Alondra estaba sentada en las gradas del set principal de Combate, mientras se desarrollaba la prueba “Hazme reír”. A pesar de que ella casi nunca estaba en la lista, le encantaba quedarse a escuchar los chistes y las ocurrencias de sus compañeros.
Mario estaba sentado al lado de ella, acariciándole el cabello. Cuando no le tocaba competir aprovechaba cada momento para estar a su lado. Aunque todos le decían que era demasiado meloso, a él no le importaba. Amaba estar con Alondra, y sabía que ella también amaba estar con él. Ni Renzo ni Gian Piero le decían nada, ya sabían que a pesar de que le pedían que no se salga de la fila, él siempre los iba desobedecer con tal de estar un rato con su novia.
Alondra abrazó a Mario. Lo miró y una sonrisa se le dibujó en sus labios. Se sentía muy feliz a su lado. Cuando lo conoció nunca imaginó llegar a tener una relación tan linda con él. Lo veía tan lejano, tan imposible, tan inalcanzable... él era un chico que llevaba dos años en Combate, conocido y querido por todos; y ella recién había ingresado al mundo de la televisión y no conocía mucho. Recordó lo nerviosa que se puso ese día cuando Mario se le acercó en la discoteca. Pensaba que ese amor nunca funcionaría. Pero dicen que cuando dos personas están destinadas a estar juntos, no importa lo difíciles que sean las circunstancias, tarde o temprano se encontrarán.
Mario se acercó lentamente y le dio un beso. Ella lo abrazó más fuerte aún. Él la tomó de la mano, y por su mente pasó ese momento en el que él la vio en la discoteca y la sacó a bailar. No podía creer lo hermosa que era esa chica. En el mismo instante en el que la vio se acordó de su apellido. García-Miró, una chica del Villa María. Le iba a costar, pero valía la pena. Familia Irivarren García-Miró. Sonaba demasiado lindo. Iba a luchar por ella.
Recordó también el día en el que le regaló el oso gigante de peluche antes de irse de viaje. “No me olvides”, le había dicho. Él, por su parte, nunca lo haría. Y aunque ella no respondió, sabía que sería imposible que lo olvide, por más que quisiera. Para cuando llegó el día en el que Alondra entró a Combate, Mario ya estaba completamente enamorado. Se ponía nervioso al hablarle, y a ella le encantaba esto. Tanto había pasado y ahora la tenía a su lado.
Mario: Te amo.
Alondra: Yo también te amo, michifuso.
Mario se puso de pie. Tenía que ponerse en la fila, ya iba a ser su turno. Avanzó un poco y se detuvo. Regresó corriendo hasta donde estaba Alondra, le dio un beso rápido y regresó a su lugar en la fila.
El programa terminó más rápido de lo que se esperaban. Mario salió del set con la cara llena de crema por el tortazo que acababa de recibir, y muerto de risa. Alondra lo recibió en los camerinos con un gran abrazo, pero retrocedió al darse cuenta de que él estaba cubierto de crema.
Mario: Ya pues, amor, dame un abrazo.
Alondra se corrió de Mario, riendo. Él se acercó a ella con los brazos abiertos. Cuando Alondra se vio sin salida, le quitó la crema de los labios y le dio un dulce beso. Mario sonrió.
Mario: Eres perfecta.
Alondra tomó una toalla y le limpió el resto de la crema del rostro. Lo poco que le quedó en la mejilla se lo quitó con la mano. Acercó sus labios a los de él y le dio otro beso. Mario la cargó, pero Alondra trató de bajarse.
Alo: Despacio, por favor.
Mario: ¿Por qué, reina? ¿Pasa algo?
Alo: No… digo, sí… en realidad no sé bien.
Mario estaba preocupado. Alondra tenía la mirada perdida. Mario se acercó y la abrazó. Ella se cubrió el rostro y comenzó a llorar.
Mario: ¿Qué pasa, mi amor? ¿Por qué estás así?
Alondra se secó las lágrimas y sonrió. Le dio un beso a Mario, que estaba cada vez más confundido.
Mario: ¿Y ahora? ¿Qué fue eso?
Alo: Un beso. ¿No te gustó?
Mario le robó otro beso.
Mario: Claro que me gustó, preciosa. Me refería a por qué llorabas.
Alo: Nada…
Mario: Uno no llora por nada. Dime, amor. Puedes confiar en mí. Siempre voy a estar a tu lado para apoyarte, pase lo que pase.
Alo: No sé cómo te lo vas a tomar.
Mario: Te prometo que puedes contarme lo que quieras y no me voy a enojar. Te amo, Alondra.
Alondra dudó por un momento. Tomó a Mario de la mano y lo llevó fuera del camerino.
Mario: ¿A dónde vamos?
Alo: A la Zona Roja. No quiero que nadie nos escuche.
Mario: Ya.
Entraron a la Zona Roja. Alondra cerró la puerta detrás de ellos y puso una silla frente a la puerta, tapando la cerradura.
Mario: Nadie va a entrar, no es necesario que pongas la silla.
Alo: Ya sé que no van a entrar, pero pueden poner cámaras por la cerradura. Aquí hay cámaras por todos lados.
Mario: Verdad. Bueno, princesa, tú tenías que contarme algo.
Alo: Siéntate.
Se sentaron en el espacioso mueble que había en la habitación. Mario estaba muy nervioso, no sabía lo que Alondra le iba a decir. Pero a la vez estaba muy preocupado, ya que con casi un año de relación ellos no tenían secretos. Alondra confiaba plenamente en él, y él en Alondra.
Alo: Yo…
Alondra se quedó muda. No podía decir nada. Mario le tomó la mano, alentándola a seguir.
Alo: No sé como decirte esto, Mario.
Mario: Sólo dilo y ya. En lo que sea que me necesites yo te voy a ayudar.
Alo: ¿En serio?
Mario: En serio.
Alondra se acercó a Mario, y, con la poca voz que le quedaba, le susurró dos palabras al oído. Dos palabras que ya habían cambiado la vida de Alondra, y ahora cambiarían de Mario. Dos palabras que la hacían muy feliz, porque por fin tenía esa familia que tanto había deseado.
Alo: Estoy embarazada.
Ahora era Mario el que no podía decir ni una sola palabra. La noticia lo sorprendió. Miró a Alondra, y ahí recién cayó en la cuenta. ¡Iba a ser papá! La abrazó y le dio un beso.
Mario: ¿De verdad, mi amor?
Alondra estaba llorando. La emoción podía más que ella.
Alo: Sí. Vas a ser papá, michifuso.
Mario puso su mano sobre el vientre de Alondra. La miró y sonrió.
Mario: Aquí… aquí está nuestro bebé.
Alo: Te amo, Mario.
Mario: Yo también te amo, Alondra. Te amo a ti y a nuestro hijo como a nadie en el mundo.
Alo: Mi amor… ahora un michifusito viene en camino.

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