Una vez listas las chicas se encontraron en la cocina para revisar que todo estuviese listo. Después, observaron bajo lupa cada detalle de la mesa. Una vez que todo estuvo conforme a sus deseos, los hombres bajaban risueños por las escaleras. Las tres bellezas los esperaron y admiraron la visión. Los tres vestidos con elegantes trajes negros amoldándose a los masculinos cuerpos. Estaban aún más atractivos, si eso podía ser posible.
- ¡Que depresión! -exclamó Angie, en un sollozo.
- ¿Por qué? -preguntó Sandra extrañada.
- Los tres hombres más guapos que he conocidos y son de mi familia -explicó la chica haciendo pucheros- ¡Es para deprimirse!
Todos rieron y se unieron para caminar juntos hasta la mesa. Renzo besó a su mujer e Israel rodeó por la cintura a Diana, en un gesto posesivo casi innato.
Ya en la mesa, las bromas no cesaron. Mario continuó con su tarea de sacar de quicio a su hermano y Angie estaba encantada de no ser el centro de las burlas. Renzo estaban radiantes de felicidad por el cuadro ante ellos. E Israel y Diana estaban pasándoselo en grande aunque a veces se sintiesen un poco fuera de lugar. Todo iba demasiado deprisa para Isra, pero las bromas de su hermano ayudaban a quitarle hierro al asunto. O mejor dicho, lo distraía haciendo que olvidase su caos de vida, al querer matarlo por no cesar de coquetear con Diana.
- ¡Uhm! Mari, esta salsa te salió deliciosa -comentó Mario, relamiéndose.
- Sí, que lo está. Pero la hizo Dianita -explicó la mujer, acaparando la salsera.
- ¡Dios! ¿Es que no hay nada que no sepas hacer? -preguntó el chico admirando a Diana- Guapa, inteligente, ingeniosa, divertida,... ¿y también sabes cocinar? ¡Por Dios, cásate conmigo!
- ¡Uhm! -contestó la joven con desinterés- De acuerdo. Pero no te extrañe si no me presento en la iglesia. Soy muy despistada.
- ¡Oh, sí! -aseguró Israel- Una vez planeamos un viaje con todos nuestros amigos. Estábamos muy ilusionados, era la primera vez que iríamos todos sin adultos. Llegó la hora de irnos y ella que no aparecía. Cuando llegué a su casa estaba hecha un ovillo bajo la almohada -dijo sin parar de reír- Me miró como si fuese un extraño y siguió durmiendo.
- No me acordaba de que era ese día -explicó Diana a la defensiva.
- No sabes en el día que vives. Después de eso le compré una agenda -comentó risueño.
- Es la única vez que he llegado tarde en mi vida -replicó Diana irritada- Siempre soy la primera en llegar a las citas.
- Eso es cierto. Cuando te acuerdas de que has quedado siempre llegas una hora antes -se burló Israel sin compasión- Y es una tontería porque no tienes paciencia para esperar y antes de que sea la hora ya estás llamando a todos para preguntar por qué tardan tanto.
Como en eso tenía razón no replicó. Pero con toda la seriedad que le fue posible le volvió la cara y se hizo la indignada. Todos rieron y continuaron las bromas hasta el postre, en el que Renzo y Sandra avisaron que tras la cena irían a visitar a unos amigos que hacían una fiesta cerca. Dieron por hecho que Israel y Diana acompañarían a Mario y Angie. Así que estos aceptaron la idea. Tras la cena, tomaron una copa y repartieron los regalos. Diana sorprendió a Israel repartiendo regalos para todos, en nombre de los dos. El resto hizo lo mismo. A Israel se le formó un nudo en la garganta con cada detalle. No esperaba emocionarse tanto, pero ese momento fue realmente hogareño. Parecían realmente una familia ¡Su familia! Hizo un gran esfuerzo por reprimir las lágrimas.
- Compré los regalos la mañana que fui de compras con las chicas -explicó Diana en un susurro, al ver la cara de asombro de Israel.
- ¡Gracias! -exclamó el joven con una enorme sonrisa- No esperaba nada de esto -comentó, señalando a los múltiples objetos en su regazo.
- Marisol ya tenía tu regalo y a Angie le ayudé yo a elegirlo. Lo que me ha sorprendido es que Mario se haya acordado. Supongo que Angie la habrá avisado de que yo le compré uno en nombre de los dos -especuló la chica.
- Es todo perfecto. Pero me falta un regalo.
Ninguno de los dos había entregado al otro su regalo. Diana sonrió y miró al resto con una sonrisa tierna.
- Muchas gracias por todo, nos han encantado vuestros regalos. Pero voy a secuestraros un segundito a Isra para entregarle el suyo -comunicó Diana levantándose.
- No será nada obsceno ¿no? Porque si lo es, ¡quiero verlo! -bromeó Mario, mientras jugaba como un niño pequeño con el regalo que ella le había hecho.
- Sigue matando marcianitos -ordenó Diana despeinándolo como a un crío desobediente- Después bajamos y vamos a la fiesta.
Subieron las escaleras hasta el cuarto, escuchando tras ellos la réplica malhumorada de Mario.
- ¡Son ninjas, no marcianos!
Diana sonrió y abrazó al risueño Israel, que la miraba con adoración. Al llegar a la habitación Diana fue hasta su maleta y sacó una caja, que ocupaba gran parte de esta. La dejó sobre la cama y lo instó para que la abriese. Israel la miró algo inseguro y se paró frente al regalo. Abrió lentamente la caja y vio dos pequeños papeles en el centro. Pero los reconoció enseguida. Su cara se transformó en pura felicidad. Tuvo que contenerse para no dar saltos de alegría.
- Son entradas... son... son entradas para... ¡Dios! -grito Israel emocionado.
Corrió hacia Diana, la cogió por la cintura y comenzó a darle vueltas sin cesar en el aire.
- ¿Cómo demonios las has conseguido? Llevo más de tres meses detrás de una y no hay manera. Y eso que dije que pagaría lo que fuese necesario -explicó Israel admirando los boletos- Aún queda meses para el partido y desde el primer día que salieron a la venta no había manera de conseguir asientos ¡Y estos son increíbles!
- En la caja hay algo más -dijo Diana sin más.
Aún emocionado y concentrado en las entradas, miró la caja sin atención. El fondo estaba cubierto por una tela con los colores de su equipo. La cogió y pudo ver que era una camiseta. Le dio la vuelta para comprobar que era la de su jugador favorito ¡Y estaba firmada!
- ¿Cómo demonios la has conseguido? -preguntó Israel atónito.
- Haces mucho esa pregunta -observó la chica risueña.
- ¿Le llevaste una camiseta para que te la firmase? ¿Cómo...? -balbuceó excitado.
- En realidad, no. No he comprado esa camiseta. Fui a verlo para que me diese esas entradas y me regaló su camiseta. Y ya que estaba allí, me la firmó -explicó sin darle mayor importancia.
Israel la miraba sin parpadear y con la boca abierta. Diana soltó una carcajada por la expresión de su cara y le acarició suavemente la mejilla.
- Ya te dije que conozco a mucha gente -le recordó la chica pacientemente.
- ¿Co... conoces a...? ¡Lo conoces! -exclamó Israel, intentando asimilarlo.
- Su representante quería algo de mí y no suelo ser de las que dejan las deudas sin cobrar -explicó Diana con una sonrisa- Por cierto, es probable que tu adorado ídolo vaya a la fiesta de Año Nuevo.
Cada vez le parecía más surrealista. Había visto a varios famosos en el local las veces que había ido. Y sabía que los hombres y mujeres más ricos de la ciudad consideraban ese local de los pocos dignos de ser visitados. Pero saber que el único hombre al que había admirado en su vida estaría allí... Simplemente, no podía creerlo.
Apretó contra él la camiseta y las entradas, asegurándose de que eran reales. Miró a Diana con tanto cariño que creyó que podría leer en sus ojos cuanto la amaba. Ella lo conocía bien. Sabía exactamente lo que le gustaba y cuanto significaba para él aquellos regalos. Y por mucho que fingiese que no le había costado nada conseguirlos, sabía que nada es gratis en la vida y menos algo tan valioso.
Caminó hacía ella y la agarró por la cintura con una mano, apretándola contra él. Hizo a un lado los regalos y colocó su mano en la delicada y suave nuca, bajo los tirabuzones negros.
- ¡Gracias! -susurró Israel sobre sus labios.
La ciñó más a su cuerpo y hundió el rostro en su cuello. Aspiró su aroma hasta emborracharse con él. La habitación estaba en silencio. Solo el sonido de sus respiraciones y la velocidad de sus pulsos, se distinguían entre tantas emociones. Ambos nerviosos balbuceaban intentando pensar en algo que decir. Abrir la boca para luego cerrarla sin nada que saliese de ella, fue lo único que hicieron durante unos minutos. Al fin, Israel se separó de Diana, con una sonrisa.
- Ahora me toca a mí darte mi regalo -comentó Israel buscando en su maleta.
Le entregó un paquete muy delgado y rectangular. Le pareció un libro muy fino, al abrirlo vio que así era. Una lágrima rodó por su cara al reconocerlo y se abrazó a él.
- ¡La Cenicienta! -balbuceó Diana entre sollozos.
- En cuanto lo vi, me acordé de ti -explicó él con un sonrisa mientras la abrazaba con fuerza.
Durante unos meses cuando era pequeña había estado viviendo con unos tíos. Para ella solo habían sido unas vacaciones, al principio. Con los días al ver que sus padres no aparecían ni llamaban para preguntar por ella empezó a preocuparse. Su tía para que no estuviese triste le dio algo de dinero para que se comprase lo que quisiese y ella eligió ese libro y lo leyó una y otra vez, cada noche que pasó en ese lugar. Con los años se había enterado de que había sido una de las pataletas de su madre, que para castigar a su marido le había quitado a la niña y huido a casa de sus padres. Como el abuelo de Diana no quería que esta fuese testigo de los berrinches que hacía su madre, la mandaron con su tía hasta que todo se solucionó.
No había tenido señales de ninguno de los dos, pero si de Israel. Aún recordaba la felicidad con la que le contó que tenía su propio cuento, comprado por ella. Se había sentido como una niña mayor al entrar en la tienda y elegir lo que deseaba comprar. Era un cuento de hadas y ella nunca había creído en ellos, pero ese en particular la enternecía.
- Siempre has sido una cenicienta, preocupándote por los demás y dando más de lo que nos merecemos -comentó Israel, acariciándole la mejilla.
Diana estaba absorta en cada página del libro. Cada palabra le hacía sonreír. Miraba las ilustraciones, recordando las miles de veces que había visto unas parecidas. Al llegar a la última, se quedó inmóvil. Bajo la imagen del príncipe y Cenicienta el día de su boda, con los impecables trajes de fiesta, había un post-it pegado.
"Nunca me alejaré de tí", decía la nota, con la clara letra de Isarel.
Los ojos de Diana se llenaron de lágrimas de nuevo y miró a Israel. Tragó el nudo de emociones e intentó hablar. Pero un sollozo salió de su garganta en vez de palabras. Israel la abrazó y consoló hasta que sus sollozos descendieron un poco. Después se apartó un poco y la sonrió, inundándola de paz.
- Solo es un detalle -dijo Israel, en su defensa- El regalo de verdad es este -explicó mientras se sacaba una fina caja del bolsillo.
- El cuento es el mejor regalo que me han hecho nunca -afirmó la chica sollozando de nuevo. Apretando el cuento contra su pecho.
- Ya te lo había regalado antes, así que no vale -bromeó Israel. Y le extendió el fino estuche- ¡Ábrelo!
Abrió la cajita lentamente y encontró una preciosa pulsera de oro blanco con seis figuritas colgando de ella. Parpadeó sorprendida por el detalle y miró a Israel. Este sonrió y cogió la pulsera y comenzó a ponérsela.
- Son amuletos -explicó Israel suavemente y cogió entre sus dedos el primero- El angelito lo elegí porque eres mi ángel de la guarda, siempre estas cuando te necesito. La estrella simboliza para mi el cielo, donde sueles perderte cada dos por tres -bromeó consiguiendo que ella dejase de llorar y soltase una carcajada- El símbolo de la música, no es solo porque te encante, sino porque eres muy creativa e ingeniosa. El libro abierto es porque eres una "sabelotodo" -explicó burlón y le beso la punta de la nariz- No, es porque además de ser muy inteligente, eres como un libro abierto. Eres muy clara, pero hay que haber leído mucho para entenderte. La mariposa, la elegí simplemente porque sé que te encantan. Y el corazón... -suspiró pesadamente- Quedaría genial que dijese que es porque tienes el corazón más grande que he visto nunca, pero no simboliza tu corazón -se interrumpió de nuevo para suspirar, tomando fuerzas- ¡Es el mío! Elegí el corazón porque siempre has tenido el mío en tus manos y ahora podrás tenerlo físicamente. Sabes que eres la persona más importante en mi vida. Eres lo único constante en mi vida. Cuando pensé que nunca conocería a mi padre y que mi madre era la peor persona del mundo, solo tú eras un bálsamo para mis heridas. Mi corazón tiene un enorme hueco reservado para ti y siempre estarás en él.
Diana apretó con fuerza su muñeca tapando la preciada pulsera y la acurrucó contra su pecho. No pudo evitar un gemido casi desgarrado, de emoción. Se echó en los brazos de Israel, rodeándole el cuello con sus brazos, y lloró sin cesar. Era lo más bonito que le habían dicho nunca y lo más maravilloso de todo es que sabía que lo decía de verdad. Él seguía queriéndola como antes. Daba igual que no la amase ¡Ella era especial para él! Y eso le bastaba

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