martes, 25 de marzo de 2014

"Maktub" corto Alondra y Mario






Un lindo día, y una suave melodía. Aquellas dos cosas habían hecho que aquella rubia fuera capaz de sonreír.
Llevaba mucho tiempo mal, llevaba realmente mucho tiempo mal. No recordaba absolutamente nada de lo que había ocurrido con su vida años atrás. Solo recordaba aquel momento en el que se despertó en un hospital, rodeada de máquinas, con muchos botones extraños, con sonidos y pitidos molestos para sus oídos; y rodeada de gente que ni conocía.
Cuatro semanas había pasado así. Conociendo a gente que ya se supone que debía conocer; recordando algunas cosas como quien era su padre, su madre o su hermana; descubriendo que su pasión en la vida era escribir.
Frente al espejo observaba su aspecto, aquel pelo  teñido que ella creía detestar nada más mirarse en su nueva vida, pero que ahora amaba. Aquellos tatuajes que tenía por todo el cuerpo y que era probable que tuvieran todos, su propio significado.
Estaba descubriendo quien era ella, estaba descubriendo quien había sido Alondra García Miro durante los últimos 20 años; esos 20 años que había vivido pero que había olvidado por completo.
Se había sentado el mismo día que salió del hospital frente a un ordenador, su mente había comenzado a divagar, a pensar, a recordar como escribir, que significaba cada palabra, cada símbolo a que letra correspondía; y sus recuerdos se encargaron del resto. Pasó horas frente a ese ordenador, escribiendo todo y nada, escribiendo historias, escribiendo hechos que se imaginaba o que tal vez fueron hechos reales, quien sabe lo que realmente eran. Simplemente quería plasmar todo lo que su cabeza estaba pensando.
Escribía sobre un tal Mario. Siempre reflejaba en sus historias a ese tal Mario. No lo conocía, o al menos no recordaba conocerlo. Tenía esa imagen en la cabeza. Laceado; morocho; ojos de mirada intensa, pero marrones; cejas algo pobladas; un poquito de barba, no mucha, la suficiente como para parecer el hombre más sexy que se había cruzado jamás por la mente de ninguna mujer; no muy fibroso, pero tampoco gordo; de estatura media, si Alondra se ponía zapatos de tacón, lo más probable es que tuvieran la misma altura; y con una sonrisa impecable.
Los días comenzaron a pasar, poco a poco, lentamente; y con el paso de los días, la mente de Alondra se iba aclarando cada vez más. Recordaba momentos con sus amigas, en esos momentos en los que sabía que ellas eran sus amigas y la razón de la que lo fueran. Recordaba quien o que era el responsable de cada uno de sus tatuajes, y de cada una de las marcas que tenía en el cuerpo en que momento de su vida se las había hecho, e incluso, cuánto le habían dolido.
Pero ese recuerdo de ese tal Mario ahí seguía. Le ponía una cara, pero no llegaba a entender quien era. Preguntaba a sus amigas por Mario, preguntaba a su familia por Mario, y nadie sabía reconocerlo, nadie lograba entender cual era esa fijación por ese tal Mario que para todos era absolutamente desconocido.

Y entonces ocurrió todo. Su mejor amiga, Yamila, la única persona de todas que podría saber verdaderamente quien es ese Mario y que era lo que su mente intentaba decirle de una vez por todas
-Yami – le dijo apartándola del grupo de amigas
-Dime Alon – contestó sonriente a su amiga - ¿Pasa algo? ¿Te encuentras mal? – todos eran así, tan cuidas con ella… querían que estuviera bien
-¿Quién es Mario?
-¿Otra vez con eso? – por tercera vez le había respondido con una evasiva – Alito, deja de cegarte con ese tal Mario, y concéntrate en tu recuperación
-Yami, por favor – suplicó – estoy completamente recuperada, quiero… no, no quiero – se retractó – necesito, de verdad que lo necesito, saber quien es Mario. Y yo sé que lo sabes, Yamila
-Y si sabes que lo sé, no se para que me preguntas tanto sobre ese tipo, no te lo quiero decir, Alito
-Lo necesito, Yaya, necesito saber quien es ese Mario, necesito quitarme todo esto de la cabeza – dijo angustiada
-Está bien… ven conmigo – y de la mano se alejaron del grupo, en dirección a la casa de la rubia.

Caminaron durante varios minutos en dirección hacia la verdad, hacia lo que tenía que pasar con ese tal Mario, y entonces Alondra supo lo que tenía que preguntar
-¿Qué pasó con Matio?
-Todo pasó el día anterior al accidente. Habíamos salido las chicas, y entre unas cosas y otras, cada una acabó por su lado, cada una con su novio, con su chico de una noche o simplemente se iban a casa por el cansancio. Pero tú y yo aguantamos en la pista de baile durante varias horas
-¿Me gusta bailar?
-Amas bailar, Alito… - le sonrió – y allí fue donde conociste a Mario. Dijiste que fue un amor a primera vista, que querías estar con él para siempre… yo pensaba que estabas borracha, que simplemente era una tontería que decías por el alcohol
-Pero no fue así… ¿verdad?
-Le hiciste una foto con mi cámara de fotos, porque querías tenerla para siempre. Yo pensaba que era una tontería, y de hecho pensé durante mucho tiempo en borrar la fotografía del ordenador, pero entonces comenzaste a preguntar por él, y la guardé por si algún día recordabas todo
-¿por qué no quieres que recuerde a Mario?
-No es que no quiera que recuerdes a Mario, lo que si quiero es que te pongas bien, y que consigas recuperarte del todo… Recordar a alguien que no vas a volver a ver no es bueno, Alondra
-Yo decido a quien quiero recordar, ¿vale? Y si mi mente me trae en todo momento, a Mario en la cabeza por algo será, ¿no?
-Alon, en el momento del accidente estabas hablando de Mario, capaz fue por eso por lo que tu cabeza no deje de pensar en él, no se si es una obsesión o si simplemente tu cabeza no ha logrado bloquearlo por estar hablando de él en aquel momento… solo sé que tu obsesión por ese tal Mario no es buena, Alondra
-Tal vez no sea buena, pero necesito descubrir que me pasa con Mario
Habían llegado a casa de Yamila, y en silencio subían las escaleras, iban a ver esa fotografía de ese tal Mario, se quedaron en silencio allí dentro durante varios segundos, y entonces fue cuando Yamila le mostró la foto de Mario
Los recuerdos que faltaban para completar su puzle se hicieron visibles para ella, comenzaba a recordar momentos, sentimientos, sonrisas, comenzó a recordar todo, comenzó a recordar quien era y como había llegado hasta ahí. El chico de esa foto era ese chico que tantas veces había tenido en su cabeza cuando escribía. El chico de esa foto era su Mario.

Durante dos meses, Alondra fue recordando, durante dos meses Alondra fue plasmando sus pensamientos, sus recuerdos, todo lo que sentía en un libro. Escribía todo lo que sentía al ver que no recordaba algo, o cuando alguien la saludaba y ella no sabía quien era… la impotencia de no poder recordar.
A escondidas de ella, su madre llevó aquel libro a una editorial, que lo presentó como “Recordar lo que estaba escrito”, aquel título era el indicado. Alito, unos meses antes del accidente, se había tatuado en el costado la palabra “Maktub” que significaba “Lo que estaba escrito”, ella siempre pensaba que todo lo que pasaba era porque tenía que pasar, porque las cosas no ocurren por cualquier motivo sin importancia, sino que las cosas pasan para llevarte a un momento mucho mejor.
Aquel libro fue un éxito, y todo el mundo que lo compraba lo recomendaba abiertamente. Lo más excitante de aquel libro, es que todos se preguntaban quien era ese tal Mario, quien era la persona a la que se lo había dedicado, porque si, Eugenia pensó, que con aquella dedicatoria Matio la buscaría
“Todo está escrito, todo nos pasa por algo, y yo sé que mi cabeza no te quitó en ningún momento de mi mente por ese mismo algo. Para Mario.”

Su primera firma de libros fue en un conocido centro comercial de Lima, en una bonita librería que vendía infinidad de libros, pero siempre junto a una cálida sonrisa por parte de los vendedores.
Alondra estaba ahí sentada, firmaba libros una y otra vez, cada uno con su dedicatoria personalizada. Siempre quería que cada persona se sintiera especial, que cada persona supiera que aunque fuera durante unos segundos, había significado tanto para otro ser humano.
A última hora ya no quedaba prácticamente nadie en aquella firma de libros, pero Alito había dicho que estaría hasta las 9 de la noche esperando, por si algún rezagado quería su firma del libro, y allí apareció ese rezagado, a las 9 menos cinco de la noche, con un libro en la mano, unas gafas de sol y una sonrisa.
Se acercó a la mesa de Alondra y puso el libro sobre la mesa
-Hola lindo, ¿a quién se lo dedico?
-No hace falta que me lo dediques… otra vez – sonrió quitándose las gafas
-Mario… - se levantó – no lo puedo creer
-Hola Alondra – sonrió recibiendo ese caluroso abrazo
-Es… oh Dios mío, es que no me lo puedo creer… eres tú, Mario, eres tú
-Si, soy yo – contestó riendo. Siempre había sido tan amistoso
-No me lo puedo creer – contestó abrazándolo una vez más, se sentía eufórica
-Alondra, tú más que nadie lo debería saber… “Todo está escrito, todo nos pasa por algo, y yo sé que mi cabeza no te quitó en ningún momento de mi mente por ese mismo algo.” – recitó las palabras de la dedicatoria del libro
-Es… - no le salían las palabras
-Ya son las nueve, ahora nos vamos a ir a cenar, y vamos a comenzar de nuevo, vamos a comenzar de nuevo… ¿te parece bien?
-Me parece estupendo – contestó sonriendo
-Una cosa – se paró frente a la fuente que había en aquel centro comercial – no quiero tener que esperar por algo que ya sé que va a pasar, Alon – la acercó a si mismo – he leído el libro – y acercó su boca para besarla – yo tampoco he dejado de pensar en ti ni un solo segundo – y unió sus labios en el primer beso
-Este es mi primer beso después del accidente
-Y desde ahora solo vas a recibir besos por parte de estos labios, que lo sepas – contestó abrazándola
Ambos comenzaron a caminar, ambos comenzaron su historia, aquella que ya estaba escrita con un final feliz. Solamente tenían que leerla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario