sábado, 12 de abril de 2014

"Una Princesa En Casa" capítulo 9

                              






-Ya está. Ahora sí que estás perfecto.

Angie permanecía entre las sombras del rellano de la escalera, observando a la mujer extraordinariamente hermosa que acababa de colocarle la corbata a Nicola.

Nicola iba vestido de esmoquin y Angie, por mucho que lo sintiera, tenía que contradecir a aquella belleza de melena oscura. Nicola no necesitaba que le enderezaran la corbata para estar perfecto.

Angie tenía solo ocho años cuando había visto por primera vez una película de James Bond. Y desde entonces, le bastaba ver a un hombre atractivo vestido de esmoquin para sentir que sus rodillas adquirían una textura semejante a la gelatina.

Aunque en ese momento hubiera querido moverse, no habría podido. Y parte de ella, la parte más desobediente y maleducada, no tenía ningún interés en hacerlo.La mujer a la que estaba observando invadía por completo el espacio de Nicola. Permanecía a solo unos milímetros de él. Y a Nicola no parecía importarle.

No, de hecho Angie no creía que hubiera muchos hombres a los que pudiera importarles que una mujer tan bella se les acercara. Iba vestida con un traje de noche negro con escote suficientemente abierto para mostrar el inicio de sus lujuriosos senos. El vestido se ajustaba a sus suavemente redondeadas caderas y...

Y si en algún momento hubiera albergado la esperanza de tener algún tipo de aventura amorosa con su jefe, se habría hecho añicos en ese mismo instante: era absolutamente imposible competir con una mujer como aquella. Era mayor que Angie, mucho más sofisticada y elegante y parecía tener un completo control sobre la situación.

-Tu madre ya está en el coche -musitó la mujer. Estaba tan cerca de él que sus senos rozaban el pecho de Nicola-. Es posible que esta sea nuestra última oportunidad de estar solos en toda la noche.

Parecía estar pidiendo a gritos que la besara, pero, sorprendentemente, Nicola se alejó de ella.

-No me gustaría hacerla esperar.

No quería besarla. Ni siquiera parecía que le gustara.

Angie sintió la alegría del triunfo, pero inmediatamente la sofocó. No pudo menos que reírse de sí misma. La siempre razonable y práctica princesa Rocio acababa de dejarse atrapar por una fantasía infantil.

Porque el hecho de que a Nicola no le gustara aquella mujer, no significaba que no pudiera disfrutar con ella de una apasionada noche de sexo al cabo de unas horas. Además, necesitaba recordarse que ella no había ido a Lima para tener una romántica aventura con Nicola Porcella, sino a buscar a su hermano.

Angie observó a Nicola conducir a aquel dechado de perfección hacia la puerta y cuando esta se cerró tras ellos, se sentó en un escalón y suspiró.
No era la mujer con más experiencia en asuntos amorosos del mundo, pero sí sabía lo que no estaba buscando. Lo último que quería eran complicaciones. Y, mucho menos, perseguir un imposible.

Y, en ese caso, lo mejor que podía hacer era guardar las distancias entre Nicola y ella. Porque si se obrara el milagro de que Nicola decidiera que se sentía atraído por ella y ella sintiera algún tipo de atracción por él, su relación sería horrible y dolorosamente complicada.

En primer lugar, porque Nicola todavía estaba enamorado de su esposa. Además, por si hacía falta añadir más complicaciones a sus vidas, no tenía ni idea de quién era Angie en realidad. Nicola ni siquiera sospechaba que era una princesa, y aun así, le gustaba. Sí, Angie sabía que le gustaba, y también que pensaba que estaba haciendo un buen trabajo.

Ella no había trabajado hasta entonces y le resultaba intensamente gratificante que la primera vez que lo hacía todo estuviera saliendo tan maravillosamente bien. Por vez primera en toda su vida, Angie sabía que alguien la apreciaba por sí misma y no por ser una princesa. Y si ocurría un milagro y Nicols se enamoraba realmente de ella...

Sí, era complicado, imposible... Pero sería también maravilloso.

A los veinte años, durante unas vacaciones en Roma, Angie había perdido la cabeza por un estudiante americano. Lo había conocido cuando había conseguido eludir a sus hermanas y a sus guardaespaldas para ir a visitar las catacumbas.

Mario se había acercado a ella y le había pedido que le hiciera una fotografía. Habían comenzado a hablar y pronto se había producido el flechazo. Mario era un chico extraordinariamente atractivo y carismático y ella una jovencita fácilmente encandilable. Particularmente porque Mario parecía igualmente fascinado con ella. Angie había aceptado salir a cenar con él, en parte porque le parecía improbable que supiera que ella era una princesa. Al recordarlo, se daba cuenta de que Mario no era un joven excesivamente inteligente. Se había pasado la noche hablando de sí mismo. Pero a Angie le había parecido adorable su forma de mirarla a los ojos... La había hecho sentirse como si fuera la única mujer del planeta.

Ambos tenían dos semanas de vacaciones. Habían pasado juntos todos los días y una parte considerable de sus noches en la modesta pensión en la que Mario se alojaba.

Angie se había sentido completamente libre y despreocupada, hasta que había descubierto que Mario había sabido durante todo aquel tiempo quién era ella. De hecho, habían coincidido en las catacumbas porque la había seguido desde que había salido del hotel. Y la había perseguido porque era un miembro de la realeza y no porque realmente le gustara.

Mario le había propuesto matrimonio, pero ella lo había rechazado, dolida como estaba por su engaño. Angie había llegado a comprender con el tiempo que en realidad ella también lo había utilizado. No había salido con él porque lo considerara un hombre ingenioso y brillante. No, aunque la avergonzara admitirlo, había salido con él porque era un hombre guapo, con un cuerpo maravilloso. De hecho, en cuanto había superado el dolor inicial, se había dado cuenta de que había sido un alivio contar con una buena excusa para no casarse con él.

Desde entonces, soñaba con encontrar un hombre que la quisiera por sí misma, no por su título ni por la riqueza de su familia.
Además, y aunque sabía que era un sueño, quería que ese hombre tuviera un rostro como el de Nicola Porcella. Y también una cara como la suya. Y quería que fuera intensamente brillante y divertido, y dulcemente cariñoso y...

Como Nicola Porcella.

Angie suspiró. Y de pronto se enderezó y escuchó con atención. ¿Qué era aquello?
Sí, alguien estaba llorando. Y los lamentos procedían de la zona en la que estaban las habitaciones de los niños. Se levantó de un salto y corrió hacia allí.

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