domingo, 13 de abril de 2014

"Jugando Al Amor" capítulo 4

       






Lena, la heroína de mis series de fantasía, y una chica mala asesina
en el reino de Morvern, estaba supuestamente planeando su ataque
al teniente de la reina, Arvane, un mago que estaba secretamente
teniendo una aventura con la sobrina de la reina, y usando su influencia y
magia para manipular el control monárquico y político. En su lugar, Lena
había comenzado a fantasear sobre desnudar a Ten, el jefe de la guardia
de la reina. Ten, quien había sido morocho en los primeros cinco capítulos,
era ahora rubio con los ojos verde pálido. Él tampoco se suponía era el
héroe romántico. No se supone que habría un héroe romántico en
absoluto. ¡Esto era todo sobre Lena!
Frustrada, empujé lejos mi laptop.
¡Maldito Nicola! Estaba incluso contaminando mi manuscrito con su
sexualidad tóxica.
Eso es todo. Me estaba rindiendo por hoy. Sabiendo que Diana traía comida
China para la cena después de su investigación en la universidad, decidí
hacer un espacio para el gimnasio justo a la vuelta de la esquina
como un ataque preventivo contra las calorías. Por lo general
no me preocupaba por mi ingesta de alimentos, pero había estado en los
deportes en la escuela y me gustaba mantenerme en forma. Buena cosa
también, porque de verdad me gustaban las papas fritas, o patatas fritas,
como se les llama aquí. Cualquier papa, todas las papas, que engorden,
deliciosas y crujientes papas fritas. Mi cercana relación con las papas
fritas era posiblemente la más real en mi vida.
Conduje la frustración de mi libro a la cinta de correr, la bicicleta elíptica,
bicicletas fijas y pesas hasta que era un desastre sudado y sucio. El
entrenamiento me relajó lo suficiente para que mi cerebro comenzara a
trabajar otra vez. Un personaje comenzó a formarse en mi cabeza y ella no
me dejaría en paz. Sobre todo porque era muy parecida a mí. Estaba sola
en la vida, independiente, impulsada. Había crecido en orfanatos
y se mudó con una visa de trabajo y terminó
enamorándose…
El personaje era mi mamá. La historia de mi mamá había sido genial hasta
que terminó trágicamente. Todo el mundo ama una buena tragedia. Todos
amarían a mi mamá. Ella había sido valiente y franca, pero muy amable y
compasiva. Mi padre la había adorado desde el minuto que la conoció pero
le había llevado seis meses romper sus defensas. Su romance había sido
épico. Nunca había pensado escribir un romance antes, pero no podía
conseguir sacar la idea de inmortalizar a mis padres en papel. Los
destellos de recuerdos que había enterrado bajo un frío acero comenzó a
pasar a través de mis ojos hasta que el gimnasio desapareció a mí
alrededor: mi mamá parada frente al fregadero de la cocina, lavando los
platos porque no confiaba en el lavavajillas. Mi papá silenciosamente
presionándose contra su espalda, sus brazos deslizándose alrededor de su
cintura y abrazándola más cerca mientras le susurraba en su oído. Lo que
sea que había dicho le había hecho derretirse contra él, inclinando su
cabeza para besarlo. Luego destelló a mi padre persiguiendo a mi mamá en
la casa por la noche, la puerta cerrándose, asustándonos hasta morir a mi
niñera y a mí. Mi mamá le gritaba por ser un macho Alfa idiota. Mi papá
gruñéndole sobre como él no iba a mantenerse al margen mientras miraba
a un idiota de su trabajo coquetear abiertamente con ella en frente de él.
Mi mamá gritando que él no tenía que golpear al tipo.
—¡Él tenía su mano en tu trasero! —le había espetado mi papá en
respuesta, mientras veía todo con asombro desconcertado. ¿Alguien había
puesto su mano sobre el trasero de mi mamá enfrente de papá? Idiota.
—Me estaba encargando de eso —argumentó mamá.
—¡No lo suficientemente rápido! ¡No trabajarás más con él!
Desde allí, la discusión se había intensificado hasta que mi niñera huyó
sin esperar su pago. Pero no estaba preocupada sobre la discusión. Mis
padres siempre habían tenido una relación apasionada. La discusión se
resolvería sola. Y lo hizo. Mi papá se disculpó por perder la calma pero no
retiró la cosa de “no trabajar más con él”. El asunto se volvió tan grande
que mi mamá eventualmente aceptó, porque el idiota del trabajo era,
bueno, un idiota y asumo que hubo más historia de lo que pasó esa noche.
Mi mamá finalmente se mudó a otra empresa de contabilidad. El
matrimonio era todo sobre comprometerse, decía, y papá lo haría por ella.
Los recuerdos eran tan claros. Podía ver el oro en los ojos color avellana de
mamá, podía oler la colonia de papá, podía sentir sus brazos a mi
alrededor, la mano de mamá acariciando mi cabello…
Mi pecho se apretó y me tambaleé en la cinta, el mundo a mi alrededor
volviendo, pero en una cadencia de color y ruido que no tenía sentido. Mi
sangre estaba pulsando en mis oídos, mi ritmo cardíaco había aumentado
tan rápido que luchaba por respirar. El dolor estalló en mi rodilla, pero
apenas fui consciente de ello, o de las fuertes manos que me ayudaron a
ponerme de pie y luego llevando a tierra firme.
—Concéntrate en tu respiración —una suave voz ordenó en mi oído.
Seguí la voz y nadé a través del pánico, tomando el control de mi
respiración.
Eventualmente mi visión se aclaró, la compresión en mi cabeza
relajándose, mis pulmones abriéndose. Temblando por la adrenalina
disparada por el ataque de pánico, me volví a mirar al chico que se
aferraba a mí. Sus ojos estaban preocupados.
—¿Te sientes mejor?
Asentí, vergüenza inundándome cuando levanté la mirada para ver a las
personas mirándonos desde las máquinas. Gentilmente me liberé de su
agarre.
—Lo siento.
Sacudió su cabeza.
—No lo hagas. Sólo me alegro de haberte agarrado antes que todo tu
cuerpo se golpeara con la cinta. Sin embargo, tu rodilla va a tener un
desagradable moretón. —Hizo un gesto hacia ella.
Bajé la mirada y vi un desgarro en mis leggins de deporte y el dolor me
golpeó. Hice una mueca, flexionando la pierna.
—Genial.
—Soy Vasco. —Extendió su mano hacia mí y cortésmente la tomé, pero
apenas la estreché. Estaba exhausta.
—Angie. Gracias, por cierto.
Vasco frunció el ceño y me di cuenta que era lindo, si te gustaba el tipo
musculoso de corte limpio, deportivo. Y él era morocho.
—¿Segura que estás bien? Reconozco un ataque de pánico cuando lo veo.
Sonrojándome interiormente, negué con la cabeza, no queriendo sacar a
relucir los recuerdos que habían producido el ataque.
—De verdad estoy bien. Sólo ha sido una semana estresante. Pero, um…
de nuevo gracias. Simplemente me voy a casa.
—Te he visto aquí antes. —Me detuvo con una sonrisa—. Soy entrenador
personal aquí.
¿Y?
—De acuerdo.
Sonrió a mi respuesta.
—Sólo digo, estoy aquí. Si necesitas cualquier cosa.
—Tendré eso en mente. De nuevo, gracias. —Le di una despedida
avergonzada y me marché a los vestuarios.
Supongo que el libro sobre mi mamá estaba descartado.
–——–
Llegué a casa antes que Diana y decidí que necesitaba mantenerme en
movimiento, aterrorizada de provocar otro ataque de pánico. No había
tenido uno de esos en años. Comencé a poner los platos en la cocina
tratando de conjurar planes en mi cabeza para el próximo capítulo de mi
novela de fantasía en un intento de pretender que lo que pasó en el
gimnasio no había sucedido realmente.
Mi mente fue sacada del ataque de pánico. Eso sí, no por mi novela.
Ese maldito Nicola se entrometió de nuevo.
Abrí el cajón de los cubiertos y encontré un montón de basura que no
pertenecía allí. Lo próximo en la lista: reorganizar el desastre que
había hecho en la cocina. El cajón estaba lleno de extraños objetos y
extremos de: hilos, agujas, una cámara, pega, cinta adhesiva doble, y
fotografías. Había una de Nicola apoyado en una barandilla que daba por
encima del agua en algún lugar. Era un día soleado, y él se había vuelto a
la cámara justo a tiempo, sus ojos entrecerrados contra la luz, su hermosa
boca curvada hacia arriba en una sonrisa afectuosa.
Mientras sacaba los platos, la sonrisa de Nicola me recordó a su risa, y su
risa se mantuvo resonando en mis oídos como lo había hecho durante los
últimos cuatro días desde que lo vi en el bar. Todo lo que podía pensar era
en él sin camisa conmigo envuelta a su alrededor como una tortilla. Sólo
porque había escrito sobre encuentros sexuales, no significa que no sea
una mujer llena de sangre que se calienta justo como todos los demás.
desde que conocí a Nicola, estaba
constantemente de ánimo y de vez en cuando el pensamiento de salir a
buscar un soporte de una noche cruzaba mi mente.
Por supuesto
 esa idea se evaporaba al instante.
Simplemente… no podía entender cómo me podía sentir tan atraída por
alguien. Alguien que apenas conocía.
La puerta principal se cerró de golpe, sacudiéndome de esos
pensamientos, y comencé a verter agua para mí y té para Diana.
—Hulaaa —arrulló ella alegremente al entrar en la cocina, el olor de la
comida China desencadenando una serie de quejas desde mi estómago—.
¿Cómo estuvo tu día? —Dejó la comida en la mesa e inmediatamente
comencé a ayudarla a sacarla.
—Estuvo bien —murmuré, masticando una galleta de gamba.
Cuando finalmente nos sentamos una frente a la otra, me lanzó una
mirada de preocupación.
—¿Estás bien?
No, no lo estoy. Fui al gimnasio y tuve un ataque de pánico en frente de un
montón de extraños. Oh, y tu coqueto hijo-de-puta hermano no saldrá de mi
cabeza o mis fantasías sexuales. Estoy caliente, molesta, y no me gusta.
—Bloqueo de escritor.
—Oh, eso es basura. Sólo sé cómo es cuando estoy escribiendo mi
investigación. No me puedo imaginar qué tan mal se vuelve cuando
escribes una novela.
—Más que frustrante.
Comimos en silencio por un momento o dos, y noté con curiosidad cuán
tensa se veía Diana.
—¿Tuviste un buen día?
Ella me dio una sonrisa triste justo antes de tomar un bocado de arroz al
curry. Cuando terminó de masticar, asintió.
—Estoy comenzando a sentir la presión de ser una estudiante de postgrado.
—Ah, la alegría de la vida del estudiante.
Diana murmuró su acuerdo, y después de mirar fijamente la mesa en
silencio por un minuto, preguntó:
—Así que… ¿qué pensaste de Israel la otra noche?
La pregunta pareció salir de la nada y había una definitiva timidez en la
misma. Huh. Sabía que algo pasaba allí.
—No lo sé. En realidad no pude hablar con él. Es lindo. Parece amigable.
Una mirada soñadora pasó por el rostro de Diana. No es broma. Soñadora.
Solo había visto una mirada como esa en las películas. La chica lo tenía
mal.
—Israel es genial. Él y Nicola han sido amigos por siempre. Si no estaba
Nicola intimidando a mis novios en la secundaria, lo hacía Israel. —Ella
se sonrojó, sacudiendo su cabeza—. Lo seguía a todos lados cuando era
una niña.
—¿Ustedes están saliendo?
Diana disparó su mirada a la mía, sus ojos muy abiertos.
—No. ¿Por qué? ¿Te parece de esa manera?
Bien. Pregunta equivocada.
—Un poco.
—No. —Sacudió su cabeza vehementemente—. Sólo somos amigos. De
todos modos, Nicola siempre me está diciendo lo ofrecido que es. No
sentaría nunca cabeza. Y es demasiado parecido a un hermano para mí
para que haya algo… ya sabes… más… —se fue apagando poco
convincente.
Sabía una cosa de todos modos. Nunca tendría que preocuparme acerca
de Diana mintiéndome. No podía mentir una mierda.
—Está bien.
—Entonces ¿estás viendo a alguien?
Maldición. Era mi culpa. Hice una pregunta.
—No. ¿Y tú?
—No. —Ella suspiró—. ¿Cuándo fue tu última relación?
Me encogí de hombros.
—¿Cuándo fue la tuya?
Diana frunció sus labios, sus pestañas bajaron para cubrir la mirada
endurecida de sus ojos. Una feroz ola protectora se precipitó sobre mí de la
nada, sorprendiéndome hasta el infierno.
—¿Diana?
—Hace nueve meses.
¿Y qué te hizo el bastardo?
—¿Qué sucedió?
—Salimos durante cinco meses. Me dijo que trabajaba para
una agencia de reclutamiento. En realidad trabaja para una compañía de
desarrollo inmobiliario aquí. Estaban haciendo una oferta
contra Nicola por esta parcela increíble. Resultó que
sólo me estaba usando para llegar a Nicola, para saber cuál sería la oferta
de Nicola de modo que su empresa pudiera superar la oferta. Basta con
decir que la relación no terminó bien. Él terminó con la nariz rota y Nicola
terminó con la parcela.
Levanté una ceja, silenciosamente felicitando a Nicola por enseñarle la
lección completa.
—¿Nicola le dio una paliza?
—No. —negó con la cabeza—. Nicola no pelea. No lo ha hecho en
mucho tiempo. —Sonrió ampliamente ahora—. Fue Israel quien le dio
tremenda paliza.
Le sonreí de vuelta.
—No debería tolerar la violencia, pero… felicidades, Israel.
Diana se rió y luego se puso seria.
—Sólo estoy contenta de que mi ingenuidad no haya causado ninguna
dificultad a Nicola en su trabajo.
Estoy segura que eso no era lo que preocupaba a Nicola. No sabía cómo lo
sabía, pero lo hacía. Cualquiera que tuviera ojos y oídos podría decir que
Diana era importante para él.
—No puedo creer que alguien armaría tanto problema, haría algo tan
atroz, por una parcela de tierra.
—Commercial Quay está realmente arriba y en alza. Restaurantes
, cirugías cosméticas, elegantes bares cocteles… Nicola está
construyendo pisos de lujo allí y ellos van en busca de cualquier cosa
desde medio millón a un millón por los penthouses. Muy por el margen del
beneficio.
Me enfermó que alguien pudiera usar a una persona tan dulce como Diana
por un maldito margen de beneficio.
—Los chicos apestan.
Diana levantó su taza de té en acuerdo.
Después de un rato de silencio, masticando, Diana se aclaró la garganta.
—Noté algunas fotografías de tu familia en tu habitación antes. Ya sabes,
puedes ponerlas en la sala de estar o en cualquier lugar en el
apartamento. Es tu casa ahora, también.
Me puse rígida ante la mención de mi familia, todavía inquieta por tener
otro ataque.
—Está bien.
La oí suspirar en respuesta y me preparé.
—En serio no hablas mucho de ellos.
¿Ya había llegado la hora? Con Jazmín habían pasado seis semanas antes
que se enterara. Con el estómago revuelto, empujé el plato lejos antes de
sentarme para encontrarme con la ansiosa mirada de Diana. Éramos
compañeras de piso ahora, nos llevábamos… sorprendentemente bien,
teniendo en cuenta lo diferentes que éramos, y era el momento justo para
poner las cartas sobre la mesa.
—Mi familia está muerta —le dije entumecida, sin dolor, sin lágrimas,
nada para que ella viera mientras veía sus mejillas palidecer—. No hablo
de ellos. Nunca.
No sé qué estaba esperando. Tal vez porque Diana era tan abierta y amable
pensé que haría un intento de romper mi guardia. Pero me sorprendió de
nuevo.
—Está bien —contestó, y la vi luchando por ocultar la compasión de su
mirada.
—Bien entonces. —Le di una sonrisa suave, tranquilizadora y ella la
respondió, sus hombros relajándose.
Un minuto después murmuró:
—Sabes, puedes ser un poco intimidante.
Mis labios se curvaron en tono de disculpa.
—Lo sé. Lo siento.
—Está bien. Estoy acostumbrada a Nicola.
Como si él hubiera oído su nombre, el celular de Diana se iluminó y su
nombre apareció en la pantalla. Ella respondió de inmediato, pero sin su
alegría habitual. Parece que mi familia muerta era una asesina de estado
de ánimo.
–——–
No sé cómo, pero Diana había logrado convencerme de que saliera con ellos.
Miré a los amigos de Diana y Nicola en un vestido que había tomado de su
guardarropa. Estaban sentados en sofás alrededor de una mesa baja de
café en un bar. Nicola había llamado hace dos horas
pidiéndonos que nos reuniéramos todos aquí. Por supuesto, yo había
estado lista en una hora. A Diana le había llevado una eternidad estar lista,
y cuando le disparó a Israel una sonrisa, empecé a entender por qué.
—Todo el mundo, esta es mi nueva compañera de piso Angie. —Ella se
volvió hacia mí—. Angie, estos son Yidda y Julián.
Había conseguido el aspecto descuidado en el taxi hasta aquí. Yidda, la
Chata linda con las gafas extravagantes y el anillo de compromiso de
diamantes era la mejor amiga de Diana y su compañera estudiante de
doctorado. Juli, el chico que tenía estilo friki, era el prometido de
Yidda.
—Y ya has conocido a Israel y Nicola. —Su sonrisa se deslizó un poco
mientras miraba a la mujer sentada apretada contra Nicola.
grandes ojos, extremidades largas y una
boca completamente petulante—. Y esta es Millet. La novia de Nicola.
Recordé al instante que a Diana no le gusta. Dado el gesto de desprecio que
Millet le dio a Diana, estaba claro que el sentimiento era mutuo. Saludé a
todos, evitando la mirada de Nicola e ignorando la forma en que mi
corazón latía con fuerza contra mis costillas sólo por estar cerca de él y su
novia.
De ninguna manera iba a sentirse desanimada por el hecho de que ella me
recordaba a Sheyla: mi opuesto completo en todo sentido.
Sentándome al lado de Yidda mientras Diana corría a conseguirnos
bebidas, traté de mirar a cualquier parte menos a la pareja a mi derecha.
—¿Cómo te estás aclimatando allí, Angie? —preguntó Mario desde el otro
lado de la mesa.
Agradecida, le di una gran sonrisa.
—Bien, gracias. Y puedes decirme Ange.
—¿Así que tú y Diana se están llevando bien entonces?
Algo en su voz me dijo que no era una pregunta casual. Estaba
preocupado por mi compañera de piso. Empecé a preguntarme si los
sentimientos de Diana podrían ser correspondidos.
—Nos estamos llevando sorprendentemente bien. Ella es una gran
persona.
Mi respuesta estuvo bien para él.
—Bueno, me alegro. Así que, ¿Diana me dijo que estás escribiendo un libro?
—Oh Dios mío —interrumpió Millet con su acento Inglés gutural. Odiaba
que su acento fuera tan genial—. ¿Te dije, cariño, que mi amiga Vanessa fue
publicada?
Nicola negó con la cabeza, sus ojos clavados en mi rostro. Aparté la
mirada rápidamente, fingiendo estar fascinada por las noticias de Millet
sobre esta misteriosa persona Vanessa.
—Vanessa es mi mejor amiga de casa —explicó Millet a la mesa mientras Lali
regresaba con las bebidas. Yo me arrimé para dejarla sentar a mi lado—.
Ella escribe los mejores libros que existen.
—¿De que tratan? —preguntó Julián cortésmente. Eché un vistazo a Yidda y
vi que ella y Dian estaban intercambiando “una mirada”. Estaba
descubriendo que Millet no era del todo bienvenida entre las chicas.
—Oh, son simplemente increíble. Tienen que ver con esta chica del
hospicio que se enamora de un chico que es un hombre de negocios, pero
todavía tiene, digamos, un viejo título Inglés... como un conde o algo así.
Tan romántico. Y su escritura es simplemente increíble. Ella es
simplemente increíble.
Bien. Al parecer, ella era increíble.
—Así que, ¿es una novela histórica? —preguntó Julián.
—No. —Ella sacudió la cabeza con perplejidad.
—Millet —Nicola parecía estar tratando de no sonreír—, ya no existen
tales cosas como un hospicio. ¿Estás segura que no es histórica?
—Bueno, Vanessa dijo que no lo era.
—Entonces estoy seguro de que tienes razón —le dijo Israel
agradablemente. Los hombros de Diana se sacudieron a mí lado ante el
sarcasmo muy bien disimulado en su respuesta. Traté de mirar a otra
parte menos a Nicola.
—Yidda, ¿cuándo es tu primer ajuste del vestido de nuevo? —preguntó
Diana, mirando a mí alrededor.
Yidda sonrió con picardía.
—Oh, no será en un tiempo. He sido expulsada de la casa de mi madre
porque sigo entrando en su armario para mirarlo.
—¿Ah, sí? —le pregunté, tratando de ser amable—. ¿Cuándo es la boda?
—En cinco meses —dijo Julián, sonriendo cariñosamente a Yidda.
Vaya. Un tipo que no tenía miedo de mostrar cómo se sentía en realidad.
Fue desarmante y otra imagen relámpago de mi papá sonriendo a mi
mamá pasó por mi cerebro. Tomé un trago, empujándolo hacia atrás
debajo de toda mi coraza.
Diana hizo un pequeño sonido chirriante a mi lado.
—Deberías ver el vestido de Yidda. Conseguimos…
—Oh, cariño —interrumpió Millet de nuevo—. ¿Te dije que Fiorella se casa en
octubre? Le dije que era una época terrible del año para casarse, pero ella
insistió que quería una boda en otoño. ¿Alguna vez has escuchado algo
como eso? De todos modos, es en algún castillo con corrientes de aire en
un lugar llamado Oban, así que tendremos que organizar el alojamiento.
—El Castillo Barcaldine. —Nicola asintió—. Es un pequeño lugar
agradable.
—Tal vez en el verano, pero no en octubre.
Y eso fue más o menos como la siguiente hora transcurrió. Cada vez que
alguien mencionaba un tema, Millet tomaba el control, su voz alta
resonando por encima del ruido del bar lleno de gente. Ella hacia fácil
vilipendiarla, y supe casi de inmediato por qué Diana no podía soportarla.
Millet era maleducada, desagradable y completamente absorta en sí
misma.
Peor aún, tuve la sensación de que Nicola estaba estudiando mi reacción
hacia ella. ¿Por qué le importaba lo que yo pensara?
Necesitando un descanso de la voz de Millet, una voz que había pensado
era encantadora al principio y ahora me disgustaba mucho, me ofrecí para
conseguir la siguiente ronda de bebidas. Me relajé en el bar, dándole al
camarero mi pedido, y disfrutando de la tranquilidad, el bar estaba en la
parte trasera del ediificio, detrás de una pared y un pasillo, lejos de la voz
de Millet.
Pero entonces él tuvo que seguirme, ¿no?
El calor abrasó mi lado derecho cuando lo sentí presionarse contra mí
mientras se apoyaba en la barra. Mi nariz se estremeció ante el olor de su
colonia y esas mariposas estaban de vuelta de nuevo.
—Así que... ¿eres una escritora? —Nicola miró hacia mí.
Era la primera vez que me preguntaba algo sin sexo en su voz. Lo miré,
sorprendida por la curiosidad genuina en su pálida mirada. Sonreí con un
poco de menosprecio. No era una escritora todavía.
—Trato de serlo.
—¿Qué escribes?
Pensé en mi mamá y respiré profundamente, empujando el pensamiento
fuera.
—Fantasía.
Sus cejas se arquearon un poco como si no hubiera esperado que esa
fuera mi respuesta.
—¿Por qué fantasía?
El camarero me dio el total de las bebidas antes de que pudiera
responderle a Nicola, pero Nicola entregó el dinero antes de que pudiera
alcanzar mi bolso.
—Voy a pagar —insistí yo.
Descartó mi oferta con desdén como si yo estuviera loca.
—¿Bien? —preguntó mientras tomaba su cambio. Las bebidas estaba
puestas delante de nosotros en la barra, pero Nicola no parecía que
intentara llevarlas a la mesa.
Suspiré, sabiendo que mientras más rápido respondiera más rápido podría
alejarme de él.
—Porque la realidad no tiene autoridad allí. Mi imaginación controla todo.
—Tan pronto como las palabras salieron de mi boca me arrepentí de ellas.
Una persona inteligente leería entre líneas. Y Nicola era inteligente.
Nuestros ojos se encontraron, una comprensión silenciosa pasando entre
nosotros. Por último, Nicola asintió.
—Puedo ver la atracción en eso.
—Sí. —Arrastré mi mirada lejos. Ya es bastante malo que me hubiera visto
físicamente desnuda. No necesitaba que me desnudara el alma.
—Me alegro de que Diani y tú se lleven bien.
—Eres muy protector con ella, ¿verdad?
—Te quedas corta.
—¿Por qué? Ella parece mucho más fuerte de lo que crees.
Sus cejas se fruncieron mientras pensaba en ello.
—No es acerca de su fuerza. Tal vez es la forma en que se ve o habla que
engaña a la gente y la lleva a pensar que Diani es frágil. Sé la diferencia.
Ella puede tomar las cosas malas y recuperarse mejor que nadie que yo
conozca. No se trata de eso. Se trata de asegurarme de que las cosas malas
no le pasen a ella en primer lugar. Es demasiado buena para su propio
bien y la he visto lastimada demasiadas veces por personas que afirmaban
que se preocupaban por ella.
No le envidiaba ese trabajo.
—Sí, puedo ver eso. Diana lleva su corazón en la manga.
—A diferencia de ti.
Sorprendida por la observación, lo miré con recelo.
—¿Cómo es eso?
Sus ojos estaban buscando, excavando, tratando de alcanzar dentro de mí.
Di un paso atrás y él se acercó un poco más.
—He oído lo que Diana tenía que decir acerca de ti. Y luego está el cómo eres
conmigo. Tratas de no ceder nada.
Retrocede.
—Tú tampoco. No sé de verdad nada acerca de ti.
—No soy tan difícil de llegar a conocer, de verdad. —Me lanzó una rápida
sonrisa—. Pero tú... creo que has hecho una forma de arte de la desviación
y el auto dominio.
Deja de analizarme. Puse los ojos en blanco.
—¿Crees que lanzarte un trapo es un ejemplo de cuán dueña de mí misma
soy?
Él se rió, una reverberación profunda que rebotó todo su camino por mi
espalda.
—Muy justo. —Y entonces me disparó otra vez esa mirada: esa mirada que
se sentía como si estuviera deslizando sus dedos largos y masculinos
dentro de mis bragas—. Te ves hermosa esta noche.
Me sonrojé por dentro ante el cumplido. Exteriormente sonreí.
—Lo mismo sucede con tu novia.
Nicola suspiró pesadamente ante mi agudo comentario y recogió algunos
de los vasos de la barra.
—No quise decir nada con eso, Angie. Era sólo un cumplido.
No, no lo era. Estás jugando conmigo. Y si vamos a estar juntos todo el
tiempo, quiero que se detenga.
—¿Lo era? ¿Le hablas a todo el mundo de la forma en que me hablas a mí?
—¿Y qué forma es ésa?
—Como si me hubieras visto desnuda.
Sonriendo, los ojos de Nicola brillaron con calor.
—No. Pero desde luego no he visto a todos desnudos.
Frustrada, sacudí la cabeza.
—Sabes lo que quiero decir.
Casi salté ante el susurro cálido de su aliento en mi oído mientras él se
inclinaba para murmurarme en voz baja:
—Me gusta la reacción que saco de ti.
Me aparté. ¿Así que yo era un reto? Correcto. Lo entiendo ahora.
—Sólo detente. Eres el hermano de Diana y probablemente vamos a tener
que vernos el uno al otro, así que preferiría que no trataras de hacerme
sentir incómoda a tu alrededor.
Un ceño se formó entre sus ojos.
—No quiero incomodarte. —Su mirada estaba sondeando de nuevo pero
esta vez no estaba cediendo nada. Con un profundo suspiro, Nicola
asintió—. Está bien. Mira, lo siento. Quiero que nos llevemos bien. Me
gustas. A Diani le gustas. Y me gustaría que fuéramos amigos. A partir de
ahora voy a dejar de coquetear contigo e intentaré realmente duro olvidar
que te vi desnuda.
Él puso las bebidas sobre la barra y me tendió la mano para que la
estrechara. La mirada en sus ojos era una nueva. Era suplicante, juvenil y
totalmente entrañable. No confiaba en esa mirada en absoluto, pero me
encontré sacudiendo la cabeza, sonriendo a pesar de mí misma mientras
extendía la mano para estrechar la suya. Tan pronto como mis dedos se
deslizaron a lo largo de su palma, el vello de mis brazos se levantó.
Había pensado que esa chispa que la gente aparentemente sentía cuando
tocaban a alguien de la que se sentían atraídos era un mito reservado para
libros de romances juveniles.
Pero no.
Nuestros ojos chocaron mientras el calor corrió por mi brazo. El cosquilleo
entre mis piernas se intensificó, la necesidad en mis entrañas gimió de
deseo. Todo lo que podía ver era a Nicola, todo lo que podía oler era a
Nicola, y su cuerpo estaba tan cerca que me imaginé que casi podía sentir
toda su fuerza dura presionando contra mí. En ese momento no quería
nada más que tirar de él hacia el baño de damas y dejarlo hacerme el amor con
fuerza contra la pared.
La mano de Nicola se apretó alrededor de la mía, sus ojos claros se
oscurecieron, y supe que... él me deseaba también.
—Bien —murmuró, una peligrosa seriedad penetrando su expresión
mientras él se inclinaba, sus palabras resoplando contra mi boca, estaba
tan cerca—. Puedo hacer esto. Si tú puedes fingir, yo puedo fingir.
Jalé mi mano fuera de la suya, tratando de no temblar mientras alcanzaba
a recoger el resto de las bebidas. Nicola levantó las que había colocado
cuando me había alcanzado para ese extraño apretón de manos. Odiaba
que él tuviera razón. Nuestra atracción era nuclear. Yo nunca había
conocido nada igual.
Esto hacía a Nicola Porcella extremadamente peligroso para mí.
Y tenía que disimular. Le lancé una sonrisa descuidada.
—No estoy fingiendo. —Caminé alejándome antes de que pudiera decir
nada, alegre por la parvicco que había oscurecido la vista de nuestra mesa de
nosotros. Habría estado mortificada si alguien hubiera sido testigo de
nuestro interludio.
Nicola se sentó junto a Millet, entregándole una copa y a Israel la suya.
Nuestras miradas chocaron por un breve instante y me dio una cortés
sonrisa burlona antes de inclinarse de nuevo y deslizar su brazo alrededor
de la parte posterior de la silla de Millet. Su novia le sonrió, una cuidada
mano trasladándose para descansar íntimamente en su muslo.
—Cariño, le estaba diciendo a Diana acerca de este vestido Gucci que vi en
línea. Estaba pensando que me podías llevar a Glasgow para probármelo.
Te va a gustar. Valdrá la pena el dinero.
Ella agitó sus falsas pestañas.
Nadie tenía que decirme que ella quería decir que valdría la pena el dinero
de Nicola.
Disgustada, tomé de un trago mi bebida y traté de ignorarlos. Millet no era
para él.
—Entonces, Angelina, ¿cómo puedes permitirte ese precioso piso con Diana?
Todos los ojos se fijaron en mí.
—Es Angie, en realidad.
Ella me dio un encogimiento de hombros y una sonrisa desaprobadora y
de repente me pregunté si tal vez había captado las miradas entre Nicola
y yo.
Mierda.
—¿Y? —insistió ella, un poco maliciosamente.
Sí. Las había visto bien.
—Mis padres. —Me lancé otro trago y me volteé hacia Yidda para
preguntar acerca de su trabajo de medio tiempo con la industria turística
escocesa.
La voz de Millet cortó a través de mi pregunta.
—¿Qué quieres decir con “tus padres”?
¡Cállese, señora! La miré con velado disgusto.
—Su dinero.
—Oh. —Ella arrugó la nariz como si de repente oliera algo muy, muy
malo—. ¿Estás viviendo del dinero de tus padres? ¿A tu edad?
Oh no, ella no lo hizo. Tomé otro trago y luego le sonreí en señal de
advertencia, como diciendo: “no juegues a este juego conmigo, cariño, no
vas a ganar”.
Ella no hizo caso de la advertencia.
—¿Así que ellos pagan por todo? ¿No te hace sentir culpable?
Cada maldito día.
—¿Fue tu dinero el que compró esos Louboutin... o el de Nicola?
Diana se atragantó con su risa, ahogando el sonido rápidamente con un
trago de su bebida. Le di una palmadita en la espalda, ayudándola en su
simulación. Cuando volví a mirar a Millet, ella estaba mirándome
fijamente, con su rostro enrojecido hasta la línea del cabello.
Observación hecha. Pregunta desviada. Perra malcriada puesta en su
lugar.
—Así que la gente puede casarse en el Castillo de Stirling, ¿eh? —Me volví
de nuevo hacia Yidda y nuestra conversación anterior—. Sólo lo he
visitado una vez, pero es un lugar hermoso...                                                

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