le encantaba el olor de los libros.
—¿No crees que es un poco brutal para Ariana? —La suave
voz preocupada de Diana preguntó sobre mi cabeza.
—Tiene catorce años. Es un libro para adultos jóvenes.
El libro se deslizó de mis dedos cuando Ariana lo tomó antes de Diana
pudiera detenerla. Estaba pasando la mañana del domingo con ellas en la
librería donde Ariana estaba teniendo un gran momento utilizando la
tarjeta de regalo de Nicola.
Diana parecía perturbada. —Sí, sobre mundo distópico8 donde los
adolescentes se matan entre sí.
—¿Lo has leído siquiera?
—No...
—Entonces confía en mí. —Le devolví la sonrisa a Ariana—. Es genial.
—Lo voy a comprar, Diani —le dijo Ariana rotundamente, añadiendo el
libro a su siempre creciente pila.
Con un suspiro de derrota, Ariana asintió a regañadientes y se dirigió de
nuevo a la sección de romance. Estaba aprendiendo que era una gran
boba por un final feliz.
Mi celular sonó y escarbé en mi bolso sólo para descubrir que era Jazmín.
Le había mandado un correo electrónico anoche.
—¿Estarás bien mientras respondo esto? —Le pregunté a Ariana.
Ella me despidió con la mano, con la nariz prácticamente apretada contra
la estantería mientras examinaba los títulos. Con una risa en los labios me
alejé de ella para contestar la llamada en privado.
—Hey.
—Hola —respondió Jazmín, casi tímidamente.
Me preparé.
Mierda. Tal vez no debería haber compartido mi noticia. ¿Iba a empezar a
tratarme como a una loca partir de ahora? Como, ¿cuidadosamente?
Porque eso sería muy raro. Echaría de menos a ser maldecida para
comenzar.
—¿Cómo están tú y Gino? —le pregunté antes de que pudiera decir nada.
—Estamos mucho mejor. Nos vamos acercando. En realidad, él me pidió
ver a alguien. Un terapeuta.
Me quedé inmóvil en el pasillo de la ciencia ficción. —¿Estás bromeando?
—Nop. Yo no le dije acerca de tu email, te lo juro. Simplemente lo dejó
escapar. Alguna coincidencia. —Ella tomó una respiración profunda—.
¿Realmente fuiste a ver uno?
Miré a mi alrededor para asegurarme de que estaba sola. —Necesitaba a
alguien con quien hablar, y un profesional que no tenga interés personal
en mi vida es la única persona en la que confío para... bueno... hablar de
lo que tengo que hablar de... —Fruncí el ceño. Diez puntos para
habilidades lingüísticas por eso.
—Ya veo.
Hice una mueca ante su tono. Había una mordida definida en el. —Jazmín,
no quiero ser hiriente.
—No estoy dolida. Creo que deberías hablar con alguien que realmente se
preocupa por ti. ¿Por qué crees que le dije a Gino toda mi mierda? Ya
sabes, tenías razón antes. Yo confiaba en él. Y me alegro de haberlo
hecho.
—No estoy lista para eso. Yo no tengo un Gino. No quiero un Gino. Y de
todos modos, tu Gino todavía quiere que hables con un terapeuta.
Ella hizo un ruido refunfuñando. —Creo que él piensa que si doy luz verde
a toda la cosa de la terapia, entonces estoy hablando en serio acerca de
hacer que las cosas funcionen con él.
Pensé en lo devastado que Gino había estado la noche en que vino a
verme. —Entonces debes hacerlo.
—¿Cómo fue? ¿Fue raro?
Fue horrible. —Estuvo bien. Extraño al principio, pero voy a volver.
—¿Quieres hablar de ello?
Sí, es por eso que estoy pagando cien libras por hora a un profesional, para
que pueda hablar contigo. Contuve mi sarcasmo a raya. —No, Jazmín, no
quiero.
—Bien, no tienes que ser brusca, vaca gruñona.
Puse los ojos en blanco. —Sabes extraño tus insultos cara a cara. No es lo
mismo por teléfono.
Ella soltó un bufido. —Echo de menos a alguien que me entienda. Llamé a
una mujer en mi equipo de investigación una puta, ya sabes, de manera
amistosa, y ella me dijo que me fuera al infierno. Y creo que lo decía en
serio.
—Jazmín, hemos hablado de esto. A la gente normal no le gusta ser
llamados por nombres. Por alguna razón, tienden a tomarlo como algo
personal. Y tú eres un poco perra, por cierto.
—Las personas normales son tan sensibles.
—Ange, ¿has leído esto? —Ariana apareció por la esquina del pasillo,
ondeando otra distópica hacia mí. Lo había leído. ¿Qué puedo decir? Tenía
una cosa por las distopías.
—¿Quién es? —preguntó Jazmín—. ¿Dónde estás?
Asentí con la cabeza a Ariana. —Esa es una buena idea. Y hay un chico
caliente en ella. Creo que realmente te va a gustar.
Ariana estaba encantada con eso y apretó el libro contra su pecho, antes
de cargar su cesta de regalos de nuevo a la sección de ficción para
adolescentes.
—¿Ange?
—Era Ariana. —Incliné mi cabeza en una novela de Dan Simmons. Ooh,
no había leído esa.
—¿Y Ariana es...?
—La hermana de catorce años de Diani.
—Y tú estás con una adolescente... ¿por qué?
¿Qué había con ese tono? Su pregunta podría haber sido, “y estás
fumando crack... ¿por qué?”.
—Estamos en la librería.
—¿Estás comprando con una adolescente?
—¿Por qué sigues diciéndolo de esa manera?
—No lo sé. Tal vez porque te has mudado a un apartamento caro, estás
gastando el dinero que siempre estabas rara sobre gastar, eres amiga de
una chica que ha visto The Notebook cincuenta y cinco veces y, como,
sonríe mucho; estás fuera bebiendo con personas reales en las noches de
la semana, salvaste mi relación, estás viendo a un terapeuta, y estás de
niñera de una adolescente. Me mudé a Londres y te haces una puta
lobotomía.
Exhalé pesadamente. —Sabes sólo podrías estar agradecida por todo el
asunto de salvar tu relación.
—Ange, en serio, ¿qué te pasa?
Tiré de la novela de Dan Simmons fuera del estante. —No he hecho todas
esas cosas deliberadamente. Diana y yo nos llevamos y por alguna razón le
gusta tener mi culo melancólico alrededor, y ella tiene una vida diferente a
lo que teníamos. A ella realmente le gusta la gente, y eso significa que
estoy cerca de ellos mucho.
—¿Ange?
Me di la vuelta para ver a Diana en pie delante de mí, una profunda arruga
entre los ojos. Una oleada de preocupación nadó sobre mí y balanceé la
cabeza por encima de las estanterías de pánico, en busca de Ariana.
—Luz está bien —dijo Diana adivinado el motivo de mi maníaco meneo
de cabeza—. Estoy atorada. —Levantó un libro de bolsillo con una mujer
en un esplendido vestido victoriano en la portada. Un par de manos
masculinas alcanzaba seductoramente los cordones en la parte posterior
de la misma. También había algo de seducción en el título. En la otra
mano estaba la última novela de Sparks. —¿Cuál?
Sin dudarlo señale el desgarrador corpiño. —La seducción de cuál sea su
rostro. La novela de Sparks seria excesiva esta semana.
Hizo un gesto hacia mí con el libro corpiño desgarrador y un cabeceo
militante antes de salir de nuevo del pasillo.
—En serio —murmuró Jazmín en la línea—. ¿Dónde está mi negra, y qué has
hecho con ella?
—Tu negra está por colgar el teléfono si ya terminaste tu psicoanálisis.
—Mi negra está hablando en tercera persona.
Me eché a reír. —Jaz, me tengo que ir, está bien. Y dile a Gino que dije
hola y sí, él me debe.
—Espera, ¿qué?
Todavía riendo colgué y fui a buscar a Ariana y Diana.
Estaban esperando en la cola para ser atendidas y me deslicé a su lado,
mirando como Diana se quedaba extrañamente silenciosa y Ariana se
quedaba mirando con adoración hacia abajo a todos sus libros.
Deberíamos haber traído una mochila para todos ellos.
Al finalizar su compra, las vi amontonando los libros de Ariana en débiles
bolsas de plástico, y puesto que Diana había hecho un espacio para mí,
señalé detrás del cajero. —Hey, podría tal vez ponerlos en las bolsas de los
compradores. Éstas sólo se romperán.
Se encogió de hombros perezosamente. —Son cincuenta peniques por
bolsa.
Hice una mueca. —La chica acaba de comprar un centenar de libras en
libros ¿y usted no puede darnos las bolsas de forma gratuita?
Agitó la tarjeta de regalo hacia mí. —No, no lo hizo.
—Sí. Pero la persona que le dio la tarjeta de regalo lo hizo. ¿No estás en
serio pidiéndonos pagar por algo en que cargarlos?
—No. —Él arrastró la palabra como si yo fuera estúpida—. Los pueden
llevar en las bolsas gratis.
Tal vez hubiera retrocedido si él no estuviera hablándome en esa
condescendiente manera de “Odio mi trabajo así que a la mierda el servicio
al cliente”. Abrí la boca para ponerlo en su lugar, pero Diana se apoderó de
mi mano, deteniéndome. Levanté la vista hacia ella para ver que se
tambaleaba un poco, con la cara pálida, sus ojos apretados cerrados.
—Diani. —La agarré y ella se aferró a mí.
—¿Diani? —preguntó Ari preocupada, corriendo al otro lado de su
hermana.
—Estoy bien —murmuró—. Sólo mareada. Tengo un dolor de cabeza...
—¿Otro? —Ese era como el tercero esta semana.
Dejando al empleado marchitarse bajo mi mirada de muerte, saqué a Diani
a un lado, disparando hacia él:
—Sólo empaca los libros en las bolsas normales.
—Dales las buenas bolsas —suspiró la chica que trabajaba junto a él.
—Pero…
—Sólo hazlo.
No hice caso de su mirada irritada cuando giré mi preocupación a Diani. —
¿Cómo te sientes?
Aunque pálida, noté sus temblores habían cesado. —Mejor. No he comido
hoy. Me sentía débil.
—¿Qué sobre los dolores de cabeza?
Ella sonrió tranquilizadora. —Honestamente, no he estado comiendo lo
suficiente a causa de mi doctorado. Estoy sintiendo la presión y estoy
estresada. Voy a ser más cuidadosa.
—Aquí tienes. —El cajero sostuvo las dos pesadas bolsas para los
compradores.
Murmuré las gracias y le di una a Ariana, mientras que tomaba la otra.
—Permíteme. —Diana alcanzó el bolso de Ariana.
—Oh no, no lo harás. —La tomé del codo—. Vamos a meter algo de comida
dentro de ti.
Estábamos hablando sobre el próximo festival cuando vi a Nicol. Nos
habíamos visto en el bar el viernes, cuando él, Diana, Israel, Yidda, Julián y
algunos de los compañeros de Nicola habían decidieron pasar por el Club
39 para tomar una copa. No habíamos hablado mucho y realmente su
actitud hacia mí había virado definitivamente en la zona de amigos.
No sabía si lo que sentí cuando lo hizo que me molestaba. Pero sabía que
estaba sintiendo algo cuando lo vi con ella.
Nicola estaba caminando hacia nosotros, fácilmente identificable entre la
multitud por , su atractivo. Vestía pantalones
vaqueros oscuros, botas negras y una Henley térmica gris oscuro de
manga larga que mostraba sus esculturales, magníficos hombros anchos.
En su mano tenía otra mano.
Pertenecía a una mujer que no había visto nunca antes.
—Nicola —murmuró Diana y la cabeza de Ariana apareció de su libro, su
rostro se iluminó cuando lo vio.
—¡Nicola! —Le gritó y él alejó su cabeza de estar sonriéndole a su
compañera para seguir la voz. Su sonrisa se ensanchó cuando vio a
Ariana.
Cuando nos acercamos el uno al otro, de pronto me hubiera gustado estar
en cualquier lugar, menos donde estaba. La patada que sentía en mis
entrañas cuando lo veía con otra persona no era divertida. De hecho, esa
patada era muy posiblemente la peor broma que me habían jugado en un
tiempo.
Tampoco estaba interesada en la expresión cuidadosamente educado en
su rostro cuando vio que yo estaba con Diana y Ariana.
Mire a Diana mientras nos deteníamos sólo para encontrarla lanzando
dagas con la mirada a la mujer con Nicola. Desconcertada y francamente
sorprendida, no pude dejar de sisear su nombre en cuestión.
Ella me miró, su mandíbula apretada. —Te lo diré más tarde.
—Ari. —Nicola la abrazó a su lado y asintió con la cabeza a sus
bolsas—. ¿Has estado usando tu tarjeta de regalo?
—Sí. Tengo un montón de libros. Gracias de nuevo —añadió con timidez.
—De nada, cariño —Él la dejó ir y se volvió hacia nosotros—. Diana, luces
pálida. ¿Estás bien?
Ella seguía mirando ceñuda hacia él y quería saber de qué demonios me
estaba perdiendo. —Me sentía un poco débil. No he comido.
—La llevare a conseguir algo de comida. —Pensé que debería mencionarlo,
para que no creyera que la estábamos arrastrando cuando ella no se
sentía bien.
—Bien —murmuró él, la captura de mi mirada—. Angie, esta es Priscila.
Priscila y yo nos miramos la una a la otra, nuestras sonrisas de cortesía.
Ella me recordó mucho a Millet: alta, rubia, bonita y tan natural como la
maldita Barbie. Sin embargo, ella era caliente.
Nicola tenía definitivamente un tipo y yo no lo era. No era de extrañar que
hubiese dejado de coquetear conmigo. Su radar sexual debe haber estado
flojo cuando nos conocimos, pero estaba claro que se había restablecido el
orden.
—Hola, Priscila —ronroneó Diani con tristeza.
No pude evitar que mis cejas golpearan la línea de mi cabello antes de que
pudiera detenerlas. Diani sonaba casi depredadora.
Estaba impresionada.
Y sin duda curiosa.
Nicola disparó a su hermana una mirada sofocada. —Tuve una cita para
cenar anoche y Priscila estaba en la mesa de al lado. Hemos decidido
ponernos al día. Pensamos que nos gustaría tomar algo de desayuno.
En otras palabras, Priscila estaba en la mesa de al lado y habían conectado.
Me encogí de hombros frente a la inquietud desconocida que estaba
sintiendo. Mi pecho se sintió un poco de dolorido y yo estaba un poco
mareada. Tal vez Diani no estaba privada de comida, tal vez hubiéramos
comido algo malo ayer.
—Es bueno verte de nuevo, Diana —respondió Priscila dulcemente. Ella
parecía lo suficientemente agradable.
—Hmm. —Diana descarpeterente le restó importancia, rodando sus ojos y
luego ensartándolos en Nicola—. ¿Vas a venir a cenar esta tarde?
Vi el músculo de su mandíbula flexionarse. Definitivamente no le hizo
gracia la actitud de su hermana. —Por supuesto. —Sus ojos viajaron de
nuevo a mí—. Las veré a ambas allí.
—Ange no puede ir. Tiene cosas que hacer.
Él frunció el ceño. —Es sólo un par de horas. ¿Seguramente te puedes
acomodar?
En respuesta, Priscila se acercó más a Nicola. —Me encantaría ir a cenar,
Nicola.
Nicola le dio una poco condescendiente palmadita en la mano. —Lo
siento, cariño, es sólo la familia.
Tres cosas ocurrieron a la vez. Diana se atragantó con su risa, Priscila se echó
hacia atrás como si la hubiera abofeteado, y presentí un ataque de pánico.
Sintiendo la niebla cerrándose en mí, respiraba a través de ella y mi
confusión. —Saben que. —Di un paso lejos de ellos—. Me había olvidado
por completo que dije que dejaría el dinero de Shey en su apartamento. Hoy.
Ahora mismo, en realidad. —Me despedí en tono de disculpa—. Me tengo
que ir. Te veré más tarde.
Y luego me largue de allí lo más rápido que pude.
–——–
—¿Por qué corriste? —preguntó la Dra. Pritchard, con la cabeza inclinada
hacia un lado como un pájaro curioso.
No lo sé. —No lo sé.
—Has mencionado al hermano de Diana, Nicola, un número de veces.
¿Cómo se adapta a tu vida?
Lo deseo. —Supongo que es una especie de amigo. —Cuando ella me miró,
me encogí de hombros—. Tuvimos una presentación poco convencional.
Se lo conté todo.
—¿Así que te sientes atraída por él?
—Lo estaba.
Ella asintió con la cabeza. —Volvamos a mi pregunta anterior entonces.
¿Por qué? ¿Por qué corriste?
Señora, si lo supiera, ¿estaría aquí? —No lo sé.
—¿Fue porque Nicola estaba con otra mujer? ¿O porque dio a entender
que eras de la familia?
—Ambas creo. —Me froté la frente, sintiendo un dolor de cabeza venir—.
Quiero que se quede en la caja donde lo he puesto.
—¿La caja?
—Usted sabe, la caja. Tiene una etiqueta y todo. Dice “Especie de amigo”.
Somos una especie de amigos, pero no muy buenos amigos. Pasamos el
rato, pero no nos conocemos muy bien el uno al otro. Lo prefiero así. Creo
que podría haber entrado en pánico al pensar que él piensa que hay más.
Que piensa que somos cercanos de alguna manera. Yo no quiero eso.
—¿Por qué no?
—Simplemente no lo hago.
Pareciendo sentir mi tono, la Dra. Pritchard asintió con la cabeza y no hizo
la pregunta de nuevo. —¿Y tus sentimientos con respecto al verlo con otra
mujer...?
—Los únicos sentimientos que tenía eran confusión y pánico. Estaba con
una mujer con la que, obviamente, tiene una relación sexual y una historia
y dio a entender de alguna manera que nuestra amistad era más profunda
de lo que él tenía con ella diciendo lo que le dijo a ella. Como he dicho, eso
no es cierto. No quiero eso.
—¿Y esa es la única razón?
—Sí.
—¿Así que no quieres una relación con Nicola? ¿Sexual o de otro tipo?
Sí. —No.
—Vamos a hablar de eso. No hemos hablado de tu relación con los
hombres. Pareces buena cerrándote a la gente, Ange. ¿Ha pasado un
tiempo desde tu última relación?
—Nunca he estado en una relación.
—¿Has tenido citas?
Enrosque mis labios al recordar los llamados “años maravillosos”. —
¿Quiere la historia sórdida? Bueno, voy a explicársela...
–——–
—¿Shey recibió su dinero? —preguntó Diana en voz baja mientras se dejaba
caer en el sofá junto a mí.
Asentí con la cabeza, mintiendo, y para purgar mi culpa le acerqué mi
codiciada bolsa grande de papas fritas y le ofrecí. —¿Quieres un poco?
—Nah, estoy llena. —Se relajó contra la almohada, los ojos fijos en el
televisor—. ¿Qué estás viendo?
—La supremacía Bourne.
—Mmm, Matt Damon.
—¿La cena estuvo bien? ¿Te sientes mejor? —Sentí aún más culpa por
rechazarla de esa manera. Todavía estaba tratando de envolver mi cabeza
en torno a qué exactamente era lo que me había ocurrido en ese momento.
Diana me dirigió una mirada—. Mamá preguntó por ti.
Eso estuvo bien. —¿Le dijiste que dije hola?
—Sí. Y la cena fue atmosférica. Nicola todavía estaba enojado conmigo.
Le sonreí, mirando a la pantalla. —Nunca te había visto así antes. Fue algo
impresionante.
—Sí, bueno, Priscila es una puta.
Contuve el aliento, mis ojos en ella. Su rostro normalmente abierto era
estrecho y pedregoso. —En realidad no te agrada. ¿Quién es ella?
—Ella fue la novia de Nicola por un tiempo. No puedo creer que la esté
viendo de nuevo.
—¿Y...?
Al darse cuenta de que quería decir, “¿qué diablos te hizo ella?”. Diana se
encogió de hombros, su rostro se arrugaba. —Fui a ver a Israel acerca de
algo un día y ella estaba allí. Desnuda. En su cama. Él estaba desnudo
también.
No lo podía creer. —¿Engañó a Nicola?
—No —resopló ella sin humor—. A Israel le gustaba, así que Nicola se la
prestó.
Jesuc... —¿Se la prestó?
—Mmhmm.
—¿Ella no tiene amor propio?
—¿No has oído la parte en que ella es una puta?
—No puedo creer que Nicola hiciera eso. Sólo prestarla.
—Quizás he usado una mala opción de palabra. En realidad, fue ella quien
le dijo a Nicola que quería a Israel. Nicola no tenía un problema con él
por lo que dejó que tuvieran relaciones sexuales.
Retorcido, tal vez un poco frío, pero común, por lo que, ¿quién era yo para
juzgar? —Así que ella tiene amor propio. ¿Cuál es el problema? —Intenté
cavar a la verdadera fuente de disgusto de Diana—. A la niña le gusta el
sexo.
—¡Es una puta!
Oh sí. Sin duda sabía la verdadera razón ahora.
Israel.
—Realmente te gusta Israel, ¿eh?
Ella exhaló lentamente y cerró los ojos con fuerza.
Un rayo de dolor se descargó en mi pecho mientras veía la lágrima de
debajo de sus pestañas rodar por su mejilla.
—Oh, cariño. —Me senté y tiré de ella a mi lado, dejándola llorar en
silencio en mi suéter. Después de un rato, tomé el paquete a medio comer
de galletas y le entregue una—. Aquí. Azúcar y vamos a ver a Jason
Bourne patear algunos culos.
—¿Podemos fingir que es el culo de Israel el que está pateando?
—Yo ya estoy en eso. Ves a ese tipo... ese es Israel, y Bourne está
golpeando su pequeño trasero de putilla.
Ella se rió a mi lado y me maravillé de cómo alguien podía ser tan fuerte y
a la vez tan frágil.

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