- ¿La señorita Yidda? – Él hombre bufó – está de un humor de perros.
Julián levantó el rostro de los planos que estaba estudiando y se giró a mirar a los peones que hablaban.
- Si – dijo otro – yo lo vi, venía muy seria ella por el mercadito del pueblo cuando se dio cuenta que el Hugo ese, el peón de Ernesto, la seguía.
- Le plantó cara – soltó otro hombre sonriendo – se giró y le exigió una explicación de porque la seguía
- Y casi le arranca el brazo cuando el muy sin vergüenza se atrevió a tocarla.
- ¿La tocó?
- Solo en el brazo, pero ella casi lo deja sin un miembro.
Varios rieron.
- La señorita es de armas tomar sin duda – dijo el primero.
- Ni que lo digas, el muy canalla casi se hace en sus pantalones y comenzó a balbucear sobre que Ernesto lo había mandado a seguirla.
- Y no es para menos – habló otro – yo hubiese corrido como alma que lleva al diablo si la señorita Yidda me hubiera mirado como lo miró a ese pobre infeliz.
- Ni que lo digas si Ernesto tuvo que mandarla a seguir – dijo uno – es una belleza como ningún pero es letal.
Todos asintieron solemnemente.
- Bueno caballeros se les paga por trabajar no los quiero chismorreando como viejas cotorras, muévanse – Habló Nicola mandándolos a trabajar.
Los hombres obedecieron refunfuñando.
- Al parecer la chata se metió en una buena para que Ernesto la haya mandado a vigilar – dijo Nicola llegando a Julián.
- Si – asintió Julián – así parece
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- ¿¿Hace cuanto estás aquí?? – Yidda alzó la vista al escuchar la suave voz de Angie y la miró.
- No mucho. – se encogió de hombros.
- ¿¿Por qué no llamaste?? – preguntó la negrita sentándose juntó a su amiga en la barra.
Yidda se removió incomoda.
- Yo… - titubeó – estaba decidiendo que hago aquí.
Angie la miró sin entender.
- Es que…- Yidda suspiró – Vale, tengo esta idea loca desde la cena hace tres días y… No lo sé, quiero sacármela de la cabeza yo… soy una tarada.
El ceño en la frente de Angie se arrugó.
- No entiendo a que te refieres Yidd… ¿¿Qué está mal??
- Yo – sentenció la chica – Yo dándole vueltas en mi cabeza a una idea idiota.
Angie colocó una mano en su hombro.
- ¿¿Y cuál es??
Yidda la miró y respiró hondo.
- ¿¿Hay onda entre tú y Julián??
Angie la miró como si no hablara español y pestaño repetidas veces.
- Yo… eh… ¿¿Qué??
- Angie por favor – se lamentó Yidda – sé que soy idiota, y yo misma ya conozco la respuesta a esa pregunta, pero necesito oírlo de ti o ésta espina no se irá jamás.
- Yo… Yidda no sé qué decirte… No.
- ¿¿No??
Angie abrió la boca y la cerró.
- ¿¿No?? – repitió Yidda.
- No Yiddi, por favor, ¿¿cómo?? – Angie de levantó – tu de entre todas las personas, tú Yidda, cuando sabes lo mucho que amo a Nicola. ¿¿Qué clase de pregunta idiota es esa??
Yidda gimió frustrada.
- Lo sé, sé que es idiota, sé que tú jamás serias capaz de engañarme o a Nicola. Es solo que… Estaba tan nerviosa, tan insegura y luego tú llegaste y él te miró, y se reconfortó un poco en ti.
- Estaba solo contra Ernesto, Yidda, yo conozco su situación, me vio como una aliada.
- Ya lo sé pero – Yidda también se levantó – luego Ernesto comenzó a decir todas esas cosas sobre la genial pareja que hacían juntos y yo no pude evitar imaginarlos y… si, se veían geniales juntos, pero era solo mi imaginación – Miró a Angie – Perdón. Fui una idiota. Soy idiota.
Angie sonrió y tomó su mano con media sonrisa.
- No lo eres, además sé lo que se siente. Nicola jamás me engañaría pero… De vez en cuando lo imagino con otras mujeres y esa imagen hace estragos en mí. Veo fantasmas donde no los hay.
Yidda se pasó una mano por el pelo.
- Eso se entiende Angie, Nicola es tu novio, casi prometido – Angie sonrió ante eso. – Julián es mi nada – continuó la joven – ni siquiera mi amante, es mi nada, mi vecino, yo… No debería sentir esto que siento, yo no debería rechinar los dientes casa vez que lo imagino con otra mujer – miró a su amiga- pero lo hago, y odio hacerlo, odio sentirme débil ante él.
- Yidda, el amor no te hace débil, te hace fuerte.
- ¿¿Es amor Angie?? ¿¿Es amor lo que siento por Julián??
- Esa es una interesante pregunta –
Ambas jóvenes se giraron a ver al hombre que las estaba escuchando.
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- Hace mucho que no te veía – saludó el abogado sentándose frente a él.
Ernesto dejó de mirar a la linda pelirroja y observó al hombre sentado del otro lado de la mesa.
- Y que lo digas, 2,3 años ya.
El abogado asintió.
- ¿¿Qué te trae de nuevo por aquí??
Ernesto sacó unos papeles de su bolso y los colocó sobre la mesa.
- Revísalos, necesito que encuentres el error, necesito que me des razones para echarlo a la calle como el perro que es.
El abogado tomó los papeles y los ojeó.
- Esto es un… - alzó la vista intrigado.
- Así es – asintió Ernesto – es el testamento que le delega las tierras.
El hombre lo miró.
- Esto no tiene nada que ver con el testamento de Yamila ¿No?
Ernesto se puso rígido y negó.
- No, ese caso está cerrado. Este es sobre las tierras que quiero robarle a mi vecinito.
El abogado ojeó un poco más y luego miró a su cliente.
- Este pedido es un poco más difícil. Tergiversas el testamento de Yamila fue mucho más sencillo, lo tenias todo a tú favor, antes y después de su muerte pero – se rascó la barbilla – no sé qué esperas que consiga con este.
- Lo que sea – Ernesto se encogió de hombros – algún desliz, alguna clausula que me ayude a sacarlo de allí, que haga que él entre en bancarrota y deba vender.
- No entiendo para que, son unas viejas tierras.
Ernesto se puso en pie.
- No, no lo son y yo las quiero.
El abogado también se puso de pie.
- Muy bien, hare los posible pero no prometo nada, y en dado caso, que no encuentre nada por el medio legal ¿¿Qué harás??
- Ocuparme físicamente.
El hombre alzó una ceja.
- ¿¿Ósea??
- Deshacerme de mi vecinito.

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