Llegó diciembre, con sus cielos maravillosamente azules y sus agradables temperaturas. Era la clase de tiempo que inspiraba felicidad, pero durante la semana anterior, Rocio apenas le había prestado atención.
En aquel momento estaba sentada en su escritorio, revisando la información que había conseguido reunir sobre Rafael Cardozo, el hombre que podía ser su hermano. Había hablado con varias personas sobre él, pero no tenía ninguna noticia nueva. Sabía que era una persona agradable, carismática y generosa, y que acostumbraba a desaparecer del mapa de vez en cuando.
Había averiguado también dónde no estaba Rafael Cardozo. No estaba en Perú, de eso estaba segura. No estaba tampoco en el apartamento que tenía en Nueva York ni en su casa de Los Ángeles. Pero podía estar en el resto del mundo.
James Bond difícilmente se dejaría impresionar por sus habilidades detectivescas.
Angie suspiró y volvió a leer sus notas. ¿Esperando encontrar qué? ¿Algo que hubiera pasado por alto? A los pocos segundos, se descubrió a sí misma pensando en Nicola.
Lo había visto cuatro veces exactamente desde que habían tenido aquella conversación en la que él había dejado caer la bomba de que quería que fueran amigos. En realidad, debería habérselo esperado. Con lencería exótica o sin ella, había sido una locura considerar a Nicola bajo la luz del romanticismo. Ella era la clase de mujer que inspiraba a los hombres deseos de amistad.
Y estaba de acuerdo con su situación. O al menos debería estarlo. Sabía por experiencia propia que el tiempo y la distancia ayudaban a sanar las heridas del corazón. Y no podía culpar a Nicola por algo que no sentía.
Pero con lo que no estaba de acuerdo era con el hecho de que continuara evitándola. Sus hijos no lo veían mucho, y eso era lo peor de todo. Si había alguien que tenía que dejar de cenar con los niños, era ella, y no él.
Sin embargo, no tenía forma de decírselo. Nicola también había cancelado sus reuniones nocturnas durante la semana anterior. Ni siquiera había tenido oportunidad de contarle el incidente de Ariana en el colegio. Un incidente que al parecer la niña había superado, pues había vuelto al colegio prácticamente sin quejas. Aun así, eran cada vez más las ocasiones en las que Angie la oía llorar. Su angustia parecía algo más que la propia de una adolescente.
Había intentado hablar con ella, pero Ariana prefería guardarse sus problemas para sí.
El teléfono sonó, Angir se levantó y se acercó al pasillo.
-¿Diga?
Se hizo un breve silencio.
-Eh, Angie, ¿está Cathy? -era Nicola.
-No, no está, ha ido a hacer un recado -contestó Angie, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso al oír su voz.
Nicola suspiró frustrado.
-De acuerdo. ¿Podrías decirle que me llame cuando llegue?
La trataba como si no se conocieran. Era extraño, teniendo en cuenta que le había asegurado que quería que fueran amigos.
-¿Hay algo que pueda hacer por ti? -preguntó, quizá con excesiva dureza. Nicola vaciló.
-Se supone que estas son tus horas libres...
-Oh, por supuesto -contestó Angie con cierta amargura-. Tienes toda la razón. Jamás movería un dedo para ayudarte a menos que me pagaras por ello.
-Lo siento, Angie, yo...
-En este momento no estoy haciendo nada particularmente excitante. Si necesitas algún tipo de ayuda, dímelo, por favor.
-Me he dejado el teléfono de Bob Bowen en mi despacho, encima del escritorio. Creo que está debajo del pisapapeles que hizo Adriano en el colegio.
-Iré a buscarlo. ¿Quieres que te llame cuando lo encuentre?
-No. Te llamaré yo al despacho.
-Pero dame unos minutos. Estoy en la otra parte de la casa y creo que he perdido el monopatín. Nicola soltó una carcajada.
-Gracias -le dijo-. Ahora te llamo.
Angie colgó el teléfono y comenzó a recorrer el pasillo, intentando no pensar demasiado mientras subía al despacho. Hacía mucho tiempo que no estaba allí. Abrió la puerta y se acercó al escritorio. Encontró el pisapapeles, pero no había nada debajo. Tampoco había ninguna nota suelta encima del escritorio.
Sonó en ese momento el teléfono y Angie contestó.
-¿Diga?
-Hola, ¿podría hablar con el señor Porcella? -no era Nicola. Era una voz de mujer con un marcado acento sureño-.
-No, no está aquí en este momento.
-En realidad estoy buscando a Rafael Cardozo. ¿No estará por allí, por casualidad? -la mujer parecía tensa, nerviosa. ¿Se trataría de una amante abandonada, quizá?
-No, ¿quién es usted? -preguntó Angie, tomando un bolígrafo.
-Carol Reali. Es muy importante que hable con él.-Angie apuntó su nombre.
-Si me deja su número de teléfono, señorita Reali, se lo daré en cuanto vuelva. La mujer vaciló.
-Creo que volveré a llamar más tarde. ¿Le importaría decirme a qué hora cree que llegará?
-Desgraciadamente no puedo -le explicó-. El señor Cardozo lleva una buena temporada fuera. Si no le importa, ¿podría decirme cuándo lo vio por última vez?
Carol Reali soltó una risa que parecía cercana al llanto.
-Hablé con su abogado la semana pasada. Pero con Rafael hace mucho tiempo.
-¿Por qué no me deja su número de teléfono y...?
Pero ya no había nadie al otro lado de la línea.
Aquella era la primera pista potencial que Angie encontraba desde hacía semanas. Una mujer que había hablado con un abogado que presumiblemente habría hablado con Rafael Cardozo la semana anterior. ¡Y lo único que había conseguido era un nombre! Tenía que haber miles de Reali viviendo en Perú, y eso dando por sentado que la mujer figurara en la guía con su verdadero nombre.
El teléfono sonó otra vez. Lo descolgó esperando que fuera nuevamente Carol.
-¿Diga?
-¿Qué ha pasado? Estabas comunicando -era Nicola.
-Ha llamado una mujer, Carol Reali, preguntando por Rafael Cardozo -le explicó Angie-. Siento haber contestado. Pensaba que eras tú y...
-No pasa nada. ¿Te ha dicho lo que quería?
-Al parecer solo quería encontrar a Rafael.
-Magnífico. Sigue como siempre.
-¿La conoces? Parecía muy afectada.
-No, no me suena ese nombre. ¿Has encontrado el teléfono que te he pedido?
-Lo siento, pero no está en tu escritorio. Por lo menos a la vista. Nicola soltó un juramento.
-¿Dónde habré puesto ese...? Espera. Ya lo sé. Seguro que puedo encontrarlo en el identificador de llamadas. Está al lado del ordenador, a la derecha.
-Ya lo veo.
-¿Sabes usarlo? -le preguntó.
-Creo que sí -y con un poco de suerte, estaría también el teléfono de Carol Reali. Exacto, allí estaba. Reali Angie lo garabateó rápidamente en un papel.
-Bob llamó aproximadamente alrededor de las diez -le dijo Nicola-, y estoy seguro de que desde entonces no he borrado las llamadas.
Bowen. Era la llamada anterior a la de Carol. Angie le dio el teléfono.
-Magnífico -dijo Nicola.
Angie tomó aire antes de decirle:
-Me gustaría que tuvieras un rato para...
-Lo siento -la interrumpió Nicola-, pero me temo que también tendremos que cancelar la reunión de esta noche. Tengo muchísimo trabajo y los niños parece que están bastante bien. Me acercaré a casa alrededor de las cuatro para pasar un rato con ellos, pero tengo que cenar fuera y no volveré hasta después de las doce.
-La verdad es que Ariana se encuentra muy mal últimamente. Me gustaría que intentaras hablar con ella. No quiere decirme lo que le pasa.
-¿Estás segura? Yo la veo muy contenta.
¿Estaba segura?, se preguntó. ¿Serían las lágrimas de Ariana las típicas de los adolescentes y estaría ella intentando utilizarlas para acercarse a Nicola?
-Tengo que colgar -anunció Nicola, en un tono extrañamente distante y educado-. Muchas gracias por haberme buscado el teléfono.
-De nada, señor Porcella -contestó Angie y colgó el teléfono antes de que Nicola tuviera oportunidad de responderle.
-¿Tienes un momento?
Nicola se irguió en el taburete del piano sorprendido. Era la primera vez que Ariana intentaba iniciar una conversación con él.
-Claro, ¿qué ocurre?
Ariana centró toda su atención en limpiar el clarinete y meter las piezas en la caja.
-Me estaba preguntando qué vamos a hacer con Amgie.
-¿Con Angie? -por un instante, Nicola pensó que quizá su hija supiera la razón por la que pasaba últimamente tanto tiempo en el trabajo, que supiera que, a pesar de lo mucho que había intentado guardar las distancias, en realidad nada había cambiado para él. De alguna manera, Angie se le había metido bajo la piel, en los pulmones. Soñaba con ella, la respiraba a ella. No había un solo momento del día durante el que no la deseara. Incluso en ese momento, cuando había pasado más de una semana desde su beso, todavía podía sentir la esencia de su perfume, como si hiciera solo unos minutos que hubiera abandonado sus brazos. ¿Qué diablos iba a hacer con Angie?
Pero Ariana no podía referirse a eso. Era imposible que lo supiera. Nicola había puesto un cuidado extremo en disimular sus sentimientos.
-Si no hacemos algo, se irá dentro de un mes. Últimamente no para de hablar de las cualidades que Adriano y yo esperamos de la Próxima niñera. Ha estado haciendo una lista, pero yo no quiero que se vaya. Y Adriano tampoco. Ofrécele un montón de dinero.
-Ya lo he hecho, pero no lo quiso.
-Dobla la cantidad.
-También lo intenté -respondió Nicola con una sonrisa-, pero al parecer el dinero no le importa.
-Entonces lo que tenemos que hacer es averiguar lo que le importa -Ariana se mordió el labio y frunció el ceño con gesto de concentración.
-No creo que podamos hacer nada para que se quede. Tenemos que prepararnos para...
-¿Para renunciar? -lo miró como si acabara de sugerir que iban a devolver a Spike a la perrera.
-Esta es una batalla perdida, Ari. A veces lo mejor que se puede hacer es saber perder.- Aunque el cielo sabía que no había sido eso lo que había hecho con Andrea. Había luchado denodadamente para mantenerla a su lado, pera conservar su vida.
-Esta no es una batalla perdida -repuso Ariana-. Cásate con ella. Sé que eso es lo que quiere. Hemos hablado del tema -lo decía terriblemente seria. Nicola se aferró al piano con las dos manos.
-¿Angie te ha dicho que quiere casarse conmigo?
-No exactamente -Ariana se encogió de hombros-. Solo que quiere casarse. Tiene la típica fantasía de Blanca Nieves. Ya sabes, lo del príncipe azul y todo eso. Lo único que tienes que hacer es convertirte en su príncipe. Cásate y seguro que se queda aquí. Piensa además en todo el dinero que te ahorrarás.
Nicola rió con asombro.
-No creo que esa sea la mejor razón para casarse.
-¿Pero te gusta? -Ariana sacudió la cabeza-. No sé ni por qué te lo pregunto. Claro que te gusta. Lo que quiero decir es si te gusta de verdad. Si no te da asco la idea de besarla.
-No puedo creer que me estés preguntando una cosa así.
-Ella cree que estás bastante bien.
Nicola miró a su hija con expresión de absoluta incredulidad.
Ariana soltó una carcajada. Magnífico, se dijo Nicola. Por lo menos había alguien que encontraba divertida la situación.
-Ella no me lo ha dicho -le explicó Ariana-, pero sé que lo piensa. Lo veo cada vez que te mira. Cásate con ella, papá. Tendrás que conseguir que se enamore de ti, pero no creo que eso sea tan difícil. Es muy romántica. Bastarán unos cuantos bailes, un beso a la luz de la luna, y será toda tuya.
A Nicola le parecía imposible estar manteniendo aquella conversación con su hija. Le parecía imposible que lo hubiera llamado «papá». Y la verdad era que estaban hablando a causa de Angie. Porque había sido ella la que había encontrado la forma de que pasaran algún rato juntos sin pelearse. Había sido también Angie la que le había devuelto a Adrianito.
Nicola no quería que se marchara. Sabía que no podría soportar que se fuera. Pero la idea de casarse con ella era completamente absurda.
-¿No se te ha ocurrido pensar que quizá yo no quiera volver a casarme?
-¿Y por qué no quieres? -preguntó Ariana-. Estás soltero y ella es la persona más adorable del mundo, por no decir que además es muy guapa. ¿Te has fijado en que es guapa?
-Sí.
-Estarías loco si la dejaras marcharse.
-Pero no estoy enamorado de ella -mientras Nicola pronunciaba aquellas palabras, algo se agitó dentro de él. Pero lo ignoró completamente. Sí, sabía que la deseaba de forma desesperada, pero eso era todo. La lujuria no tenía nada que ver con el amor.
-Entonces enamórate de ella -dijo Ariana, como si fuera lo más fácil del mundo.
-El amor no funciona de esa forma, y tú lo sabes -y él todavía no estaba preparado para el amor. No quería entregar su corazón otra vez. Había enterrado su corazón el mismo día que había enterrado a Andrea. O al menos eso era lo que había creído hasta hacía muy poco. Pero allí lo tenía, a punto de convertirse en un nudo permanente en su garganta. Dios, y no era eso lo que quería. El prefería vivir una vida llena de tristeza a correr el riesgo de volver a sufrir.
Contuvo de pronto la respiración. ¿Pero en qué estaba pensando? Él ya era completamente infeliz.
Solo había vuelto a sentirse feliz gracias a Angie. Monito había vuelto a hablar. Tocaba el piano junto a Ariana. Le bastaba hablar con Angie para sonreír... Dios, y cuando ella le sonreía, sentía una satisfacción que nunca había sentido con Andrea. Sentía... ¿Pero entonces qué diablos estaba haciendo obligándose a mantenerse alejado de ella?
-¿Por qué no le pides que vuelva a salir una noche contigo? -preguntó Ariana-. Yo puedo cuidar de Adriano. Ya soy suficientemente mayor, ¿sabes?
Nicola sonrió a su hija.
-Sí, supongo que sí.
-Este año solo voy a pedir dos regalos de Navidad: quiero que me des permiso para ir yo sola a las galerías y quiero que salgas con Angie por lo menos una vez más.
-Me resultaría mucho más fácil comprarte ese poni que siempre has querido.
-Ya no soy una niña -Ariana cerró el maletín del clarinete-. Y ya no quiero un poni. Quiero que Angie se quede con nosotros, quiero que volvamos a ser una familia. A Nicola se le hizo un nudo en la garganta.
-Yo pensaba que últimamente estábamos haciendo las cosas un poco mejor.
-¿Y por qué conformarnos con que la situación mejore, cuando podría llegar a ser magnífica?
Nicola miró a su hija, a la que de pronto veía extraordinariamente madura. Si no hubieran dejado de pelearse constantemente, jamás la habría conocido. Quizá Angie Gutiérrez tuviera realmente poderes mágicos.
-Está preocupada por ti, ¿sabes? Angie cree que te ocurre algo y me pidió que hablara contigo por si podía ayudarte de alguna manera -le comentó.
Ariana se levantó.
-Estoy bien -dijo rápidamente. Al parecer, no estaba todavía preparada para hablar de sí misma-. ¿De verdad quieres ayudarme? Entonces cásate con Angie.
-He intentado llamarla -le explicó Angie a su hermana pequeña-. Pero no ha contestado.
-Carol Reali, de Nevada -musitó Diana.
-El problema es que ahora no puedo moverme de aquí. En caso contrario intentaría ir a buscarla.
-Siempre he deseado ir a Nevada -decidió Diana-. Creo que puedo ir a intentar localizar a ese abogado que ella mencionó. Rafael Cardozo no lo sabe, pero estamos estrechando el cerco. Estando tú inteligentemente escondida en casa de su mejor amigo y yo lista para abalanzarme sobre su última amante...
-No estoy segura de que fuera su amante -la interrumpió Angie, intentando aplaudir su entusiasmo-. Parecía muy nerviosa y enfadada- por eso pensé que podría serlo.
-¡A lo mejor está embarazada! -exclamó Diana-. Dios mío, Negra, ¿te das cuenta de que esa mujer puede llevar en su vientre a un heredero del trono?
-Pero si no sabemos si es....
-A mamá y a papá les va a dar un infartos Primero la bomba que ha dejado caer Jazmín, y ahora esto.
-¿De qué bomba estás hablando? -Angie no estaba muy segura de querer saberlo.
-¿Pero no te has enterado?
-¿Cómo voy a enterarme si hace semanas que no hablamos?
-Está embarazada.
-¿Jazmín?
-La misma.
-¡Pero si ni siquiera sabía que estaba saliendo con alguien!
-Y no parece que lo esté. No quiere decir quién es el padre. Ni siquiera ha querido decírmelo a mí. Gabe Morgan me mira como si estuviera pensando en ponerme un cinturón de castidad -se quejó Diana-. No sé cómo voy a poder tener nunca una aventura teniéndole a él siempre detrás,
-A mí también me ha puesto un guardaespaldas -le explicó Angie a su hermana, todavía sorprendida por la noticia del embarazo-. Pero gracias a Dios, no me sigue al interior de la casa.
-Pues lo mejor que puedes hacer es intentar aprovecharte de esa privacidad y tener una tórrida aventura con tu maravilloso millonario. Cuando vuelvas aquí, te van a tener completamente controlada. Y puedes creerme, no es nada divertido.
-Me temo que las tórridas aventuras no son lo que más me apetece en este momento.
-¿Él se cree de verdad que eres una niñera? -preguntó Diana-. Es tan romántico. Nicola Porcella -suspiró-. Hasta el nombre me parece romántico.
-Mira, Diani, cuando hables con Jazmín, dile que yo estoy aquí, para todo lo que pueda necesitar.
-Lo haré.
-Te llamaré dentro de unos días. Cuídate.
Colgó el teléfono sintiéndose completamente desazonada. Jazmín estaba embarazada. Era estúpido, sabía que era estúpido, pero sentía celos de su hermana. Celos de un embarazo no planificado y de las noches de pasión que lo habrían precedido. Jazmín había actuado impetuosamente, de forma irracional. Pero la pasión que seguramente habría sentido... Angie interrumpió el curso de sus pensamientos y tomó aire, intentando dominar su envidia. Era una mujer afortunada, se dijo. Al fin y al cabo, a nadie le gustaba quedarse embarazada de un hombre que la consideraba solamente una amiga. Aunque, por supuesto, siempre era posible que una se encontrara en la dolorosa situación de estar enamorada de un amigo.

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