domingo, 20 de abril de 2014

"Jugando Al Amor" capítulo 5

       




los noches más tarde estaba en la bañera después de una
extenuante sesión de ejercicios en el gimnasio cuando escuché el
grito de alegría de Diana. Alzando una ceja a la puerta, no estaba
sorprendida por el golpe de la puerta que vino dos segundos después.
—¿Puedo entrar? —preguntó con una sonrisa en su voz.
Es evidente que cualquier noticia que había recibido no podía esperar.
Miré hacia abajo para asegurarme de que estaba suficientemente cubierta
por las burbujas.
—Claro —le contesté.
La puerta se abrió y entró Diana con dos copas de vino en la mano y una
petulante expresión en su rostro. Tomé la copa que me ofreció y le sonreí
a su contagioso buen humor.
—¿Qué pasa?
—Bueno. —Sonrió Diana—. Después de seis meses terribles, Nicola
finalmente terminó con Millet.
Resoplé a mi copa, ignorando la manera en que mi estómago saltó por las
noticias.
—¿Esas son tus emocionantes noticias?
Ella me vio como si hubiese dicho algo loco.
—Por supuesto. Es la mejor noticia en Dios sabe cuánto. Millet era la peor
de todas. Tú sabes, creo que la otra noche en el bar fue el clavo final en su
ataúd. Nicola lucía mortificado por ella. Era momento que terminara con
la muy ensimismada, dos caras, interesada y dolor en el trasero.
Asentí en acuerdo, pensando en su coqueteo descarado conmigo.
—Sí, probablemente él sólo hubiese terminado engañándola o algo así.
La alegría de Diana al instante huyó y ella frunció el ceño. Levanté una ceja
ante su reacción.
—Nicola nunca engañaría.
Ella de verdad pensaba que él caminaba sobre el agua. Ladeé la cabeza
con una sonrisa cínica, con una mirada probablemente rozando la
condescendiente y merecedora de un golpe.
—Por favor, Diana, es un chico que coquetea con cualquier cosa que se
mueva.
Considerándome por un momento, Diana se recostó contra las paredes de
azulejos, aparentemente inconsciente del vapor que se aferraba a ellos y
ahora probablemente humedeciendo la parte trasera de su camisa. Su
celebración fue olvidada al parecer encarando mi negatividad.
—Hay una cosa que debes saber acerca de Nicola. Él nunca engañaría.
No es perfecto, lo sé. Pero digamos que él nunca sería tan cruel ni
deshonesto con nadie. Cada vez que él ha estado en una relación y su
interés ha disminuido y salta a alguien nuevo, él ha sido honesto con su
novia y ha roto, antes de poner en marcha cualquier cosa con alguien más.
No estoy diciendo que su actitud no es un poco de mierda, pero al menos
es honesto.
Curiosa sobre la seguridad de Diana, tomé un sorbo de vino antes de
preguntar:
—¿Alguien ha engañado a Nicola?
Me dio una sonrisa triste.
—No es mi historia para contarla.
Guau. Si Diana realmente iba a mantener la boca cerrada acerca de ello,
Nicola realmente debe estar sentido.
—Basta con decir que es un ligón en serie. Completamente monógamo
pero saltando de una relación a otra. Millet duró más que la mayoría. Creo
que fue porque se tomaba frecuentes viajes hacia el sur. —Diana luego me
lanzó una mirada burlona, casi de complicidad—. Me pregunto qué chica
habrá llamado su atención ahora.
Yo la miraba con atención. ¿Sabía ella? ¿Había visto la chispa entre
nosotros?
—Y me pregunto si finalmente será quien le pateara el trasero. Necesita
una probada de la realidad. —Murmuré una respuesta incoherente, no
queriendo animar sus pensamientos en mi dirección.
—Lo siento por interrumpir tu baño.
—No, esté bien. —Alcé mi copa de vino hacía ella.
—Trajiste vino rojo. Estamos bien.
—¿Has engañado a alguien?
Caray. ¿De dónde vino eso?
—¿Bien?
¿Esta era una entrevista para salir con su hermano?
Mirándola directamente a los ojos para que así supiera que estaba siendo
completamente seria, respondí con más honestidad que nunca, confiando
en que Diana no me presionara más con el tema.
—Nunca me acerqué lo suficiente a nadie para que eso fuera un problema.
—Mi respuesta pareció desinflarla, y reafirmó que ella había estado
sustentando algún tipo de idea romántica entre Nicola y yo—. Yo no tengo
relaciones, Diana. No me han atrapado.
Asintió, su expresión un poco perdida.
—Espero que cambie para ti.
Nunca lo hará.
—Tal vez.
—Bien. Voy a irme para que te bañes. Oh. —Se detuvo, volviéndose hacia
mí—. Mi mamá cocina una gran cena con asado los domingos para toda la
familia. Estás invitada este domingo.
Un escalofrío repentino descendió sobre mi baño caliente y me estremecí.
No había estado en una reunión familiar desde la secundaria.
—Oh, no quiero molestar.
—No estás molestando. Y no aceptaré un no por respuesta.
Sonreí débilmente, tragando todo el vaso de vino en cuanto se cerró la
puerta detrás de ella. Sintiendo el vino batir en mis entrañas, mandé un
oración por un milagro que me sacara de la reunión familiar.
–——–
El viernes en la noche iba tarde para el trabajo en el bar. Diana había
decidido cocinarnos la cena y se había vuelto un desastre insalvable.
Terminamos comiendo fuera y perdimos la noción del tiempo a medida que
entramos en una discusión profunda sobre nuestro trabajo, la
investigación de Diana y mi libro. Diana se había ido a su casa a dormir a
causa de un dolor de cabeza horrible que había llegado de repente, y me
apresuré a la barra. Le di a Shey una mirada de disculpa al pasar y dentro
del cuarto del personal. Estaba metiendo mis cosas en mi casillero cuando
mi celular sonó. Era Jazmín.
—Hey, cariño, ¿puedo llamarte luego en mi descanso? Voy tarde para mi
cambio.
Jazmín lloriqueó en la línea.
—Bien.
Mi corazón se detuvo. ¿Jazmín estaba llorando? Jazmín nunca lloraba.
Nosotras nunca lloramos.
—¿qué pasa? —La sangre latía en mis oídos.
—Rompí con Gino. —Su voz se agrietó junto con mi convicción.
Pensé que Jazmín y Gino eran sólidos.
Mierda.
—¿Qué pasó? —Oh Dios, ¿la había engañado?
—Me propuso matrimonio.
El silencio cayó entre nosotras mientras trataba de entender lo que estaba
diciendo.
—Bien. Él te lo propuso, ¿entonces terminaste con él?
—Por supuesto.
¿Qué me estaba perdiendo?
—No lo entiendo.
Jazmín gruñó. En realidad, masculló:
—¿Cómo tú de todos no lo entiendes, Angie? ¡Es por eso que te estoy
llamando! ¡Se supone que tú lo debes entender maldita sea!
—Bueno, no lo hago, así que deja de gritarme —espeté, con una punzada
en el pecho por Gino.
Él adoraba a Jazmín. Era su mundo entero.
—No puedo casarme con él, Ange. No puedo casarme con nadie. El
matrimonio arruina todo.
Y de repente me di cuenta de que estábamos entrando en nuestra área
prohibida. Esto era acerca de los padres de Jazmín. Sabía que ellos estaban
divorciados, pero eso es todo lo que sabía. Tenía que ser algo más
profundo, algo peor, para que Jazmín le dé la espalda a Gino.
—Él no es tu papá. No son tus padres. Gino te ama.
—¿Qué demonios, Angie? ¿Quién es ésta y qué ha hecho con mi amiga?
Hice una pausa. Tal vez estaba pasando mucho tiempo con Diana.
Ella me estaba contagiando.
—Es justo —murmuré.
Jazmín suspiró con alivio.
—Entonces piensas que hice lo correcto.
—No —respondí honestamente—. Creo que estás asustada. Pero de una
persona asustada a otra, sé que nada va a hacerte cambiar de parecer.
Nos quedamos en silencio, apenas respirando en el teléfono la una a la
otra, sintiendo esa conexión entre nosotros, ese alivio de que había alguien
más ahí afuera igual de arruinada.
—¿Has pensado en la realidad de esto, Jaz? —susurré finalmente—.
Gino con alguien más, me refiero.
Un ruido ahogado crepitaba el teléfono.
Mi corazón se rompió por ella.
—¿Jazmín?
—Tengo que irme. —Colgó. Y de alguna manera supe que había colgado
para llorar. Nunca lloramos. Sintiendo una profunda melancolía
arropándome, le mandé un mensaje para aconsejarla que realmente
pensara las cosas antes de que hiciera algo de lo que ella se arrepentiría.
Por una vez, me hubiera gustado no estar tan rota, así Jazmín tuviese una
mejor amiga que fuese fuerte y no tuviera miedo de amar, de sostenerse,
como ejemplo de lo que era posible.
En cambio, yo era su excusa de que ella no estaba siendo irracional.
Yo era su facilitadora.
—¿Ange?
Eché un vistazo por encima a Rafael.
—¿Sí?
—Un poco de ayuda, por favor.
—Oh, por supuesto.
—¿Deseas una rápido caminata después del trabajo?
—No, Rafael. —Sacudí mi cabeza, siguiéndolo afuera, demasiado deprimida
para incluso bromear con él.
–——–
El domingo llegó antes de que me diera cuenta, y estaba tan preocupada
con mi libro y con Jazmín, quien se mantuvo evitando mis llamadas, y con
demasiado miedo de hablar con Gino en caso de que abriera otra grieta
en mi corazón con su dolor, que no tuve oportunidad de dar con una
excusa para salir de la cena con la familia de Diana.
En lugar de eso me metí en un taxi con Diana, vestida para celebrar el
caliente día con mis shorts Topshop y una bonita camisola de seda color
verde oliva.
Partimos y paramos literalmente cinco minutos más tarde
fuera de un apartamento que se parecía mucho al nuestro.
En el interior, estaba sorprendida de encontrar la casa de los dalmau muy
parecida a la nuestra también. Las habitaciones eran enormes, altos
techos, y una colección agradable de desorden que me recordó mucho a la
de Diana. Ahora sabía de dónde lo tenía.
Johana me saludó con un beso muy francés en ambas mejillas. Al
igual que Diana, ella era pequeña y hermosa de una manera delicada. Por alguna
razón me había estado esperando un acento francés, a pesar de que Diana
me había dicho que su madre se había trasladado a Escocia cuando tenía
cuatro años.
—Diana me ha contado mucho de ti. Me dijo que las dos se habían
convertido en amigas rápidamente. Estoy feliz. Estaba un poco preocupada
cuando me dijo que iba a tener un compañero de piso, pero todo salió muy
bien.
Sentí que tenía quince otra vez. Johana simplemente tenía esa manera
maternal de hablarte.
—Si, así ha sido —respondí con simpatía—. Diani es genial.
Johana sonrió, luciendo veinte años más joven y mucho más parecida a su
hija mayor.
A continuación, me presentaron a Matías, una especie de hombre
indescriptible, con gafas y una sonrisa dulce.
—Diana dice que eres escritora.
Le arrojé a Diana una sonrisa irónica. Ella les decía a todos que era una
escritora.
—Tratando de serlo.
—¿Qué escribes? —preguntó Matías, dándome una copa de vino.
Nos habíamos congregado en la sala de estar mientras Johana comprobaba
algo en la cocina.
—Fantasía. Estoy trabajando en una serie de fantasía.
Los ojos de Matias se abrieron como platos fraccionalmente detrás de sus
gafas.
—Me encantan las novelas de fantasía. Sabes, estaría encantado de leerlo
antes de enviarla para consultas.
—¿Quiere decir, versión beta?
—Sí. Si te gustaría.
Recordando que Matías era un profesor de la universidad y solía calificar
trabajos, estaba secretamente muy satisfecha por su oferta. Le di una
pequeña sonrisa de gratitud.
—Eso sería genial. De verdad se lo agradecería. Por supuesto, estoy muy
lejos de terminarlo todavía.
—Bueno, cuando lo hagas, sólo dame un grito.
Sonreí.
—Lo haré, gracias.
Estaba justamente comenzando a pensar que lograría pasar esta
particular cena familiar cuando escuché niños riendo.
—¡Papá! —La voz de un niño en el pasillo dirigiéndose hacia nosotros, y
entonces su dueño apareció en la puerta. Corriendo hacia Matías, el rostro
del niño pequeño estaba iluminado por la excitación. Supuse que se
trataba de Adriano, el medio hermano de diez años de Diana
—Papá, mira lo que Nicola me trajo. —Metió un Nintendo DS y dos juegos
en la cara de Matías. 
Matías los miró, sonriendo.
—¿Ese era el que querías?
—Sí, es la última versión.
Mirando hacia arriba en la puerta, Matías chasqueó la lengua en señal de
burlona desaprobación.
—No es su cumpleaños hasta la próxima semana. Lo consientes
demasiado.
Me sacudí con fuerza, mis palmas sudando instantáneamente al ver a
Nicola en la puerta con la mano en el hombro en una versión en
miniatura de Diana. La adolescente estaba acurrucada junto a él, su
flequillo grueso y pelo corto estilo excepcional para una cosa tan pequeña.
Mis ojos no se detuvieron mucho en la mini-Diani, que deduje era Ariana.
No, se deslizó a lo largo de Nicola, absorbiéndolo antes de que pudiera
detenerlos.
La atracción quemaba a través de mi sangre.
Nicola llevaba jeans negros y una camiseta gris. Era la primera vez que lo
veía en algo casual, la primera vez que mis ojos tenían acceso a sus fuertes
bíceps y anchos hombros.
Sentí un estremecimiento entre mis piernas y aparté rápidamente la
mirada, odiando que él le hiciera esto a mi cuerpo.
—Lo sé —respondió Nicola—. Pero no quiero tener que pasar otra tarde
de domingo escuchando a Adriano balbucear en mi oreja sobre la maldita
consola.
Adriano sólo se rió, dejando caer su mirada triunfante a su juego a medida
que se dejaba caer a los pies de su padre y empezaba a cargar un juego de
Súper Mario Bros.
—¿Mira lo que tengo? —Sonrió Ariana tímidamente, levantando algo
parecido a una tarjeta de crédito. Dios, esperaba que no lo fuera.
Matías la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Qué es eso?
Los ojos de Ariana se iluminaron.
—Una gran tarjeta de regalo para la librería.
—Bien. —Diana le sonrió, extendiendo su brazo hacia ella—. ¿Qué vas a
comprar?
Su hermana menor se precipitó hacia ella, acurrucándose a su lado
mientras se dejaba caer en el sofá. Ella me dirigió una tímida sonrisa antes
de mirar a Diana.
—Hay una nueva serie de vampiros que quiero.
—Ariana es un ratón de biblioteca —me explicó su voz ronca justo
encima de mi cabeza.
Me volví para mirar a Nicola de pie junto al sofá, mirándome con nada
más que una sonrisa amistosa. Aunque un poco desconcertada por su
cambio de actitud, me encontré sonriéndole a su vez.
—Ya veo. —Un enjambre de mariposas se despertó en mi estómago y me
estremecí interiormente, apartando la mirada de él. Nunca se me ocurrió
que Nicola asistiría a la cena, aunque debería haberlo imaginado,
considerando que Diana había dejado en claro que él era una gran parte de
su familia.
—¿Le agradecieron a Nicola? —preguntó Matías de pronto a sus hijos,
llamando mi atención sobre ellos y lejos del sexo en las piernas a mi lado.
Un par de “sí” murmurados respondieron a la pregunta.
—Ari, Adiansito, ésta es mi compañera de piso, Angie. —Me presentó Diana.
Le sonreí a los dos.
—Hola. —Ariana me dio un gesto tímido. Sentí un apretón en mi pecho
de lo adorable que era.
—Hola. —Le saludé con la mano en respuesta.
—¿Te gusta el Nintendo? —preguntó Adriano, esperando mi respuesta con
una mirada evaluativa. Me di cuenta que mi respuesta o bien nos uniría o
separaría.
—Oh, sí. Mario y yo nos conocemos.
Él me dio una sonrisa descarada. —Tienes un acento genial.
—Tú también.
Eso pareció agradarle y rápidamente volvió a su juego. Creo que pasé la
prueba.
Matías le dio unas palmaditas en la cabeza a Adriano. —Hijo, ponlo en
silencio, por favor.
Casi de inmediato los sonidos familiares de Mario disminuyeron y decidí
que me gustaban estos niños.
Leyendo entre líneas, supuse que Nicola los consentía, y mirando
alrededor de la casa no parecía como si les faltara nada, pero tenían
modales excelentes, al igual que Diana.
—¡Nicola! —Johana entró lentamente en la sala, una gran sonrisa adorable
en su rostro—. No te oí entrar.
Nicola le sonrió y la envolvió en un fuerte abrazo.
—¿Matías te ofreció algo de beber?
—No, pero me conseguiré algo.
—Oh, no, permíteme. —Matias se puso de pie—. ¿Una Lager7?
—Sí, gracias, suena bien.
—Toma asiento. —Johana arrastró a Nicola hasta el sillón a mi derecha
cuando Matías salió de la habitación. Ella se sentó en el brazo del mismo y
apartó el cabello despeinado de Nicola de su frente—. ¿Cómo has estado?
Escuché que tú y Millet terminaron.
Nicola no se me había parecido realmente el tipo de persona que le gusta
ser “mimado maternalmente” pero él sólo se sentó allí, pareciendo
disfrutar de la atención de Johana. Le tomó la mano y le besó los nudillos
afectuosamente.
—Estoy bien, Elle. Era cuestión de tiempo, eso es todo.
—Mmm —contestó ella con el ceño fruncido. Y entonces, como si recordara
que estaba allí, se volvió hacia mí—. Ya has conocido a Angie, ¿no es así?
Nicola asintió, con una sonrisa suave, casi secreta, curvando las
comisuras de sus labios. Aun así, era una agradable, no sexual, y no sabía
si estar feliz o decepcionada por eso. Hormonas estúpidas.
—Sí, Angie y yo nos hemos conocido.
Sentí que mis cejas se juntaron. El ceño de pronto desapareció cuando Matias regresó y la conversación
cobró impulso. Hice lo que pude, respondiendo a sus preguntas y
correspondiendo, sin embargo nunca estuve tan agradecida por Diana. Ella
vino a mi rescate cuando su madre comenzó a hacer preguntas acerca de
mis padres, desviando las preguntas fácilmente de mí a Johana, y suspiré
con alivio por haber escapado a tener que ser completamente grosera.
Pensé que lo estaba haciendo bien. Incluso logré intercambiar
amigablemente bromas, no sexuales, con Nicola.
Luego pasamos al comedor para la cena.
Hubo algo acerca de la risa, todas las conversaciones y ruido, cuando nos
acomodamos a su alrededor, sirviéndonos las patatas, verduras y salsa
para comer con las porciones generosas del pollo asado que Johana había
puesto en nuestros platos. Mientras vertía la salsa por encima de mi cena,
su charla, su cariño, la cálida normalidad, que disparó los recuerdos...
—Invité a Mitch y Arlene para la cena —dijo mi madre, poniendo asientos
adicionales en el lugar. Alondra también cenaría con nosotros ya que estábamos
trabajando en un proyecto de la escuela juntas, y mi padre estaba
acomodando a la bebé Evelyn en su silla alta.
Papá suspiró. —Menos mal que hice un montón de chile… como están las
cosas, Mitch probablemente se lo va a comer todo.
—Pórtate bien —sentenció mamá con una pequeña sonrisa en sus labios—.
Van a estar aquí en cualquier momento.
—Sólo digo. El sujeto puede comer.
Alondra se rió a mi lado, disparándole a mi padre una mirada de adoración. El
papá de Alondra nunca estaba en torno de modo que mi papá era como
Superman para ella.
—Entonces, ¿cómo está resultando el proyecto? —preguntó mamá,
vertiéndonos jugo de naranja.
Le lancé a Alondra una sonrisa secreta. No estaba resultando en absolutamente
nada. Habíamos pasado la última hora chismeando acerca de Mario y Ernesto. En su mayoría seguíamos diciendo la palabra “Jude” como
“Erneeeeesto” y riendo como idiotas.
Mi madre soltó un bufido, atrapando la mirada. —Ya veo.
—¡Hola vecinos! —Un gran saludo de lo más alegre resonó cuando Mitch y
Arlene abrieron las puertas francesas, entrando sin llamar. Estaba bien.
Estábamos acostumbrados a su familiaridad excesiva, ya que eran nuestros
únicos vecinos más cercanos a la casa. Mi mamá amaba su familiaridad
excesiva.
—Papá, Evelyn dejó caer su jugo. —Asentí hacia el suelo.
Puesto que él era el más cercano, se agachó a recogerlo.
—¿Sabes cocinar? —preguntó mamá con suavidad y escuché a mi papá
atragantarse con un trozo de chile.
Escondí mi risa en un trago de jugo de naranja.
—No.
El silencio descendió en torno a la mesa, mientras todos nos miramos entre
sí y luego nos echamos a reír.
Evelyn gritó al oír el ruido, su pequeña mano golpeando su jugo y enviándolo a
volar de nuevo, lo que nos hizo reír más fuerte...
A ese recuerdo le siguió otro recuerdo de una cena de Navidad. Acción de
Gracias. Mi decimotercer cumpleaños...
Los recuerdos me provocaron un ataque de pánico. Primero mi cabeza se
tornó confusa y rápidamente bajé la salsera de mi mano ahora temblando.
La piel de mi rostro hormigueaba y un sudor frío se filtraba por mis poros.
Mi corazón se aceleró con tanta fuerza detrás de mi caja torácica que
pensé que podría explotar.
Mi pecho se tensó y me esforcé por respirar.
—¿Angie?
Mi pecho subía y bajaba rápidamente en respiraciones cortas, mis ojos
asustados en busca de la voz.
Nicola.
Dejó caer su tenedor, inclinándose sobre la mesa hacia mí, con un ceño de
preocupación entre sus cejas. —¿Angir?
Tenía que salir de allí. Me faltaba el aire.
—Angie… Cristo —murmuró Nicola, empujándose de la mesa, con la
intención de venir alrededor de la mesa para ayudarme.
En cambio, salí disparada de mi asiento, sosteniendo mis manos en alto
para detenerlo. Sin decir una palabra, me di vuelta y salí corriendo de la
habitación, corriendo por el pasillo hasta el baño donde me encerré en el
interior.
Con manos temblorosas empujé abriendo la ventana, y tanto ellas como el
resto de mí se mostraron agradecidas por la corriente de aire que explotó
sobre mi cara, aunque fuera aire caliente. Sabiendo que tenía qué
calmarme, me concentré en frenar mi respiración.
Unos minutos más tarde, mi cuerpo y mente volvieron a sí mismo y me
dejé caer en el asiento del inodoro, mis miembros todos gelificados. Me
sentía agotada de nuevo. Mi segundo ataque de pánico.
Genial.
—¿Angie? —Su voz retumbó a través de la puerta.
Cerré los ojos ante ella, preguntándome cómo demonios iba a explicarme.
La vergüenza calentó la sangre en mis mejillas.
Pensé que había superado esto. Habían pasado ocho años. Debería haberlo
superado ya.
Con el sonido de la puerta al abrirse, mis ojos se entreabrieron, y miré
como un Nicola preocupado entró y cerró la puerta.
Brevemente me pregunté por qué me había seguido él y no lo había hecho
Diana. Cuando no dije nada él se acercó, agachándose lentamente sobre sus
talones de modo que así estuviéramos a la misma altura. Mis ojos
buscaron su rostro hermoso y por una vez, me hubiera gustado poder
romper mis propias malditas reglas. Tenía la sensación de que Nicola
sería capaz de hacerme olvidar todo por un tiempo.
Nos miramos el uno al otro durante lo que pareció una eternidad, sin decir
una palabra. Esperaba un montón de preguntas ya que debía estar claro
para todo el mundo, o al menos para los adultos en la mesa, que había
tenido un ataque de pánico. Sin duda, todos estarían preguntándose por
qué, y realmente no quería volver allí.
—¿Mejor? —preguntó Nicola finalmente en voz baja.
Espera. ¿Eso era todo? ¿Nada de preguntas minuciosas?
—Sí. —No, no en realidad.
Él debe haber leído mi reacción a su pregunta en mi cara, porque inclinó
la cabeza hacia un lado, con la mirada pensativa. —No es necesario que
me lo digas.
Esbocé una sonrisa sin humor. —Sólo dejaré que pienses que soy una loca
de mierda.
Nicola me devolvió la sonrisa. —Ya lo sabía. —Se puso de pie, sosteniendo
una mano hacia mí—. Vamos.
Miré a su mano extendida con cautela. —Creo que tal vez simplemente me
debería ir.
—Y yo creo que deberías tener una buena cena con algunos buenos
amigos.
Pensé en Diana y lo cálida y acogedora que había sido conmigo. Sería un
insulto irme de la cena de su madre y me encontré a mí misma no
queriendo hacer nada que pudiera alejar a Diana.
Tomando la mano de Nicola tentativamente, dejé que me levantara a mis
pies. —¿Qué voy a decir? —Nada servía pretender ser fría y serena con él
ahora. Él ya me había visto en mis más vulnerables momentos.
Dos veces.
—Nada —me aseguró—. No tienes que dar explicaciones a nadie. —Su
sonrisa fue amable.
No podía decidir qué sonrisa me gustaba más. Ésta, o la traviesa de antes.
—Está bien. —Tomé una respiración profunda y lo seguí. No soltó mi
mano hasta que llegamos al comedor, y me negué a reconocer el
sentimiento privado en mi pecho cuando su toque se apartó del mío.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó Johana tan pronto como entramos en la
habitación.
—Un poco de insolación. —Nicola le dio un gesto de desdén a la madre de
Diana con tranquilidad—. Estuvo en el sol durante mucho tiempo esta
mañana.
—Oh. —Volvió su preocupación maternal en mí—. Espero que por lo
menos llevaras protector solar.
Asentí, deslizándome en mi asiento. —Simplemente se me olvidó ponerme
un sombrero.
A medida que la conversación retornó y la tensión desapareció de la mesa,
no les hice caso a las miradas sospechosas de Diana y le disparé a Nicola
una sonrisa de agradecimiento.                              

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