—Probablemente las dos. —Me reí, viendo como las chicas esperaban que Nicola les prestara atención—. ¿Puedes imaginar ser tú quien espera ser escogida por él? ¿Sabiendo que vas a ser usada sólo para sexo?
—Problemas paternales. —dijo Diana, tomando un sorbo de su bebida.
Gino botó su cigarro y jaló nuestros vestidos.
— ¡Vamos, chicas! ¡El Gino quiere bailar!
—Sólo si prometes nunca volver a llamarte así. —dijo Diana.
Gino sacó su labio inferior y Diana sonrió.
—Vamos, Ange. No quieres hacer a Gino llorar, ¿cierto? —Nos unimos a los policías y vampiros en la pista de baile, y Gino sacó sus pasos de Timberlake. Miré a Nicola sobre mi hombro y lo descubrí mirándome por el rabillo del ojo, fingiendo ver a Israel meter la bola ocho en el juego. Israel recolectó sus ganancias, y Nicola se dirigió a la larga barra que rodeaba la pista de baile, para pedir un trago. Gino bailaba por toda la pista, para finalmente hacer un sándwich entre Diana y yo. Nicola rodó los ojos, riéndose mientras volvía a nuestra mesa con Isra.
—Voy a buscar otra bebida. ¿Quieren algo? —gritó Diana por encima de la música.
—Voy contigo. —dije, mirando a Gino y apuntando hacia la barra.
Gino sacudió la cabeza y continuó bailando. Diana y yo avanzamos por la multitud hacia la barra. El barman estaba agobiado, por lo que nos acomodamos para una larga espera.
—Los chicos están arrasando esta noche. —dijo Diana.
Me incliné a su oído. —Por qué alguien apostaría contra Isra es algo que nunca entenderé.
—Por la misma razón que apuestan contra Nicols. Son idiotas. —Sonrió.
Un hombre en una toga se inclinó contra la barra al lado de Diana y sonrió. — ¿Qué están tomando las damas esta noche?
—Nosotras compramos nuestros propios tragos, gracias. —dijo Diana, mirando hacia adelante.
—Soy Fabio. —dijo, y luego apuntó a su amigo—. Éste es Bruno.
Sonreí educadamente, mirando a Diana, quien tenía su mejor cara de lárgate. El barman tomó nuestra orden, y luego asintió detrás de nosotras, volteándose para preparar la bebida de Diana.
Nos trajo un vaso de vidrio cuadrado lleno de líquido rosa y tres cervezas. Fabio le tendió dinero y ella asintió.
—Esto es algo diferente —dijo Fabio, escaneando la multitud.
—Sí —respondió Diana con cara de fastidio.
—Te vi bailando —Bruno asintió hacia la pista—. Te veías bien.
—Uh… gracias. —Le dije, tratando de permanecer amable, consciente de que Nicola estaba a poca distancia.
— ¿Quieres bailar? —preguntó.
Sacudí la cabeza. —No, gracias. Estoy aquí con mi…
—Novio. —dijo Nicola, apareciendo de la nada. Miró mal a los hombres que se encontraban junto a nosotras, los cuales se apartaron un poco, claramente intimidados.
Diana no pudo evitar sonreír satisfecha cuando Israel la rodeó con sus brazos. Nicola asintió hacia la habitación. —Váyanse, ahora.
Los hombres nos miraron a Diana y a mí, y luego dieron un par de pasos hacia tras antes de desaparecer en la seguridad de la multitud.
Israel besó a Diana. — ¡No puedo llevarte a ningún lado!
Ella rió, y yo miré a Nicola, quien me fruncía el ceño.
— ¿Qué?
— ¿Por qué le permitiste comprarte una bebida?
Diana se separó de Israel, notando el humor de Nicola. —No lo hicimos, Nico. Les dije que no.
Nicola me quitó la botella de la mano. — ¿Entonces, qué es esto?
— ¿Es en serio? —Pregunté.
—Sí, es jodidamente en serio. —dijo, tirando la botella en un bote de basura junto a al bar—. Te lo he dicho cientos de veces… No puedes aceptarle tragos a cualquier chico. ¿Qué pasa si puso algo allí?
Diana levantó su vaso. —Las bebidas fueron hechas frente a nosotras, Nico. Estás sobreactuando.
—No estoy hablando contigo. —dijo Nicola, sus ojos pegados a los míos.
— ¡Hey! —Me molesté inmediatamente—. No le hables así.
—Nicola —advirtió Israel—. Déjalo ir.
—No me gusta que dejes a otros chicos comprarte bebidas. —dijo Nicola.
Levanté una ceja. — ¿Estás tratando de empezar una discusión?
— ¿No te molestaría entrar a un bar y verme compartiendo un trago con alguna chica?
Asentí. —De acuerdo. Ahora no estás consciente de todas las mujeres. Lo entiendo. Debería de hacer el mismo esfuerzo.
—Sería bueno. —Claramente yo trataba de controlar su temperamento, y era un poco enervante estar del otro lado de su ira. Sus ojos aún se encontraban brillantes de rabia, y una innata urgencia por ir por la ofensiva burbuja hacia la superficie.
—Vas a tener que bajarle a tu tono de novio celoso, Nicola. No hice nada malo.
Nicola me lanzó una mirada de incredulidad. — ¡Vengo para acá, y otro tipo esta comprándote un trago!
— ¡No le grites! —dijo Diana.
Peter puso sus manos en los hombros de Nicola. —Todos hemos bebido bastante. Simplemente vámonos. —El usual efecto de calma que poseía Israel no surtió efecto en Nicola, y estuve instantáneamente molesta debido a que su pequeña rabieta había arruinado nuestra noche.
—Tengo que decirle a Gino que nos vamos. —Murmuré, pasando a Nicola y dirigiéndome hacia la pista.
Una tibia mano me agarró la muñeca. Me volteé, y vi los dedos de Nicola apretados sin ningún remordimiento. —Voy contigo.
Aparté mi mano de su agarre. —Soy totalmente capaz de caminar unos pocos metros por mi sola, Nicola. ¿Qué está mal contigo?
Vi a Gino en el centro, y me dirigí hacia él.
— ¡Nos vamos!
— ¿Qué? —gritó Gino sobre la música.
— ¡Nicola está de mal humor! ¡Nos vamos!
Rodó los ojos y sacudió la cabeza, agitando su mano mientras me alejaba. Justo cuando vi a Diana y A Isra, fui jalada hacia atrás por un hombre en un disfraz de pirata.
— ¿A dónde crees que vas? —Sonrió, pegándose a mí.
Me reí y sacudí la cabeza a la cara tan graciosa que estaba haciendo. Cuando me giré para irme, agarró mi brazo.
No me tomó mucho averiguar que no me estaba agarrando, se estaba agarrando a mí, por protección.
— ¡Whoa! —Lloró, mirando más allá de mí, con los ojos bien abiertos.
Nicola lo llevó de nuevo a la pista, y arrebató su puño en la cara del pirata, con tal fuerza que nos tumbó a ambos al suelo. Con las palmas pegadas al piso, parpadeé en incredulidad.
Sentí algo caliente y húmedo en mi mano, la volteé y me encogí. Estaba cubierta con la sangre proveniente de la nariz del hombre. Su mano estaba cubriendo su cara, pero el rojo líquido corría por debajo, cayendo al piso.
Nicola corrió a levantarme, viéndose tan sorprendido como yo me encontraba. — ¡Oh, mierda! ¿Estás bien, Pajarita?
Cuando me levanté, jalé mi brazo de su agarre.
— ¿Estás loco?
Diana me tomó por la muñeca y me llevó a través de la multitud hacia el estacionamiento, Nicola se volteó hacia mí.
—Lo siento, Pajarita, no sabía que te tenía agarrada.
— ¡Tu puño estuvo a cinco centímetros de mi cara! —dije, atrapando la toalla llena de aceite que Israel me había lanzado. Asqueada, limpié la sangre de mi mano.
La seriedad del asunto nubló su cara y se estremeció. —No lo hubiera atacado si hubiera sabido que te tenía agarrada, sabes eso ¿no?
—Cállate, Nicola. Solo cállate. —dije, mirando la nuca de Israel.
—Pajarita… —Comenzó Nicola.
Israel golpeó el volante con la palma de su mano.
— ¡Cierra la boca, Nicola! ¡Ya dijiste que lo lamentabas, ahora cierra la maldita boca!
El viaje a casa fue en completo silencio. Israel arrimó su asiento hacia adelante para permitirme salir, y miré a Diana, quien asintió en entendimiento.
Le dio un beso de buenas noches a su novio. —Te veo mañana, bebé.
Isra asintió y la besó. —Te amo.
Pasé a Nicola en mi camino hacia el Honda de Diana, y él trotó a mi lado. —Vamos. No te vayas molesta.
—Oh, no estoy molesta. Estoy furiosa.
—Necesita un tiempo para calmarse, Nicola. —Advirtió Diana, abriendo su puerta.
Cuando el seguro de la puerta de pasajeros saltó, Nicola sostuvo su mano contra ella. —No te vayas, Pajarita. Estuve mal. Lo siento.
Levanté mi mano, mostrándole los rastros de sangre seca en mi palma. —Llámame cuando crezcas.
Se inclinó con su cadera contra la puerta. —No puedes irte.
Levanté una ceja, e Isra trotó alrededor del auto junto a nosotros. —Nicola, estás tomado. Estás a punto de cometer un grave error. Déjala irse a casa, cálmate… Ambos pueden hablar mañana cuando estés sobrio.
La expresión de Nicola se tornó desesperada. —No se puede ir. —dijo, mirándome fijamente.
—No va a funcionar, Nicola. —Tiré de la puerta—. ¡Muévete!
— ¿A qué te refieres con que no va a funcionar? —Preguntó Nicola, tomando mi brazo.
—Me refiero a tu cara triste. No voy a creérmela. —dije, apartándome.
Isra vio a Nicola por un momento, y luego se giró hacia mí. —Negra… Este es el momento del que te estaba hablando. Tal vez deberías…
—Mantente fuera de esto, Isra. —Soltó Diana, encendiendo el auto.
—Lo voy a arruinar. Lo voy a arruinar bastante, Pajarita, pero tú tienes que perdonarme.
— ¡Voy a tener un moretón gigante en mi trasero mañana en la mañana! ¡Golpeaste a ese tipo porque estabas molesto conmigo! ¿Qué me dice eso? ¡Porque las banderas rojas están levantadas por todo lados!
—Nunca he golpeado a una chica en mi vida. —dijo, sorprendido por mis palabras.
— ¡Y yo estoy a punto de ser la primera! —dije, jalando la puerta—. ¡Muévete, demonios!
Nicola asintió, y luego dio un paso atrás. Me senté al lado de Diana, y tiré la puerta. Puso el auto en reversa, y Nicola se inclinó para verme por la ventana.
—Vas a llamarme mañana, ¿verdad? —Preguntó, tocando el vidrio.
—Solo vámonos, Diani. —dije, negándome a verlo.
La noche fue larga, me la pasé viendo el reloj y me encogía cuando veía que otra hora había pasado. No podía dejar de pensar en Nicola, y en sobre si iba a llamarlo o no en la mañana, preguntándome si estaría despierto también. Finalmente, opte por ponerme los audífonos de mi IPod y escuchar la alta y molesta música de mi repertorio.
La última vez que había visto el reloj, eran pasadas las cuatro. Los pájaros ya cantaban afuera de mi ventana, y sonreí cuando sentí que mis ojos
se sentían pesados. Pareció como si sólo hubieran pasado pocos minutos cuando escuché un toque en la puerta y vi a Diana entrando. Sacó los audífonos de mis oídos y se tiró en la silla de mi escritorio.
—Buenos días, sol. Te ves horrible. —dijo, haciendo una burbuja rosa con su boca, y dejándola sonar fuerte al reventarse.
— ¡Cierra la boca, Diana! —Soltó Jazmín escondida dentro de sus sábanas.
—Estás consciente de que las personas como Ni ola y tú van a discutir bastante, ¿cierto? —dijo Diana mirando sus uñas y masticando el gran pedazo de goma de mascar en su boca.
Me volteé de lado en la cama. —Estás oficialmente despedida. Eres una terrible conciencia.
Se rió. —Solamente te conozco. Si te entregara mis llaves en este instante, irías directo hacia allá.
— ¡Claro que no!
—Como digas.
—Son las ocho de la mañana. Probablemente todavía estén tirados durmiendo.
Justo en ese momento escuché un suave toque en la puerta. El brazo de Jazmín salió de su edredón y giró la manilla. La puerta se abrió lentamente, revelando a Nicola en la entrada.
— ¿Puedo pasar? —Preguntó en una voz baja y rasposa. Las bolsas oscuras bajos sus ojos indicaban su falta de sueño, si es que tuvo alguno, en absoluto.
Me senté en la cama, sorprendida por su apariencia tan exhausta.
— ¿Estás bien?
Caminó y cayó en rodillas frente a mí. —Lo siento, Angie. Lo siento. —dijo, envolviendo sus brazos en mi cintura y hundiendo su cara en mi regazo.
Sostuve su cabeza en mis brazos y miré a Diana.
—Yo uh… Me voy a ir. —dijo, alcanzando torpemente la manilla de la puerta.
Jazmín frotó sus ojos y suspiró, luego tomó su bolso de baño. —Siempre estoy muy limpia cuando andas por aquí, Angie. —Murmuró, tirando la puerta tras ella.
Nicola me miró. —Sé que me vuelvo loco en lo que respecta a ti, pero Dios sabe que lo estoy intentando, Pajarita. No quiero arruinar esto.
—Entonces no lo hagas.
—Esto es difícil para mí, ¿sabes? Siento que en cualquier momento vas a averiguar cuan pedazo de mierda soy y me vas a dejar. Anoche vi una docena de diferentes tipos mirándote al bailar. Vas al bar y te veo agradecerle a ese tipo por tu bebida. Y luego ese imbécil en la pista te agarra.
—Tú no me ves a mí golpeando a cualquier chica que se acerca a hablarte. No me puedo quedar encerrada en el departamento todo el tiempo. Vas a tener que controlar tu temperamento.
—Lo haré. Nunca había querido una novia antes, Pajarita. No estoy acostumbrado a sentirme de esta manera… por nadie. Si eres paciente conmigo, juro que me controlaré.
—Vamos a aclarar algo; no eres un pedazo de mierda, eres increíble. No importa quién me compre tragos, ni quién me invite a bailar, o quien coquetee conmigo. Al final, me voy a casa contigo. Me has pedido que confíe en ti, pero tú no pareces confiar en mí.
Frunció el ceño. —Eso no es verdad.
—Si piensas que voy a dejarte por cualquier tipo que se aparezca, entonces no me tienes mucha fe.
Tensó su agarre. —No soy lo suficientemente bueno para ti, Pajarita. Eso no significa que no confíe en ti, sólo me preparo para lo inevitable.
—No digas eso. Cuando estamos solos eres perfecto. Somos perfectos. Pero entonces permites que todo el mundo lo arruine. No espero que huyas de todo, pero tienes que elegir tus batallas. No puedes pelear cada vez que alguien me mire.
Asintió. —Yo hago todo lo que tú quieras. Sólo… dime que me amas.
—Sabes que lo hago.
—Necesito oírte decirlo. —dijo, sus cejas juntándose.
—Te amo —llevé mis labios a los suyos—. Ahora deja de ser tan bebé.
Se rió, subiendo a la cama conmigo. Pasamos la siguiente hora en el mismo lugar debajo de las sabanas, riéndonos y besándonos, apenas notando cuando Mery regresó de su ducha.
— ¿Podrías salirte? Necesito vestirme. —Le dijo a Nicola, apretando su bata.
Nicola besó mi mejilla y luego salió al pasillo.
—Te veo en un segundo.
Caí en mi almohada mientras Jazmín revoloteaba en su closet. — ¿De qué estás tan feliz? —Murmuró.
—De nada. —Suspiré.
— ¿Sabes que es la codependencia, Angie? Tu novio es el claro ejemplo, lo que es extraño considerando que él pasó de no tener ningún respeto por las mujeres en lo absoluto a pensar que te necesita para respirar.
—Tal vez lo hace. —dije, negándome a permitirle arruinar mi humor.
— ¿No te preguntas por qué es eso? Digo… Él ha estado con la mitad de las chicas en esta escuela. ¿Por qué tú?
—Él dice que soy diferente.
—Por supuesto que lo hace. Pero, ¿Por qué?
— ¿Por qué te importa? —Solté.
—Es peligroso necesitar a alguien tanto así. Estás tratando de salvarlo, y él espera que lo hagas. Ustedes dos son un desastre.
Le sonreí al techo. —No importa qué o por qué es así. Cuando es bueno… es hermoso.
Rodó lo ojos. —No tienes salvación.
Nicola tocó la puerta y Jazmín lo dejó entrar.
—Me voy a estudiar al salón. Buena suerte. —dijo en la voz más falsa que pudo haber utilizado.
— ¿Qué fue eso? —preguntó Nicola.
—Dijo que somos un desastre.
—Dime algo que no sepa. —Sonrió. Sus ojos de repente eran determinados, y besó la piel debajo de mi oreja—. ¿Por qué no te vienes conmigo?
Sostuve mi mano en su nuca, y suspiré al sentir sus suaves labios contra mi piel. —Creo que me quedaré aquí. Estoy en tu departamento todo el tiempo.
Su cabeza voló hacia arriba. — ¿Y eso qué? ¿No te gusta estar ahí?
Toqué sus mejillas y suspiré. Se preocupaba tan rápido. —Claro que sí, pero yo no vivo ahí.
Trazó mi cuello con la punta de su nariz. —Te quiero allí. Te quiero allí todas las noches.
—No me voy a mudar contigo. —Sacudí la cabeza.
—No te pedí que te mudaras conmigo. Dije que te quiero ahí.
— ¡Es la misma cosa! —Reí.
Nicola arrugó la frente. — ¿En serio no te vas a quedar conmigo esta noche?
Sacudí la cabeza, y sus ojos viajaron por mi pared hasta el techo. Casi pude ver las ruedas moviéndose en su cabeza. — ¿En qué piensas? —Pregunté, entrecerrando los ojos.
—Intento pensar en otra apuesta. adaptación: mcguire

No hay comentarios:
Publicar un comentario