sábado, 5 de julio de 2014

"Amigos Desconocidos" capítulo 67






Cuando Israel se levantó, a mediodía, se vistió a toda prisa para reunirse con su amada y hacer cualquier cosa para que se le pasase el enfado. Bajaba las escaleras perezosamente cuando escuchó tras él, que alguien lo seguía. Miró y esperó a que el hombre ojeroso lo acompañase en la bajada. Renzo descendía abrochándose los últimos botones de la camisa. Era evidente que también se acababa de despertar y estaba en tan mal estado como él.

- ¿Preparado para el sermón? -preguntó el hombre con una sonrisa.
- Supongo -suspiró Israel, resignado.
- Marisol ha pasado toda la mañana cuidándome, pero en cuanto me vea bien, intentará matarme –aseguró Renzo, rodeando a su hijo por los hombres, al bajar las escaleras y encaminarse hacía el salón.
- Diana es al revés. Se enfada en el momento pero después es incapaz de mostrar rencor. Aunque creo que esta vez hará una excepción -se autocompadeció el muchacho, temeroso.

Entraron en la sala, en busca de sus mujeres y no las encontraron. Solo estaba Mario hablando por su teléfono móvil. Al verlos colgó y les sonrió.

- ¿Que tal la resaca? -preguntó burlón el italiano.
- Despiadada -contestó el padre, sentándose junto a él, frotándose los párpados.
- Pues despejándoos que las chicas están furiosas. Y en cuanto os vean, empezará una guerra -informó Mario, serio, por una vez.
- Ya lo imaginamos -dijo Isra sentándose frente a ellos.
- Yo no querría estar en vuestro lugar -aseguró el joven- No tengo muy claro por qué están enojadas, pero han convencido a Angie para que las apoye -explicó Mario, haciendo que su padre resoplase.
- Tranquilo, que cuando vengan nos harán saber el porqué -afirmó Renzo, pesadamente- ¡Unas mil veces!
- ¡Sí! -suspiró Israel vencido- Solo nos queda escuchar y callar.
- Por eso yo no tengo novia -admitió Mario, risueño- No voy a dejar que me armen pleitos por unas copas de más.

El joven estuvo a punto de tragarse sus propias palabras, cuando aparecieron las mujeres por la puerta. Su sonrisa desapareció al instante.

- Supongo que ninguna mujer se enfadará contigo porque te emborraches, porque ninguna se preocupa por tu bienestar -replicó Diana, liderando el comité "en contra de los hombres", seguida por Marisol y Angie, ceñudas.
- Puede ser -admitió el muchacho.
- Ni tampoco, hay quien se ocupe de cuidarte por tu insensatez -prosiguió la chica, con las manos clavadas en su cadera.
- Velando tu sueño, muy preocupada, mientras que tú no pensabas en ella -añadió Marisol, colocando sus manos en la cadera también.
- Los hombres bebéis sin pensar en que somos nosotras las que os tenemos que aguantar después -intervino Angie, imitando el gesto defensivo.
- De acuerdo, de acuerdo -aceptó Mario, levantando las manos, en signo de rendición- Esta guerra no es mía. No quiero ser la primera baja.
- ¡Estáis exagerando! -aseguró Israel pese a la cara de advertencia que tenía su padre- Diani, tú te has emborrachado tantas veces como yo.
- ¿Cuantas me has tenido que llevar a la cama, desvestirme y quedarte a mi lado como si fuese una enferma que no sabe cuidarse de sí misma? -replicó furiosa.
- ¡Ninguna! -admitió el chico cabizbajo.
- ¡Exacto! -espetó la chica ceñuda- Estábamos preocupadas por ustedes.
- Sí, nos despertamos y no los vimos. Salimos de la cama a toda prisa -explicó Marisol angustiada por el recuerdo- No sabíamos qué les habría pasado. Y cuando Diani y yo nos encontramos en el pasillo, pensamos lo peor.
- ¡Y los encontramos juntos y borrachos! -concluyó Diana, cruzándose de brazos.

Padre e hijo se miraron, entendiendo qué era lo que podían haber sentido las mujeres. Habrían estado angustiadas pensando que se habrían ido por no enfrentar la situación o que se habían encontrado y estarían peleando. Había muchas posibilidades. Y los hombres agradecieron al cielo que esas mujeres se preocupasen por ellos. La felicidad los invadía. Pero aún la prudencia estaba presente.

- Lo sentimos mucho -aseguró Renzo acercándose a su mujer- No queríamos preocuparlas -aclaró, acariciándole la mejilla.
- Bajé para pasear un poco y aclarar las ideas -explicó Isra, caminando hacía Diana- Me encontré con Renzo y estuvimos hablando.
- Y nosotras nos alegramos de que eso pasase -aseguró la joven- Pero ¿teníais que emborracharos?
- En realidad, yo ya lo estaba cuando él llegó -intervino en su ayuda Renzo.
- ¿Y él decidió imitarte? -replicó Diana ceñuda.
- Estaba inquieto y quería relajarme un poco -explicó Israel acariciándole tiernamente la mejilla.
- Lo entiendo -suspiró la chica- Pero me angustié cuando me desperté y no estabas.
- Lo siento, cariño -dijo Israel estrechándola entre sus brazos con dulzura.

Angie se había alejado de la escena de reconciliación y observaba a las dos parejas abrazadas, desde el sofá, sentada junto a su hermano.

- Hoy he comprado sin control ¡Me he gastado una fortuna! -aseguró la chica a su hermano, ignorando al resto.
- ¿Me has comprado algo? - replicó burlón.
- Sí, tu regalo de Navidad -contestó Angie, sin importancia.
- ¿Has esperado hasta ahora para comprarlo? -protestó irritado.

Israel ignoró la nueva pelea entre sus hermanos y condujo a Dianita hasta el sofá. Se sentaron y la abrazó, acurrucándola contra su pecho. 

- ¿Y tú? ¿Me has comprado algo? -preguntó Israel con una sonrisa picarona.
- No -contestó Diana con ligereza y sin mirarlo a la cara. Segundos después añadió- Te lo compré hace semanas.

La sonrisa de Israel se ensanchó y un brillo de amor inundó sus ojos. Pero Diana estaba acurrucada entre sus brazos, escuchando a los demás, sin prestar atención al efecto que tuvo en él sus palabras. Israel también le había comprado su regalo, sus dos regalos, semanas antes. Había modificado levemente uno de ellos, pero en cuanto los había visto había pensado en ella, sabiendo que le encantaría tenerlos. 

- ¡Vamos! -exclamó Marisol sacando a todos de sus respectivas conversaciones y pensamientos- ¡Vamos a comer! 

Como una auténtica familia, todos siguieron a la matriarca hasta la mesa, entre risas. Israel dejaba ni un segundo de abrazar a Diana y Renzo hacía lo mismo con su mujer. Agarrados de la mano, la joven pareja se sentó a la mesa, frente a los hermanos de él.

- Necesito la mano para comer -le exigió la chica a Israel.
- Tienes otra -contestó él, negándose a soltarla.
- Cuñadita, si tienes problemas para comer, yo puedo dartela en la boquita -bromeó Mario, sin rastro de malicia.
- Al que le van a tener que dar de comer es a tí, después de que te rompa los brazos -aseguró Israel, fingiendo enfado.
- ¡Eso habría que verlo! -bramó su hermano.
- ¡Cuando quieras! -espetó él.
- ¡Ya ,basta chicos! -ordenó Renzo con una sonrisa- ¡Dejad de pelear!
- ¡Déjalos papá! Están recuperando los años perdidos -bromeó Angie mirando a sus hermanos con ternura. 
- Son muchas peleas de hermanos que recuperar -aseguró Mario con una sonrisa.

Israel sintió como se le encogía el corazón. "Hermanos". Tenía hermanos, al fin tenía una auténtica familia. Una familia de verdad, no una de acogida. Adoraba a su padre, Piero, pero siempre se había sentido en deuda por recibir su amor. Pero Angie y Mario no le estaban regalando su cariño y compasión, eran sus hermanos y bromeaban y lo fastidiaban como si deseasen serlo de verdad. Se sentía increíblemente cómodo en esa situación. Con sus padres, sus hermanos y su... Diani.

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