miércoles, 4 de junio de 2014

"Amigos Desconocidos" capítulo 62







- En lugar de emborracharte ¿por qué no vas a pedirle perdón por tu comportamiento? -escuchó decir a su madre desde la puerta.

¿Perdón? ¿Ella hablaba de pedir perdón? Era irónica que la mujer que jamás tuvo remordimientos por sus actos, se atreviese a darle lecciones de moralidad. No pudo evitar soltar una carcajada. 

- Diani no se merece que le hables así -protestó Marisol caminando hacía él- No sé qué haya pasado entre vosotros. Pero lo mejor es hablar de ello.
- ¿Desde cuando eres una experta en relaciones? -espetó el joven con furia contenida- Hasta donde yo sé, lo único que sabes hacer es exigir que te complazcan. No tienes el más mínimo conocimiento de cómo devolver el favor.
- ¿Cómo te atreves? -vocifero su madre sorprendida- No voy a permitir que me hables así. Por muy enfadado que estés con tu novia. No tienes derecho de faltarnos al respeto a ninguna de las dos.
- Habré heredado ese defecto de ti -replicó Israrl a la defensiva. Estaba harto de callarse lo que sabía, y furioso por la doble moral de la mujer. 
- ¡No le hables así a tu madre! -le ordenó la voz autoritaria de Renzo entrando al despacho.

Ese hombre adoraba a su madre y estaba cegado por ella. Ya era el momento de desenmascararla. 

Israel suspiró con arrogancia y en un deje mostrando aburrimiento por la situación, abandonó la copa sobre el escritorio. Miró al hombre y después a su madre.

- ¡Por supuesto! Mi querida y fabulosa madre no se merece tal denigrante trato -dijo Israel con sarcasmo hiriente.
- ¡Hijo...! -balbuceó Marisol atónita por el comportamiento de este.
- Creo Renzo que deberías saber unas cuantas cosas de mi excepcional madre -comenzó a decir el muchacho- La ex esposa de Dreyfus solo se casó con él por su dinero. Y ya que estás en la misma posición que él, me parece adecuado que lo sepas.
- ¿Cómo te atreves? -protestó indignada la mujer.
- Eso ya lo dijiste madre -desechó sus palabras con un gestó desconsiderado con la mano- Deja de actuar frente a mí. He tenido toda una infancia para ver a la verdadera Marisol. Mi padre te consentía en todo lo que querías y tú lo despreciabas. Cada día volvía con una joya o ramo de flores nuevo y más caro, y solo sabías insultarlo.
- ¡Eso no es cierto! -se defendió ella- Yo nunca insulté a tu padre. Discutíamos y por eso decidimos divorciarnos. Pero no fue como lo cuentas.
- ¡Yo estaba allí! -gritó Israel invadido por los recuerdos. Recordaba como su padre le entregaba una gargantilla de diamantes y ella ni siquiera la miró, solo mostró su despreció y se fue para no volver nunca a esa casa.
- Lo malinterpretaste. Yo.. -quiso explicar la mujer.
- ¡No! -la interrumpió el muchacho colérico- No quiero que te excuses. Sé muy bien lo que pasó.
- No, no lo sabes -intervino Renzo, dando un paso hacía adelante. Cogió a su mujer por la cintura en un gesto protector y lo miró con expresión indescifrable.

Israrl se paralizó por un momento. La seguridad en el hombre y ver temblar a su madre le hizo dudar. Pero los recuerdos de su pasado eran reales. Nada los haría desaparecer.

- Usted no sabe nada de nuestra familia -protestó Israel con frialdad.
- Al parecer sé más que tú -replicó el hombre. Entreabrió los labios para seguir hablando pero su futura esposa lo interrumpió.
- Por favor, no -rogó Marisol casi en un suspiró. Aferrándose al pecho de su amado, luchando contra las lágrimas- Debe hablar con Piero sobre esto. No debe enterarse así.
- ¡No metas a mi padre en esto! -gruñó Israel secamente- No fue él quien fue infiel.
- ¿Ah, no? -comentó sarcásticamente Renzo, conteniendo a su mujer entre sus brazos- Creo que tienes mucho que hablar con tu padre.
- ¡No te atrevas a insultar a mi padre! -avisó Israel con rabia desmesurada- Él se hizo cargo de mucho más de lo que le correspondía.

Marisol tembló entre los brazos de Renzo y este la tuvo que sujetar con más fuerza para que no cayera al suelo. El miedo se reflejaba en sus ojos. Su mentón mostraba el tibio movimiento de la sospecha.

- Sí, madre -corroboró Israel sus temores con una sonrisa inexpresiva- Sé hace muchos años que Piero no es mi padre.

Como él esperaba su madre se echó a llorar. Y Renzo se congeló de la impresión. Al fin, el hombre sabría qué clase de mujer iba a tomar como esposa, pensó Israel con rencor.

El ambiente era tenso y la pareja en su estupor no dijo nada. Así que Israel decidió continuar con sus palabras hirientes.

- Lo sé todo -repitió Israel con frialdad- Así que ni intentes hacerte la victima.

Los sollozos de Marisol se intensificaron y Piero tuvo que cogerla en brazos y llevarla hasta el sofá. Esperando que se tranquilizase con palabras tiernas y dulces besos sobre sus húmedas mejillas. Israel lo miró un tanto confuso y se dijo que él era aún más servicial de lo que había sido su padre.

- Ella lo engañó. Le fue infiel e hizo que cargase con el hijo de otro hombre -explicó Israel su rabia.
- No -negó Marisol insistentemente con la cabeza- Yo no hice tal cosa. Yo... -balbuceó y fue incapaz de seguir debido a las lágrimas que se le atoraban en la garganta.
- Tranquila, piccola mia -le susurró Renzo con amor- Yo me encargo de esto -le prometió él con dulzura y ella aceptó agradecida.
- No hay nada que arreglar o de que hablar. Ella fue infiel y mi padre tuvo la suerte de librarse de ella. Fin de la historia -dijo Israel inexpresivo- No quiero saber quien es mi verdadero padre, ni te acuso de no decírmelo. Pero no me iba a quedar de brazos cruzados cuando insultas a un hombre que se hizo cargo de un hijo que no era suyo. Hasta hoy en día que no necesito que me mantenga, sigue haciéndolo.
- Y siempre se lo agradeceré -afirmó Marisol entre sollozos- Él se portó muy bien conmigo -paró para tragar trabajosamente y Renzo la abrazó en señal de apoyo- Yo le agradezco mucho que se hiciese cargo de nosotros.
- ¡Como si le hubieses dado otra opción! -la acusó con desdén. 

Renzo se levantó con brusquedad y lo enfrentó. Caminó hacía él con paso duro y decidido. Mostrando autoridad, pero no intimidante.

- Tu madre se casó estando ya embarazada -explicó Renzo.
- Sí, de otro hombre -agregó Israel.
- Y Piero lo sabía -aseguró el hombre infranqueable.
- Haz cálculos Israel -rogó su madre- Te he dicho un millón de veces que Piero y yo nos conocimos dos meses antes de casarnos. Y tú naciste tres meses después.
- Lo que significa que estaba embarazada de cuatro meses cuando lo conoció -continuó su futuro esposa por ella.

Israel recordó el día en que se había enterado de que no era el hijo de quien siempre había creído era su padre. Ellos discutía -como era frecuentes en esos días- y Marisol le decía que se iría lejos con Israel. Piero le había prohibido que saliese de la ciudad y ella había ignorado la orden. Tras mucho discutir, él le había dicho con mucha claridad "Que no sea mi hijo no hace que lo quiera menos ¡No te lo llevarás!". Y su mundo se había derrumbado para siempre. Su madre había conseguido salir del país, pero solo con la condición de que Israel se quedaría con el progenitor de su elección. Y al saber que Piero no era tal cosa, había decidido irse con su madre. Pero nunca imaginó que Piero lo supiese todo desde un principio.

La habitación le dio vueltas un segundo, pero mantuvo el tipo. Miró a su madre y al hombre que la abrazaba.

- No te creo ¿Por qué se iba a casar contigo estando embarazada de otro hombre? -expuso sus dudas Israel, vacilante.
- Yo buscaba trabajo, porque no tenía como mantenerte -se interrumpió Marisol para acariciar el rostro tenso de Nicolas- Piero me dio trabajo y dos meses después, me llevó a Las Vegas y me prometió que se haría cargo de nosotros, Para mi fue como encontrar un héroe que me salvó la vida. Puede que no lo amase, pero lo quería y lo admiraba mucho. Me pareció suficiente para casarme con él. 
- Puedes llamar a Piero para que te lo confirme -agregó Renzo con sorprendente dolor en la mirada.

Israel volvió a notar como todo giraba sin cesar a su alrededor y tuvo que apoyarse sobre el escritorio. Todo y todos se veían muy lejos de él. Se sentía tan solo y vulnerable que quiso llorar. Pero entonces unos suaves y acogedores brazos, lo rodearon. Miró la deliciosa cara de Diana y se acurrucó sobre su pecho.

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