Tres
Yiddá
Eran las seis de la tarde y la casa estaba totalmente vacía. Julián estaba trabajando. Diana había salido con un misterioso chico, del cual no me quería contar nada, pero estaba más que segura que Angie sabía la historia completa. Angie había ido a una tienda de bebés con Nicola para ir comprando algunas cosas.
Así que tenía esa enorme construcción de tres pisos para mí sola. Perfecto.
Suspiré y me dejé caer sobre mi cama. Durante unos segundos me dediqué a mirar en techo, tratando de poner mi mente en blanco. En esas últimas semanas habían pasado demasiadas cosas que pensé que nunca sucederían, o por lo menos no ahora. Claro que estaba segura de que Angie y Nicola en un futuro se casarían y tendrían hijos, quiero decir, eran la pareja perfecta, y ya llevaban más de año y medio juntos. ¡Pero no tenía por qué ser ahora! Esto es pronto. Demasiado pronto.
La cabeza comenzó a dolerme. Me paré y me miré al espejo de cuerpo entero que tenía en una de las paredes. ¿Cómo se me vería a mí con pancita? Sonreí al imaginarnos a Julián y a mí con un bebé en los brazos. Cantándole para hacerlo dormir, escuchando sus primeras palabras, dándole la mano en sus primeros pasos. Siempre al pensar en tener hijos, me llegaba a la mente un niño. Un pequeño niño de bella sonrisa y dulce mirada. Hasta ya había pensado en un nombre: Tomás.
Pero la felicidad fue momentánea. La realidad me hizo pisar tierra de un golpe en el corazón. Alejé mi vista del espejo y sacudí mi cabeza para que los pensamientos se alejen de mi mente. Me hacían mucho daño.
Definitivamente necesitaba olvidarme de todo. Todo esto provocaba demasiado estrés en mí. Me puse unas zapatillas y bajé corriendo a la primera planta.
Fui hacia la sala y puse algo de música. Comencé tarareando, luego me animé a cantar, y a los pocos minutos ya estaba bailando con el sonido a todo volumen y cantando a gritos. La música inundaba mis oídos, llenaba mi mente y se llevaba todo lo malo.
Seguí cantando y bailando como no lo había hecho en mucho tiempo. Tanto desorden armé que no escuché que Julián abría la puerta y entraba en la casa. Se acercó a mí y me abrazó por la espalda.
-Hey- volteé y lo recibí con un beso en los labios-. ¿Qué tal todo hoy?
-Extrañándote- susurró, pegando su rostro al mío-. Como siempre.
-Ah, bueno…
-¿Por qué siempre eres así?- rió y me levantó del suelo, llevándome hasta el sofá y dejándome ahí.
-¿Así como?
-Así… perfecta- se sentó a mi lado y buscó mis labios nuevamente.
-Estamos románticos hoy, ¿no?- bromeé, esquivando su beso.
-Yiddá… silencio.
Se acercó y me dejé besar por él. La música seguía sonando a fuertemente. Me separé de Julián y corrí a apagar el radio.
-Quiero hablar contigo- me puse seria.
Julián suspiró.
-Es sobre Angie, ¿no?
-Sí- la voz me tembló-. Es que yo…
-No debes preocuparte tanto, amor. Ella estará bien, y yo me encargaré de que así sea. No te llenes la cabeza de problemas.
-Lo sé, lo sé. Aún así no puedo evitar pensar todo el tiempo en ella.
-Tranquila, mi vida… ella estará bien- repitió.
-En realidad, no es por eso… yo… la verdad no sé cómo pasó.
-No es necesario que te diga cómo pasó, ¿verdad? Y tampoco creo que ella te lo quiera contar.
-Malpensado- reí y le di un ligero golpe en el hombro-. Me refiero a que yo pensé que era igual a mí, que lo que tengo era de familia. Pero ya veo que me equivoqué.
-Te refieres a…- hablaba lentamente, con mucho tacto, teniendo cuidado de no herirme.
-¿Por qué, Julián? ¿Por qué esto me pasa a mí?
La cabeza volvió a dolerme. Me sentía cansada de repente, y una profunda tristeza me invadió. Miré mi vientre y puse mis manos sobre él.
Vacío, ahora y para siempre.
El recuerdo de ese horrible día seguía intacto en mi memoria.
Sostuve la mano de Julián y me eché a llorar.
-¿Infertilidad? No… no es posible, doctor.
-Eso dicen los resultados de los exámenes… lamento decirle que es cierto, señorita- habló con el tono frío de quien está acostumbrado a dar este tipo de noticias.
Miré a Julián, temblando. Él me acarició el cabello, acercó su rostro al mío y me dio un beso en la frente.
-Todo estará bien, mi amor…- susurró- No debes dejar que esto te afecte. Te amo sobre todo.
-No…- mi mente no podía procesar toda la información que le daban. Nunca sería mamá. Eso. Nunca podría llevar a un bebé en mi vientre, nunca podría sentir sus pataditas, nunca podría ser dueña de un ser tan chiquitito que sería una parte de mí.
Me paré como pude y abandoné el consultorio médico. Al salir me choqué con la vista de la tranquila sala de espera. Todos parecían tan tranquilos, tan felices, mientras yo me derrumbaba por dentro. Miré hacia todos lados, buscando una salida. Sólo veía cuatro paredes que me encerraban cada vez más y más.
La cabeza me daba vueltas. La vista se me nubló; y, de pronto, vi todo negro.
Sentí a Julián abrazándome antes de perder la conciencia.
No podía parar de llorar. Julián me rodeó con sus brazos, tal y como lo había hecho ese día. No podía ocultar más mi tristeza, y tampoco quería. Angie, embarazada sin quererlo… y yo llevaba más de tres años deseando ser mamá. La diferencia es que yo nunca lo sería.
-No puedo soportarlo, Julián. Simplemente no puedo.
-No es tu culpa- secó mis lágrimas dulcemente, y luego besó mis mejillas-. No es tu culpa, hermosa. Aún podemos ser papás. Vamos a adoptar.
-No lo entiendes… muero por adoptar a un niño, pero… son esas ganas de sentirlo dentro mío las que no me puedo sacar de la cabeza. Esas ganas de sentir que sirvo para crear una nueva persona, una nueva vida. Saber que yo lo soy todo para él, y él lo es todo para mí. Sentirlo moverse en mi interior, emocionarme con cada una de sus pataditas. Y, cuando vea la luz por primera vez, escuchar su llanto y ser la primera en besarlo y decirle que lo ama. Que tiene una mamá que nunca lo dejará solo, y que está dispuesta a dar la vida por él.
Julián me recostó sobre sus piernas para acariciar mi rostro y mi cabello.
-Qué tonta soy- reí sin ganas-. Cómo puedo emocionarme tanto por algo que sé que nunca va a pasar. Nunca voy a poder ser mamá.
-Yi, no te pongas así. Todo pasa por algo, cariño. Tal vez en este momento hay algún bebé solo, sin familia, esperando a alguien que le pueda dar todo el amor que no recibe. Ese, Yiddá, ese es nuestro pequeño. Está esperando por nosotros. Vas a ser la mejor mamá de mundo, mi amor. De eso nunca tengas dudas.
Sonreí débilmente. Él siempre encontraba el modo de levantarme los ánimos. Se incorporé y me senté a su lado, apoyando mi cabeza en su hombro.
-¿Sabes algo? En el fondo, me alegro de que Angie haya podido ser mamá. Puede que no sea el momento indicado, ni tenga la madurez suficiente, pero eso no quita la alegría de tener un hijo, a un pequeñín que es tuyo y depende totalmente de ti. Sé que será muy feliz.
-No lo dudo, amor.
Levanté mi cabeza para mirarlo a los ojos. Con una sola mirada pude decirle que me sentía mal, que tenía miedo, que tenía dudas; pero que al mismo tiempo que me sentía segura a su lado. Con una sola mirada por parte de él pude entender que no me dejaría sola, que siempre estaría ahí para mí y para mi hermana.
Con una sola mirada comprendí que todo estaría bien.
Julián tomó mi mentón y acercó mi rostro al suyo. Sus labios se unieron a los míos en un beso suave y dulce. Apoyé mis manos en su cuello, atrapándolo en nuestro beso. Él me recostó en el sofá y rodeó mi cintura con su brazo. Se separó de mis labios y avanzó hasta mi cuello, dejando un rastro de besos a su paso.
-Te amo como nunca pensé que podría amar- susurró, volviendo a mi boca. Me estremecí ante el contacto de sus labios con mi piel.
-Yo te amo más- musité, y, acto seguido, volvió a besarme con ternura.

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