Todo en la habitación gritaba que no yo no pertenecía aquí. Las escaleras estaban en ruinas, la gente estaba apretada hombro contra hombro, y el aire era una mezcla de sudor, sangre y moho. Las voces se arremolinaban mientras gritaban números y nombres una y otra vez, los brazos se agitaban y se hacían gestos para intercambiar dinero y comunicarse a Gasés del ruido. Me sumergí entre la multitud, siguiendo de cerca a mi mejor amiga.
— ¡Guarda bien tu dinero en tu billetera, negra! —Me gritó Diana. Su amplia sonrisa brillaba aún en la penumbra.
— ¡Quédate cerca! ¡Empeorará una vez que comience! —gritó Israel por encima del ruido. Diana tomó su mano y después la mía mientras Israel nos dirigía a Gasés del mar de gente.
El balido agudo de un cuerno de toro sonó en el aire lleno de humo. El ruido me sobresaltó, haciendo que saltara, buscando el origen de estallido. Un hombre estaba parado en una silla de madera, sosteniendo un fajo de billetes en la mano, el cuerno en la otra. Él mantenía el plástico en los labios.
— ¡Bienvenidos al baño de sangre! Si estás buscando Economía 101… ¡Estás en el jodido lugar equivocado, mi amigo! Si buscas el Círculo, ¡Esto es Meca! Mi nombre es Brivio, yo hago las reglas y dirijo la pelea. Las apuestas terminan una vez que los oponentes estén en el suelo. No se permite tocar a los combatientes, no ayudarlos, no cambios de apuestas, y no entrar en el cuadrilátero. ¡Si rompen estas reglas, se les partirá la madre y serán retirados de aquí sin su dinero! ¡Eso las incluye a ustedes, señoritas! ¡Así que no utilicen sus puterías para estafar al sistema, muchachos!
Israel negó con la cabeza. — ¡Jesús, Brivio! —gritó al maestro de ceremonias sobre el ruido, claramente desaprobando la elección de palabras de su amigo.
Mi corazón latía en mi pecho. Con un suéter de cachemir color rosa y unos pendientes de perlas, me sentí como una maestra de escuela en las playas de Normandía. Le prometí a Diana que podía enfrentar todo lo que se nos pusiera enfrente, pero en la zona cero sentí la necesidad de agarrar sus delgados brazos con ambas manos. Ella no me pondría en peligro, pero estar en un sótano con cincuenta o más chicos universitarios borrachos, no estaba exactamente segura de nuestras posibilidades de salir ilesas.
Después de que Diana conociera a Israel en la clase de orientación de primer año, ella con frecuencia lo acompañaba a las luchas secretas en los sótanos diferentes de la Universidad. Cada evento se llevaba a cabo en un lugar diferente, y se mantenía en secreto hasta una hora antes de la pelea.
Debido a que yo pertenecía a un círculo un poco más tranquilo, me sorprendió saber de un mundo subterráneo; pero Israel lo sabía aún antes de haberse matriculado. Nicola, el compañero de cuarto y primo de Israel, entró en su primera pelea siete meses antes. Como estudiante de primer año, se rumoreaba que él era el competidor más letal que Brivio había visto en los tres años desde que creó El Círculo. Comenzando su segundo año, Nicola era invencible. Juntos, Nicola e Israel fácilmente pagaban el alquiler y las facturas con las ganancias.
— ¡Esta noche tenemos un nuevo retador! ¡El luchador estelar universitario Gino Assereto!
Los gritos siguieron, y la multitud se apartó como el mar rojo cuando Gino entró en la habitación. Un espacio circular fue formado, y la multitud silbó, abucheó y se burló del rival. Él saltaba, sacudía el cuello hacia atrás y adelante; su rostro severo y concentrado. La multitud se calmó y luego mis manos se alzaron a mis oídos cuando la música sonó por los grandes altavoces en el otro lado de la habitación.
— ¡Nuestro siguiente combatiente no necesita presentación, pero porque me asusta hasta la mierda, lo haré de todos modos! ¡Sacudan sus botas, chicos, y quítense sus bragas, señoritas! ¡Les presento a Nicola “perro rabioso” Porcella!
El volumen explotó cuando Nicola apareció en una puerta de la habitación. Él hizo su entrada, sin camisa, relajado y natural. Echó a andar hacia el centro del círculo, como si se estuviera presentado a otro día en el trabajo. Los músculos se extendían bajo su piel tatuada mientras él chocó sus puños contra los nudillos de Gino. Nicola se inclinó y le susurró algo al oído a Gino, y el luchador luchó por mantener su expresión severa. Gino se puso cara a cara con Nicola y lo miró directamente a los ojos. La expresión de Gino era asesina; Nicola se veía ligeramente divertido.
Los hombres tomaron unos pasos hacia atrás, y Brvio sonó el cuerno. Gino tomó una posición defensiva y atacó a Nicola. Me paré sobre la punta de mis pies cuando perdí mi línea de visión, apoyándome de lado a lado y los hombros se estrellaban contra mí, rebotándome de un lado a otro como pelota
de ping pong. La parte superior de la cabeza de Gino y Nicola se hizo visible, por lo que continúe abriéndome camino hacia adelante.
Cuando finalmente llegué al frente, Gino tomo a Nicola con sus gruesos brazos y trató de tirarlo al suelo. Cuando Gino se inclinó con el movimiento, Nicola estrelló su rodilla contra la cara de Gino. Antes de que Gino pudiera evitar el golpe, Nicola lo atacó; sus puños hicieron contacto con la cara ensangrentada de Gino una y otra vez.
Cinco dedos se hundieron en mi brazo y me eché hacia atrás.
— ¿Qué demonios estás haciendo, Negri? —dijo Israel.
— ¡No podía ver desde allí! —grité.
Me volví justo a tiempo para ver a Gino tirar un puñetazo. Nicola se giró, y por un momento pensé que había evitado otro golpe, pero hizo un círculo completo, estrellando su codo derecho en el centro de la nariz de Gino. Sangre roció mi cara y salpicó la parte superior de mi suéter. Gino cayó al suelo de cemento con un ruido sordo y en un breve instante la habitación estuvo en completo silencio.
Brivio lanzó una tela roja cuadrada sobre el cuerpo quieto de Gino y la multitud estalló. El dinero cambió de manos una vez más y las expresiones se dividían entre petulantes y frustradas.
Me empujaron un poco con el movimiento de ida y venida. Diana llamó mi nombre en algún lugar de la parte de atrás, pero yo estaba fascinada por el camino rojo de mi pecho a la cintura.
Un par de pesadas botas negras se pararon frente a mí, desviando mi atención hacia el suelo. Mis ojos viajaron hacia arriba; pantalones manchados de sangre, un par de cincelados abdominales, un desnudo y tatuado pecho empapado de sudor y, finalmente, un par de ojos cálidos color verde. Alguien me empujó por detrás y Nicola me tomó por el brazo antes de caer hacia adelante.
— ¡Hey! ¡Aléjate de ella! —gruñó Nicola, empujando a cualquiera que se me acercara. Su expresión severa se convirtió en una sonrisa al ver mi camisa, y luego secó mi cara con una toalla—. Lo siento mucho, Pajarita.
(Pajarita, es un apodo por tener el pecho manchado de sangre.)
Brivio dio unas palmaditas en la parte detrás de la cabeza de Nicola. — ¡Vamos, “perro rabioso”! ¡Tienes un poco de dinero esperando por ti!
Sus ojos no se apartaron de los míos. — Es una lástima sobre el suéter. Se ve bien en ti. —En el momento siguiente se vio envuelto por los fans, desapareciendo de la misma manera en la que había llegado.
— ¿Qué estabas pensando idiota? —me gritó Diana, tirando de mi brazo.
—Vine aquí para ver una pelea, ¿no? —Sonreí.
—Tú ni siquiera deberías estar aquí, Angir, —me regaño Israel.
—Tampoco Diana —le dije.
— ¡Ella no trata de meterse en el círculo! —Frunció el ceño.
—Vámonos.
Diana me sonrió y me limpió la cara.
—Eres un grano en el trasero, Negra. ¡Dios, te quiero! —Ella enganchó su brazo alrededor de mi cuello y nos dirigimos hasta las escaleras y hacia la noche.
Diana me siguió hasta mi habitación y luego se burló de mi compañera de cuarto, Jazmín. Inmediatamente me quité la chaqueta con sangre, arrojándola al cesto de ropa sucia.
—Asqueroso. ¿Dónde has estado? —preguntó Jaz desde su cama.
Miré a Diana, quien se encogió de hombros.
—Sangrado por la nariz. ¿Nunca has visto una de las hemorragias nasales de Amgie?
Jazmín acomodó sus gafas y sacudió la cabeza.
—Oh, lo harás. —Ella me guiñó un ojo y luego cerró la puerta detrás de ella. Menos de un minuto después, mi celular sonó. Por costumbre, Diana me enviaba un mensaje de texto después de haber dicho adiós.
Pasaré la noche con Isra, t veo mañana reina del cuadrilátero.
Miré a Jazmín, quien me veía como si mi nariz se desangraría en cualquier momento.
—Ella estaba bromeando —le dije.
Jazmín asintió con indiferencia y luego miró hacia el desorden de libros sobre su colcha.
—Creo que voy a tomar una ducha —le dije, agarrando una toalla y mi bolsa de baño.
—Alertaré a los medios de comunicación —bromeó Jazmín, manteniendo su cabeza hacia abajo
Al día siguiente, Israel y Diana se unieron a mí para el almuerzo. Tenía toda intención de sentarme sola, pero a medida que los estudiantes invadieron la cafetería, las sillas a mí alrededor estuvieron llenas por los hermanos de fraternidad de Israel o los miembros del equipo de fútbol. Algunos de ellos estuvieron en la pelea, pero ninguno mencionó mi casi espectáculo en el cuadrilátero.
—Isra—dijo una voz.
Israel asintió con la cabeza, y Diana y yo volteamos para ver a Nicola tomar asiento al final de la mesa. Fue seguido por dos voluptuosas rubias. Una de ellas se sentó en el regazo de Nicola y la otra se sentó junto él, acariciando su camisa.
—Creo que he vomitado un poco en mi boca —murmuró Diana.
La rubia en el regazo de Nicola se volvió hacia Diana.
—Te he oído, puta.
Diana tomó su rollo y lo arrojó al final de la mesa, rozando la cara de la chica. Antes de que la chica pudiera decir otra palabra, Nicola dobló sus rodillas, enviándola al suelo.
— ¡Ay! —Chilló, mirando a Nicola.
—Diana es mi amiga. Necesitas buscar otro regazo, Brunella.
— ¡Nicola! —Se quejó ella, poniéndose de pie.
Nicola volvió su atención a su plato, ignorándola.
Ella miró a su hermana y resopló, después las dos se fueron de mano en mano.
Nicola guiñó hacia Diana, como nada hubiese pasado, llevándose otro bocado a la boca. Fue entonces cuando me di cuenta de un pequeño corte en su ceja. Él intercambió miradas con Israel y luego comenzó una conversación con uno de los chicos de fútbol frente a él.
Aunque los estudiantes en la mesa habían disminuido, Diana, Israel y yo nos quedamos a hablar sobre nuestros planes de fin de semana. Nicola se levantó para irse, pero se detuvo en nuestro extremo de la mesa.
— ¿Qué? —preguntó Nicola en voz alta, llevándose la mano a su oído.
Traté de ignorarlo lo mejor posible, pero cuando miré hacia arriba, Nicola me estaba mirando.
—Ya la conoces, Nico. ¿La mejor amiga de Diana? Ella estaba con nosotros la otra noche —dijo Israel.
Nicola me sonrió en lo que supuse era su sonrisa encantadora. Él emanaba sexo y rebeldía con su pelo rubio y brazos tatuados, y yo puse mis ojos en blanco en su intento de coquetearme.
— ¿Desde cuándo tienes una mejor amiga, Dianita? —preguntó Nicola.
—Desde tercer año de secundaria —respondió ella, apretando sus labios juntos mientras sonreía en mi dirección—. ¿No recuerdas, Nico? Tú arruinaste su suéter.
Nicola sonrió.
—Arruino una gran cantidad de suéteres.
—Asqueroso —murmuré.
Nicola hizo girar la silla vacía a mi lado y se sentó, apoyando sus brazos delante de él. —Así que tú eres Pajarita, ¿eh?
—No —le espeté—. Tengo un nombre.
Parecía divertido por la manera en que contesté, lo que sólo sirvió para enfadarme más.
— ¿Y bien? ¿Cuál es? —Preguntó.
Di un mordisco por última vez a la manzana, haciendo caso omiso de él.
—Entonces es Pajarita —se encogió de hombros.
Miré a Diana y luego me volví hacia Nicola.
—Estoy tratando de comer.
Nicola se preparó para el desafío que se le presentaba.
—Mi nombre es Nicola. Nicola Porcella.
Puse los ojos en blanco.
—Sé quién eres.
—Lo sabes, ¿eh? —dijo Nicola, levantando la ceja herida.
—No te hagas ilusiones. Es difícil no darse cuenta cuando cincuenta borrachos están gritando tu nombre.
Nicola se sentó un poco más derecho.
—Eso me sucede con frecuencia. —Puse los ojos nuevamente en blanco y Nicola se echó a reír—. ¿Tienes un tic o algo?
— ¿Un qué?
—Un tic. Tus ojos no dejan de moverse. —Se echó a reír otra vez cuando me miró—. De hecho, esos son unos ojos increíbles —dijo, inclinándose pocos centímetros hacia mi cara—. ¿Qué color son? ¿miel?
Miré a mi plato, dejando que los largos mechones de mi cabello marrón crearan una cortina entre nosotros. No me gustaba la forma en la que me hacía sentir cuando estaba tan cerca. No quería ser como las otras chicas que se ruborizaban en su presencia. No quería que me afectara de esa manera para nada.
—Ni siquiera pienses en eso, Nicola. Ella es como mi hermana —advirtió Diana.
—Bebé —dijo Israel—. Acabaste de decirle que no. Ahora no parará.
—Tú no eres su tipo —continuó ella.
Nicola fingió estar ofendido.
— ¡Soy el tipo de todas!
Miré hacia él y sonreí.
— ¡Ah! Una sonrisa. No soy un podrido bastardo después de todo —guiñó un ojo—. Fue un placer conocerte, Pajarita. —Caminó alrededor de la mesa y se inclinó al oído de Diana.
Israel lanzó una papa frita a su primo. — ¡Quita los labios de la oreja de mi chica, Nico!
— ¡Me retiro! ¡Me retiro! —Nicola mostró sus manos en un gesto inocente.
Unas chicas siguieron detrás de él, riendo y pasando sus dedos por su cabello para llamar su atención. Él abrió la puerta para ellas y casi gritaron de deleite.
Diana se echó a reír. —Oh, no. Estás en problemas, Negra.
— ¿Qué te dijo? —pregunté, cuidadosamente.
—Él quiere que la lleves a casa, ¿verdad? —dijo Israel. Diana asintió y él negó con su cabeza—. Eres una chica inteligente, Angie. Te lo digo ahora, si caes en su juego y terminas enojada con él, no llegues a tomártelo en contra Diana y yo, ¿De acuerdo?
Sonreí. —No voy a caer en su juego, Isra. ¿A caso parezco a una de esas Barbie para ti?
—Ella no caerá en su juego —le aseguró Diana, tocando su brazo.
—Este no es mi primer rodeo, Diani. ¿Sabes cuántas veces ha jodido las cosas para mí, porque él duerme con la mejor amiga? ¡De pronto es un conflicto de intereses salir conmigo porque es fraternizar con el enemigo! Te lo digo, Negra, —me miró—, no le digas a Diani que ella no puede salir conmigo porque caíste enamorada por los coqueteos de Nicola. Considérate advertida.
—Innecesario, pero se te agradece, —le dije. Traté de asegurarle con una sonrisa, pero su pesimismo se veía impulsado por los actos de Nicola.
Diana me saludó con su mano, yéndose con Israel mientras yo caminaba a mi clase. Entrecerré los ojos ante el sol brillante, agarré las correas de mi mochila. La universidad era exactamente lo que esperaba; desde las pequeñas aulas hasta las caras desconocidas. Era un nuevo comienzo para mí; finalmente podía caminar a algún lugar sin los susurros de los que sabían—o creían saber—acerca de mi pasado. Yo era indistinguible como cualquier otra estudiante de primer año en su camino a clase; sin miradas, sin rumores, sin lastima o criterios. Sólo la ilusión de lo que yo quería que ellos vieran: vestida de cachemira, sin sentido alguno, Angie Arizaga.

No hay comentarios:
Publicar un comentario