martes, 25 de marzo de 2014

"Una Princesa En Casa" capítulo 2

                               






Capitulo 2


Nicola colgó el teléfono.
-Lo siento -se disculpó.
-No pasa nada -Angie advirtió en ese momento, bajo la luz del despacho, que algunas canas clareaban sus sienes. Y que continuaba mirándola de una forma desconcertante. Estudiándola.
-Es usted más joven de lo que esperaba -dijo de repente, rodeando el escritorio para sentarse frente a ella.
-¿Más joven?
-Con este trabajo tendrá que vivir en la casa. Y si tiene marido y familia a...
-No, no tengo marido.
-¿Y novio?
-No -contestó Angie, sonrojándose violentamente.
-¿Cuántos años tiene?
-Veinticinco -aquello era absurdo. Las preguntas de aquel hombre eran tan directas que resultaban groseras. Y además, ella no estaba allí porque aspirara al puesto de niñera-. ¿Y usted? -oh, Dios, ¿cómo se le había ocurrido devolverle la pregunta?
-Treinta y cinco, por lo menos hasta enero del año que viene, entonces cumpliré treinta y seis.
-Lo siento, yo...
-No, es justo. Tiene usted derecho a contestar mis preguntas como le apetezca. ¿Le gustan los niños?
Angie pestañeó nuevamente.
-Yo...
-Sí, ya sé, es una pregunta estúpida teniendo en cuenta el trabajo que quiere conseguir, pero he conocido a muchas niñeras a las que no les gustan los niños en absoluto -se inclinó hacia ella y la miró intensamente-. Lo menos que necesitan mis hijos es ser respetados. Y, créame, si pudiera pagarle para que también los quisiera, lo haría.

Se levantó de repente, como si ya no fuera capaz de seguir conteniendo su energía.

-Nuestra última niñera se marchó sin despedirse de Ariana y de Adriano. Para mí es importante encontrar a alguien que comprenda la importancia de su trabajo. Esos niños saben demasiado bien lo que significa ser abandonados y... creo que me estoy adelantando un poco. Ni siquiera le he preguntado su nombre.
-Me gustan los niños -contestó Angie suavemente. Y era cierto. Nicola Porcella parecía desesperado por encontrar una niñera y si ella continuaba aferrándose a aquel loco subterfugio, podría quedarse en su casa hasta que Rafael Cardozo apareciera.

Y también estaría allí para observar los ojos sorprendentemente verdes de Nicola Porcella brillando de pasión.
Nicola sonrió, suavizando al hacerlo la dureza de sus facciones.

-Me alegro de saberlo, señorita...

Angie cruzó disimuladamente los dedos y, por primera vez en su vida, actuó dejándose llevar completamente por un impulso:

-Gutiérrez, Angie Gutiérrez.


Fue algo extraño. Cuando Nicola le tendió la mano para estrechársela, ella le mostró la suya como si se la estuviera ofreciendo para que se la besara. Le había parecido un gesto más propio de la reina de Inglaterra que de una niñera.
Pero aunque por su suavidad, su mano parecía bien cuidada, advirtió que tenía las uñas cortas. Algunas incluso mordidas. ¿Y quién había oído hablar de una reina que se mordiera las uñas?
Angie le estrechó la mano con firmeza y aunque era absurdo basarse en ese tipo de intuiciones, aquello mejoró todavía más su opinión sobre ella.

-¿De dónde es? -le preguntó, liberando su mano.

Angie le sostuvo abiertamente la mirada. Y aquello también le gustó.

-De Wynborough -le dijo con un acento que a Nicola le recordaba al de Mary Poppins-. Una pequeña isla situada cerca de Inglaterra.
-¿Y qué es lo que le ha hecho venir hasta aquí?
-Tengo familia... en Aspen. Colorado -añadió, como si él pudiera desconocer dónde estaba Aspen.

Sí. A Nicola le gustaba. Y era una buena cosa porque, como Cathy le había hecho saber, Angie Gutiérrez era la única candidata al puesto de niñera. Las demás habían huido asustadas por el tamaño de la propiedad, o por los lúgubres rumores que la rodeaban.

Fijó la mirada en los ojos mieles de Angie, preguntándose qué habría oído ella.

-¿Alguna vez ha sido arrestada? -le preguntó.
Angie soltó una carcajada.
-¡No!
-Estupendo. Yo tampoco.

Algo casi imperceptible asomó a sus ojos y Nicola comprendió que Angie había oído algo sobre él. Pero no le preguntó nada al respecto. Quizá estuviera demasiado nerviosa para hacerlo. O quizá fuera demasiado educada...
Demasiado educada, decidió. Angie Gutiérrez no lo temía. Dios, y cuánto le gustaría que pudiera transmitir sus tranquilos modales a Ariana. Desde que Micheille había muerto, su hija parecía una auténtica salvaje. En cuanto a Adriano... el niño había dejado de hablar. No había nada que Nicola deseara más que volver a escuchar la voz de su hijo...

-¿Durante cuánto tiempo ha trabajado como niñera? La agencia no me ha enviado ningún informe.
-¿No? Bueno, soy nueva. Pero... le enviaré mi informe por fax -se enderezó en su asiento-. Realmente, señor Porcella, tengo que ser sincera. No me envía ninguna agencia. Me enteré de que ofrecían este trabajo a través de... -se aclaró la garganta-, un conocido. Pero me encargaré de que reciba hoy mismo un informe con mis referencias. Sin embargo....

Nicola la observaba atentamente, consciente de que allí había algo raro, a pesar de su admisión. Angie tomó aire y lo miró con firmeza.

-Me temo que descubrirá que no estoy preparada para este trabajo. Jamás he trabajado de niñera -le dirigió la más dulce y esperanzada de sus sonrisas-. Pero todo el mundo tiene que empezar alguna vez, ¿no?

Era adorable. Le inspiraba un cariño que pocas personas habían podido despertar en él. Y no era que la encontrara atractiva, sexualmente atractiva. Claro, tenía un par de piernas admirable y una figura esbelta y perfectamente proporcionada... De acuerdo, sí, era atractiva. Devastadoramente atractiva, pero tenía un rostro fresco y dulce que encajaba más bien con la imagen de una hermanita pequeña.

Tenía unas facciones delicadas y unos maravillosos ojos mieles, rodeados de oscuras pestañas. Intentaba mostrarse remota y fría, pero no podía disimular la atractiva mezcla de inteligencia, interés e inocencia que se escondía tras su mirada. Y aunque Nicola hubiera preferido contratar a una niñera con experiencia, Angie tenía razón: nadie nacía con ella.

-Necesitará carné de conducir, ¿lo tiene?
-Por supuesto, ¿por qué?
-Tendrá que encargarse de traer y llevar a los niños al colegio. Asisten a un colegio privado que está a unos cuantos kilómetros de aquí. Y de vez en cuando tienen que acudir a fiestas y cosas de ese tipo -o al menos eso esperaba. Porque la verdad era que las relaciones sociales de Ariana, que estaba ya en octavo grado, eran prácticamente inexistentes-. Y Ariana va a clase de clarinete varias veces a la semana.

-Así que, básicamente, lo que usted necesita es un chofer -apuntó Angie.
-No, créame. Va a tener mucho más trabajo de lo que puede parecer. Tendrá algunas horas libres mientras los niños estén en el colegio, pero necesitaré que esté disponible por las noches. Y durante las vacaciones, tendrá que estar disponible durante veinticuatro horas al día.
-¿Veinticuatro horas...?
-Veinticuatro horas al día siete días a la semana. Será compensada por su dedicación, por supuesto.
-Por supuesto, pero... -abrió los ojos de par en par-, ¿cuándo ve usted a sus hijos?
-Desde ahora hasta Año Nuevo voy a estar extremadamente ocupado -dijo Nicola, como si de esa manera estuviera contestando a su pregunta. Se levantó bruscamente-. Antes de continuar hablando, me gustaría que los conociera. Ariana tiene trece años y Adriano seis. No es fácil tratar con ninguno de ellos -forzó una sonrisa-. Pero supongo que es normal, teniendo en cuenta quién es su padre.
Angie lo miró muy seria.
-A mí no me parece que su padre tenga ningún problema.
-Su madre murió hace tres años y ninguno de los dos parece haberse acostumbrado a su pérdida.
-No creo que eso sea algo a lo que un niño pueda acostumbrarse.

Desde luego, pero la actitud de Ariana y Adriano escapaba a toda normalidad.

-Ariana se muestra bastante hostil -le explicó a Angie-. Sus notas son pésimas y se ha escapado varias veces de casa. Nunca demasiado lejos como para que no haya podido encontrarla, pero es una situación...
-Terrible -terminó ella por él-. Puedo imaginármelo. Debe haber sufrido mucho.
-Ella necesita algo que yo no soy capaz de darle. Y en cuanto a Adriano... -sacudió la cabeza. 

Su hijo había escogido un camino diferente para escapar de la realidad tras la muerte de su madre. Nicola señaló hacia la puerta-. Este quizá sea un buen momento para que los conozca, si todavía sigue interesada en el trabajo.
-Señor Porcella...
-Nicola, por favor. En esta casa no nos gustan las ceremonias.
-Nicola -alzó la mirada hacia él-. ¿Te importaría sentarte un momento? Eres demasiado alto y me temo que lo que tengo que decirte requiere que nos estemos mirando de frente.

Nicola sonrió. Aquella mujer era increíble. Pero, como probablemente lo que iba a decirle era que no quería el trabajo, tampoco le sorprendió excesivamente. Así que se sentó obedientemente a su lado con expresión de resignación.

-Aunque me gustaría aceptar este empleo, no estoy segura de ser la persona más adecuada para el puesto -le dijo muy seria-. En realidad, yo no estoy buscando un trabajo permanente y me parece que Ariana y Adriano necesitan una niñera dispuesta a quedarse a su lado hasta que sean adultos. Me temo que esos niños ya han sufrido demasiados imprevistos en sus vidas.

Aquella mujer era increíble. Quería el trabajo, pero estaba rechazándolo por el bien de sus hijos.

-Supongo que sería mucho esperar que pudieras cambiar de opinión. ¿Pero podría convencerte para que te quedaras, por ejemplo, unos diez años?
Angie sonrió, haciendo que asomaran unos encantadores hoyuelos a sus mejillas.
-¿Diez años durante veinticuatro horas al día? No, gracias.
-¿Y estás segura de que no es negociable?
-Me halaga que tenga interés en contratarme después de nuestra breve reunión -contestó, tratándolo nuevamente de usted-. Pero no, señor, no es negociable. Me gustaría poder tener mi propia familia algún día y...
-Por supuesto, lo comprendo. Es solo que... me encuentro en una situación un tanto delicada. En la agencia me han dicho que enero es la mejor época del año para encontrar candidatas, pero no puedo esperar tanto tiempo. Apenas puedo esperar hasta mañana. Necesito a alguien de forma inmediata.

Angie lo miró pensativa.

-Yo podría quedarme hasta enero si me diera una semana libre por Navidad -le dijo-. No es lo más adecuado, pero quizá, si los niños supieran desde el primer momento que va a ser algo temporal...
-Creo que será mejor que los conozcas antes de hacer tu generosa oferta.
Angie se levantó.
-Condúzcame entonces a sus habitaciones -ordenó con un involuntario tono de superioridad.
-Por aquí, majestad -contestó él, señalando hacia la puerta.
-¿Perdón? -farfulló ella.
-Era una broma. Creo que es tu acento, me resulta un tanto regio...
-¿De verdad? -lo miró completamente sorprendida—. Lo siento, no me había dado cuenta...
-Relájate. Te sienta muy bien


Continuara..

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