lunes, 29 de septiembre de 2014

"Amor Por Chantaje" prólogo, parte 1








Prólogo parte 1
—ENTONCES, ¿vas a seguir adelante con todo esto? ¿Te vas a casar con Nicola aunque sepas que él no te quiere?
Angie se estremeció al oír las palabras envenenadas que acababa de pronunciar su madrastra. Estaban las dos en el dormitorio de Angie, bueno, el que lo había sido hasta poco después de la muerte de su padre. Tras aquello Johana había anunciado su decisión de vender la preciosa casa con jardín en la que Angie había crecido para poder comprarse un apartamento en la pequeña ciudad en la que vivían.
—Nicola me ha pedido que reciba a sus clientes —había explicado su madrastra el día que le había comunicado sus planes de vender la casa, cosa que había dejado perpleja a Angie—. Dice que cuando yo me hice cargo de tratar con los clientes, la empresa de tu padre empezó a ir mucho mejor. Desgraciadamente tu madre nunca entendió lo importante que era ser amable con los clientes.
En aquella ocasión Angie había intentado que no la afectaran las palabras de su madrastra; simplemente había respondido encogiéndose de hombros en un gesto que ya era característico en ella cada vez que Lisa mencionaba a su difunta madre. Siempre sentía el impulso de defender su memoria, pero ya tenía experiencia suficiente para saber que era mejor no hacerlo. Sin embargo no había podido evitar hacer un breve comentario:
—Mamá estaba muy enferma. Si no hubiera sido así, estoy completamente segura de que habría tratado a los clientes de papá con toda amabilidad, y habría estado encantada de hacerlo.
—Sí, todos sabemos que piensas que tu madre era una santa —sus ojos se habían llenado de furia y hostilidad—. Y Nicola está de acuerdo conmigo en que, durante todos estos años, le has puesto las cosas muy difíciles a tu padre con esa manía tuya de intentar hacerlo sentir culpable por haberse enamorado de mí.
La manera en la que Johana se vanagloriaba de aquello había hecho que a Yidda se le revolviera el estómago, y el resto de la conversación no había logrado precisamente que se encontrara mejor.
—Nicola opina que tu padre fue muy afortunado al casarse conmigo. De hecho… —había dejado de hablar para hacerle un gesto de complicidad, una complicidad que desde luego no existía entre ellas dos. Angie solo tenía ganas de dejar de escuchar a Johana hablar de Nicola como si tuviera una relación muy estrecha con él; le dolía aún más porque estaba profundamente enamorada de él.
Angie nunca había conseguido entender por qué su querido padre se había enamorado de una mujer fría y manipuladora como Johana. Tenía que admitir que también era muy bella: cara de porcelana y con muy buena figura. Todo lo contrario que Angie, que siempre había sido la viva imagen de su madre: bajita, con el pelo lleno de rizos indomables y los ojos miel que, en el caso de su madre estaban permanentemente llenos de amor y ternura, mientras que los ojos verdes de Johana no transmitían nada más que frialdad.
Sin embargo quería demasiado a su padre como para decirle lo que opinaba realmente. Su madre había muerto cuando ella tenía siete años y, cuando a los catorce su padre había decidido volver a casarse, Angie se había convencido a sí misma para aceptar a aquella mujer que se iba a convertir en su madrastra por el bien de su padre. De hecho, tenía la firme convicción de aceptar a cualquier persona que pudiera hacerlo feliz.
Pero Johana pronto había dejado muy claro que ella no era tan generosa; tenía treinta y dos años cuando se casó con su padre y nunca demostró el más mínimo interés por los niños, y mucho menos por Angie, a la que siempre había tratado como una adversaria, una rival con la que tenía que competir por el amor y la atención de su marido. La más obvia muestra de lo que sentía por su hijastra había tenido lugar a los tres meses de llegar a la casa, cuando había anunciado que creía que lo mejor era mandar a Angie a un internado, en lugar de seguir viviendo allí con ellos y estudiando en el colegio privado que había elegido su madre antes de sucumbir a la terrible enfermedad degenerativa que había acabado por matarla. Entonces había sido Nicola el que había intervenido para recordarle a su padre las molestias que se había tomado su primera mujer para encontrar una escuela adecuada para su hija. También había sido Nicola el que había aparecido un día en aquel mismo colegio con la terrible noticia del accidente de su padre; y había consolado a Angie mientras ella no había podido controlar un llanto desesperado y lleno de impotencia.
Eso había ocurrido casi doce meses antes, cuando ella tenía diecisiete años; ahora tenía dieciocho y en menos de una hora se convertiría en su esposa.
El coche que tenía que llevarla a la misma iglesia en la que se habían casado sus padres y en la que estaba enterrada su madre estaba esperándola fuera. En la habitación contigua se encontraba el viejo abogado de su padre que iba a acompañarla hasta el altar. Iba a ser una boda tranquila, como le había pedido a Nicola encarecidamente.
«¿Vas a seguir adelante con todo esto? ¿Te vas a casar con Nicola aunque sepas que él no te quiere?» Su mente volvió a repasar las palabras que su madrastra había pronunciado consciente del dolor que iban a causarle.
—Nicola dice que es por mi propio bien —respondió con voz entrecortada—… y que eso es lo que mi padre habría querido.
—Nicola dice —Johana repitió sus palabras burlándose de ella abiertamente—. Eres tonta, Angie. Solo hay una razón por la que Nicola quiere casarse contigo y es porque quiere hacerse con el control de la empresa.
—¡Eso no es cierto! —la joven protestó con fuerza—. Él ya dirige el negocio —le recordó a su madrastra—. Y sabe perfectamente que yo jamás querría que fuera de otra forma.
—Puede que tú no pero, ¿qué me dices del hombre con el que te casarías algún día si Nicols no se convirtiera en tu marido? —le preguntó con más suavidad—. Vamos, Angie, ¿no creerás de verdad que Nicola está enamorado de ti? —su tono volvió a rozar la burla—. Es un hombre, para él solo eres una niña… Escucha, él mismo me ha dicho que si no fuese por la empresa, jamás se casaría contigo.
Aunque trató de contenerlo, se le escapó un grito ahogado de dolor que contrastaba con la sonrisa triunfante de Johana. Se odió a sí misma por permitir que aquella mujer traspasara todas sus defensas.
—Nicola nunca… —empezó a decir intentando recuperar el control que ya había perdido.
—¿Nunca qué, Angie? —la interrumpió antes de que pudiera seguir—. ¿Nunca me confesaría algo a mí? Querida, me temo que hay muchas cosas de las que no tienes ni la menor idea. Nicols y yo… —hizo una pausa mientras se observaba las uñas con total tranquilidad—. Bueno, debería ser él el que te dijera esto y no yo, pero digamos simplemente que tenemos una relación muy especial.
Apenas podía creer lo que estaba oyendo; no era posible que algo así le estuviera ocurriendo justo el día de su boda, el día que se suponía iba a ser uno de los más felices de su vida pero que, gracias a Johana, se estaba convirtiendo en uno de los peores.
Desde la muerte de su padre, Angie no se había parado a pensar en las complejidades del testamento de su padre; había estado demasiado inmersa en su dolor como para considerar cómo iba a afectarla económicamente aquel fallecimiento. Por supuesto sabía que su padre había tenido mucho éxito en los negocios; John Atkins siempre había sido un consultor financiero muy apreciado por sus clientes y por el resto de la gente con la que hacía negocios. También recordaba lo entusiasmado que se había mostrado con Nicola cuando lo contrató nada más licenciarse.
Ambos hombres se habían conocido en una conferencia que el señor Atkins había dado en la universidad en la que estudiaba Nicola, y ya allí le había sorprendido la energía y las habilidades para negociar del joven.
Nicola había tenido una dura infancia; su padre lo había abandonado y lo habían criado multitud de parientes después de que su madre volviera a casarse y su marido se negara a aceptarlo en su casa. A pesar de tantas calamidades, Nicola había trabajado duro para pagarse los estudios y, al principio de trabajar para su padre, había vivido con ellos durante un tiempo. Él solía llevar a Angie al colegio cuando el señor Atkins estaba en algún viaje de negocios; también había sido él el que la había enseñado a montar en bici; y, cuando su padre lo nombró socio de la empresa, Nicola la cobra, como ella lo llamaba en broma, había sido Angie con la que había salido a celebrarlo a una heladería cercana.
Lo que no sabía muy bien era cuándo había cambiado su forma de ver a Nicoka, cuándo había dejado de ser solo un empleado de su padre o un buen amigo suyo y había pasado a ser algo más. Recordaba un día en el que, al salir de la escuela, lo había encontrado esperándola en el pequeño coche deportivo que acababa de comprarse. Era un día soleado y Nicola había abierto la capota; se había vuelto a mirarla como si hubiera podido notar su presencia incluso antes de que estuviera a su lado, y la había observado con aquellos maravillosos ojos verdes. Aquel día había sentido que lo veía por vez primera y, su corazón había reaccionado golpeándole el pecho con fuerza.
De pronto había notado una terrible emoción al acercarse a él y, sin saber muy bien por qué, había sentido el impulso de mirarlo a la boca. Algo había cambiado dentro de su cuerpo; algo había despertado y la había hecho sonrojarse al percibir el peligro que aquello suponía, el peligro de que él pudiera adivinar lo que le estaba ocurriendo. No podía aguantar estar cerca de él y, al mismo tiempo, no podía soportar la idea de que se alejara de ella.
—Solo una chiquilla inexperta como tú podría creer que Nicoka te quisiera —la voz dura y cruel de Johana hizo que Angie volviera de sus recuerdos—. Una mujer de verdad sabría inmediatamente que hay alguien más en su vida. ¿A que ni siquiera ha intentado llevarte a la cama? —le preguntó desafiante—. Y no finjas que no te habría encantado que lo hiciera.
De forma instintiva le dio la espalda a su madrastra para que ésta no pudiera ver la expresión de su rostro; al hacerlo se vio a sí misma en el espejo. Nicola había insistido en que se pusiera un vestido bastante clásico y de nuevo había dicho que eso era lo que le habría gustado a su padre. Era obvio que, si había algo que Nicols y ella tenían en común, era el amor por el difunto señor Atkins.
—Él no te quiere como un hombre quiere a una mujer —insistió su madrastra sin piedad—. Estoy segura que hasta a alguien tan ajena al sexo como tú, le resultará extraño que no te haya llevado a la cama. Cualquiera habría adivinado lo que eso significaba; especialmente tratándose de un hombre tan apasionado como Nicola —añadió sonriendo—. Si lo que quieres es ser una esposa no deseada, tendrás que aprender a ocultar tus sentimientos un poco mejor. ¿No habrás creído que no ha habido otras mujeres en su vida?
Claro que sabía que había habido otras, y sabía también lo angustioso que era sentirse celosa de todas ellas porque lo había sufrido durante años. Mujeres a las que encontraba atractivas de un modo que, obviamente, ella no se lo parecía; a ellas las había tenido entre sus brazos, en la cama junto a aquel cuerpo fuerte y sexy, desnudo al lado de ellas bajo las sábanas…
Ella no era más que una niña, la hija de su socio y amigo; una chiquilla a quien protegía y trataba con cierto paternalismo, como si los separaran veinte años, en lugar de cinco. Pero, ¿qué más daban esos cinco años? Dentro de nada serían iguales porque serían marido y mujer. Sintió un escalofrío al pensar aquello. Durante toda su adolescencia había deseado que su sueño se hiciera realidad y Nicola correspondiera a su amor y le dijera que no podía vivir sin ella; que la deseara con todas sus fuerzas y la hiciera su esposa.
Por supuesto que una parte de ella, una vocecita que se había negado a escuchar, le aconsejaba que fuera cauta, que se preguntara por qué Nicola jamás había mencionado el amor en sus conversaciones con ella. Y de alguna manera había conseguido no pensar en ello hasta ese momento.




Gracias a @tefiMyM por la edición! Una genia!! Síganla!

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