martes, 7 de abril de 2015

"La Vida Que Imagine" capítulo 6









Seis

Yiddá

Los días, las semanas y los meses pasaron. Monótonos, uno tras otro, sin novedades.

Estaba harta.

Mi mente estaba bloqueada y saturada. Ya no pensaba más en mí. Mis pensamientos ya no se enfocaban en la casa, ni en mi matrimonio, ni en Diana y nuestras conversaciones del desayuno. Ya no pasaba mis días debatiéndome al borde de la depresión cada vez que veía mi vientre vacío. Ahora, mi mundo entero se reducía a Angie. A que no le vaya mal en sus últimos meses de colegio; a que no se pierda ni una de sus consultas médicas; a que mantenga comunicación con Nicola y los padres de este; a que no le falte ni la cuna, ni los pañales, ni la ropa, ni los juguetes, ni los biberones, ni la leche en polvo y a que haga de una vez por todas un plan a futuro.               Faltaban tan sólo tres meses, y ella parecía no enterarse. Habíamos hablado del tema, pero parecía que todo lo que le decía le entraba por un oído y le salía por el otro. Su vida iba a cambiar en noventa días, pero ella no quería ni oír del parto. Asumí que estaba asustada, así que le di un par de semanas para que se relaje y lo pueda pensar. Pero, pasado ese tiempo, nada había cambiado. Simplemente se negaba a hablar del asunto, y punto.

Y no, no había aceptado que nunca iba a vivir esto. Simplemente mi mente había bloqueado toda información que no se relacionase con mi hermanita menor. Estaba tan preocupada en ella que lo había tomado como si fuera mi embarazo y no el de ella. 

Deseaba con todas mis fuerzas que eso fuera así.

Pero no.

Yo también moría de miedo con todo esto. Cada vez que la veía tan grande, tan adulta, tan mayor, me sentía mal conmigo misma, por dejar que esto suceda. Su juventud se le había sido arrebatada de un momento a otro, y yo no le había prestado la atención necesaria para prevenirlo. Me lo recriminaba constantementeCon mamá jamás hubiera pasado. Ella era perfecta en todos los sentidos. Sabía cómo tratarme a mí, entonces en plena adolescencia; y cómo tratar a Angie, la pequeña niña que siempre estaba rebosante de energías. Y ni hablar de papá. Era mi héroe, mi todo.

Me hicieron tanta falta…

¿Por qué se tuvieron que ir? ¿Por qué? Yo no estaba preparada. Angie no estaba preparada. ¡Tenía apenas diecisiete años! De un momento a otro me vi totalmente sola, con una hermanita que no dejaba de llorar, suplicando que mamá venga a abrazarla por última vez. Si no fuera por la familia de Diana, no hubiera podido salir adelante. Sus padres me apoyaron en todo, me ofrecieron atención, alimentos, e incluso mudarme con ellos, pero no fui capaz. Sabía que Angie no iba a ser capaz de asimilar un cambio más en su vida, por lo que decidí ponerme a trabajar y continuar en nuestra gran casa de tres pisos, que de pronto se hizo más grande aún. Apenas cumplimos dieciocho, Diana se mudó conmigo. Aún no puedo creer que haya cambiado su vida sólo para apoyarme, y le estaré eternamente agradecida. 

Si bien ella y mi hermana ya se llevaban bien, desde ese momento fueron inseparables. Diana la amaba como a una hija; y, para Angie, Diana lo era todo. Reconozco que a veces me sentí un poco dejada de lado, pero era capaz de lo que fuera con tal de ver a mi pequeña sonreír de nuevo.

Cuando cumplí los veintitrés me casé con Julián. Muchos me cuestionaron, me dijeron que era muy joven para hacerlo, pero estaba decidida. Cuando veía mi futuro, veía a Julián en él. Por eso, daba igual si nos casábamos en ese momento, en cuatro meses o en diez años: de todos modos, no nos íbamos a separar nunca.

Angie, la noticia de mi matrimonio le hizo bien. Aunque no pudo ser totalmente una figura paterna, Julián se convirtió en lo más cercano a eso. Con trece años, a mi hermana le ayudó saber que había un hombre en la casa, el cual podía defenderla y cuidar de ella.

Todo comenzaba a ir de maravillas, hasta que, de un día para otro, Angiecambió. Estaba distraída, nerviosa y sensible en general. No comía, y si lo hacía vomitaba al poco rato. Esto me afectó mucho, consulté varios médicos pensando que tenía un trastorno alimenticio y pasé noches en vela preguntándome por qué había sucedido esto.

Pero no. El tiempo me demostró que estaba completamente equivocada. 

A los tres meses de aquel cambio, mi hermana entró a mi habitación a medianoche para decirme aquellas palabras que marcaron mi vida, que me hicieron cuestionar todo lo que había hecho eso. Me dieron un motivo para derrumbarme; y, a la vez, un motivo para seguir luchando. Algo para renovarme; algo que, aunque en ese momento no lo creí así, llegaría a ser una de las cosas más importantes de mi vida. 

Aquella noche, Angie hizo un espacio entre llanto y llanto para decirme: “Lsiento, Yiddá. Estoy embarazada”.

 

 

Amanecía en la casa, y todo el mundo se levantaba para un nuevo día de trabajo. Julián preparaba el desayuno para todos mientras Diana terminaba de darse una ducha. Aún con sueño y sin ganas de comenzar el día, estiré las piernas y me levanté de la cama. 

Miré el reloj. Las siete y diez de la mañana. Más le valía a Angie estar lista para el colegio; había llegado tarde ya muchas veces en los últimos meses por culpa de su creciente flojera, y no iba a permitir que eso siga sucediendo. Faltaba tan sólo mes y medio de clases. No era el momento adecuado para dejarlo.

Unos golpes en mi puerta interrumpieron mis pensamientos.

-¡Pasa!

Diana entró de puntillas y cerró la puerta detrás de ella. Me miró con una mezcla de dulzura y preocupación, como una madre en el primer día de clases de sus pequeños. Se sentó en el borde de mi cama y me hizo una seña de que haga lo mismo. Obedecí sin pensarlo antes. Diana siempre había tenido algo en ella que me hacía respetarla y seguirla, porque siempre estaba en lo correcto. Tal vez la miraba como si fuera alguien extraordinaria, una mujer maravilla, y en cierto modo eso era para mí. Mi amiga incondicional, la que había dejado todo sólo para apoyarme; la que podía comprender a la perfección a mi hermana y ayudarme a lidiar con ella; la que tenía a miles de hombres a sus pies pero nunca había tenido una relación abierta porque sabía respetarse. La chica con la que todos querían estar, con quien todos querían hablar, con la que siempre se podía contar. Una mujer maravillosa,  radiante, capaz de iluminarle el día a cualquiera.

Diana Sánchez, mi angelito de la guarda.

-Hola.

Ella continuó mirándome fijamente.

Suspiré.

Sonrió.

-Hola, Yi. ¿Cómo despertaste?

-Bien, supongo. Lo más cercano a bien que puedo estar en una situación como esta.

Tomó aire. Hice lo mismo. 

Esta iba a ser una conversación larga.

-Ya hemos hablado de esto, hermana. Es hora de dejar de pensar en el pasado, de dejar de castigarte por algo de lo que ni tú ni Julián tienen la culpa. Debes dejar de lamentarte por lo que no tienes y comenzar a darte cuenta de todo lo maravilloso que te rodea. Si te lo digo es porque te amo, Yiddá, Y no quiero que sigas pasándola mal. Ahora más que nunca es cuando todos debemos de estar unidos y apoyar a Angie.

Lágrimas de rabia comenzaron a brotar de mis ojos. Sus últimas palabras retumbaban en mis oídos. Apoyar a Angie. A AngieAngie

AngieAngie Angie! ¡Siempre todo ha girado en torno a Angie! ¡Ya no quiero seguir así!

-Yiddá...

-¡Nada! Cuando éramos niñas, siempre se hacía lo que ella quería. Cuando fallecieron mis padres, todo el mundo se preocupó del estado de ella. ¡Yo también los perdí! ¡Yo también me quedé sola, Diana! Y ahora, todo gira en torno a ella por culpa de su irresponsabilidad. ¡Siempre ha sido sólo Angie! No sabes lo que se siente ser opacada por una niña que nunca aprecia lo que haces. ¡Yo di todo por ella! Y parece no darse cuenta, ¡en serio! La amo más que a mi vida, pero esta situación es demasiado para mí. Necesito espacio, necesito volver a quererme, necesito sentirme querida. Ya nada es como antes.

Me permití llorar y descargar todo lo que tenía dentro. Quería soltar todo de una vez; sólo así podría volver a despertarme con una sonrisa y comenzar de nuevo.

Diana no me cuestionó, ni me gritó, ni intentó razonar conmigo. Sólo se acercó, me abrazó y me dejó llorar en su hombro.

No estaba sola, la tenía a ella. Nunca estuve sola, y nunca lo estaría.

Desde ese día, las cosas tomaron un mejor rumbo.

Yiddá! ¡Yiddá, ven por favor! ¡Duele, duele! ¡Alguien ayúdeme! ¡YIDDÁ!


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