Entonces, ¿el Hombre Misterioso se ha ido? —La voz me
asustó de muerte y salté, el café en la cucharilla
esparciéndose por el mostrador.
Le lancé a Nicola una mirada fulminante por encima de mi hombro.
—¿Nunca trabajas? ¿O llamas?
Estaba recostado contra el marco de la puerta de la cocina, mirándome
hacer mi café matutino. —¿Puedo tener uno? —Señaló con la cabeza a la
tetera.
—¿Cómo lo tomas?
—Leche. Dos de azúcar.
—Y aquí estaba yo esperando que dijeras negro.
—Si alguien es negro por aquí, eres tú.
Hice una cara. —¿Quieres café o no?
Gruñó. —Alguien es agradable por la mañana.
—¿Cuándo soy alguna otra cosa? —Vertí sus dos de azúcar en su taza con
prepotencia.
La risa de Nicola me golpeó directamente en las tripas. —Correcto.
Mientras la tetera se preparaba, me di la vuelta, inclinándome contra el
mostrador con los brazos cruzados sobre mi pecho. Estaba muy consciente
del hecho de que no llevaba sujetador bajo mi camisola. De hecho, no
pensaba que hubiera sido nunca más consciente de mi cuerpo de lo que lo
era cuando estaba alrededor de Nicola. Para ser honesta, había dejado de
preocuparme por mi apariencia y toda la mierda que venía con ello
después de que mis padres y Evelyn murieran. Llevaba lo que me gustaba,
me veía como me veía, y me importaba un comino lo que cualquier tipo
pensara. De algún modo eso parecía trabajar a mi favor.
Pero estando delante de Nicola, me di cuenta de que ya no estaba tan
segura acerca de eso. Tenía curiosidad por lo que pensaba de mí. Yo no era
alta ni tan delgada como todas las modelos de pasarela que seguramente
orbitaban en el mundo de Nicola. No era pequeña, pero no era alta. Tenía
piernas esbeltas y cintura pequeña, pero tenía tetas, caderas y un culo
definido. Tenía un buen pelo los días que podía molestarme en llevarlo
suelto, pero esos días venían poco y distantes entre sí.
Era de un color indistinto, en algún lugar entre rubio y castaño, pero era
largo y espeso con un rizo natural. Sin embargo, mi pelo era tan pesado
que tendía a molestarme a menos que estuviera fuera de mi cuello, por lo
que rara vez, o nunca, lo llevaba suelto. Mis ojos eran probablemente mi
mejor rasgo, al menos eso es lo que la gente me decía. Tenía los ojos de mi
padre. no eran enormes
y adorables como los de Millet y Diana, eran con la punta inclinada y felinos,
y eran extrempeterente buenos para fulminar con la mirada.
No. Yo no era preciosa, o mona, o glamorosa. Tampoco pensaba que era
fea, pero preocuparme por ser extraordinaria nunca había cruzado mi
mente antes. Nicola me hacía preocuparme… como que me molestaba.
—En serio, ¿no trabajas?
Se levantó del marco de la puerta y paseó casualmente hacia mí. Llevaba
otro fantástico traje de tres piezas. Alguien
como él probablemente debería haber parecido más a gusto en
vaqueros y camisas de franela, especialmente con el pelo desordenado y la
barba de tres días, pero por Dios que hacía funcionar ese traje. A medida
que se aproximaba, encontré a mi mente vagando en un mundo de
fantasía-Nicola besándome, levantándome sobre la encimera, separando
mis piernas, presionándose contra mí, su lengua en mi boca, su mano en
mi pecho, su otra mano deslizándose entre mis piernas…
Increíblemente encendida, me di la vuelta, queriendo que la tetera hirviera
más rápido.
—Tengo una reunión en una hora y media —contestó, deteniéndose a mi
lado y cogiendo la tetera antes de que yo pudiera hacerlo—. Se me ocurrió
pasar por aquí y ver si todo estaba bien. Las cosas parecían tensas anoche
antes de que Diani y yo nos fuéramos.
Le miré servir el agua en nuestras tazas, tratando de decidir si contarle o
no acerca de Gino y Jazmín.
—Buenos días —gorjeó Diani, mientras irrumpía en la cocina, fresca y
despierta y ya lavada y vestida. Su cárdigan estaba al revés. Extendí la
mano y tiré de la etiqueta para que la pudiera ver. Sonriendo tímidamente,
se la sacó y se la puso de nuevo de la forma correcta—. Así que, vine a
casa y Gino no estaba en el sofá. ¿Durmió en tu habitación?
Nicola se puso rígido a mi lado y miré hacia arriba para encontrarlo
frunciendo el ceño. Obviamente no había considerado eso. Sonreí,
sintiéndome petulante.
—No. —Estudié a Diana un momento y, mientras mis reservas
desaparecieron acerca de compartir las noticias. Me di cuenta de que casi,
tal vez, más o menos, como que confiaba en ella—. Gino es el novio de
Jazmín.
—¿Jazmín, tu mejor amiga Jazmín? —preguntó, sirviéndose un poco de zumo
de naranja fresco. Se colocó con su vaso en la mesa y pensé que estar
cerca de ella en lugar de estar cerca de su hermano era una buena idea.
Me deslicé en la silla frente a ella.
—Se declaró, ella se asustó, lo dejó.
La boca de Diana cayó abierta con horror. —Me estás tomando el pelo.
Pobre chico.
Sonreí, pensando acerca de su nota. —Van a estar bien.
—¿Hicieron las paces? —Dios, parecía tan esperanzada y no siquiera los
conocía.
—Eres un encanto —le dije tranquilamente y la expresión de Diani se
fundió.
—Volviste a juntarlos, ¿no? —anunció con la máxima confianza en mí.
Sólo Diana tendría ese tipo de seguridad en alguien como yo. Estaba
condenpeterente empeñada en que yo no era tan desinteresada como
fingía. Que resultara tener razón en esta ocasión era un poco molesto y
muy engañoso.
—Él estaba molesto contigo —intervino Nicola antes de que pudiera
responder.
Le miré, todavía apoyado en la encimera, sorbiendo su café como si tuviera
todo el tiempo del mundo. —Pensó que la convencí para que rompiera con
él.
Nicola no pareció sorprendido por esto. De hecho, arqueó una ceja y
contestó: —¿Por qué no me sorprende?
Diana le chasqueó la lengua. —Nicola, Ange no haría eso.
—Sé que no haría eso. Pero no creo que no hiciera eso por las razones que
tú crees que no lo hizo.
Mierda. Así que pensaba que me conocía mejor de lo que lo hacía Diana.
Hice una mueca interiormente. Tal vez lo hacía. Estúpido perspicaz.
Nerviosa, aparté la mirada de él, sorbiendo mi propio café y tratando de
ignorar su mirada perforándome.
—¿Demasiado críptico? —Se quejó Diana antes de enfocarse de nuevo en
mí—. Volviste a juntarlos sin embargo, ¿verdad?
Te lo debo.
Las palabras me hicieron sonreír en mi taza. —Sí. Sí, lo hice.
—¿Lo hiciste? —Nicola sonó tan asombrado por esto, que era insultante.
De acuerdo, tal vez el estúpido simplemente pensaba que me conocía. —Es
mi mejor amiga. Ayudé. No soy una zorra insensible, sabes.
Nicola se estremeció. —Nunca dije eso, nena.
Me estremecí cuando la palabra cariñosa me aplastó, golpeando un nervio
que ni siquiera sabía que tenía. Mis palabras salieron cáusticamente:
—No me llames nena. Nunca me llames nena.
Mi tono brusco y repentina furia causaron que una densa tensión cayera
entre nosotros tres y de repente no pude recordar por qué estaba tan
agradecida con Nicola ayer cuando me ayudó después del ataque de
pánico. Esto es lo que consigues cuando dejas entrar a la gente. Empiezan
a pensar que te conocen cuando no saben una mierda.
Diana se aclaró la garganta. —¿Así que Gino ha vuelto a Londres?
—Sip. —Me levanté y tiré los residuos de mi café en el fregadero—. Voy a ir
al gimnasio.
—Angie —comenzó Nicola.
—¿No tienes una reunión? —le interrumpí, a punto de salir de allí,
dejando atrás la tensión.
—Angie… —Sonaba preocupado.
Me sorprendí con un profundo suspiro interior.
Has hecho tu punto, Ange. No tenía que seguir siendo una perra al
respecto. Suspirando externamente, levanté la vista hacia él y ofrecí con
sarcástica benevolencia:
—Tengo una taza de viaje en el armario de arriba a la izquierda si quieres
tomar un poco de café para llevar.
Nicola se quedó mirándome un momento, sus ojos buscando. Sacudió la
cabeza con una sonrisa burlona jugando en sus labios. —Estoy bien,
gracias.
Asentí, pretendiendo indiferencia ante la atmósfera que habíamos
causado, y luego miré de vuelta a Diana. —¿Quieres venir al gimnasio
conmigo?
Diana arrugó la punta de la nariz. —¿Gimnasio? ¿Yo?
Miré su delgada persona. —¿Quieres decir que eres naturalmente así de
espléndida?
Rió, sonrojándose un poco. —Tengo buenos genes.
—Sí, bueno, yo tengo que hacer ejercicio para encajar en los míos.
—Lindo —murmuró Nicola a su café, sus ojos se reían de mí.
Le sonreí, mi segunda disculpa no verbal por querer morderle—. Lo que
sea. Supongo que estoy volando sola. Nos vemos luego, chicos.
—Gracias por el café, Angelica —me gritó descaradamente mientras
caminaba por el pasillo.
Hice una mueca. —¡Es Ange! —le grité de vuelta malhumoradamente,
tratando de ignorar el sonido de su risa.
–——–
—Entonces, ahora que tenemos las presentaciones y todo lo básico por
encima, ¿quieres decirme por qué sentiste que era hora de hablar con
alguien? —me preguntó suavemente la Dra. Pritchard.
¿Por qué todos los terapeutas hablaban con esa voz “calmante”? se
suponía que era calmante, pero sonaba tan condescendiente para mí
ahora como lo había hecho cuando tenía quince. Miré alrededor de su gran
oficina. Era sorprendentemente fría y
moderna, nada como el desorden acogedor del terapeuta al que había sido
enviada en la escuela secundaria. Además, la terapia de la escuela
secundaria era gratis. Esta chica de gamuza y cristal moderno me estaba
costando una pequeña fortuna.
—Necesitas flores o algo —observé—. Un poco de color. Tu oficina no es
muy acogedora.
Me sonrió. —Anotado.
No dije nada.
—Angie. ¿Por qué estás aquí?
Sentí mi estómago voltear y los sudores fríos comenzaron y me apresuré a
recordarme a mí misma que cualquier cosa que le dijera era privada.
Nunca la vería fuera de esta oficina, y nunca usaría mi pasado, mis
problemas, contra mí o llegaría a conocerme personalmente. Respiré
profundamente. —He empezado a tener ataques de pánico otra vez.
—¿Otra vez?
—Solía tenerlos mucho cuando tenía catorce.
—Bueno los ataques de pánico se producen por todo tipo de ansiedades.
¿Por qué entonces? ¿Qué estaba pasando en tu vida?
Me tragué el ladrillo en mi garganta. —Mis padres y mi hermana pequeña
murieron en un accidente de coche. No tengo otra familia, excepto un tío al
que no le importaba una mierda, y pasé el resto de mis años de
adolescente en hogares de acogida.
La Dra. Pritchard había estado garabateando mientras hablaba. Paró y me
miró directamente a los ojos. —Siento mucho tu pérdida, Angie.
Sentí mis hombros relajarse ante su sinceridad y asentí en
reconocimiento.
—Después de que murieran, comenzaste a tener ataques de pánico.
¿Puedes decirme tus síntomas?
Se los dije y asintió con ellos.
—¿Hay un desencadenante? Al menos, ¿eres consciente de uno?
—No me permito a mí misma pensar en ellos mucho. Mi familia me refiero.
Recuerdos de ellos, verdaderos recuerdos sólidos y concretos, no sólo
vagas impresiones… los recuerdos desencadenan los ataques.
—¿Pero pararon?
Enrosqué mi labio. —Me hice muy buena en no pensar en ellos.
La Dra. Pritchard elevó una ceja. —¿Durante ocho años?
Me encogí de hombros. —Puedo mirar fotos, puedo tener un pensamiento
sobre ellos, pero evito cuidadosamente recuerdos reales de nosotros
juntos.
—¿Pero tus ataques de pánico se han iniciado de nuevo?
—Dejé bajar mi guardia. Dejé entrar los recuerdos, tuve un ataque de
pánico en el gimnasio y luego en la cena familiar de una amiga.
—¿Sobre qué estabas pensando en el gimnasio?
Me moví inquieta. —Soy escritora. Bueno, intento serlo. Comencé a pensar
en la historia de mi madre. Es una buena historia. Triste. Pero creo que a
la gente le gustaría ella. De todos modos, tuve un recuerdo, unos pocos en
realidad, de mis padres, y su relación. Tenían una buena relación. La
siguiente cosa que sé es que un chico está ayudándome a bajar de la cinta.
—¿Y la cena familiar? ¿Era la primera cena familiar en la que has estado
desde que estuviste en hogares de acogida?
—En realidad nunca tuvimos cenas familiares en los hogares de acogida.
—Sonreí sin humor.
—¿Así que esta era tu primera cena familiar desde que perdiste a los
tuyos?
—Sí.
—¿Entonces eso desencadenó un recuerdo también?
—Sí.
—¿Ha habido algún gran cambio en tu vida recientemente, Angie?
Pensé en Diana y Nicola y nuestro café matutino hace una semana. —Me
mudé. Nuevo apartamento, nuevo compañero de piso.
—¿Algo más?
—Mi antigua compañera de piso, mi mejor amiga, Jazmín, se mudó a
Londres y ella y su novio acaban de prometerse. Pero eso es todo.
—¿Eran cercanas tú y Jazmín?
Me encogí de hombros. —Tan cercanas como le permito ser a cualquier
persona.
Me sonrió, una triste presión de sus labios. —Bueno esa frase dice mucho.
¿Qué hay acerca de tu nuevo compañero de piso entonces? ¿Estás
permitiéndote a ti misma acercarte a ella o a él?
—Ella. —Pensé en ello. Supongo que había dejado entrar a Diani más de lo
que pretendía. Y me preocupaba por ella más de lo que pensé que podría—
. Diani. Hemos llegado a ser amigas rápidamente. No estaba esperando eso.
Los amigos de Diana son geniales, y su hermano y su grupo andan mucho
alrdedeor. Supongo que mi vida es más social ahora.
—¿Era la cena familiar de Diana y su hermano en la que tuviste un ataque
de pánico?
—Sí.
La Dra. Pritchard asintió y garabateó algo más.
—¿Bien? —pregunté.
Me sonrió. —¿Estás buscando un diagnóstico?
Le levanté una ceja.
—Siento decepcionarte, Angue, pero apenas hemos arañado la superficie.
—Cree que estos cambios tienen algo que ver con ello sin embargo,
¿verdad? Quiero que los ataques de pánico paren.
—Angie, has estado en mi oficina quince minutos y ya puedo decir que
estos ataques de pánico no van a parar a corto plazo… a menos que
empieces a lidiar con la muerte de tu familia.
¿Qué? Bueno, eso era simplemente estúpido. —He lidiado con ella.
—Mira, eres lo suficientemente inteligente para saber que tienes un
problema y necesitas hablar con alguien sobre ese problema, así que eres
lo suficientemente inteligente para darte cuenta de que enterrar recuerdos
de tu familia no es una manera saludable de tratar con su muerte. Los
cambios de la vida diaria, nuevas personas, nuevas emociones, nuevas
expectativas, pueden desencadenar eventos pasados. Especialmente si no
se ha tratado con ellos. Pasar tiempo con una familia después de años o
no tener una propia ha roto cualquier pared que has puesto en torno a la
muerte de tu familia. Creo que es posible que puedas estar sufriendo de
Desorden de Estrés Post-Traumático, y eso no es algo para ignorar.
Gruñí. —Cree que tengo DEPT. ¿Lo que tienen los veteranos?
—No sólo soldados. Cualquier persona que sufre a causa de cualquier tipo
de pérdida, o trauma físico o emocional puede sufrir de DEPT.
—¿Y cree que tengo eso?
—Posiblemente, sí. Sabré más, mientras más hablemos. Y con suerte
mientras más hablemos, más fácil se volverá para ti pensar acerca de tu
familia y recordarla.
—Eso no suena como una buena idea.
—No será fácil. Pero ayudará.

No hay comentarios:
Publicar un comentario