miércoles, 6 de agosto de 2014

"Amor En Desencuentro" capítulo 39






-      Era él o yo – continuó diciendo ésta con la voz helada y los ojos oscuros – y yo no pensaba morir esa noche. Vomite todo lo que tenía en el estomago y al expulsar todo me sentí un poco más estable –su voz volvió a perderse – me deshice del cuerpo y jamás mire atrás. Gracias a eso hoy estoy casada con Ernesto.

Julián que se había vuelto una piedra y estaba luchando contra toda esa información la miró como si la viera por primera vez.
-      ¿¿Qué quieres decir?? ¿¿Qué tiene eso que ver??

Yidda se puso en pie y caminó hasta la ventana. Faltaban pocas horas para el amanecer.

-      No lo sé, no sé como el muy bastardo llegó hasta allá, no sé si se puso de acuerdo con Pamcho o solo nos siguió, pero el muy cobarde, a las sombras siempre había estado presente, siempre había estado observando. Lo vio todo.

Julián rechino los dientes.

-      Después que todo pasó, mientras yo luchaba contra mis demonios Ernesto apareció en mi puerta con un sobre de manila, me pidió matrimonio y me mostro las tres fotos donde se ve claramente como mato a ese hombre. No tuve opción y antes de saberlo ya me había convertido en la señora de Jimenez.
-      ¿¿Ese bastardo te chantajeo?? – la voz de Julián sonó camuflada por la ira contenida.    
-      Aun lo hace – respondió ella sin inmutarse.
-      Por eso no te atreves a dejarlo. – no fue una pregunta.
-      Aja!! – Yidda sonaba ida, perdida, con un toque de resignación – Pancho era un hombre admirado, respetado, y con esas fotos… Se ve claramente como lo apunto y aprieto el gatillo. Jamás habría salido libre de un juicio.
Julián asintió sabiendo que era verdad. 

-      Bien – Yidda seguía dándole la espalda – ese es el cómo y el porqué. Mi lindo cuento para dormir. Si te vas lo entenderé.
Él se limitó a observar sus hombros rígidos y su mentón alzado. De repente ella suspiró y sus hombros cayeron.  
-      A veces me gustaría matar a Ernesto también, total – rió sin humor – ya lo hice una vez, ¿¿Qué le hace una raya mas al tigre??
 Julián caminó hasta ella en dos zancadas y la hizo girarse.
-      No, tú no eres una asesina. – dijo rotundamente.
Los ojos de ella relampaguearon.
-      Yo mate a ese hombre.
-      Tú te estabas defendiendo. - Tomó su rostro en sus manos – si no lo hubieras hecho ahora estarías muerta. – él buscó su mirada y la hizo concentrarse en sus ojos – ese hombre era una piltrafa, era un maldito infeliz que no merecía respirar tu mismo aire.

Ella retiró la mirada y se alejó de él.
-      Aun sueño con él, con ese momento exacto en el que me miró a los ojos y vi como la vida se le iba. Yo le provoque eso. Yo robe una vida.
-      Y salvaste muchas más – dijo él tras ella. – Yidda no puedes seguirte torturando.
-      ¿¿Y cómo hago eso?? – Yidda se giró con lagrimas en los ojos - ¿¿Cómo hago eso cuando vivo con un hombre que me lo recuerda todos los días?? ¿¿Cómo lo olvido si mi vida es una permanente mentira gracias a eso?? A veces…  a veces solo desearía haber dejado que me mate.
-      ¡No! – la voz de Yidda sonó rotunda y desesperada – No Yidda porque hoy no estaríamos aquí de ser así, yo no te habría conocido de ser así y estaría perdido y vacio.
-      ¿¿Cómo puedes?? – ella se llevó las manos al rostro - ¿¿Cómo puedes seguir aquí después de saber la verdad??
Él negó con la cabeza y la miró.
-      No me voy a ir.
-      ¿¿Por qué??
-      Porque estoy loco, porque te amo, porque te prometí una vez nunca dejarte sola y estoy dispuesto a cumplirlo.
-      ¿¿Cómo sabes que no te miento??
Julián alzó una ceja.
-      ¿¿Lo haces??
-      ¡Por dios no! – exclamó ella.
-      entonces voy  a quedarme contigo te guste o no.
Yidda lo miró un segundo eterno.
-      ¿¿Y Ernesto?? Estoy casada y no voy a dejar de estarlo, por lo menos no en un futuro inmediato.   
-      Puedo esperar
-      ¿¿el qué?? ¿¿Un milagro??
-      Por ti.
Ella se acercó a él y se detuvo justo en frente, muy cerca, mirando esos ojos azules llenos de promesad.
-      ¿¿Hasta cuándo Juli?? 
-      Hasta que me digas que no me amas más.
Yidda asintió mirándolo a los ojos.
-      Eso no pasará. Nunca voy a dejar de amarte.

Un movimiento y ya no había distancia entre ellos, un segundo y sus labios se batían en duelo desesperadamente, un suspiro, al unisonó, dos almas torturaras, dos vidas encontradas, dos corazones latiendo, dos almas volviéndose una, sellando un pacto, con sus cuerpos, con amor.

Levantándola en brazos Julián, la llevó hasta la chimenea. La boca de él se aplastó sobre la de ella con pasión. Yidda no tuvo tiempo para pensar, para darse cuenta de lo que estaba sucediendo. Las manos de él la recorrían, la acariciaban, con avaricia, con adoración, con deseo. El cuerpo de ella hormigueaba por allí donde las expertas manos de él pasaban.    

Yidda tuvo un segundo de pánico, el único hombre con quien había tenido relaciones era Ernesto, y todas fueron forzadas, ella jamás había sentido la dulce sensación que estaba sintiendo en ese momento, pero sabía lo que vendría después y el dolor que aquello siempre le traía, no le importaba sentirlo con tal de estar con Julián, pero esa opresión en el pecho seguía creciendo.  
-      Juli – susurró con la voz amortiguada por sus besos.
Él se apartó y la miró con los ojos llenos de adoración, un poco de sus temores desaparecieron.
-      Quiero estar contigo, te deseo – miró hacia abajo sus manos en el musculoso cuerpo de él – pero, por favor, se suave conmigo – lo miró a los ojos un segundo y luego bajó la vista con vergüenza. – sé que siempre duele cuando, bueno, ya sabes, pero por favor, intenta ser suave. – retorció sus manos – por favor – susurró bajito.
Ella se atrevió a mirarlo cuando él tardó en responder y retrocedió al ver la tormenta que se arremolinaba tras esos hermosos ojos verdes.
-      ¿¿Te moleste?? Por favor olvida lo que dije, solo quiero estar contigo. – Yidda le dio un beso cortó en los labios y no obtuvo respuesta.  – Juli.

Julián tomó una larga respiración y la soltó lentamente.
Yidda se tensó y frunció un poco el seño.
-      Juli, sé que soy una torpe,  pero por favor no te moleste conmigo, por favor… - habló mirando su pecho rígido.

-      Yiddi – Juli la tomó por un brazo y alzó su mentón con suavidad – no estoy molesto contigo, jamás lo estaría porque me dijeras cuando tienes alguna incomodidad. – tensó la mandíbula – estoy a punto de matar a tu esposo por animal – acarició su mejilla con delicadeza – cariño, jamás te trató con amabilidad ¿Cierto?
-      A veces no dolía tanto como otras… - dijo ella agachando la mirada.
  Juli cerró los ojos con fuerza y lanzó una maldición.
-      Juli, no te aflijas – habló ella mirando su rostro torturado – está bien, sé que duele pero no me importa si es contigo.
Él la miró con mil emociones y la beso con cariño en la frente.
-      No siempre duele Yi, no debe doler. Debes sentirse bien. Debe ser placentero – la miró a sus confundidos ojos y besó suavemente sus labios – y que tú estés dispuesta a complacerme aunque pienses que es doloroso… me hace sentir, no digno de ti.
Ella lo abrazó.
-      Que tonterías dices – lo besó en la mejilla y susurró – muéstrame lo que es el amor.

   Julián la llevó hasta el cuarto y volvió a besarla, lentamente, con maestría, decidido a mostrarle lo placentero que podía ser.
Se apartó un segundo y la vio bañada en, solo, la luz de una lámpara en la mesa.  
Su cabello bicolor largó hasta su cintura que daba la ilusión de una cascada de chocolate, su piel blanca y sonrosada, sus curvas perfectas, sus labios rojos y deliciosos, sus ojos que lo miraba con amor, con adoración. Ella era un ángel, su ángel.
   
-No tienes por qué hacerlo. – dijo acariciado su mejilla.
-Pero quiero. – respondió ella sin dudarlo.

Nerviosa, pero decidida Yidda le acarició la cara, los hombros, alentándolo a tomarla en sus brazos. Julián permaneció inmóvil, perplejo, contemplándola como si fuera un sueño. Ella metió los dedos en aquel rincón tan caliente, entre la camisa y su suave y fuerte piel. Puso las manos sobre la ancha caja de sus costillas y fue subiendo quitando, poco a poco, su camisa. Aunque sentía que él buscaba su mirada, se concentró en su tarea y finalmente logró sacar toda la extensión de tela blanca por su cabeza y deslizó los dedos hasta la nuca de Juli, frotándola suavemente.

La caricia de su dedo hizo que Julián aspirara con fuerza y, de pronto, le tomó las muñecas con sorprendente rapidez.
-Yidda -le advirtió, estremecido-, no empieces algo que luego no puedas terminar.
Con las muñecas todavía sujetas, Yidda se inclinó sobre él. Puso los labios sobre los de Julián en leves, repetidos roces; tentándolo, ofreciéndose, hasta que él la sorprendió con un sensual beso. Ella respondió a la presión y aceptó de buena gana la intromisión de su lengua, que le exploraba la boca con creciente curiosidad.
Julián le soltó los brazos y la acostó sobre el lecho, mientras le besaba los labios, las mejillas y el cuello. Yidda le rodeó con sus brazos, contemplando la silueta de su cabeza y sus hombros encima de ella.
-No dejes de besarme -le pidió, ávida de aquel sabor.
ÉL la tomó de la nuca. Cubrió con su boca la de ella en un beso profundo y sensual que aceleró los latidos de Yidda y le hizo levantar las rodillas, como si deseara enroscarse en torno a él.
No recordaba con precisión cuándo fue la última vez que Ernesto la había forzado; solo sabía que había sido un acto rutinario, llevado a cabo sin una sola palabra ni caricia. ¡Qué diferente era ahora la forma en que la tocaba, con los dedos revoloteando sobre ella!
Julián le quitó el pantalón con movimientos simples y eficientes, y entonces se agachó sobre sus piernas y las besó. Los arcos de sus pies, el tierno espacio interior de sus tobillos... Yidda permitió que le levantara y le doblara la pierna y se le arqueó el cuerpo al sentir el suave mordisco de sus dientes detrás de la rodilla.
-¿Te gusta esto? -preguntó él.
-Yo..., si... No lo sé.
Él apretó la cara contra la parte interior de su muslo, hasta que ella sintió el escozor de la barba incipiente de Julián presionar contra su suave carne.
-Dime qué te gusta -pidió él con voz entrecortada-. O qué no te gusta. Dime todo lo que quieras.
- ¿¿Cómo es?? – Ella respiraba entrecortadamente - ¿¿Cómo es que duras tanto??
 Él se echó a reír de repente, mientras sus manos seguían aferrando sus piernas.
-Quiero que dure cuanto sea posible. He esperado tanto esta noche... Solo Dios sabe cuándo dispondré de otra.
El calor de su boca traspasó la tela de sus pantis cuando le besó el muslo.
Yidda se puso tensa, estiró las piernas y sus rodillas golpearon contra la sólida muralla del pecho de Julián  cuando este fue ascendiendo sobre ella. La pequeña tela de encaje era un deslizante velo nocturno entre ambos. El depositó innumerables besos sobre su pierna, mientras sus manos le acariciaban las caderas y se deslizaban debajo de sus nalgas.
La boca de Julian fue hasta el borde del lugar prohibido y Ella reaccionó sin pensarlo, tratando de apartarle la cabeza. Julián le tomó una mano, le besó los dedos y volvió a inclinar la cabeza sobre su cuerpo encogido.
Yidda sintió su lengua a través de la seda, en una caricia húmeda y voluptuosa entre sus muslos, exactamente donde la piel sensible quedaba al descubierto.

-¿Probamos sin las pantis?-sugirió él con voz ronca y divertida.
-¡No! -exclamó ella.
Julián rió ante su rápida reacción y se irguió hasta que ambos quedaron cara a cara.
- Hay que quitarte la ropa –dijo con aire juguetón y sensual mientras alzaba lentamente la camisa de la joven y se la quitaba por la cabeza.
-Primero, apaga la luz. – pidió ella viéndose solo en ropa interior.
-Quiero verte -replicó él. Besó la delicada piel que había dejado al descubierto y hundió la cara entre su hombro y su cuello-. Y quiero que tú me veas a mí.
Yidda lo observó con cautela.
-No -dijo en tono quejumbroso, pero él pudo percibir la inseguridad en su voz.
-Dulce amor mío -susurró él contra su hombro- ¿¿No sabes lo hermosa que eres?? ¿¿No te das cuenta de lo mucho que te deseo?? Confía en mí.
Yidda permaneció sin protestar cuando Julián desabrochó su sostén de encaje y la tela cayó por sus brazos, dejándola expuesta y vulnerable bajo la suave luz de la lámpara.
ÉL la observó como quien ve lo más apreciado y hermoso del mundo y ella se sonrojó ante su mirada.  Julián la atrajo hacia sí y la desnuda piel de Yidda fue aplastada por el cuerpo  semi-vestido de el.
-Te deseó más que nada en mi vida – dijo él roncamente.
Antes de que ella pudiera decir algo, él la empujó suavemente hacia abajo y se tendió sobre ella. Paseó la mirada sobre su cuerpo, absorbiendo codiciosamente cada palmo de lo que veía. La besó, con su pecho musculoso sobre ella y sosteniendo todo su peso sobre los codos y los muslos.
¡Eran tantas las cosas que Yidda nunca se había atrevido a investigar! Vacilante, tocó aquel torso, tan duro y suave bajo sus manos: los botones pardos de sus pechos, la tensa extensión de su cintura.
Julián se deslizó sobre su torso y jugueteó con sus senos, tomándolos entre sus manos, rodeando las puntas con los dedos. Su boca se abrió sobre uno de los montículos henchidos y atrapó el pezón, apretándolo entre sus dientes.
Yidda soltó un gemido, subyugada por la visión de la cabeza de Julián sobre su pecho, mientras él seguía acariciando y besando, primero un seno, después el otro... Se sintió extraña... Algo se estaba liberando en su interior, donde cedía toda defensa. Las manos de él se movieron sobre su vientre y Yidda abrió las piernas para incitar su caricia, cualquier cosa que él quisiera hacerle.
Al percibir su súbito abandono, Julián paseó su boca por todas partes, besándole la cintura, el vientre, los muslos... reverenciándola, como si se tratara de algo muy valioso.

Julián introdujo la rodilla entre sus muslos, que ella separó de inmediato, entregándose a él con todo lo que quedaba de su ser. Cuando él soltó el cierre de su pantalón, Yidda sintió una presión brutal y pesada contra su suave cuerpo. Se preparó para lo que venía, esperando el dolor.

Él la miró a los ojos y entró en ella lentamente, empujando tan despacio contra la carne flexible que no sintió molestia alguna, tan solo la sensación de ser deliciosamente colmada. Su cuerpo aceptó la enorme intrusión y, con cada embestida, una nueva sensación la llenó, hasta que al fin Yidda, atónita, soltó un gemido de placer.

Totalmente dentro de ella, Julian se detuvo y hundió el rostro en la fragante curva de los hombros de Yidda. Ella sintió cómo se sacudía aquel enorme cuerpo y cómo luchaba por contener una eternidad de pasión reprimida.
-Está bien -murmuró ella, acariciándole la espalda. Levantó las caderas para estimularlo y él jadeó tras el leve movimiento.
-No, Yidda -gimió con voz espesa-. No, espera... Por Dios, este momento es... Te amo.
Ella le acarició la cabeza, donde enredó los dedos en su espesa cabellera. El corazón le latía, enloquecido, contra el pecho; su visión era borrosa y todas sus sensaciones se concentraron en el punto donde sus cuerpos se unían.
-      También te amo -  

Ella volvió a empujar hacia arriba, y él la celebró, la consumió, la abrumó. Julián se introdujera aún más en su cuerpo, y aquella sedosa ondulación fue la perdición de ambos hasta que el serpenteante placer fue excesivo y se contrajeron en espasmos interminables, gruñendo por la fuerza de su desahogo, con el cuerpo estremecido de placer.

Un movimiento y ya no había distancia entre ellos, un segundo y sus cuerpos se batían en duelo desesperadamente, un suspiro, al unisonó, dos almas torturaras, dos vidas encontradas, dos corazones latiendo, dos almas volviéndose una, sellando un pacto, con sus cuerpos, con amor. 

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