estaba aburrida.
Mario estaba pateando el respaldo de mi silla para llamar
mi atención, pero él había estado pateando la silla de mi mejor
amiga, Alondra, ayer y no quería molestarla. Ella tenía un gran
enamoramiento por Mario.
—Mario, ¿le importaría venir a la pizarra y contestar a esta pregunta,
o preferiría permanecer detrás de Angie para que pueda seguir pateando
su silla un poco más?
La clase se rió y Alondra me lanzó una mirada acusadora. Hice una mueca y le
disparé al Sr. Evan una mirada fulminante.
—Voy a quedarme aquí, si le parece bien, señor Evans —contestó Mario con
arrogancia insolente. Puse los ojos en blanco, negándome a dar la vuelta a
pesar de que podía sentir el calor de su mirada en la parte trasera de mi
cuello.
—Esa fue realmente una pregunta retórica, Mario. Ven aquí.
Un golpe en la puerta detuvo el gemido de aquiescencia de Mario. Al ver a la
directora, la Sra. Shaw, toda la clase se quedó inmóvil. ¿Qué estaba
haciendo la directora en nuestra clase? Eso sólo podía significar
problemas.
—Vaya —murmuró Alondra en voz baja y me miró con el ceño fruncido. Ella
asintió con la cabeza en la puerta—. Policías.
Sorprendida, me volví a mirar hacia la puerta a medida que la Sra. Shaw
murmuró algo en voz baja al Sr. Evans, y por supuesto, a través de la
brecha en la puerta, pude ver a dos representantes esperando en el pasillo.
—Señorita Arizaga. —La voz de la Sra. Shaw atrajo mi mirada hacia ella con
sorpresa. Dio un paso hacia mí y sentí que mi corazón saltó en mi
garganta. Sus ojos eran cautelosos, mostrando simpatía, y de inmediato
me quise alejar de ella y a lo que fuera que estuviera aquí para decirme—.
¿Puede venir conmigo, por favor? Agarre sus cosas.
Esta solía ser la parte en la que la clase sería pura exclamaciones de
sorpresa y abucheos acerca de la cantidad de problemas en la que estaba
metida. Pero como yo, presentían que no se trataba de eso.
Cualquiera que fuera la noticia que me esperaba en ese pasillo, no era algo
de lo que iban a burlarse.
—¿Señorita Arizaga?
Estaba temblando ahora por un aumento de adrenalina y apenas podía oír
nada por encima del sonido de mi propia sangre corriendo en mis oídos.
¿Le había pasado algo a mamá? ¿O a papá? ¿O a mi hermanita, Evelyn? Mis
padres se habían tomado un tiempo libre del trabajo esta semana en
conjunto para eliminar el estrés de lo que había sido un verano loco. Se
suponía que iban a llevar hoy a Evelyn para un picnic.
—Angie. —Alondra me dio un codazo, y tan pronto como su codo tocó mi brazo,
me eché para atrás de la mesa, la silla chirriando a través del piso de
madera. Sin mirar a nadie, me puse de pie a tientas con mi bolso,
deslizando todo de mi escritorio en él. Los susurros habían comenzado a
sisear alrededor de la habitación como el viento frío a través de una grieta
en un cristal. A pesar de no querer saber lo que estaba delante de mí,
realmente quería salir de esa habitación.
De alguna manera recordando cómo poner un pie delante del otro, seguí a
la directora fuera al pasillo y escuché al Sr. Evan cerrar la puerta detrás de
mí. No dije nada. Simplemente miré a la Sra. Shaw y luego a los dos
representantes que me miraban con una compasión distante. De pie junto
a la pared había una mujer a la que no había notado antes. Ella parecía
seria pero tranquila.
La Sra. Shaw me tocó el brazo y bajé la mirada a su mano apoyada en mi
suéter. No había cruzado más de dos palabras con la directora antes, ¿y
ahora estaba tocando mi brazo?
—Angie... estos son los policías. Y esta es Alicia
del DSS.
La miré inquisitivamente.
La Sra. Shaw palideció. —Del Departamento de Servicios Sociales.
El miedo se apoderó de mi pecho y luché por respirar.
—Angie —continuó la directora—. Lamento mucho tener que decirte
esto... pero tus padres y tu hermana, Evelyn, tuvieron un accidente de
auto.
Esperé, sintiendo mi pecho apretarse.
—Todos murieron instantáneamente, Angie. Lo siento mucho.
La mujer de la DSS dio un paso hacia mí y empezó a hablar. La miré, pero
lo único que podía ver eran los colores que la integraban. Todo lo que
podía oír era el sonido apagado de su conversación, como si alguien
estuviera corriendo el agua del grifo a su lado.
No podía respirar.
Presa del pánico, me aferré a algo, cualquier cosa que me ayudara a
respirar. Sentí unas manos encima. Palabras murmuradas,
tranquilizadoras. Humedad en mis mejillas. Sal en mi lengua. Y mi
corazón... se sentía como si estuviera a punto de estallar de tan duro que
estaba corriendo.
Me estaba muriendo.
—Respira, Angie.
Esas palabras fueron dichas a mi oído una y otra vez hasta que me
enfoqué lo suficiente para concentrarme en sólo inhalar y exhalar.
Después de un rato, mi pulso ralentizó y mis pulmones se abrieron. Los
puntos a través de mi visión comenzaron a desaparecer.
—Eso es —susurraba la Sra. Shaw, una mano cálida frotando círculos
suaves sobre mi espalda—. Eso es.
—Tenemos que irnos —rompió la voz de la mujer de DSS a través de mi
niebla.
—Está bien. Angie, ¿estás lista? —preguntó la Sra. Shaw
tranquilamente.
—Están muertos —contesté, necesitando probar cómo se sentían las
palabras. No podía ser real.
—Lo siento, cariño.
Sudor frío irrumpió en mi piel, mis manos, en mis brazos, a lo largo de la
nuca de mi cuello. Se me puso la piel de gallina por todas partes y no
podía dejar de temblar. Una oleada de mareo me balanceó hacia la
izquierda
—Está en shock.
¿Lo estaba?
¿O estaba enferma?
Hace un minuto estaba sentada allá atrás. Allá, donde era cálido y seguro.
Y en cuestión de segundos, en el crujido de metal...
... estaba en algún lugar completamente distinto.
Ocho años más tarde…
Era un hermoso día para encontrar un nuevo hogar. Y una nueva
compañera de cuarto.
Salí de la escalera húmeda y vieja de mi edificio de apartamentos
a un día increíblemente caliente.
Me había acostumbrado a mi enorme apartamento con su eterno problema
de los ratones. Extrañaba a mi mejor amiga, Jazmín, con quien había vivido
desde el primer año en la Universidad.
Ahora que estábamos graduadas,
Jazmín se había ido a Londres para empezar su doctorado y yo me quedé
sin compañera de cuarto. La guinda del pastel fue la pérdida de mi otro
amigo más cercano aquí, Gino, el novio de Jazmín. Él se había ido
corriendo a Londres —un lugar que detestaba, podría añadir— para estar
con ella. ¿Y la cereza del pastel? Mi arrendador se estaba divorciando y
necesitaba el apartamento de vuelta.
Estaba realmente esperando que
mi cita de hoy con Diana Porcella fuera a mi manera. Era el apartamento
más costoso que había previsto para ver y estaba en el otro lado de la
ciudad.
Yo era frugal a la hora de tocar mi herencia, como si eso de alguna manera
disminuiría la amargura de mi “buena” fortuna. Sin embargo, me estaba
desesperando.
Si quería ser una escritora, necesitaba el apartamento correcto y la
compañera de cuarto correcta.
Era amiga de dos de mis colegas, Sheyla y Rafael, pero nosotros realmente sólo
“pasábamos el rato” cuando estábamos trabajando. Si quería un poco de
vida a mi alrededor, tenía que conseguir una compañera de cuarto. Entre
las ventajas, este apartamento estaba a meras calles de distancia de mi
trabajo.
Mientras trataba de empujar la ansiedad de encontrar un nuevo lugar,
también mantenía mis ojos abiertos por un taxi libre. Miré la heladería,
deseando tener tiempo para detenerme y darme el gusto, y casi perdí el
taxi que venía hacia mí en el lado opuesto de la calle. Levantando mi mano
y comprobando mi lado por tráfico, estaba satisfecha de que el conductor
me hubiera visto y se detuviera junto a la acera. Atravesé el camino ancho,
logrando no quedar aplastada como un bicho verde y blanco contra el
parabrisas de una pobre persona, y corrí hacia el taxi con una
determinación resuelta para agarrar la manija de la puerta.
En lugar de la manija de la puerta, agarré una mano.
Perpleja, seguí la mano masculina y bronceada a un largo brazo hasta
hombros anchos y una cara oscurecida por el sol radiante detrás de su
cabeza.
Preguntándome por qué este hombre tenía su mano en mi taxi, todo lo que
realmente asimilé fue el traje.
Un suspiro escapó de su rostro en sombras. —¿Hacia dónde te diriges? —
me preguntó en una voz retumbante y áspera. Cuatro años había estado
viviendo aquí y todavía un acento suave podía enviar un escalofrío
por mi columna. Y la suya definitivamente lo hizo, a pesar de la pregunta
concisa.
—Dublín —respondí automáticamente, esperando que tuviera una
distancia mayor a viajar así él me daría el taxi.
—Bien. —Abrió la puerta—. Me dirijo en esa dirección, y desde que ya
estoy llegando tarde, podría sugerir que compartiéramos el taxi en lugar de
perder diez minutos decidiendo quién lo necesita más.
Una cálida mano tomó mi espalda baja y me presionó suavemente hacia
delante. Aturdida, de alguna manera me dejé meter a la fuerza en el taxi,
deslizándome por el asiento y abrochándome el cinturón mientras
silenciosamente me preguntaba si yo había asentido mi acuerdo a esto. No
creí que lo hiciera.
Escuchando al “Traje” decir Dublín como el destino para el taxista,
fruncí el ceño y murmuré:
—Gracias. Supongo.
—¿Eres americana?
A la pregunta suave, finalmente miré al pasajero a mi lado. Oh bien.
Wow.
El Traje no era clásicamente guapo, pero había un brillo en sus ojos y una
curva en la esquina de su boca sensual que, junto con el resto del paquete,
rezumaban atractivo sexual. Tal vez en sus tardíos veinte o tempranos
treinta, podía decirlo por las líneas del extremadamente bien
confeccionado y costoso traje de color gris plata que llevaba, que el Traje
se ejercitaba. Se sentaba con la facilidad de un tipo en forma, su estómago
de hierro plano bajo el chaleco y la camisa blanca. Sus pálidos ojos
parecían desconcertados por debajo de sus largas pestañas, y por mí vida
que no podía superar el hecho de que tenía el pelo rubio.
Yo prefería a los morochos. Siempre lo hice.
Pero ninguno había hecho alguna vez que mi vientre bajo se apretara con
lujuria a la primera vista de ellos. Un rostro fuerte y masculino se quedó
mirando el mío, la línea de la mandíbula angulosa, un hoyuelo en la
barbilla, pómulos anchos, y una nariz aguileña.
su pelo estaba un poco desordenado. En total, su dura
apariencia desordenada parecía en desacuerdo con el elegante traje de
diseñador.
El Traje levantó una ceja por mi escrutinio descarado y la lujuria que
estaba sintiendo se cuadriplicó, tomándome completamente por sorpresa.
Nunca sentí atracción instantánea por los hombres. Y desde mis años
salvajes como una adolescente, ni siquiera había contemplado aceptar a
un tipo en una oferta sexual.
Aunque, no estoy segura de que pudiera alejarme de una oferta de él.
Tan pronto como el pensamiento cruzó por mi cabeza me puse rígida,
sorprendida y desconcertada. Mis defensas inmediatamente se levantaron
y despejé mi expresión a cortesía en blanco.
—Sí —respondí, finalmente recordando que el Traje me había hecho una
pregunta. Aparté mi mirada de su sonrisa astuta, simulando aburrimiento
y agradeciendo a los cielos que mi piel aceitunada mantenía el rubor
interno.
—¿Sólo visitando? —murmuró.
Tan irritada como estaba por mi reacción hacia el Traje, decidí que a
menos conversación entre nosotros mejor. ¿Quién sabía qué cosa idiota yo
podría hacer o decir? —Nop.
—Entonces eres una estudiante.
No estuve de acuerdo con su tono. “Entonces eres una estudiante”. Lo dijo
con una metafórica rodada de ojos. Como si los estudiantes fueran
vagabundos oportunistas con ningún propósito real en la vida. Giré
bruscamente mi cabeza para darle una reprimenda mordaz, sólo para
atraparlo mirando mis piernas desnudas con interés. Esta vez, yo levanté
mi ceja y esperé a que despegara esos magníficos ojos suyos de mi piel
desnuda. Sintiendo mi mirada, el Traje me miró a la cara y notó mi
expresión. Esperaba que él fingiera que no había estado comiéndome con
los ojos, o que alejara su mirada rápidamente o algo así. No esperaba que
sólo se encogiera de hombros y luego me ofreciera la más lenta, más
malvada y más sexy sonrisa que alguna vez me había sido otorgada.
Rodé mis ojos, luchando contra la oleada de calor entre mis piernas. —Era
una estudiante —respondí, con un toque de acidez—. Vivo aquí. —¿Por qué estaba explicándome?
—¿Qué haces ahora que te has graduado?
¿Por qué quería saberlo? Le disparé una mirada por el rabillo de mi ojo. El
costo del traje de tres piezas que estaba usando podía haberme alimentado
a mí y a Candela con comida de estudiante de mierda por nuestros cuatro
años completos de universidad. —¿Qué haces tú? Quiero decir, ¿cuando
no estás metiendo mujeres a la fuerza en los taxis?
Su pequeña sonrisa fue su única reacción a mi burla. —¿Qué crees que
hago?
—Estoy pensando que abogado. Respondiendo preguntas con preguntas,
haciendo cosas a la fuerza, sonriendo…
Se rió con un ruido rico y profundo de una risa que vibró a través de mi
pecho. Sus ojos brillaban hacia mí. —No soy abogado. Pero podría serlo.
Me parece recordar una pregunta contestada con una pregunta. Y eso —
señaló mi boca, sus ojos volviéndose un tono más oscuro mientras
visualmente acariciaban la curva de mis labios—. Eso es una sonrisa
definitiva —su voz se había vuelto más ronca.
Mi pulso se aceleró mientras nuestros ojos se encontraban, nuestras
miradas sosteniéndose por mucho más tiempo de lo que dos extraños
corteses deberían. Mis mejillas se sentían calientes… así como otros
lugares. Estaba cada vez más y más excitada por él y la conversación
silenciosa entre nuestros cuerpos. Cuando mis pezones se tensaron debajo
de mi sujetador, estaba lo suficientemente impactada para ser sumida de
nuevo en la realidad. Alejando mis ojos de los suyos, miré fuera al tráfico
pasando y recé por que este viaje en taxi terminara ayer.
Cuando nos acercábamos y otra desviación causada por el
proyecto del tranvía del consejo se dirigía hacia arriba, comencé a
preguntarme si me iba a escapar del taxi sin tener que hablar con él de
nuevo.
—¿Eres tímida? —preguntó el Traje, volando mis esperanzas en mil
pedazos.
No pude evitarlo. Su pregunta me hizo girar hacia él con una sonrisa
confusa. —¿Disculpa?
Inclinó su cabeza, mirando hacia mí a través de las rendijas de sus ojos
entrecerrados. Parecía un tigre perezoso, mirándome cuidadosamente
como si estuviera decidiendo si yo era o no una comida que valía la pena
perseguir. Me estremecí mientras él repetía. —¿Eres tímida?
¿Yo era tímida? No. No tímida. Sólo, por lo general, dichosamente
indiferente. Me gustaba de esa forma. Era más seguro. —¿Por qué
pensarías eso? —Yo no emitía vibraciones tímidas, ¿verdad? Hice una
mueca ante la idea.
El Traje se encogió de hombros otra vez. —La mayoría de las mujeres
estarían aprovechándose de mi encarcelamiento en el taxi con ellas,
mordiendo mi oreja, poniendo sus números de teléfono en mi cara… así
como otras cosas. —Sus ojos se movieron a mi pecho antes de que
rápidamente volvieran a mi cara. Lo juro por Dios, yo estaba de color rojo
tomate por dentro y no podía recordar la última vez que alguien había
logrado avergonzarme. Desacostumbrada a sentirme intimidada, intenté
no hacerle caso mentalmente.
Asombrada por su exceso de confianza, le sonreí, sorprendida por el placer
que onduló sobre mí cuando sus ojos se abrieron ligeramente al ver mi
sonrisa. —Wow, realmente piensas mucho de ti mismo.
Me devolvió la sonrisa, sus dientes blancos pero imperfectos y su sonrisa
torcida enviaron un disparo desconocido de sentimientos por mi pecho. —
Sólo estoy hablando por experiencia.
—Bueno, yo no soy el tipo de chica que reparte su número a un tipo que
acaba de conocer.
—Ahh. —Él asintió como si llegara a algún tipo de comprensión sobre mí,
su sonrisa deslizándose, sus rasgos pareciendo apretarse y
bloqueándome—. Eres del tipo de mujer “nada de sexo hasta la tercera
cita, matrimonio, y bebés”.
Hice una mueca a su juicio apresurado. —No, no, y no. —¿Matrimonio y
bebés? Me estremecí ante el pensamiento, los miedos que vivían sobre mis
hombros día tras día, deslizando alrededor para apretar mi pecho
demasiado fuerte.
El Traje se volvió hacia mí de nuevo, y lo que sea que había atrapado en mi
rostro lo hizo relajarse. —Interesante —murmuró.
No. No era interesante. Yo no quería ser interesante para este tipo. —No
voy a darte mi número.
Sonrió de nuevo. —Yo no lo pedí. E incluso si lo quisiera, no lo pediría.
Tengo novia.
Ignoré la vuelta decepcionada de mi estómago y al parecer el filtro entre mi
cerebro y mi boca. —Entonces deja de mirarme así.
El Traje parecía divertido. —Tengo novia pero no estoy ciego. Sólo porque
no puedo hacer nada no significa que no tengo permitido mirar.
No estaba emocionada por la atención de este tipo. Soy una mujer fuerte e
independiente. Mirando por la ventada, noté con alivio que Dublín estaba justo a la vuelta de la
esquina.
—Aquí está bien, gracias —grité hacia la cabina.
—¿En qué parte? —gritó el conductor del taxi de vuelta a mí.
—Aquí —le contesté un poco más bruscamente de lo que quería, pero dejé
escapar un suspiro de alivio cuando la direccional del conductor del taxi
comenzó a hacer tictac y el auto se detuvo en una parada. Sin otra mirada
o palabra hacia el Traje, le entregué al conductor un poco de dinero y
deslicé una mano por la manija de la puerta.
—Espera.
Me quedé congelada y le disparé al Traje una mirada cautelosa sobre mi
hombro. —¿Qué?
—¿Tienes un nombre?
Sonreí, sintiendo alivio ahora que me estaba alejando de él y de la extraña
atracción entre nosotros. —En realidad, tengo dos.
Salí del taxi, ignorando la traidora emoción de placer que cayó en cascada
sobre mí al sonido de su risa respondiendo.
–——–
Tan pronto como la puerta se abrió y tomé mi primera vista de Diana
, sabía que probablemente me iba a gustar ella.
estaba usando un traje a juego de última moda, un sombrero azul flexible,
un monóculo y un bigote falso.
Ella parpadeó hacia mí con ojos grandes y pálidos.
Perpleja, tuve que preguntar:
—¿Es este… un mal momento?
Diana se quedó mirándome un momento, como confundida por mi muy
razonable pregunta considerando su atuendo. Como si de repente se le
ocurriera que estaba en posesión de un bigote falso, ella lo señaló. —Llegas
temprano. Estaba ordenando.
¿Ordenando un sombrero flexible, un monóculo y un bigote? Eché un
vistazo detrás de ella a un luminoso y espacioso salón de recepción.
Volví a mirar a Diana con una enorme sonrisa en mi cara, sintiéndome bien
acerca de toda la situación— ¿Estas huyendo de la mafia?
—¿Perdón?
—El disfraz.
—Oh. —Ella se rió y se apartó de la puerta, haciéndome un gesto hacia el
apartamento—. No, no. Tuve unos amigos anoche y tuvimos un poco
demasiado de beber. Todos mis viejos trajes de Halloween fueron sacados.
Sonreí de nuevo. Eso sonaba divertido. Extrañaba a Jazmín y Gino.
—Eres Angie, ¿no?
—Si. Angie —Afirme. Aunque mi nombre verdadero sea Angélica no había sido llamada así desde que mis padres murieron.
—Angie —repitió, sonriéndome, mientras tomaba mis primeros pasos en el
interior del suelo del apartamento. Olía muy bien. Fresco y limpio.
Como el apartamento que dejaba, éste era también georgiano, excepto que
una vez había sido una casa de ciudad entera. Ahora estaba dividida en
dos apartamentos. Bueno, en realidad, al lado era una tienda de moda y
las habitaciones encima de nosotras le pertenecían. No sabía nada de las
habitaciones por encima de nosotros, pero la tienda de moda era muy
bonita con ropa única en su tipo hecha a mano. Este apartamento...
Wow.
Las paredes eran tan suaves, sabía que tenían que haber sido enyesadas
recientemente y quién quiera que hubiera restaurado el lugar había hecho
maravillas. Tenía cenefas altas y moldura gruesa para complementar la
época de la propiedad. Los techos seguían para siempre, como lo hacían en
mi antiguo apartamento. Las paredes eran de un blanco frío, pero
interrumpido por coloridas y eclécticas obras de arte. El blanco debería
haber sido duro, pero el contraste contra las oscuras puertas de nogal y el
suelo de madera le daban al apartamento cierto aire de elegancia.
Ya estaba enamorada y ni siquiera había visto el resto del lugar.
Diana apresuradamente se quitó el sombrero y bigote, dando vuelta para
decirme algo sólo para detenerse y sonreír tímidamente mientras se
arrancaba el monóculo que todavía llevaba. Empujándolo a un lado en el
aparador de nogal, sonrió brillantemente. Era una persona alegre. Por lo
general evitaba las personas alegres, pero había algo en Diana. Ella era una
especie de encanto.
—Te voy a dar un recorrido primero, ¿de acuerdo?
—Suena bien.
Caminando hacia la puerta de la izquierda más cercana a mí, Lali la
empujo abriéndola. —El baño. Está en un lugar poco convencional, lo sé,
muy cerca de la puerta principal, pero tiene todo lo necesario.
Uh... voy a decir, pensé, tentativamente entrando.
Mis sandalias resonaban en las baldosas crema brillante en el piso,
baldosas que cubrían cada centímetro del cuarto de baño a excepción del
techo que fue pintado de un color mantecoso y con incrustaciones de focos
cálidos.
El baño era enorme.
Recorriendo mi mano a lo largo de la bañera con pies dorados en forma de
garra, inmediatamente me imagine aquí. Música reproduciéndose, velas
encendidas, un vaso de vino tinto en la mano mientras me empapada en la
bañera y adormecía mi mente... todo. La bañera estaba al centro de la
habitación. En la parte posterior, en la esquina a mano derecha estaba
una cabina de ducha doble con la ducha más grande que jamás había
visto. A mi izquierda había un cuenco de cristal moderno situado en lo alto
de un estante de cerámica blanca. ¿Ese era un fregadero?
Calculé todo rápidamente en mi cabeza. Grifos dorados, espejo enorme,
toallero eléctrico... El baño en mi antiguo apartamento no tenía ni siquiera un toallero.
—Wow. —Lancé una sonrisa a Diana por encima de mi hombro—. Esto es
hermoso.
Prácticamente saltando sobre las puntas de sus pies, Diana asintió, sus ojos
sonriendo alegremente hacia mí. —Lo sé. No lo uso mucho porque
tengo un baño en mi habitación. Eso es una ventaja para mi compañero de
cuarto potencial, sin embargo. Tendrán esta habitación más o menos para
sí mismos.
Hmm, medité el atractivo del baño. Estaba empezando a ver por qué el
alquiler de este lugar era tan astronómico. Si tuvieras el dinero para vivir
aquí, sin embargo, ¿por qué te irías?
Mientras seguía a Diana a través del pasillo y dentro de la enorme sala de
estar, pregunté amablemente. —¿Tu compañero de cuarto se mudó? —Lo
hice sonar como si solo tuviera curiosidad, pero en realidad estaba
investigando a Diana. Si el apartamento era así de impresionante, entonces
tal vez Diana había sido el problema como la compañera de cuarto. Antes
que Diana pudiera contestar, me detuve en seco, dando la vuelta lentamente
para mirar la habitación. Al igual que todos estos edificios antiguos, los
techos en cada habitación eran bastante altos.
Seguro, es un poco más desordenada de lo que me gusta,
pensé, mirando los montones de libros que estaban dispersos aquí y allá
junto con pequeños tontos artículos... como un juguete Buzz Lightyear.
Ni siquiera iba a preguntar.
Mirando a Diana, la habitación revuelta comenzaba a tener sentido. Su
cabello estaba recogido en un moño desordenado, llevaba sandalias
diferentes, y había una etiqueta de precio en su codo.
—¿Compañera de cuarto? —preguntó Diana, dándose la vuelta para
encontrarse con mi mirada. Antes de que pudiera repetir la pregunta, el
surco entre sus cejas se despejo y ella asintió, como entendiendo.
Bueno. No había sido tan difícil preguntar—. Oh, no. —Ella sacudió la
cabeza—. No tenía un compañero de cuarto. Mi hermano compró este
lugar como una inversión y lo arregló. Entonces decidió que no quería que
luchara para pagar la renta mientras hago mi doctorado, por lo que sólo
me lo dio.
Buen hermano.
A pesar de que no hizo ningún comentario, ella debe haber visto la
reacción de mis ojos. Diana sonrió, una mirada cariñosa suavizo su mirada.
—Nicola es un poco exagerado. Un regalo de él nunca es simple. ¿Y cómo
podría decir que no a este lugar? Lo único es, que he estado viviendo aquí
durante un mes y es demasiado grande y solitario, incluso con mis amigos
pasando el rato aquí los fines de semana. Así que le dije a Nicola que iba
a conseguir un compañero de cuarto. No estaba muy entusiasmado con la
idea, pero le dije cuánto costaba alquilar este lugar y eso cambió su
opinión. Siempre el hombre de negocios.
Supe instintivamente que Diana amaba a su —obviamente bastante
adinerado— hermano y que los dos eran cercanos. Estaba ahí en sus ojos
cuando hablaba de él y conocía esa mirada. Había estudiado la mirada a
través de los años, enfrentándola y desarrollando un escudo contra el
dolor que me traía ver esa clase de amor en las caras de las demás
personas que todavía tenían familia en sus vidas.
—Suena muy generoso —contesté diplomáticamente, no acostumbrada a
la gente que divulga sus sentimientos privados sobre mí cuando nos
acabamos de conocer.
Diana no parecía preocupada por mi respuesta, que no era exactamente
cálida con “cuéntame más”. Ella seguía sonriendo y me sacó de la sala y
me llevó por el pasillo a una cocina larga.
La propia cocina era tan cara como
cualquier otro acabado en el apartamento. Todos los electrodomésticos
eran de primera línea y había una moderna gama enorme en el medio de
las unidades de madera oscura.
—Muy generoso —repetí.
Diana gruñó ante mi observación. —Nicola es demasiado generoso. No
necesitaba todo esto, pero él insistió. Él es así. Tomemos, por ejemplo, su
novia, le consiente a todo. Sólo estoy esperando a que se aburra de ella
como lo hace con el resto de ellas, porque es una de las peores con las que
ha estado. Es tan obvio que ella está más interesada en su dinero que en
él. Incluso él lo sabe. Él dice que el acuerdo le conviene. ¿Arreglo? ¿Quién
habla así?
¿Quién habla tanto?
Escondí una sonrisa mientras me mostraba el dormitorio principal. Al
igual que Diana, estaba abarrotado. Ella parloteo un poco más sobre la
obviamente insulsa novia de su hermano y me pregunte cómo este tipo
Nicola se sentiría si supiera que su hermana estaba divulgando su vida
privada a un completo extraño.
—Y éste podría ser tu cuarto.
Estábamos de pie en la puerta de una habitación en la parte trasera del
apartamento. Techos altos, un ventanal enorme con un asiento al pie y
cortinas Jacquard largas hasta el suelo; una hermosa cama rococó francés
y un escritorio de biblioteca de nogal y una silla de cuero. El lugar ideal
para mí para escribir.
Oh diablos, estaba enamorada.
—Es hermoso.
Quería vivir aquí. Al diablo con el costo. Al diablo con una compañera
habladora. Había vivido sencillamente durante suficiente tiempo. Estaba
sola en un país que había adoptado. Me merecía un poco de consuelo.
Me acostumbraría a Diana. Hablaba mucho, pero era dulce y encantadora, y
había algo innatamente amable en sus ojos.
—¿Por qué no tomamos una taza de té y vemos cómo podemos seguir a
partir de ahí? —Diana estaba sonriendo de nuevo.
Segundos más tarde, me encontré sola en la sala de estar mientras Diana
hacia té en la cocina. De repente se me ocurrió que no importaba si me
gustaba Diana. Yo le tenía que gustar a Diana si me iba a ofrecer esa
habitación. Sentí roer preocupación en mis entrañas. No era la persona
más comunicativa en el planeta, y Diana parecía la más abierta. Tal vez ella
no me “entendería” a mí.
—Ha sido difícil —Lali anunció su re-entrada a la habitación. Llevaba una
bandeja de té y algunos aperitivos—. Encontrar un compañero de cuarto,
quiero decir. Muy pocas personas de nuestra edad pueden permitirse un
lugar como este.
Heredé un montón de dinero. —Mi familia es adinerada.
—¿Oh? —Ella empujó una taza de té caliente hacia mí, al igual que un
panecillo de chocolate.
Me aclaré la garganta, mis dedos temblando alrededor de la taza. Sudor
frío había estallado a través de mi piel y la sangre corría en mis oídos. Así
es como siempre reaccionaba cuando estaba a punto de tener que decirle a
alguien la verdad. Mis padres y mi hermana pequeña murieron en un
accidente de auto cuando yo tenía catorce años. La única familia que tengo
es un tío que vive en Australia. No quería mi custodia, así que vivía en
hogares de guarda. Mis padres tenían una gran cantidad de dinero. El
abuelo de mi padre era un petrolero y mi padre había sido
excepcionalmente cuidadoso con su propia herencia. Todo fue para mí
cuando cumplí los dieciocho años. Mi corazón se desaceleró y el temblor
cesó al recordar que Diana realmente no necesita saber mi historia de dolor.
—Mi familia, por parte de mi padre, Mi
bisabuelo hizo un montón de dinero en el petróleo.
—Oh, interesante. —Sonaba sincera—.
—.Mi madre es francesa,
pero su familia se mudó cuando ella tenía cinco años.
Sorprendentemente, ni siquiera hablo francés. —Diana resopló y esperó en
mi comentario esperado.
—¿Tu hermano habla francés?
—Oh no. —Diana hizo un gesto a mi pregunta fuera—. Nicola y yo somos
medio hermanos. Compartimos el mismo padre. Nuestras madres están
vivas pero nuestro padre murió hace cinco años. Él era un hombre de
negocios muy conocido. ¿Has oído hablar de P. Porcella & Co? Es
una de las agencias inmobiliarias más antiguas en la zona. Papá tomó el
cargo de su padre cuando él era muy joven y puso en marcha una empresa
de desarrollo inmobiliario. También era dueño de varios restaurantes e
incluso un par de las tiendas para turistas aquí. Es un pequeño miniimperio.
Cuando murió, Nicola se hizo cargo de todo. Ahora es Nicola a
quien todo el mundo por aquí halaga tratando de conseguir un pedazo de
él. Y todos saben lo cercanos que somos, así que han intentado utilizarme
a mí también. —Su bonita boca se torció amargamente, una expresión que
parecía completamente extraña en su cara.
—Lo siento —dije en serio. Entendía lo que era. Era una de las razones por
las que había decidido dejar y empezar de nuevo.
Como si sintiera mi sinceridad absoluta, Diana se relajó. Nunca entendería
cómo alguien podría ponerse a sí mismo de esa manera a un amigo, ni
imaginar a un extraño, pero por una vez no le tenía miedo a la sinceridad
de Diana. Sí, podría hacer que ella esperara que yo correspondiera el
compartir, pero una vez que llegara a conocerme, estoy segura de que
entendería que eso no iba a suceder.
Para mi sorpresa, un silencio extremadamente cómodo había caído entre
nosotros. Como si apenas dándose cuenta de también, Diana sonrió
suavemente hacia mí. —¿Qué estás haciendo aqui?
—Vivo aquí ahora. La doble ciudadanía. Se siente más como en casa aquí.
A ella le gustó esa respuesta.
—¿Eres estudiante?
Negué con la cabeza. —Me acabo de graduar. Trabajo las noches de jueves
y viernes en el Club 39. Pero realmente estoy tratando
de concentrarme en mi escritura en este momento.
Diana parecía emocionada por mi confesión. —¡Eso es brillante! Siempre he
querido ser amiga de un escritor. Y eso es tan valiente para ir por lo que
realmente quieres. Mi hermano cree que ser una estudiante de doctorado
es una pérdida de tiempo porque podía trabajar para él, pero me encanta.
Soy tutora en la universidad también. Es sólo... bueno me hace feliz. Y soy
una de esas personas horribles que pueden salirse con la suya haciendo lo
que les gusta, incluso si no pagan mucho. —Ella hizo una mueca—. Eso
suena terrible, ¿no es así?
No era realmente el tipo de juzgar. — Es tu vida, Diana. Has sido bendecida
financieramente. Eso no te convierte en una terrible persona. —Tuve una
terapeuta en la escuela secundaria. Podía oír su voz nasal en mi cabeza:
Ahora por qué no puedes aplicar el mismo proceso de pensamiento a ti
misma, Diana. Aceptar tu herencia no te hace una persona terrible. Es lo que
tus padres querían para ti.
De los catorce a los dieciocho años, había vivido con dos familias de
acogida en mi ciudad natal. Ninguna de las familias tenía
mucho dinero y había ido de una casa grande, lujosa y cara comida y ropa,
a comer una gran cantidad de Spaghetti y compartía ropa con una
“hermana” de crianza que resultó ser de la misma altura. Con el
acercamiento de mi décimo octavo cumpleaños, y el conocimiento público
de que iba a recibir una importante herencia, me habían abordado un
número de personas de negocios en nuestra ciudad en busca de inversión
y tomar ventaja de lo que suponían era una niña ingenua, así como un
compañero que quería invirtiera en su sitio web. Supongo que vivir como
la “otra mitad” ha vivido durante mis años de formación y luego de ser
succionada por la gente falsa más interesados en mis profundos bolsillos
que en mí, eran dos de las razones por las que me mostraba reacia a tocar
el dinero que tenía.
Sentada allí con Diana, alguien en una situación financiera similar y
lidiando con culpa —aunque una tipo diferente—, me hizo sentir una
conexión sorprendente con ella.
—La habitación es tuya —anunció Diana repentinamente.
Su abrupta felicidad trajo risa a mis labios. —¿Sólo así?
Pareciendo seria de repente, Diana asintió. —Tengo un buen presentimiento
sobre ti.
Tengo un buen presentimiento sobre ti, también. Le di una sonrisa de alivio.
—Entonces me encantaría mudarme.

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