Diana
-Buenos días- saludé a Jazmín, mi compañera de trabajo y amiga, al entrar a la sala donde se encontraban nuestros escritorios.
Solté un suspiro y dejé mi cartera sobre una silla. Maldito lunes. Odiaba este lugar. La gente no era para nada agradable conmigo desde hacía unas semanas; y, aunque yo sabía bien el por qué, no me atrevía a protestar. Sólo había una persona en ese sitio por la cual no tiraba todo por la borda y me iba a llorar a casa.
Además, ese día no estaba siendo para nada emocionante. Yiddá se había levantado de mal humor, al igual que Angie. Creía firmemente en que merecía un premio por sobrevivir a un desayuno lleno de monosílabos y suspiros malhumorados. Luego de eso, Angie tenía cita para conocer el sexo del bebé. Yo me había ofrecido a llevarla, pero insistió en acompañar a su hermana, y no me opuse. Le estaba costando trabajo aceptar al bebé de Angie, así que me propuse a dejar que pasen juntas todo el tiempo que sea posible.
Ahora me estaba arrepintiendo de eso. Ambas con un humor de perros y en el mismo auto. Sería un milagro si llegaban a la clínica sin que algo haya salido volando por la ventana.
Cerré mis ojos y respiré profundamente. Este iba a ser un largo día.
-Buenos días, Diana- Jazmín apartó la vista de su computadora y se acercó a mí- el jefe me pidió que te avise que te espera en su oficina.
-Oh, está bien- musité y di media vuelta para salir del lugar.
-Espera- me retuvo tomándome por el brazo-. Últimamente él te necesita más de lo normal- alzó una ceja, cuestionándome.
-Jaz, es trabajo. Me necesita más de lo normal porque hay más trabajo de lo normal. Sólo eso.
-No sé por qué no te creo.
-Ya, te diré la verdad: voy muy seguido a su oficina porque estamos planeando nuestra boda, me propuso matrimonio hace un mes y nos casaremos en Hawai rodeados de palmeras- respondí con evidente sarcasmo.
-Dale, y yo me llamo Katniss y soy la ganadora de los Juegos del Hambre-me miró con los ojos muy abiertos, y luego soltó una carcajada. Puse los ojos en blanco, divertida.
-Hablo en serio, pasas mucho tiempo ahí. Y curiosamente sólo trabaja contigo.
-Deja de hablar estupideces, Jazmín- dije entre risas.
-Mira, Diana, no sé si tú lo has notado, pero es más que obvio que él se muere por ti. Sé que es, probablemente, el hombre más sexy de toda la ciudad…
-¡Jazmín!- interrumpí- ¿Quieres bajar la voz? ¡Hablas del jefe!
-Sí, sí, como sea. Te decía que, por más irresistible que parezca, no caigas en sus redes. Porque es un mujeriego, te ilusionará y luego te romperá el corazón.
-No va a pasar nada, quédate tranquila. Ahora sí, ¿me dejas ir?
Suspiró.
-Está bien- soltó mi brazo-. Pero quiero que tardes lo menos posible.
-Claro- le dediqué una sonrisa, y con eso pareció calmarse.
Me alejé con pasos rápidos para evitar que ella se arrepienta de haberme dejado ir y me atormente con más preguntas. Al llegar a la oficina cerré los ojos, respiré, me acomodé el cabello y no pude reprimir una sonrisa. Tomé el pomo de la puerta y la abrí sin tocar.
-Pensé que no vendrías- estaba tan cerca a mí que podía sentir su respiración en mi cuello.
-Tonto- susurré, e iba a agregar algo más pero sus labios cayeron sobre los míos, silenciando mis palabras. Tiré de su camisa, acercándolo más a mí. Sus manos recorrieron mi espalda y se detuvieron en la parte baja de la misma
-Te extrañé demasiado, Diani. Me tienes obsesionado. No sabes los esfuerzos que tuve que hacer para no ir corriendo hasta tu casa.
-Ni sabes dónde vivo.
-Eso es lo que tú crees- me miró fijamente, tratando de hacerme reír.
-Cállate.
-Mejor cállame tú.
Sonreí contra sus labios. Lo tomé por el cuello y uní su boca con la mía en un necesitado beso. Él me levantó del suelo y me sostuvo a la altura de sus ojos. Protesté, molesta porque había interrumpido nuestro beso.
-Hey- musité, volviéndolo a besar.
-Reina…
Lo miré con una mezcla de amenaza y diversión. Él me dejó nuevamente en el suelo y se inclinó para besar mi frente. Lo abracé y enterré el rostro en su pecho. Avanzamos a trompicones hacia el gran sofá del que disponía en su oficina y nos dejamos caer. Ansioso, buscó nuevamente mis labios. Me dejé besar por él. Nos separamos unos centímetros y sonreí.
Él pegó su rostro al mío -Te deseo, Diana.
Dejé que mis dedos recorrieran su pecho, desabrochando los botones de su camisa a su paso. Cuando terminé, lo observé lentamente al mismo tiempo que sentía la sangre subir a mis mejillas, maravillada por su abdomen trabajado. Él sonrió y se acercó a mí para besarme el cuello. Sus manos vagaron ansiosas por mi cintura.
Quiso besarme nuevamente, pero yo solté un suspiro y ladeé mi cabeza.
-No puedo- susurré-. Lo siento.
Me senté en el otro extremo del sofá, con mis manos sosteniendo mi cabeza.
-¿Qué pasa?- se sentó a mi lado y entrelazó sus dedos con los míos. Me estremecí al sentirlo.
-Nada, es que yo… esto no está bien.
-No te voy a forzar a nada. Nunca lo haría- susurró-. Pero… ¿por qué lo dices? ¿Por miedo al qué dirán? Tú eres dueña de tus acciones, Dianita. No importa lo que piense el resto.
-Sería tan fácil no pensar en lo que dice el resto…
-Lo es. Sólo ignóralos. Nada de lo que la gente diga tiene por qué afectarte, ¿entiendes? Nada.
-¿Es que no los escuchas? Todo el mundo piensa que soy una cualquiera, que me acuesto contigo sólo para obtener beneficios en el trabajo. Ya no sé cómo parar todo esto, ¿entiendes? Me miran mal y hablan a mis espaldas.
-Reina, yo… dime lo que tengo que hacer y lo haré.
-Necesito pensar. Necesito estar segura de que lo nuestro está bien- apreté su mano-. Perdóname por hacerte esto.
-Tú sabes que esperaré por ti hasta que estés lista- tomó mi mentón y levantó mi rostro hasta el suyo. Se acercó hasta que nuestros labios se rozaron. Tuve que hacer grandes esfuerzos para no echar mis brazos alrededor de su cuello y besarlo-. Eres mi ángel, Diana. Nunca haría nada que te haga daño. Estoy dispuesto a esperar el tiempo que sea necesario, ¿entiendes? Te quiero.
Asentí débilmente, y sus labios se presionaron sobre los míos en un beso corto y dulce. Lo miré y sonreí.
Me paré y salí de la gran oficina. Me apoyé contra la puerta y suspiré, con lágrimas en los ojos.
-Yo también te quiero, Israel.
Ese día salí temprano del trabajo. No tenía nada que hacer, así que, luego estar más de media hora dando vueltas por ahí con la camioneta, decidí que pasaría por Angie del colegio.
Me estacioné en la puerta del lugar y la busqué con la mirada. No tardé mucho en encontrarla.
Tenía una cola de cabello desordenada y los brazos cruzados sobre su vientre en un inútil esfuerzo por ocultarlo. Se apoyó contra una pared, dejando su mochila en el suelo. Un grupo de chicos pasó cerca de ella, deteniéndose a decirle algo que no llegué a escuchar. Por lo visto no debió ser muy amable, ya que ella respondió alzándoles el dedo corazón. El grupo se rió en tono de burla. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Me disponía ya a bajar para ir a defenderla, cuando Nicola llegó corriendo y derribó de un empujón al que parecía ser el líder. Levantó el puño para golpearlo, pero Angie le susurró algo al oído y Nicola bajó el brazo instantáneamente.
Toqué el claxon para que me vieran. Los labios de Angie se curvaron en una tímida sonrisa. Tomó a Nicola de la mano y lo acercó hasta la camioneta.
-¡Diana!- metió medio cuerpo por la ventana para abrazarme.
-Enana linda- la saludé mientras dejaba un beso en su mejilla-. ¿Qué tal todo hoy?
-Em… bien, supongo- musitó-. Como siempre.
-Si tú lo dices- le dediqué una sonrisa comprensiva-. Suban, yo los llevo.
-Diani, Nico tiene que pasar por su trabajo.
-¡No hay problema! Yo te puedo dejar ahí- ofrecí al chico.
-Gracias, Diana- respondió, abriendo la puerta trasera para que Angie entre.
Esperé a que cierren la puerta y puse el vehículo en marcha. No esperé ni dos minutos para comenzar a indagar sobre la cita de esa mañana.
-¿Y la cita con el médico?
-Oh, Julián y Yiddá me llevaron. Nicola ya estaba ahí- volteó a mirarlo y le sonrió-. Aunque no sé qué pasó con mi hermana.
-¿Por qué lo dices?
-No quiso entrar conmigo. Se puso muy nerviosa, y luego lloró. Julián se quedó consolándola y yo fui con Nico.
Suspiré. Ella no sabía la razón por la cual su hermana le huía tanto a todo este proceso.
-Bueno, en fin. Me hicieron la ecografía y ya sabemos qué va a ser.
-¡¿Y?!- pregunté, más emocionada que nunca- ¿Va a ser una Angiecita, o un pequeño Nicola?
Nicola se rió ante mi emoción. A través del espejo retrovisor pude ver cómo le apretaba la mano a Angie.
-Lo siento, Diana- comentó Nicola-. Sé que mueres por Angie, pero esta vez tendrás que conformarte con una versión pequeña de mí.
-Entonces, ¿es niño?
-¡Claro que sí, tonta!- Angie contestó, riendo- Vas a tener un sobrinito.
Sentí una inmensa alegría. Llevaría al pequeño a jugar al parque, a ver carreras de autos y partidos de fútbol. Aprendería todo eso para ser la mejor tía que un niño pueda tener.
-¡Felicitaciones!- grité, estacionando para que Nicola baje. Abrí la puerta del auto, subí a la parte trasera y los abracé-. Sé que va a ser el niño más hermoso y feliz del mundo. Les deseo lo mejor, chicos.
-Gracias- contestaron al unísono, devolviéndome el abrazo. Estuvimos un rato así, hablando del futuro bebé, hasta que Angie le recordó a Nicola que se le hacía tarde. Se despidió de ella con un rápido beso en su vientre, me dio las gracias nuevamente y bajó corriendo. Angie y yo nos quedamos solas y volví a encender la camioneta.
-Así que… se llamará Santiago, ¿no? Ese nombre siempre te ha gustado.
-Sí- en su rostro apareció una gran sonrisa-. Santi- susurró.
-Me alegro mucho, princesita. En serio.
-Es lo mejor que me ha pasado-musitó, aunque lo dijo más para su hijo que para mí.
El resto del viaje lo pasé en silencio, ya que ella se quedó dormida a los pocos minutos. Al llegar a la casa tomó su mochila y se apresuró en ir hacia su cuarto, pero la detuve en el camino.
-¡Angie!
-¿Sí?
-Vi lo que pasó hoy en el colegio.
-Este…
Se puso nerviosa. Intenté calmarla, apoyando mi mano en su hombro.
-No te voy a pedir que me digas lo que dijeron aquellos chicos, porque sé que no me lo dirás. Sólo quiero saber una cosa.
Ella no dijo nada. Alzó la mirada y me observó con sus grandes ojos marrones, ansiosa.
-¿Qué le dijiste a Nicola para calmarlo?
Se encogió de hombros, como si fuera lo más natural del mundo.
-Nada. Sólo le recordé que ese es el ejemplo que le estaba dando a Santiago.
Se escapó de mí y subió las escaleras. Yo me quedé ahí, pensando en que Angie estaba preparada para recibir a su hijo mucho más de lo que todos creíamos.

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