domingo, 13 de abril de 2014

"Jugando Al Amor" capítulo 3

       




El Club 39 era menos un club que un bar con una pequeña pista de baile
cuadrada más allá del pequeño hueco en la parte trasera.
Le entregué los tragos al chico al otro lado de la barra y él me entregó un
billete de diez libras.
—Quédate con el cambio. —Me guiñó el ojo.
Ignoré el guiño pero metí la propina en el tarro para propinas.
Rafael estaba en su descanso así que Sheyla y yo estábamos lidiando con la
pequeña cantidad de clientes en el bar, una multitud que se reducía a
cada minuto. Aburrida, miré hacia el otro lado del bar para ver si Shey
necesitaba mi ayuda.
La necesitaba.
Sólo que no en forma de atender al público.
Extendiéndose para entregarle al cliente que estaba sirviendo su cambio,
el tipo tomó la muñeca de Sheyla y tiró de ella sobre la barra hasta que ella
estuvo a centímetros de su rostro. Frunciendo el ceño, y tomándome un
tiempo para ver cómo reaccionaría Sheyla, su pálida piel se ruborizó y tiró de
su brazo para romper el asidero. Sus amigos estaban de pie detrás de él,
riendo. Qué bonito.
—Déjame ir, por favor —dijo Shey entre dientes apretados, tirando con más
fuerza.
Sin Rafael cerca y con la muñeca de Shey tan delgada que podía romperse,
todo dependía de mí. Me dirigí hacia ellos, presionando el botón bajo la
barra para llamar a los chicos de seguridad que estaban en la puerta.
—Oh, vamos, cariño, es mi cumpleaños, sólo un beso.
Mi mano se cerró sobre la del tipo y las uñas se hundieron en su piel.
—Déjala ir, imbécil, antes de que te arranque la piel de la mano y la clave
a tus testículos.
Él siseó de dolor y se liberó de un tirón, consecuentemente liberando a Shey.
—Perra—gimió, acunando la mano que ahora estaba cubierta
de marcas con forma de luna creciente—. Me voy a quejar con el gerente.
Miguel, nuestro enorme tipo de seguridad, apareció detrás de él. No lucía
divertido.
—¿Algún problema, Angie?
—Sí. Por favor, ¿puedes sacar a este tipo y a sus amigos del bar?
Él ni siquiera preguntó por qué. Sólo había habido unas pocas ocasiones
donde habíamos hecho echar gente, así que Miguel confiaba en mi
evaluación de la situación.
—Vamos, amigos, salgan —gruñó, y como los cobardes que eran, pálidos y
borrachos como cubas, los tres salieron pesadamente del bar con Miguel
detrás.
Sintiendo a Shey temblar junto a mí, puse una mano reconfortante en su
hombro.
—¿Estás bien?
—Sí. —Me dio una débil sonrisa—. Mala noche por todos lados. Antonio me
dejó más temprano.
Hice una mueca ante cuánto debía haberle dolido eso a Shey y a su
hermanito. Vivían juntos en un pequeño apartamento donde
se turnaban cuidando a su mamá, quien tenía EM: Síndrome de Fatiga
Crónica. Para pagar la renta, Shey, quien era hermosa, usaba su físico para
conseguirse “sugar daddies” para ayudarla a cuidar de ellos
financieramente. Sin importar cuanta gente le dijera que era lo
suficientemente lista como para hacer algo más con su vida, ella estaba
llena de inseguridades. La única confianza que sí tenía estaba en su
belleza física y en su habilidad de conseguir un hombre que cuidara de ella
y su familia. Pero cuidar de su madre siempre hacía que sus relaciones
fallaran, y más tarde o más temprano eventualmente todos la
abandonaban.
—Lo lamento, Shey. Sabes que si necesitas ayuda con la renta o lo que sea,
todo lo que tienes que hacer es preguntar.
Se lo había ofrecido más veces de las que podía contar. Siempre decía que
no.
—Nah. —Sacudió la cabeza y presionó un suave beso en mi mejilla—.
Encontraré a alguien nuevo. Siempre lo hago.

Se alejó con los hombros hundidos, y me encontré preocupándome por ella
cuando realmente no quería hacerlo. Sheyla era una de las incomprendidas.
Podía atacarte los nervios con su materialismo, pero te daba una lección
de humildad con la lealtad a su familia. Podía amar los zapatos bonitos,
pero ellos pasaban a un segundo plano cuando se trataba de asegurarse
de que su hermanito y su mamá estuvieran bien. Desafortunadamente,
esa lealtad también significaba que pasaba por encima de cualquiera que
estuviera en su camino, y que era pisoteada por cualquiera que estuviera
dispuesto a usar su situación en su contra.
—Voy a tomarme mi descanso. Mandaré a Rafael.
Asentí, aun cuando ella no podía verme, preguntándome quién sería su
próxima víctima. O, ¿la víctima de quién sería ella después?
—Está tranquilo esta noche. —Rafael deambuló hacia mí dos minutos
después con una lata de gaseosa en la mano. Alto, de cabello oscuro y
apuesto, Rafael probablemente conseguía tantas propinas como Shey y yo.
Era un coqueto eterno. Y era bueno en eso.
—Es verano —reflexioné, echando una mirada alrededor del tranquilo club
antes de volverme para apoyarme contra el bar—. Volverá a mejorar los
días de semana cuando llegue agosto. —
Sin embargo, las propinas eran geniales.
Rafael gimió y una vez más se apoyó cerca de mí.
—Estoy aburrido. —Pasó sus ojos por mi cuerpo con una investigación
perezosa—. ¿Quieres tener sexo en el baño de hombres?
Me lo preguntaba en cada turno.
Siempre decía que no, y luego le decía que se “acostara” a Shey en mi lugar.
Su respuesta: “Ya lo hice”. Yo era un desafío amistoso y creo que
honestamente se había engañado a sí mismo para creer que algún día me
conquistaría.
—¿Bien? ¿Quieres? —preguntó una voz familiar detrás de mí.
Me volví rápidamente, pestañeando sorprendida para encontrar a Diana al
otro lado de la barra. Detrás de ella había un hombre que no reconocí y…
Nicola.
Palidecí instantáneamente, todavía avergonzada por lo de ayer, apenas
noté la expresión cuidadosamente desprovista de emoción en sus ojos
cuando observó a Rafael.
Arrancando mi propia mirada de él, le sonreí débilmente a Diana.
—Um… ¿qué haces aquí?
Diana y yo habíamos cenado juntas anoche. Le había dicho que Nicola
había pasado, pero no le había contado todo el asunto de la desnudez. Ella
me había contado de su clase, y pude entender por qué hacía una
instructora tan buena. Su pasión por la historia del arte era contagiosa y
me descubrí escuchándola con genuino interés.
A pesar de todo, había sido una agradable primera cena. Diana me había
hecho un par de preguntas personales que me había arreglado para
desviar hacia ella. Ahora sabía que era la hermana mayor de medios
hermanos: Ximena (catorce) y Adriano (diez). Su mamá, Johana , su esposo Matías.
Diana hablaba que los adoraba a todos, y tuve la impresión de que
Nicola pasaba más tiempo con esta familia que con su propia madre.
En el almuerzo hoy, Diana y yo nos habíamos tomado un descanso de
nuestro trabajo y nos reunimos en la sala de estar para comer y ver un
poco de televisión. Nos habíamos reído a lo largo de un capítulo de la
clásica comedia británica “¿Are You Being Served?” y nos habíamos
vinculado en un cómodo silencio. Me había sentido como si estuviera
ganando terreno firme sorprendentemente rápido con mi nueva compañera
de piso.
Sin embargo, ¿aparecer en mi trabajo con su hermano? Eso no era genial.
No que ella supiera de mi incidente de ayer con su hermano…
—Nos vamos a reunir con unos amigos para tomar un trago en Tigerlily.
Pensamos en pasar por aquí y saludar. —Ella me sonrió, sus ojos bailando
traviesos en la forma en que los de una chica de séptimo grado lo harían
antes de que los entrecerrara en forma inquisitiva en dirección a Rafael.
Tigerlily, ¿eh? Era un lugar agradable. Noté el bonito vestido de lentejuelas
de Diana. Lucía como algo de la década de los 20 y gritaba “diseñador”. Era
la primera vez que la veía tan arreglada y con Nicola de pie junto a ella
vistiendo otro pulcro traje como su acompañante, Israel, me sentí un poco
fuera de lugar. A pesar de todo mi dinero, no estaba acostumbrada al tipo
de vida lleno de estilo y de “cócteles y creme brulee” al que estos sujetos
estaban acostumbrados. En alguna forma decepcionada, me di cuenta de
que no encajaba con este grupo.
—Oh —respondí tontamente, ignorando las inquisidoras cejas de ella.
—Éste es Israel. —Diana se volvió hacia el hombre detrás de ella tan pronto
como se dio cuenta de que no iba a responder a su silenciosa pregunta.
Los pálidos ojos de Diana se oscurecieron con una profunda calidez cuando
miró a Israel y me pregunté si este tipo era su novio. No que ella hubiera
mencionado a un novio. El apuesto hombre de cabello oscuro
con hombros anchos que llenaban su traje de
forma agradable.
Sus cálidos ojos brillaron bajo las luces del bar cuando me sonrió.
—Hola. Un placer conocerte.
—Igualmente.
—Israel es el mejor amigo de Nicola —explicó Diana y luego se volvió hacia
su hermano. Tan pronto como lo miró estalló en risas, sus risitas llenando
el bar como burbujas de hadas mientras me miraba sobre el hombro—. Te
presentaría a Nicola pero creo… que ya se han conocido. —Apenas oí la
palabra “conocido” sobre su risa ahogada.
Mi cuerpo se tensó.
Ella lo sabía.
Con los ojos entrecerrados, le lancé una mirada indignada a Israel.
—Le contaste.
—¿Le contaste qué? —preguntó Israel aturdido, mirando a la todavía
alegre Diana como si se hubiera vuelto loca.
La boca de Nicola se elevó con diversión mientras le respondía a Israel sin
quitar los ojos de mí.
—Que entré cuando Angie estaba paseándose desnuda por el
apartamento.
Peter me miró con curiosidad.
—No —respondí con un filo en mi tono—. Estaba saliendo del baño
buscando una toalla.
—¿Te vio desnuda? —interrumpió Rafael, un ceño fruncido estropeando su
frente.
—Nicola Porcella. —Nicola extendió una mano sobre el bar para que
Rafael la estrechara—. Un placer conocerte.
Rafael la aceptó, luciendo un poco aturdido por Nicola. Genial. Incluso los
hombres eran encantados por él. Mientras él le sonreía a Rafael, esa
sonrisa desapareció cuando sus ojos cayeron sobre mí una vez más.
Detecté un ligero frío en ellos y fruncí el ceño. ¿Qué había hecho ahora?
—Tengo novia —le aseguró Nicola a Rafael—. No estaba intentando
conquistar a la tuya.
—Oh, Ange no es mi novia. —Rafael sacudió la cabeza con una sonrisa
arrogante hacia mí—. No por mi falta de intentos.
—Cliente. —Señalé a la chica al otro lado del bar, agradecida por una
excusa para deshacerme de él.
Tan pronto como él se hubo ido, Diana estaba apoyándose contra el bar.
—¿No es tu novio? ¿En serio? ¿Por qué no? Es lindo. Y ciertamente piensa
que eres atractiva.
—Es una enfermedad de transmisión sexual andante —respondí
malhumoradamente, pasando un trapo sobre una mancha invisible en el
bar, intentando desesperadamente evitar la mirada de Nicola.
—¿Siempre te habla así?
La pregunta de Nicola hizo que mi cabeza se levantara de mala gana e
inmediatamente sentí la necesidad de calmarlo y defender a Rafael cuando
vi sus ojos fríos y letales entrecerrados en dirección a mi colega—. No
habla en serio cuando lo hace.
—Oh, hombre, ¿ese descanso seguramente no duró diez minutos? —se
quejó Sheyla mientras vagaba lentamente detrás del bar. Apestaba a humo de
cigarrillo. No podía imaginar por qué alguien soportaría cualquier hábito
que los hiciera apestar tanto. Arrugué la nariz hacia ella y Sheyla lo entendió
instantáneamente. Sin tomárselo a pecho, sólo se encogió de hombros y
me envió un beso burlón mientras se detenía para apoyarse contra el bar
al lado opuesto de Nicola. Sus grandes ojos lo absorbieron como si
fuera un cigarrillo que estaba intentando dejar.
—¿Y a quién tenemos aquí?
—Soy Diana. —Ella saludó a Sheyla con la mano como si fuera una bonita
quinceañera. Le sonreí. Era algo adorable—. Soy la nueva compañera de
apartamento de Ange.
—Hola. —Sheyla le ofreció una sonrisa educada antes de mirar a Nicola con
expectación.
Su obvio interés en él no me molestó en lo absoluto.
—Nicola. —Él le asintió, sus ojos rápidamente volviendo a mi rostro.
De acuerdo.
¿En serio?
Estaba aturdida.
Si fuera honesta conmigo misma admitiría que había estado
preparándome para ver a Nicola elevar el coqueteo a otro nivel para Sheyla.
Ella era alta, delgada como una modelo, y tenía espeso, lacio y largo
cabello rubio. Si Gaston Dalmau se transformaba en un coqueto
provocativo conmigo, entonces había estado esperando que completamente
derritiera a Sheyla en el suelo con su encanto.
En su lugar, él había sido frío con ella.
Eso no me ponía contenta de ninguna manera.
Hmm. Siempre había sido buena para mentirme a mí misma.
—¿Nicola Porcella? —preguntó Shey, inconsciente de su falta de
interés—. Oh mi Dios. Eres dueño de Fire.
Maldita mi curiosidad por este tipo.
—¿Fire?
—El club.. —Las
pestañas de Sheyla se agitaban a un kilómetro por minuto hacia él ahora.
Es dueño de un club nocturno. Por supuesto que es así.
—Sí —murmuró él y luego miró su reloj.
Conocía ese movimiento. Yo lo usaba cuando fuera que estuviera
incómoda. En ese momento realmente quería golpear a Sheyla por su
entusiasmo por él. Nicola no iba a remplazar a Antonio. De ninguna
manera.
—Amo ese lugar —continuó Sheyla, apoyándose más sobre la barra para darle
una vista de águila de su pecho pequeño y sin trascendencia.
Miau. ¿De dónde vino eso?
—¿Quizás podríamos ir juntos alguna vez? De paso, soy Sheyla.
Ugh. Estaba riéndose como una niña de cinco años. Por alguna razón esa
risita, la cual oía cada noche de jueves y viernes, de repente fue muy
irritante.
Nicola dio un codazo a Diana como para decir “vámonos”, su expresión
ahora impaciente. Pero Diana estaba demasiado ocupada murmurándole
algo a Israel para notar la silenciosa desesperación de su hermano.
—¿Qué dices? —insistió Sheyla.
Nicola me lanzó una mirada inquisitiva que no entendí completamente
antes de encogerse de hombros hacia ella.
—Tengo novia.
Sheyla resopló, ahuecando su cabello sobre su hombro.
—Déjala en casa.
Oh, Jesús C…
—Diana, ¿no dijeron que iban a reunirse con alguien? —pregunté en voz lo
suficientemente alta para alejarla de Israel. Necesitaba rescatar a su
hermano pronto.
—¿Qué?
Le di una mirada significativa y repetí la pregunta con dientes apretados.
Finalmente reconociendo la expresión en el rostro de Shey y la que había en
el de su hermano, Diana asintió con los ojos muy grandes llenos de
compresión.
—Oh, sí. Mejor nos vamos.
Sheyla se enfurruñó.
—No…
—¡Shey! —llamó Rafael pidiendo ayuda desde el final del bar donde más
clientes habían comenzado a reunirse. En cierta forma lo amé en ese
momento.
Quejándose por lo bajo, Sheyla le dio a Nicola un mohín infantil y se apresuró
hacia Rafael y los clientes que esperaban.
—Lo lamento. —Diana se mordió el labio, dándole a Nicola una mirada de
disculpa.
Él descartó su disculpa y retrocedió, haciendo un gesto caballeresco para
que ella saliera primero del bar.
—Adiós, Ange. —Ella me dio una amplia sonrisa y un saludo con la
mano—. Te veré en la mañana.
—Sí. Que tengas una buena noche.
Observé la mano posesiva que Israel ubicó en la parte baja de la espalda
de Diana mientras asentía en una educada despedida hacia mí y la guiaba
hacia la salida. ¿Sucedía algo ahí?
Posiblemente. No que fuera a preguntarle. Ella podía volver su propia
curiosidad hacia mí con preguntas sobre mi inexistente vida amorosa y
luego querría saber por qué mi vida amorosa era inexistente. Ésa no era
una conversación que quisiera tener con nadie.
Mi piel picó y de mala gana permití que mi mirada viajara de vuelta hacia
Nicola, quién había dado un paso hacia el bar, la fría educación de antes
reemplazada por un calor que era demasiado familiar.
—Gracias por el rescate. —Juro que su voz baja y retumbante vibró hasta
mi ropa interior.
Retorciéndome por dentro, intenté ir por la despreocupación.
—No hay problema. Shey es dulce y no quiere lastimar a nadie… pero es una
descarada cazafortunas.
Nicola simplemente asintió, al parecer desinteresado por todo lo
relacionado con Sheyla.
El silencio cayó rápidamente entre nosotros, nuestros ojos encontrándose,
fijándose, quedándose. Ni siquiera me di cuenta de que mi boca se había
abierto hasta que sus ojos bajaron a mirarla.
¿Qué demonios era esto?
Me alejé de él, sintiendo mi piel ruborizarse mientras miraba alrededor
para ver si alguien más había visto ese momento entre nosotros. Nadie
estaba mirando.
¿Por qué no se iba?
Mirándolo una vez más, intenté parecer calmada, cuando en realidad
estaba muy fuera de mi ámbito. Intenté sin éxito ignorar su lento y
caliente evaluación de mi cuerpo. ¡Tenía que dejar de hacer eso!
Cuando sus ojos eventualmente se arrastraron de vuelta hacia los míos, le
hice un gesto con el rostro. No podía creerlo. Había ignorado a Sheyla, pero por
mí subía al nivel del “sexo”. ¿Conseguía alguna satisfacción enferma de
atormentarme?
Retrocediendo del bar con una rápida sonrisa, Nicola sacudió la cabeza
hacia mí.
—¿Qué? —Fruncí el ceño.
Me sonrió con satisfacción. Odiaba cuando los hombres lo hacían. Incluso
con sonrisas sexys como la suya.
—No sé qué me gusta más… —reflexionó, frotando su mentón en una
contemplación provocadora—... tú desnuda, o en esa camiseta. D,
¿verdad?
¿Qué? Fruncí el ceño, totalmente confundida.
Y luego lo entendí.
¡Imbécil!
El idiota acaba de adivinar, correctamente, mi talle de sujetador. Nunca
iba a permitirme olvidar lo de ayer. Ahora podía verlo.
Le lancé mi trapo y él rió, esquivándolo.
—Tomaré eso como un sí.
Luego se fue antes de que pudiera armarme de una respuesta épica que lo
dejara en su trasero.
Lo juro por Dios, la próxima vez que nos encontráramos, tendría la última
palabra.                                                                                     

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