Angie salió corriendo. Estaba cerca de la peluquería en la que había reservado hora para una larga sesión de masaje. Era demasiado arriesgado encontrarse con Mario. Y su cabeza le decía que cuanto más tardase en confesarle la verdad a Nicola y pedirle el divorcio, más se arriesgaba a que fuese descubierta. Pero, entonces, ¿qué importaría realmente?.
A Nicola no le importaba lo que hacía ella. Lo veía una vez al mes cuando él pasaba por Londres, y el año anterior ni siquiera lo había visto con esa frecuencia. A veces Nicola le pedía que organizara una cena de negocios. Pero no era frecuente. Había ocurrido pocas veces, y muy espaciadas. Incluso se solía comunicar con ella a través del personal de su empresa, en caso de necesitarlo.
Durante el tiempo que llevaban casados, Nicols no la había invitado a salir nunca, ni siquiera la había llevado a una fiesta. Solía llevar a otras mujeres en ese caso, pero a su esposa jamás. Nicola dormía en el ala de la casa que había acondicionado para sí. E incluso las pocas noches que habían dormido bajo el mismo techo, lo había oído salir tarde, y regresar al amanecer. Es decir que ni siquiera se podían contar esas noches como compartidas con él.
Por un momento recordó cuánto había llorado y se había preguntado qué había hecho para que las cosas fuesen así, y que podía hacer para atraer su atención. Con rabia, quiso borrar esos recuerdos de su mente. El tiempo se había ocupado de que aquellos tiempos hubiesen quedados sepultados. La joven novia había crecido y era más sabia ahora.
- Lo siento. Me olvidé de la cita – murmuró Angie en la recepción de la peluquería, y además insistió en pagarla de todos modos.
El propietario, Emilio, le ofreció comenzar con ella una sesión inmediatamente, pero ella se disculpó diciendo que se le hacía tarde, y se sentó a esperar a su peluquero.
- ¡Oh! Señora Porcella, su guardaespaldas ha dejado un mensaje para usted – le dijo Emilio bajando la voz y la cabeza.
Rocío se puso tensa y pálida.
- Tranquilícese – Emilio la miró con complicidad -. He dicho que estaba en la sesión de masajes.
- Gracias – ahora Angie se había puesto colorada.
- Será mejor que le dé el mensaje. El señor Porcella le está esperando en casa.
¿Qué Nicola qué? Nicola la estaba esperando....¿Nicola, que nunca la había esperado en cinco años? ¿Nicola estaba en casa cuando no lo esperaba hasta la siguiente quincena? Involuntariamente, Angie se estremeció; se le revolvió el estómago. Sintió terror.

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