martes, 29 de abril de 2014

"Una Princesa En Casa" capítulo 12

                                 






¿De qué habría muerto exactamente Andrea Porcella?

Aleli había dicho que había sido una muerte violenta. Y Angie había decidido que había llegado ya la hora de averiguarlo. Y aunque la educada y cortés princesa Angie jamás habría sido capaz de preguntarlo, Angie Gutiérrez estaba a punto de hacerlo.
Se lo preguntaría al día siguiente, decidió. Le dejaría una nota en su despacho pidiéndole que buscara un momento para hablar con ella. En la misma nota le diría que, por su parte, estaba dispuesta a reunirse con él esa misma noche, por tarde que llegara....
A no ser que hubiera decidido no pasar la noche en casa.

Pensó en Priscila Howarts, en lo mucho que se había acercado a él y en el gesto posesivo con el que apoyaba sus manos en su pecho.
Sí, era bastante probable que Nicola no volviera a casa aquella noche.
Así que Angie decidió ponerle en la nota varias opciones para que decidiera él en qué momento prefería que hablaran.

Pero tenían que hablar. Y aunque la princesa Angie era demasiado discreta para mirar a un hombre a los ojos y preguntarle cómo había muerto su esposa, Angie Gutiérrez no tenía ni sus limitaciones ni sus miedos.
Angie había averiguado que en realidad Angie Gutiérrez temía a muy pocas cosas. En ese mismo momento, de hecho, estaba intentando encontrar en el despacho de Nicola alguna pista que le indicara el paradero de Rafael Cardozo.

Encontró un teléfono de su supuesto hermano, pero era el mismo que ella tenía. Revisó los archivos que Nicola tenía en la mesa del escritorio. No parecía haber en ellos nada personal. Solo información sobre los clientes de Porcella-Cardozo.
Descubrió también una libreta en la que Nicola había ido apuntando los mensajes que le dejaban en el contestador, pero ninguno era de su socio.

Angie recorrió el despacho con la mirada.

Había una serie de archivadores en una de las paredes del despacho. Se acercó a ellos con la sensación de que quizá estuviera yendo demasiado lejos, pero al mismo tiempo siendo incapaz de dominar su curiosidad.
Abrió el primero de los cajones e inmediatamente se sintió culpable. Pero la información que encontró en los archivos era similar a la que había descubierto en su escritorio: no había nada personal y tampoco ninguna información sobre Rafael Cardozo. Ocurrió lo mismo en el resto de los archivos.
Cerró todos los cajones y volvió a mirar a su alrededor. El despacho estaba pulcramente ordenado. Parecía casi imposible encontrar en él alguna nota dejada al descuido que pudiera aportarle la información que buscaba.
De acuerdo, se dijo, así que ser una espía no era tan fácil como parecía en las películas de James Bond.
Regresó al escritorio de Nicola, se sentó en su silla e intentó razonar como lo haría el super espía. Siempre existía la posibilidad de que la información que estaba buscando no estuviera allí. Y en ese caso, ni el mismísimo James Bond podría haberla encontrado, lo intentó con los cajones del escritorio. El primero estaba cerrado. En el del medio había objetos de papelería, pastillas de menta y un dinosaurio de plástico. Increíble. ¿Quién se habría imaginado que Nicola Porcella guardaba un dinosaurio de plástico en los cajones de su escritorio?
Angie cerró los cajones y los ojos, suspiró y permaneció sentada, apoyando relajadamente la cabeza en el respaldo de la cómoda silla de Nicola.

-¿Pensando en alcanzar la presidencia de la empresa?

Angie se levantó de un salto en el momento que Nicola cerraba la puerta del despacho tras 
él. ¿Llevaría mucho tiempo observándola?

-Quería dejarte una nota -farfulló-. Quería hablar mañana contigo y... -oh, Dios, sonaba tan culpable. Estaba convencida de que Nicola iba a pensar que pertenecía a alguna corporación de espías. O algo peor... Quizá creyera que era una ladrona...
-Debe de ser difícil escribir una nota con los ojos cerrados, ¿verdad? -comentó Nicola mientras se acercaba al mueble bar.
-Lo siento -se lamentó Angie, saliendo lentamente de detrás del escritorio-. No debería haberme sentado en tu silla, pero parecía tan cómoda y yo estaba... estaba agotada y...
-Relájate, no me importa que te hayas sentado en mi silla. ¿Te apetece tomar algo?
A Angie le latía tan violentamente el corazón que le parecía imposible que Nicola no pudiera oírlo
-Hum... Sí, una copa de vino, si no te importa.
Nicola la miró con repentina curiosidad.
-¿Es esta una ocasión especial?
-Creo que sí -contestó ella con la voz todavía ligeramente temblorosa-, teniendo en cuenta que no me vas a despedir por haber entrado sin permiso en tu despacho.

Nicola soltó una carcajada. Y Angie se quedó sin aliento. Dios, cuando aquel hombre se reía, era Devastadoramente atractivo. Y vestido de esmoquin estaba...

-Como no tengo intención de despedirte por haber entrado sin permiso en mi despacho, espero que pensabas escribirme en esa nota no fuera que piensas irte antes de lo previsto.

Angie alzó la mirada y lo descubrió frente a ella, sosteniendo una copa de vino blanco en la mano. 
-Por supuesto que no. Nicola le tendió la copa de vino y sonrió suavemente.
-Bueno, es un alivio -señaló la silla que había frente a su escritorio-. Siéntate, por favor.
-Quería pedirte que encontraras un rato para hablar conmigo -le explicó Angie mientras se sentaba-. No esperaba que volvieras tan pronto. Ni siquiera que...

No esperaba que regresara en absoluto. No lo dijo, pero Nicola sabía lo que estaba pensando.

-Si alguna vez no pensara volver a casa a dormir, te lo diría con antelación. Pero no creo que eso vaya a ocurrir de aquí a mucho tiempo.
Angie se ruborizó suavemente. 
-Supongo que eso quiere decir que tampoco hay planes de boda de momento. Y eso es algo de lo que deberías hablar con tus hijos. Hemos tenido... un pequeño percance esta noche.
-Vaya, lo siento. ¿Y qué ha hecho Ariana esta vez?
-En realidad, lo que ella haya hecho no es lo que importa -le explicó Angie diplomáticamente. Aunque para Nicola era evidente que la había asustado al entrar, Angie había recuperado el control y había vuelto a adoptar aquel estilo suave y educado que al mismo tiempo dejaba traslucir una firmeza de hierro y que a él tanto le recordaba a Mary Poppins- Lo que verdaderamente importa es que Ariana está muy afectada por la posibilidad de que vuelvas a casarte -continuó explicándole-. Me temo que no le tiene mucho cariño a la mujer con la que actualmente estás saliendo. Por supuesto, ella no tiene derecho a decirte con quién tienes que salir, pero creo que no os vendría mal hablar sobre este tema.

Nicola había estado mordiéndose la lengua para no interrumpirla.

-¿Lo has hecho tú?
-Sí. Y gracias por no interrumpirme -añadió con una sonrisa.-Dios, pensó Nicola, los hoyuelos que se formaban en sus mejillas eran adorables.
-Yo no estoy saliendo con Priscila -le aclaró-. Mi madre está intentando casarme con ella, pero, francamente, todavía no estoy preparado para tener una relación seria con nadie, y aunque lo estuviera... -se encogió de hombros-. No hay química entre nosotros, jamás funcionaría.
¿Por qué le estaba contando eso? Ella era su niñera, no su psiquiatra.
Sin embargo, Angie asintió, mostrando su completo acuerdo.

-Realmente tiene que haber química, ¿verdad? Una especie de magnetismo, que a veces ni siquiera se desea.

Como el magnetismo que en ese momento le estaba haciendo inclinarse hacia ella, a pesar de que estaba completamente quieto. Como la clase de magnetismo que había sentido en el preciso instante en el que Angie había entrado en su despacho y... Nicola interrumpió bruscamente el curso de sus pensamientos Aquello era absurdo. Sí, lo que estaba sintiendo en ese momento era una especie de química, pero relacionada con la amistad, nada más. Angie le había gustado en cuanto la había visto, pero de una forma que no tenía que ver con el sexo.


Él jamás tendría una aventura con la niñera de sus hijos. Y no porque fuera vulgar, sino porque sería cruel. Angie era tan joven y dulce...

-¿Qué ha ocurrido entonces con Ariana? -preguntó, quería que se lo contara para poder estar un poco más con ella y no porque deseara saber lo que había hecho su hija en aquella ocasión.
Angie se reclinó en la silla. No parecía tener ninguna prisa por marcharse.

-Ariana ha mostrado la falta de juicio propia de una niña de trece años y ha estado hablándole a Adrianito de su malvada madrastra sin prever cómo iba a afectarle al niño. La reacción de Adrianito ha sido un poco más fuerte de lo que ella esperaba.

Nicola intentó sonreír.

-Tal como lo cuentas, parece que no hubiera sucedido nada. Pero conozco a mis hijos. ¿Cuánto tiempo han durado los gritos?

Angie le devolvió la sonrisa. Era una sonrisa radiante.

-Lo suficiente. Pero no te preocupes. He conseguido mantener la situación bajo control. Pero no era de eso de lo que quería hablarte. Aunque ahora es tarde, no creo que sea el mejor momento de...
-Es un momento magnífico -respondió. Maldito fuera, lo había hecho otra vez. Había vuelto a interrumpirla-. Perdona.
-Estoy empezando a acostumbrarme.
-Lo siento.
-Era una broma. En realidad no me has interrumpido tanto.
-Es una acostumbre grosera y arrogante -Dios, ¿cuándo habría comenzado a convertirse en una persona dura y arrogante? ¿Qué habría sido de su amabilidad, de su caballerosidad y su compasión? Alzó la mirada. Cuando había entrado en el despacho, Angie le había dicho que estaba cansada. Y realmente lo parecía-. Mira si quieres que aplacemos esta conversación hasta mañana... -Se interrumpió a sí mismo aquella vez-. Maldita sea, mañana tengo esa cena de negocios y probablemente no vuelva hasta las once -se pasó la mano por el pelo con gesto de frustración-. ¿Qué tal pasado mañana?
-Preferiría que habláramos ahora. 
-Lo haremos entonces. ¿Cuál es nuestro tema de conversación?

Angie se inclinó ligeramente hacia delante y dejó la copa en la mesa del escritorio.

-Bueno, el caso es que tengo una pregunta difícil que hacerte.

Continuará...

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