillada, varada, que tenga que darle un aventón a casa?
Nicola miró a Mario. —No empieces conmigo.
Mario sonrió y guiñó un ojo. —Siempre estoy dándole problemas. No tengo la oportunidad de hacerlo a menudo desde que él se dio cuenta que es más fácil si consigue que ellas lleguen aquí en sus propios autos.
—Supongo que eso sí simplifica las cosas. —dije, bromeando.
—No es gracioso, Pajarita.
— ¿Pajarita?
—Es uh… Es sólo un apodo, ni siquiera sé de dónde lo sacó. —le dije. Esa fue la primera vez que me sentí incómoda con el nombre que Nicola me había concedido en la noche que nos conocimos.
—Tendrás que contármelo cuando lo averigües. Suena como una buena historia. —sonrió Mario—. Buenas noches, Angie.
— ¿Quieres decir buenos días? —dije, viéndolo trotar por las escaleras.
—Eso también. —gritó con una sonrisa dulce.
Nicola cerró la puerta y tuve retirar mi cabeza antes de que me golpeara con ella. — ¿Qué? —pregunté.
Nicola sacudió la cabeza y se dirigió a su dormitorio. Yo le seguí y luego salté sobre un pie para retirar uno de mis tacones. —Él es bueno, Nico.
Suspiró y se acercó a mí. —Te vas a lastimar. —dijo, enganchando su brazo alrededor de mi cintura con una mano y quitando mis zapatillas con la otra. Los arrojó en el armario y luego se quitó la camisa, caminando hacia la cama.
Abrí la cremallera de mi vestido y lo deslicé por mis caderas, pateándolo hacia la esquina. Tiré una camiseta sobre mi cabeza, después desabroché el sujetador, retirándolo a través de la manga de mi camisa. Cuando acomodé mi pelo en un moño en la parte superior de mi cabeza, me di cuenta de que él me miraba.
—Estoy segura que no hay nada que no hayas visto antes. —le dije, poniendo los ojos en blanco. Me deslicé bajo las sábanas y me recosté en contra de mi almohada. Él se desabrochó el cinturón y tiró de sus pantalones hacia abajo, quitándoselos.
Esperé mientras él permanecía en silencio por un momento. Yo estaba de espaldas a él, así que me preguntaba qué estaba haciendo, de pie al lado de la cama en silencio. La cama cóncavo cuando finalmente se arrastró sobre el colchón junto a mí y me puse rígida cuando su mano se posó en mi cadera.
—No fui a una pelea esta noche. —dijo—. Brivio llamó. Pero no fui.
— ¿Por qué? —dije, volviéndome hacia él.
—Quería asegurarme de que llegaras a casa.
Arrugué la nariz. —No hace falta que me cuides.
Él trazó la longitud de mi brazo con su dedo, enviando escalofríos por mi columna vertebral. —Lo sé. Creo que todavía me siento mal por la otra noche.
—Te dije que no me importaba.
Se sostuvo sobre su codo, el ceño fruncido dudosamente en su cara. — ¿Es por eso que dormiste en el sillón? ¿Por qué no te importaba?
—No podía conciliar el sueño después de que… tus amigas se fueron.
—Dormiste demasiado bien en el sillón. ¿Por qué no sólo dormiste conmigo?
— ¿Quieres decir junto a un hombre que todavía olía como un par de moscas de bar que acababa de enviar a casa? ¡No lo sé! ¡Qué egoísta de mi parte!
Nicola hizo una mueca. —Te dije que lo siento.
—Y yo te dije que no me importaba. Buenas noches. —le dije, volviéndome hacia el otro lado.
Unos instantes de silencio pasaron. Él deslizó la mano en la parte superior de mi almohada, colocando su mano sobre la mía. Acarició las delicadas partes de piel entre los dedos y luego apretó los labios contra mi pelo. —Estuve tan preocupado de que no me dirigieras la palabra de nuevo… creo que es peor que seas indiferente.
Mis ojos se cerraron. — ¿Qué quieres de mí, Nicola? No quieres que esté molesta por lo que hiciste, pero quieres que me importe. Le dijiste a Diana que no quieres nada conmigo, pero te enojas cuando yo digo lo mismo, tanto que sales como alma que lleva el diablo y consigues emborracharte ridículamente. No haces ningún sentido.
— ¿Es por eso que le dijiste esas cosas a Diana? ¿Por qué le dije que no saldría contigo?
Apreté los dientes. Él acababa de insinuar que yo estaba jugando con él. Formulé la respuesta más directa que pude pensar. —No, quise decir lo que dije. Sólo que no lo decía como un insulto.
Nicola suspiró. —Yo sólo lo dije porque, —rascó su corto cabello, nervioso—, no quiero arruinar las cosas, Pajarita. Ni siquiera sé cómo hacer para merecerte. Estaba tratando de comprenderlo en mi cabeza.
—Como sea. Tengo que dormir un poco. Tengo una cita esta noche.
— ¿Con Mario? —preguntó, la ira filtrándose a gasés de su tono.
—Sí. ¿Puedo ir a dormir?
—Por supuesto, —dijo, empujándose a sí mismo fuera de la cama y luego cerrando la puerta detrás de él. El sillón reclinable chirrió bajo su peso y las voces ahogadas de la televisión llenaban el pasillo. Me obligué a cerrar los ojos y traté de calmarme lo suficiente como para quedarme dormida, aunque sólo fuera por unas horas.

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