sábado, 5 de julio de 2014

"Una Princesa En Casa" capítulo 20

                    






Alguien estaba llorando. Angiesalió al pasillo y escuchó atentamente, preguntándose si sería solo el viento, o si habría imaginado aquellos lamentos. Pero no, allí estaba otra vez.

Adriano y Ariana estaban en el colegio. Los había dejado allí hacía unas horas y había vuelto a casa, albergando la esperanza de que Nicola estuviera allí.

Pero Nicola se había ido a la oficina a primera hora de la mañana.

Estaba al mismo tiempo nerviosa y ansiosa por verlo, asustada y contenta. El último beso de la noche anterior había sido espectacular. La insistencia de Nicola en que fueran lentamente la preocupaba y al mismo tiempo le hacía albergar imposibles esperanzas, dependiendo del humor en el que se encontrara.

Se había pasado toda la noche intentando aclarar sus ideas. ¿Qué era lo que esperaba de una aventura con Nicola Porcella? ¿Darse una oportunidad? ¿Comprobar si realmente podía haber algo entre ellos? Sería muy arriesgado, porque ya se había enamorado de él. Y Nicola siempre la compararía con Andrea.

Porque si había algo de lo que Angie estaba convencida, era de que Nicola había estado verdaderamente enamorado de Andrea. Y, probablemente, todavía la amaba.
Volvió a oírlo. Era el llanto de un corazón herido.

Tina había ido a comprar. Spike estaba en el piso de abajo, en la cocina. Se suponía que Angie era la única que estaba en la casa.
Además de los espíritus del pasado...

Se le pusieron los pelos de punta mientras continuaba escuchando. No, definitivamente, no se lo había imaginado. Alguien estaba llorando. Siguiendo aquel sonido, llegó hasta la habitación de Ariana. La puerta estaba cerrada, algo extraño, puesto que Ariana la dejaba siempre abierta cuando se iba al colegio.

Se acercó a la puerta. Sí, el llanto procedía de allí.

Llamó a la puerta y el llanto cesó. Volvió a llamar. A los pocos segundos, alguien la abrió.
Era Ariana. Con expresión sombría y los ojos hinchados. Angie la miró asombrada.

-¿Cómo has venido a casa?
-Andando -la niña dio media vuelta y se dirigió a su cama.
-Pero...
-No soporto el colegio, así que me he marchado, ¿de acuerdo?
-Bueno -dijo Angie, entrando en la habitación-, pues la verdad es que no. No puedo estar de acuerdo en que te hayas ido del colegio por...
-Elizabeth Pinedo me ha dado un empujón y me he caído. Ella ha dicho que ha sido un accidente, pero no es cierto, sé que lo ha hecho a propósito. Al caerme, se me han roto los pantalones. Así que me he quedado prácticamente con el trasero al descubierto delante de veintidós niños -cerró los ojos angustiada-. Delante de Leon, Dios mío, ¿por qué tenía que estar él allí?
-Oh, cariño -los pantalones de Ariana, un par de pantalones de campana, estaban en el suelo. 

Angie los recogió. La raja tenía más de quince centímetros. Ariana no estaba exagerando.

-Quería morirme -dijo Ariana con los ojos llenos de lágrimas-. Angie, quería morirme.
-Cariño -Angie se sentó a su lado y la abrazó-, ¿por qué no me has llamado?
-La señora Garcia me ha llevado a la enfermería para que te llamara y te pidiera unos pantalones nuevos. Y Leon me ha dejado una camisa para que me la atara alrededor de la cintura, debe de habérselo mandado ella. Yo sabía que no estarías en casa porque acababas de dejarnos en el colegio, pero no podía quedarme esperando en la enfermería. No podía. Ya sé que no quieres que me vaya nunca del colegio sin avisarte antes, pero no podía quedarme allí.
-No pasa nada -murmuró Angie-, parece que esto ha sido una emergencia.
-No podré volver -sollozó Ariana-. ¡Ni hoy ni nunca!
-Puedes tomarte el día libre -le prometió Angie-. Y dentro de poco llega el fin de semana. Para el lunes ya nadie se acordará de lo ocurrido.
-Leon nunca lo olvidará. Ni Elizabeth. Dios mío, cuánto me gustaría darle un buen bofetón. Quería, quería... matarla -miró a Angie espantada-. Angie, ¿qué pasará si soy genéticamente mala? Mis antepasados son todos asesinos y ladrones.
-¿Asesinos?
-Probablemente papá te habrá contado la versión más amable de la familia. La de los ladrones de ganado. Pero eso solo es parte de la verdad. Ford Porcella era un pistolero a sueldo. Y su padre mató por lo menos a dos ferroviarios al asaltar un tren. De esos dos tenemos noticias, pero es posible que matara a muchos más. ¿Qué ocurrirá si yo he heredado eso de ellos y un buen día, cuando alguien como Elizabeth me empuje, estallo?

Angie acarició suavemente el pelo de la niña. La pregunta era completamente absurda, pero la contestó muy seriamente, intentando no sonreír.

-Tú no tienes ningún problema genético. Al contrario, tu padre y tu madre...
-Mi madre. Genial. Intenta animarme sacándola a relucir -se apartó y le preguntó a Angie-. ¿Te importaría dejarme sola un rato?

Regañándose a sí misma por haber sacado aquel tema, Angie miró a la niña, deseando poder hacer desaparecer con un abrazo los recuerdos de aquella mañana terrible.

-Llamaré al colegio para decir que estás en casa.
Ariana no la miró.
-Quizá podamos comer juntas -sugirió Angie-, para planificar la comida de mañana.
-¿La comida de mañana?
-Es el día de Acción de Gracias -le recordó Angie.
-Sí -dijo Ariana, elevando los ojos al cielo-. El día de Acción de Gracias. Genial.


Nicola tenía un montón de cosas que agradecer aquel año. Adriano había regresado ya del planeta canino y sus encuentros musicales con Ariana estaban siendo un éxito. Aunque todavía no habían llegado a un punto en el que pudieran hablar con fluidez, habían sido capaces de estar en la misma habitación sin que estallara la Tercera Guerra Mundial. Aquella mañana habían dado un recital para Angie y para Adriano y al terminar, Ariana le había sonreído. El día entero, hasta ese momento al menos, había transcurrido sin un solo grito. Su relación estaba todavía lejos de ser perfecta, pero gracias a Angie, las cosas parecían ir mejor.

Gracias a Angie.

Nicola no pudo menos que sonreír al observar, a través de la ventana de la cocina, a su hija enseñando a Angie a montar en monopatín. A Angie parecía estar dándosela muy bien. Tenía un gran sentido del equilibrio y no tenía miedo ala velocidad.

Al contrario que él. A Nicola lo aterrorizaba ir demasiado rápido. Había estado evitando a Angie desde el martes por la noche. Mejor dicho, desde que Angie lo había besado y había puesto toda su vida del revés. Había cancelado intencionadamente la reunión de la noche anterior. De hecho, había procurado pasar fuera de casa la mayor parte del día.

Sabía que Angie estaba confundida. Y, diablos, tenía derecho a estarlo después del beso que habían compartido.

Pero Nicola había estado pensando en lo ocurrido y había llegado a la deprimente conclusión de que no podía involucrarse con ella. No podía empezar algo sabiendo que terminaría haciéndole daño. Le gustaba demasiado. Le gustaba todo de Angie: su lealtad, su honestidad, su integridad, su sonrisa, su cuerpo...

La vio pasar patinando por debajo de su ventana, con los brazos abiertos y la camiseta pegada a su cuerpo. Cerró los ojos. Era mejor que no siguiera por allí.

Angie se merecía mucho más que un hombre cansado y cínico. Y temía hablar con ella sobre lo ocurrido. Tenía miedo de que Angie pudiera ofrecerle una aventura libre de todo compromiso con la esperanza de que algún día cambiara de opinión. Porque él sabía que eso nunca iba a suceder.
Aunque tuviera una aventura con una mujer, continuaría siendo un hombre viejo y cínico. Alguien sin esperanza. Una persona que no esperaba nada más que una noche de placer y un cuerpo para calentar su cama.Y, definitivamente, no iba a pedirle algo así a Angie. El problema era que no era capaz de dejar de pensar en ella.

Angie saltó del monopatín, todavía riendo, y miró hacia arriba. Se quedó paralizada al verlo observándola desde la ventana. La sonrisa desapareció de su rostro. Y Nicola comprendió que ya la había herido, que ya había frustrado sus expectativas al pasar fuera de casa todo el día anterior. No había ninguna duda. Tenía que hablar con ella cuanto antes. Tenía que ser sincero y decirle que no tenían ninguna oportunidad.
Angie levantó la mano, a modo de saludo, y, de alguna manera, consiguió sonreír. Era una sonrisa triste, sin embargo, y Nicola comprendió que la joven ya sabía cuál era la decisión que había tomado; al fin y al cabo, había sido suficientemente explícito a lo largo del día con su actitud. Tenía que hablar con ella cuanto antes. Disculparse inmediatamente.

Adriano estaba enfrascado en una profunda discusión con Spike, así que Nicola salió de la cocina y salió al jardín, donde Angie estaba observando las demostraciones de equilibrio de Ariana.

-Es muy buena, ¿sabes? -le dijo al verlo aparecer. Pero no apartaba la mirada de Ariana.
-Sí -se mostró de acuerdo Nicola-. A ti tampoco se te da nada mal.

Angie estaba tensa, era evidente, pero aun así, se echó a reír.

-Yo montada en un monopatín. Ni yo misma me lo creo.
-No es tu método de transporte preferido, ¿eh?
-La verdad es que tengo que reconocer que es tremendamente divertido -le dijo-. Deberías intentarlo tú.
-Ya lo he hecho. ¿O quién si no crees que le enseñó a montar a Ariana?
-¿De verdad? -se volvió hacia él, con una sonrisa completamente sincera y los ojos chispeantes de interés y diversión.

Nicola se vio obligado a apartar la mirada. Una sonrisa como aquella podía acabar con toda su determinación. Se aclaró la garganta.

-¿Te importaría...? ¿Te importaría que habláramos un rato?
-¿Ahora? -preguntó Angie sorprendida.
-Sí -elevó la voz-. Eh, Ariana, ¿te importaría prestarme a Angie durante unos minutos?-Ariana se paró en seco.
-¿Ha ocurrido algo malo? ¿Ha habido algún problema?
-No.
Ariana se encogió de hombros, mirándolo con curiosidad.
-No, no me importa.
-Encárgate de decirle a Adriano dónde estamos -le pidió Angie a la niña-. No tardaremos.
-Tómate todo el tiempo que quieras.
-Vamos -le dijo Nicola a Angie-. Te enseñaré dónde está enterrado Ford -se interrumpió y le tomó la mano.

Angie lo siguió, pero en cuanto cruzaron la puerta del jardín y estuvieron fuera del alcance de la vista de los niños, se detuvo.

-No tenemos por qué andarnos con rodeos, Nicola. ¿Cuál es el problema en realidad?
-He estado escondiéndome de ti -le confesó él- Y quería disculparme.
-Dios mío -Angie se echó a reír, pero con su risa parecía querer disimular su temblor-. Así que lo que ahora toca es disculparse. Bueno, en ese caso, yo también lo siento. Fui demasiado lejos la otra noche, la culpa de todo lo ocurrido es completamente mía.
-No -replicó él-. No lo es. Yo también estaba allí, ¿recuerdas?
-Exacto. Bueno, si era eso, entonces... -intentó dar media vuelta, pero Nicola la tomó del brazo. E inmediatamente la soltó-. Angie, mira, el problema es que creo que sería demasiado complicado. He pensado que para ambos es mejor que sigamos...
-Como amigos -terminó por él con una sonrisa radiante-, lo comprendo.
-Tú trabajas para mí y...
-Sí, lo comprendo perfectamente.
-Lo siento.

Angie lo miró a los ojos y asintió.

-Acepto tu disculpa. Gracias por haber venido a hablar conmigo y no haber continuado escondiéndote.

Era la primera vez que a Nicola le daban las gracias por poner fin a una relación.

-Y además, me alegro de tenerte como amigo -añadió suavemente, brindándole el regalo de una sonrisa, a pesar de que Nicola sabía que la había herido.

Había terminado haciendo todo lo que no quería hacer. Y, Dios, a pesar de lo que había hecho, todavía deseaba besarla, tenerla en sus brazos, devorarla...Devorar su dulzura. Robar su inocencia. Destrozar sus esperanzas.
La observó marcharse sintiéndose como si acabaran de darle un puñetazo en las entrañas. Una sensación de la que sospechaba no iba a librarse fácilmente durante mucho tiempo.


Continuará...

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Feliz día de la amistad! Especialmente a Mari, a Milbi y a Ale!

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