-Cuando tenía la edad de Adriano...? -repitió Nicola-. Creo que quería ser profesor, pero solo porque estaba desesperadamente enamorado de mi maestra y quería tener derecho a entrar a la sala de profesores a la hora del almuerzo -se sentó-. Ya ves, incluso entonces me atraían las mujeres tipo Mary Poppins.
Angie soltó una carcajada y se volvió, dejando de contemplar el espectacular amanecer que se veía por la ventana.
-¿Tipo Mary Poppins?
Nicola palmeó el colchón de su enorme cama, invitándola a acercarse.
Angie disimuló una sonrisa, intentando parecer enfadada.
-Si crees que insinuando que soy una mujer tipo Mary Poppins vas a conseguir que corra a tus brazos... ¡Yo no me parezco nada a Mary Poppins!
-Es cuestión de actitud -Nicola volvía a tener aquella mirada en sus ojos que prometía el éxtasis-. A mí me excita mucho, de verdad. Son mujeres educadas y un poco mandonas, pero en cuanto se cierra la puerta tras ellas, se transforman en unas verdaderas diosas del sexo.
Angie no pudo continuar disimulando su sonrisa.
-Diosas del sexo. Me gusta eso.
-Sí -dijo Nicola-. A mí también me gusta. Ven aquí -volvió a decir, en aquella ocasión ya más serio.
Angie adoraba que no pareciera saciarse nunca de ella. Pero no pudo resistir la tentación de bromear.
-El amanecer está siendo precioso. ¿No quieres venir a verlo conmigo?
-En cuanto salga el sol, tendrás que volver a tu habitación. Si no vienes aquí ahora mismo, no podremos volver a hacer el amor hasta mañana por la noche.
«Mañana por la noche», se repitió Angie mentalmente. Habían estado hablando de hacer el amor durante toda la noche, pero aquella era la primera vez que Nicola hacía alguna mención al futuro. Por supuesto, no era un verdadero plan de futuro, pero quizá pudiera considerarse un principio.
Algo debió de notarse en su cara, porque Nicola se retractó inmediatamente.
-Mañana por la noche. Bueno, lo he dado por sentado, lo siento. Tendré que volver a plantearlo en forma de pregunta.
-Angie, ¿querrías...?
-¿A qué hora tengo que ir a tu habitación? -lo interrumpió ella. Estaba deseando que llegara ya la noche siguiente.
Los ojos de Nicola volvieron a iluminarse.
-¿Qué probabilidades hay de que Adriano y Ariana se vayan a la cama después de la cena?
-A las once y media -decidió Angie, ignorando su broma-. Estaré allí a las once y media, después de que Ariana se haya ido a la cama.
Segundos después, Nicola estaba a su lado para llevarla en brazos a la cama.
El amanecer fue tan maravilloso como Angie había previsto, aunque ninguno de ellos lo observó.
Adriano y Ariana alzaron la mirada cuando Nicola entró en la cocina.
-Pensaba que estabas en el trabajo -dijo Adriano.
-Sí -afirmó Ariana-. Yo creía que te habías marchado hacía horas.
-No -contestó Nicola. Cada una de las células de su cuerpo era consciente de Angie, que permanecía de espaldas a él, preparando unos sándwiches-. Yo... bueno, me he dormido esta mañana.
-Qué raro -dijo Adriano-. Angie también.
Angie se volvió y algo se movió en el interior de Nicola al ver su sonrisa. Era extraño. Tenía exactamente el mismo aspecto de todas las mañanas. El pelo recogido en una cola de caballo, los vaqueros y una sudadera. Pero a Nicola ya no le costaba ningún trabajo imaginársela desnuda. Recordaba perfectamente cómo era.
-Buenas tardes -bromeó Angie-. ¿Quieres que te prepare un sándwich? -le preguntó. Se había sonrojado suavemente, como si pudiera leerle el pensamiento.
Aleli los miraba alternativamente, como si sospechara que algo había ocurrido.
-¿Dónde está Cathy? -preguntó Nicola, intentando no perder la compostura. El ama de llaves era la que normalmente le preparaba el almuerzo.
Adriano soltó una carcajada y estuvo a punto de caerse de la silla.
-Aterriza, Nicola -le dijo Ariana-. Hoy es sábado. ¿Por qué si no íbamos a estar en casa a estas horas en vez de estar en el colegio?
-Claro -musitó Nicola. El colegio no empezaba hasta el lunes, pensó. El lunes Adriano y Ariana estarían fuera de casa hasta media tarde. Y podría darle el día libre a Cathy y... Miró a Angie.
Ella sabía exactamente lo que estaba pensando. Su rubor se había intensificado y se había vuelto para llevar los sándwiches a la mesa.
Nicola se aclaró la garganta.
-Bueno, ¿entonces qué planes tenéis para hoy?
-Iremos a hacer unas compras de Navidad a las galerías -le explicó Angie-. Volveremos a casa cerca de las cuatro.
-¿Les importaria que vaya con ustedes? -lo había preguntado antes de ser consciente de lo que estaba haciendo. Nicola no era capaz de recordar la última vez que había ido de compras voluntariamente. Pero no se le ocurría otra cosa que hacer durante el día, teniendo en cuenta que Angie iba a estar en las galerías.
Nicola tomó la mano de Angie mientras conducía de regreso a casa.
Los niños iban sentados en el asiento trasero, con los cinturones de seguridad puestos. Era imposible que ninguno de ellos pudiera ver sus manos entrelazadas. Tampoco podían saber que Nicola estaba trazando círculos en la palma de la mano de Angie con el pulgar.
Ni habían sido conscientes de que, durante sus compras, Nicola se había separado de sus hijos para poder besarla en tres ocasiones diferentes. Y cada vez que había tenido una oportunidad, la había acariciado.
Angie se sentía casi mareada. Jamás en su vida había estado tan enamorada.
Le estrechó la mano ligeramente y deseó que Nicola estuviera suficientemente distraído para no advertir que el coche de su guardaespaldas los estaba siguiendo.
Angie sabía que debería decírselo, contarle también quién era ella y qué estaba haciendo en Perú.
Pero le gustaba saber, sin ningún tipo de dudas, que Nicola la deseaba por ser ella quien era, y no por lo que era. Adoraba ser solo una mujer ante sus ojos, ser Angie Gutierrez. Durante el resto de su vida había sido la princesa Rocio. Así que podría esperar un poco más hasta que llegara el momento de decirle la verdad.
Nicola le soltó la mano y condujo el coche hacia el garaje. Una vez dentro, la miró con ojos chispeantes, como si estuviera diciéndole en silencio lo mucho que deseaba besarla.
Angie asintió en silencio. Lo sabía. Porque ella sentía exactamente lo mismo. Dios santo, era increíblemente intenso el amor que sentía hacia él. Porque, que el cielo la ayudara, era amor lo que sentía.
Se había enamorado irremediablemente de Nicola Porcella.
Salió del coche y les indicó a los niños que subieran las bolsas con las compras a sus respectivas habitaciones. Inmediatamente añadió:
-Ariana, Adriano, hay algo de lo que me gustaría hablar con vuestro padre y creo que este podría ser un buen momento para hacerlo -se volvió brevemente hacia Nicola-. ¿Qué te parece si nos vemos en tu despacho dentro de quince minutos?
La sonrisa que Nicola le dirigió era una pura provocación.
Angie llegó al despacho de Ni ola menos de diez minutos después. Pero, con idéntica educación a la de siempre, llamó a la puerta antes de entrar.
Nicola le abrió la puerta del despacho.
-Tenemos que decírselo a los niños.
-¿Decirles qué?
Dios santo. Nicola casi retrocedió de un salto ante la sorpresa. No era Angie, era su madre la que había llamado.
Johana Porcella entró en el despacho seguida de cerca por Proscila Howarts.
Priscila le acarició el rostro al pasar.
-Querido -murmuró-. ¿Por qué no me has llamado?
-Mamá, ¿a qué debo el honor de este ataque sorpresa?
-¿No has tenido un día entretenido hoy? -preguntó ella y con una expresión extrañamente seria, se sentó frente al escritorio de su hijo, abrió su maletín y sacó unos papeles que dejó sobre la superficie de madera.
Y Nicola comenzó a sudar.
Aquel escritorio había sido el escenario de la mejor experiencia sexual de toda su vida. No podía mirarlo sin pensar en Angie, sin recordar lo que habían hecho allí. No le costaba demasiado imaginársela desnuda, invitándolo a hundirse en ella con la más provocativa de las sonrisas.
-Quizá sea mejor que vayamos al sofá -sugirió-. Es un poco más cómodo.
Cómodo. Oh, Dios. Nicola empezó a reír. Y su madre lo miró como si se hubiera vuelto loco.
-Aquí estoy bien. Y tengo más espacio para extender mis papeles.
Priscila se apoyó en el borde del escritorio y a Nocla le entraron ganas de decirle que se apartara. La única mujer que tenía derecho a sentarse allí era Angie Gutierrez. Pero, afortunadamente, fue capaz de mantener la boca cerrada.
-Hemos venido para convencerte de que hagas una contribución al baile benéfico del día de San Valentín -le explicó Priscila.
Angie llamó a la puerta. Tenía que ser Angie. Gaston caminó hacia la puerta, pero se detuvo bruscamente. ¿Qué ocurriría si al abrir, Angie se abrazara a él y lo besara? Si iban a hacer pública su aventura, quería que sus hijos fueran los primeros en enterarse. No su madre.
-Entra, únete a la fiesta.
La puerta se abrió y Angie asomó la cabeza, evidentemente consciente de que sus palabras habían sido una forma de advertencia.
-Oh -empezó a decir al ver a la madre de Nicola y a Priscila-, no sabía que estabas ocupado.
Si su madre no hubiera estado allí, Nicola la habría besado en ese mismo instante. Porque Angie lo miraba con tanta pasión como él a ella. Nicola se apartó, temiendo que su madre lo notara.
-Mi madre y Priscila han venido para convencerme de que gaste mucho dinero -le explicó Nicola a Angie brevemente, intentando no parecer un hombre que acababa de tener una tórrida aventura con la niñera de sus hijos-. Y pienso hacerlo, así que, mamá, puedes ahorrarte la parte en la que pasas cuarenta y cinco minutos intentando convencerme de que vale la pena. Puedes irte a casa y así yo -miró a Angie, intentando desesperadamente no comérsela viva con los ojos-, podré hacer algo más interesante con mi tiempo.
-Volveré más tarde -le dijo Angie-. ¿Dentro de una hora quizá?
En una hora él ya habría muerto de ganas de besarla.
-Veinte minutos,
-No dejes que se vaya -le ordenó Johana-. Nicola, todavía no me has presentado a tu niñera. Ven aquí, jovencita. Tú eres la nueva niñera, ¿verdad?
Angie avanzó al interior de la habitación.
-Sí, señora.
Nicola hizo entonces las presentaciones,
-Angie Gutierrez, mi madre, Johana Porcella y su amiga, Priscila Howarts.
Angie le sonrió. Había comprendido perfectamente lo que pretendía con aquella presentación.
-Acércate -le pidió Johana-, no seas tímida.
-No lo soy -se disculpó Angie-, pero tengo que ir a preparar la cena de esta noche y solo quería pasar un momento para...
-Oh, sí -Johana la examinó con atención-. Tú estabas en la ceremonia del premio que le dieron a Raffael Cardozo -miró a su hijo-. Todavía no has sabido nada de él, ¿verdad?
-Pues sí, sí que he tenido noticias suyas.
-¿Has tenido noticias suyas? -saltó Angie sin pensar.
-Me llamó para decirme que estaba vivo -las informó Nicola.
-¿Y dónde está? -Angie se aclaró la garganta, consciente de que estaba mostrando excesiva curiosidad-. ¿Te ha dicho...?
-No me dijo nada en específico -replicó Nicola-. Me dijo que no pensaba regresar a Perú hasta después de Año Nuevo.
-Completamente irresponsable -le reprochó su madre.
-Creo que está enamorado -le explicó Nicola. -Raffael parecía casi borracho, casi... Un momento. Casi como se estaba sintiendo Nicola. ¿Pero era posible? No, claro que no. Él no estaba enamorado. Descartó inmediatamente aquella absurda idea. Aquel no era el momento más adecuado para psicoanalizarse.
-Si Raffael está enamorado, no podemos esperarlo hasta mediados de enero -comentó su madre-. El amor no suele atender demasiado al calendario -se volvió hacia Angie-. Yo también estuve en la entrega de premios, pero Nicola te alejó de allí a toda velocidad, antes de que tuviera oportunidad de conocerte.
-Lo siento -dijo Angie, educadamente-. La culpa fue completamente mía. Lo niños tenían que ir al colegio al día siguiente y no quería quedarme hasta muy tarde. Ahora, si me perdona, ha sido un placer conocerla, pero...
-Me resultas familiar -Johana no tenía intención de dejar que se marchara-. ¿No nos habremos visto antes? En Otra ciudad, quizá.
-No lo creo.
-Es posible que haya trabajado para alguien que conoces -sugirió Priscila con toda intención.
Angie miró a Nicola de reojo, con expresión divertida.
-Mañana tengo una pequeña reunión en casa -comentó entonces Johana-. Algo improvisado, un bufé. Me gustaría que vinieras con Ariana y con Adriano, Gaston. Por supuesto, también puede venir Angie para encargarse de ellos.
-No estoy seguro de que podamos...-empezó a decir Nicola.
-Hace mucho que no veo a los niños -Johana miró a Angie-. Si Nicola está tan ocupado, ¿no te importaría llevarlos tú?
-Claro que no. Lo haré encantada.
-A las cinco en punto.
Nicola suspiró.
-Allí estaremos -no iba a dejar que Angie se metiera sola en la guarida del dragón.
Angie se volvió hacia él.
-¿Puedo hablar un momento contigo? -le preguntó, fijando la mirada en su boca durante una fracción de segundo.
-Claro -Nicola se volvió hacia su madre y hacia Priscila-. Perdonadme un minuto.
Salió al pasillo con Angie, cerró la puerta tras él y al instante encontró a Angie en sus brazos, llenando sus manos de la suavidad de sus senos, sintiéndola presionar sus caderas contra las suyas. Pero el abrazo duró demasiado poco.
-A las once y media -dijo ella sonriente-. Podrías preparar el jacuzzi que vi ayer en tu habitación.
-Oh, claro.
Angie dio media vuelta y comenzó a marcharse, pero Nicola la llamó.
-Angie.
La joven se volvió.
-¿Qué es lo que nos está pasando? ¿Alguna vez en toda tu vida...?
Angie sacudió la cabeza.
-No, jamás me había ocurrido nada parecido.
-Es una locura .Es...
-¿Maravilloso? -terminó ella por él.
-Sí, es más que maravilloso -y él estaba completamente aterrado.
-Te veré a la hora de la cena -dijo Angie suavemente-, Y no te olvides del jacuzzi.
Nicola tomó aire y regresó al despacho, preparándose mentalmente para pasar la siguiente media hora hablando con su madre frente a la resplandeciente superficie de su escritorio.

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