Nicola Porcella estaba en el marco de la puerta mirándola con expresión tormentosa.
Adriano desapareció como por arte de magia.
-Estamos empezando a conocernos -le explicó Angie a Nicola.
-Preferiría que conocieras a Adriano niño, más que al perro.
Bueno, había que reconocer que la bienvenida de Nicola Porcella estaba siendo considerablemente más fría que la de sus hijos.
-Creo que deberíamos tener esta conversación en otra parte -replicó Angie.
-No tengo un perro, tengo un hijo. Y la conversación ha terminado, no tengo nada más que decir.
-Es posible que usted ya no tenga nada más que decir, señor, pero yo ni siquiera he empezado -aunque Angie rara vez lo utilizaba, en su educación de princesa había sido adiestrada para imprimir un tono glacial a su voz-. Quizá deberíamos trasladarnos a su despacho. Eso -añadió con una sonrisa-, si tiene tiempo para ir de excursión.
Parte de la propia frialdad de Nicola desapareció.
-No está tan lejos, pero si lo prefieres, podemos ir a alguna habitación que esté más cerca.
Su propio dormitorio estaba prácticamente al lado, pero no le había parecido bien invitarlo, a pesar de que contaba con una pequeña sala de estar. Media hora antes, lo habría sugerido de la forma más inocente, pero tras la conversación que había mantenido con Ariana sobre su ropa interior...
Para su desgracia, no era capaz de dejar de pensar en la ropa interior que en ese momento llevaba puesta.
¿Pero sinceramente pensaba que Nicola Porcella estaba fuera de su alcance?
Difícilmente, en términos de poder, riqueza y posición social. De hecho, en eso estaban prácticamente empatados. Nicola era uno de los hombres más ricos de América y ella un miembro de la realeza de Wynborough.
Sin embargo, en términos de romanticismo, pasión, amor, y deseo... Bueno, en eso no había ninguna duda. En cuanto a atractivo, Nicola Porcella la aventajaba de forma considerable. Y no porque ella no fuera en absoluto atractiva. Sencillamente, no tenía nada especial. Exactamente como su ropa interior.
-No, vayamos a su despacho -le dijo a Nicola-. Un paseo me vendrá bien para aclarar mis ideas. Ahora mismo vuelvo, Adrianito -anunció, echando un último vistazo a las cortinas-. ¿Cuántas habitaciones tiene exactamente la casa? -comentó, mientras se dirigían al despacho.
-Demasiadas.
-¿Y por qué la compró? Bueno, es una casa preciosa, no me mal interprete, pero...
-Es enorme -terminó él por ella-. Cuando la compramos, además de enorme estaba destrozada. Pero es un edificio con mucha historia. Los Beatles pasaron aquí un fin de semana en mil novecientos sesenta y ocho.
Angie soltó una carcajada.
-Y yo que pensaba que era una casa con historia porque había sido construida por un bandolero mexicano.
-Y no estás del todo equivocada. Aunque el hombre en cuestión era americano, de Syracusa. Y aunque oficialmente no estaba considerado como un bandolero, era un ladrón de ganado y caballos. Había hecho una fortuna en Texas y se instaló en Nuevo México para escapar de la justicia. Ya ves, Angie, creo que solo en América pueden llegar a poner a una calle el nombre de un ladrón.
-¿Y puede saberse cuál es el nombre de este ladrón en particular?
-Oh, sí. Se llamaba Henry Porcella. Y sí, es uno de mis antepasados.
-Oh, Dios mío.
-Era un jugador y perdió toda su fortuna, incluyendo esta casa, en el juego. Su hijo, Ford, también fue un gran jugador y a los veinte años había conseguido dinero suficiente para volver a comprar la casa, pero el propietario no quería vendérsela. Al parecer, Henry, además de jugador, era un mujeriego y en sus aventuras había incluido a la mujer del nuevo propietario.
-Caramba.
-Ford tuvo un triste final a manos de un pistolero que puede haber sido Billy el Niño. Cuarenta años después, un nieto de Ford hizo una fortuna vendiendo licor durante los años de la Ley seca. Se llamaba Ellery y él también intentó recuperar la que había sido la casa de su familia. Llego a un acuerdo verbal con su dueño, pero este murió antes de poder firmar el contrato. La casa la heredó un sobrino del dueño, que la transformó en un hotel. Esa es la razón por la que hay tantos baños y de que los Beatles estuvieran aquí. El hotel fue un próspero negocio hasta mil novecientos setenta, cuando el sobrino murió y dejó la casa a sus dos hijos. Estos vivían en Los Angeles y dejaron el hotel en manos de un gerente que no fue capaz de mantenerlo. De esa forma comenzó a arruinarse la propiedad. Se interrumpió un instante antes de continuar explicándole:
-Mi padre, Pedro, también intentó comprarla, pero tuvo problemas de liquidez con la crisis de la bolsa y no llegó a hacerlo. Murió hace varios años.
-Lo siento.
-Podría haber sobrevivido al cáncer, pero no sobrevivió a la quimioterapia. Sufrió una infección y... A veces pienso que fue la esperanza de recuperar la casa la que lo mantuvo vivo durante algunos meses más.
-¿Entonces cuándo compraste tú la propiedad?
-No mucho después de que él muriera. El año que nació Ariana -Nicola abrió la puerta de su despacho y encendió la luz-. En realidad, no tenía ningún interés en ella, pero cuando me enteré de que la iban a tirar, decidí que no podía permitir que lo hicieran. Y tengo que reconocer que me divertí mucho arreglándola.
La diversión y Nicola Porcella eran dos conceptos que a Angie le costaba imaginar juntos.
-Ahora adoro este lugar. Y disfruto mirando esas viejas fotos de la casa -se dirigió hacia el mueble bar-. ¿Te apetece un refresco?
-No, gracias -contestó Angie, metiéndose las manos en los bolsillos para intentar dar una imagen relajada y natural. Algo que le parecía casi imposible estando en aquel lugar-. Y gracias también por contarme la historia de la casa. Es fascinante que después de todo ese tiempo un Porcella haya vuelto a recuperarla.
Nicola tomó una lata de refresco y se sentó detrás de su escritorio.
-Sí, a veces tengo la esperanza de que mis antepasados puedan estar paseándose por esta casa, disfrutando de lo que no pudieron disfrutar cuando vivían -cambió de tema bruscamente-. Creo que quizá sea bueno que hablemos de Adriano y sobre Ariana también. A veces cuesta creerlo, pero en cuanto siente a su hermano amenazado, lo defiende como defendería una loba a sus cachorros -señaló una de las sillas de cuero del despacho-. Siéntate, por favor.
Angie se sacó las manos de los bolsillos y se sentó al borde de una silla.
-Fue ella la que le dio a Adriano su apodo -continuó explicándole-.Andrea y yo lo llamábamos Adriano, y ella pensó que el nombre del bebé era «Adrianito». Sólo tenía siete años, y supongo que encontraba normal que a un niño se le dieran un nombre que fácilmente se puede confundir con un animal. En cualquier caso, creo que ahí está la raíz del actual problema de mi hijo.
-En realidad no creo que Adriano tenga un problema. Creo...
-Desayuna en un plato para perros. Si eso no es un problema, no sé... -se interrumpió así mismo-. De acuerdo. Mira, Andrea murió hace tres años. Tres años. Y durante todo este tiempo, el niño está viviendo en un mundo que él mismo se ha creado -sacudió la cabeza con pesar-. Y me da miedo que algún día decida no volver a salir de él.
-Tiene seis años -señaló Angie-, a esa edad pocos niños tienen los pies en la tierra. Estudié algo de psicología en la universidad y aunque no soy una experta, señor...
-Nico, llámame Nico.
-Es una costumbre difícil de romper -murmuró-, tanto como para algunos la costumbre de interrumpir a los demás.
-Lo siento -se disculpó-. Continúa, por favor.
-A mí me parece que fingirse un perro es su manera de enfrentarse a una situación nueva que lo asusta. Adriano es terriblemente tímido y, sin embargo, ahí está, viéndose forzado a tratar con la niñera número cuatro mil quinientos no se qué, algo que ha tenido que hacer desde que su madre desapareció de su vida.
-Doce -la corrigió Nicola-. Han sido doce niñeras.
-¿En tres años?
-En cuatro. Contratamos una niñera en cuanto Andrea enfermó. Hope adoraba a los niños, y también a Andrea, pero se fue cuando… -se interrumpió bruscamente.
Y Angie se descubrió preguntándose si se habría ido porque había visto u oído demasiado para sentirse segura en aquella casa.
Angie se regañó a sí misma por pensar algo así. Nico no había asesinado a su esposa, a pesar de lo que decían los rumores. De hecho, acababa de contarle que Andrea había enfermado.
Permanecía en ese momento frente a ella presionándose la frente con la mano, como si le doliera la cabeza, y Angie se sentía incapaz de presionarlo con preguntas sobre la muerte de Andrea. Ya tendría oportunidad de leer en alguna biblioteca lo que los periódicos habían dicho sobre ella, y si tenía preguntas que hacerle, hablaría abiertamente con él.
-Las otras niñeras duraron muy poco -continuó explicándole-. Algunas solo unos días. Prácticamente ninguna era capaz de dominar a Ariana y a Adriano.
-Debe de haber sido espantoso para los niños. No pretendo culparte, por supuesto -añadió precipitadamente-, sé que los adoras...
-¿Pero?
-Pero tener doce niñeras en cuatro años habría sido una dura prueba para cualquier niño, y más todavía para uno tan sensible como Adrianito. A mí me parece, Nico -por fin estaba consiguiendo tutearlo, pero le resultaba excesivamente íntimo el tono que el tuteo imprimía a la conversación.
Nicola estaba observándola, prestándole toda su atención. Y de pronto, sonrió ligeramente, las duras líneas de su rostro se suavizaron y el verdes de sus ojos se intensificó.
-Gracias, sé que no te resulta fácil tutearme.
Angie intentó no dejarse afectar por la suavidad de su voz.
-A mí me parece -continuó-, que Adriano se ha enfrentado al caos en el que se ha convertido su vida extraordinariamente bien. No tiene ningún motivo para confiar en mí, de hecho, yo solo voy a estar aquí durante unos meses y estoy segura de que él lo sabe. Por eso no quiere correr el riesgo de sentirse vinculado a mí. Y si tenemos eso en cuenta, lo único que puedo decir es que me ha dado una calurosa bienvenida. Así que, a menos que me lo prohíbas, continuaré siguiéndole el juego si esa es la única forma de establecer contacto con él.
-No -contestó inmediatamente Nicola-. Todavía no las tengo todas conmigo, pero tienes razón en cuanto a lo de la timidez de Adriano.
-Adriano es muy tímido, pero Adrianito no -le explicó Rocio, refiriéndose al alter ego del niño-. Y no veo ninguna razón por la que él no pueda utilizar ese resorte para vencer su timidez.
-El caso es que ese resorte me está volviendo loco -admitió Nicola con inmensa tristeza-. Esa es la parte más dura de ser un padre soltero. Tengo que enfrentarme solo a todo. Andrea era tan paciente con los niños...
Angie sintió una inmensa compasión por él. Era imposible que aquel hombre hubiera matado a su mujer. Absolutamente imposible.
-Bueno, ahora cuentas conmigo. Y haré todo lo que pueda para ayudarte.
-Supongo que es demasiado pronto para que te pregunte si has considerado la posibilidad de quedarte de forma permanente.
Angie soltó una carcajada y se levantó.
-Será mejor que vuelva con los niños -comenzó a caminar hacia la puerta.
-Angie -la llamó Nicola. Cuando la joven se volvió, le dijo con voz cálida-: bienvenida a nuestra casa. Espero que podamos hablar un rato todos los días, quizá por la noche, cuando Ariana y Adriano se hayan acostado. Así podrás informarme de cómo van los niños.
-Me parece... una propuesta inteligente -contestó Angie con un hilo de voz.
-Entonces, ¿nos vemos a las nueve en mi despacho? Adriano suele acostarse a las nueve menos cuarto, pero Ariana no lo hace hasta las diez y media o las once. ¿Te parece bien?
A Angie le latía violentamente el corazón. Cuando Nicola había empezado a decir que le gustaría que hablaran un rato todos los días, había cometido la estupidez de creer que lo hacía porque disfrutaba de su compañía. Pero no. Por un momento, había olvidado que era una niñera, que Nico estaba completamente fuera de su alcance y que ella llevaba una ropa interior aburrida. Por no mencionar que Nicola todavía estaba enamorado de su esposa.
-Te veré esta noche entonces -le dijo él. -De acuerdo -Angie se volvió nueva-mente para marcharse, alegrándose de que no pudiera leerle el pensamiento, pero Nicola volvió a detenerla.
-Angie, espera -se dirigió hacia ella-. Has olvidado...
Angie se sintió completamente confundida al sentir la mano de Nicola en su trasero. ¿Qué estaba haciendo?
-Toma, te habías olvidado de quitar la etiqueta -Nicola le tendió una pequeña tarjeta.
-Oh, Dios mío -musitó ella. Sabía que estaba sonrojándose. Y se sonrojó todavía más cuando se dio cuenta de que para descubrir la etiqueta, Nicola había tenido que mirarle directamente el trasero.
-No pretendía avergonzarte -susurró Nicola con una sonrisa.
Angie tomó la etiqueta. Rozó su mano al hacerlo y alzó la mirada hacia sus ojos. Vio entonces que la sonrisa había desaparecido de su rostro.
Nicola retrocedió, como si hubiera tenido de pronto la impresión de que estaban demasiado cerca.
-Lo siento. Tengo la mala costumbre de avisar a la gente cuando lleva la bragueta desabrochada. Y quito las etiquetas de las camisas de gente a la que ni siquiera conozco. Es una costumbre que me ha causado algunos problemas.
-Y yo necesitaría a una persona como tú constantemente a mi lado -admitió. Se dirigió hacia la puerta-. Creo que debería...
Nicola asintió, retrocediendo nuevamente.
-Entonces nos veremos a las nueve.
-¿No te esperamos a la hora de cenar? Quiero decir... Bueno, supongo que a los niños les gustaría verte.
-No, yo... bueno, tengo una conferencia y...
-Oh, es una pena.
-Sí, bueno, te veré más tarde.
Aquello era verdaderamente extraño, pensó Angie una vez en el pasillo. ¿Qué habría sucedido? ¿Habían sido imaginaciones suyas, o realmente Nicola se había puesto repentinamente tenso? ¿Habría mal interpretado su invitación a que cenara con ellos?
Sabía que era absurdo pensar que podía querer cenar con ella, pero, probablemente, querría ver a sus hijos, ¿o no?
Angie bajó las escaleras y se dirigió al cuarto de juegos. Sí, era absurdo pensar que Nicola Porcella podía tener algún interés en cenar con ella.
Independientemente de la ropa interior que llevara, aquel hombre estaba completamente fuera de su alcance
Continuara...

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