Llegué tarde al partido de fútbol. Después de que gaston se marchara, me quedé en ropa interior y salté a la piscina para coger las llaves. Gracias a Israel, descendí de categoría.
- Diana, despierta. pablo está aquí -me dice mi madre, zarandeándome.
Levanta la cabeza y veo a pablo, de pie frente a mí. Me ofrece la mano y pregunta:
-¿Estás lista?
Vaya. Me he olvidado de la fiesta pese a que hace meses que está planeada. No me apetece nada ir.
- No vayamos y quedémonos en casa.
- ¿Estás de broma? Todos esperan que vayamos. No puedes perderte la mayor juerga del año -dice mirándome los pantalones de chándal y la camiseta con el lema HAZTE UN CHEQUEO. La conseguí el año pasado cuando hice la caminata contra el cáncer de mama-. Te esperaré mientras te vistes. Date prisa. ¿Por qué no te pones ese mini vestido negro que tanto me gusta?
Me arrastro hasta el armario para cambiarme. En una esquina, junto a la camiseta sin mangas de DKNY, está la bandana de Israel. La lavé anoche, pero cierro los ojos y me la llevo a la nariz para comprobar que su fragancia persiste en la tela. Lo único que acabo distinguiendo es el olor del detergente. Qué decepción. Ahora mismo no estoy preparada para analizar mis sentimientos, especialmente porque Mario está esperándome abajo.
Tardo bastante en ponerme el mini vestido negro, arreglarme el pelo y maquillarme. Espero que Mario no esté cabreado por haber esperado tanto. Tengo que estar perfecta o mi madre no tardará ni un instante en criticar mi aspecto delante de él.
Cuando vuelvo a bajar, Mario está sentado al borde del sofá, ignorando completamente a mi heremana. Creo que se pone nervioso cuando está cerca de ella.
«La inspectora» que tengo por madre se acerca a mí y me toca el pelo.
- ¿Te has puesto acondicionador?
¿Antes o después de meterme en la piscina para recuperar las llaves?
- Mamá, por favor -le imploro, apartándole la mano.
- Estás increíble -señala Mario, acercándose a mí.
Afortunadamente, mi madre se retira. Es obvio que le agrada y le tranquiliza la aprobación de Mario aunque no tenga el pelo perfecto.
En el trayecto, observo al que ha sido mi novio durante los dos últimos años. La primera vez que nos besamos fue jugando a la botella en el segundo curso de instituto. Lo hicimos delante de todo el mundo. Mario me cogió entre sus brazos y nos besamos durante cinco minutos. Sí, los espectadores lo cronometraron. Desde entonces hemos sido pareja.
- ¿Por qué me miras de ese modo? -pregunta, girando la cabeza.
- Estaba recordando la primera vez que nos besamos.
- Fue en casa de Jaz. Sí, menudo espectáculo, ¿eh? Incluso los de último curso se quedaron boquiabiertos.
- Ahora somos nosotros los que estamos en último curso.
- Y todavía somos la Pareja Dorada, guapa -dice, doblando para encarar el camino de entrada de Jaz-. ¡Que empiece la fiesta! ¡Ya ha llegado la Pareja Dorada, -grita Mario cuando entramos en la casa.
Él se va con los chicos mientras yo voy a buscar a Angie. La encuentro en el salón. Mi mejor amiga me da un abrazo y después me hace señas para que tome asiento en el sofá, a su lado. Hay un grupo de chicas del equipo de animadoras, entre ellas, Alondra.
- Ahora que Angie está aquí -dice Angie-, podemos empezar a jugar.
- ¿A quién te gustaría besar? -pregunta.
- Empecemos por algo sencillo. ¿Dogo o caniche? -sugiere
- ¿Los comparan con perros? -digo, soltando una carcajada.
- Yo tengo otra -interviene Alondra-. ¿Mario o Israel?
Todas desvían la mirada hacia mí. Entonces, Angie me da un codazo, como indicándome que no estamos solas. Debe de ser Mario. ¿Por qué me la ha jugado así Alondra?
Todas están mirando ahora a Mario, quien está de pie detrás de mí.
- Ups. Lo siento -dice Alondra, disculpándose por haberse ido de la lengua.
- Todos saben que Diana elegiría a Mario -interviene Angie mientras se mete una galleta salada en la boca.
- Alondrs, ¿por qué has hecho eso? -pregunta con desdén.
- ¿El qué? Solo es un juego,
- Sí, pero nosotras estamos jugando a un juego muy diferente del tuyo.
- ¿Qué se supone que significa eso? Solo porque no tengas novio...
Mario se aleja, dirigiéndose hacia el patio. Después de fulminar a Alondra con la mirada, sigo a Mario al exterior.
Lo encuentro sentado en una de las tumbonas junto a la piscina.
- ¿Por qué miércoles has tenido que dudar cuando Alondra te ha hecho la pregunta? –vocifera-. Me has puesto en ridículo bueno, ahora mismo no estoy muy contenta con Alondra.
Mario suelta una corta carcajada.
- ¿No lo entiendes? No es culpa de Alondra.
- ¿Crees que es culpa mía? Como si fuera yo quien pidió ser compañera de Israel.
- No te quejaste demasiado -dice, poniéndose en pie.
- ¿Estás buscando bronca, Mario?
- Puede que sí. Ni siquiera sabes comportarte como una novia.
- ¿Cómo puedes decir eso? ¿Quién te llevó al hospital cuando te torciste la muñeca? ¿Quién sale corriendo al campo y te da un beso después del primer touchdown?
¿Quién fue a visitarte todos los días cuando cogiste la varita el año pasado?
-Recibí clases de conducción en contra de mi voluntad. Me quedé dormida en los brazos de Israel borracha, pero no sabía lo que estaba haciendo. No ha ocurrido nada con Israel soy inocente, aunque mis pensamientos no lo sean.
- Eso fue el año pasado -dice Mario, cogiéndome de la mano y tirando de mí para volver a entrar en la casa-. Quiero que me demuestres lo mucho que te importo. Ahora.
Entramos en la habitación de Jaz y Mario me obliga a tumbarme en la cama con él.
Lo aparto cuando me acaricia el cuello con la punta de la nariz.
- Deja de comportarte como si estuviera forzándote, Diana -masculla Mario. La cama cruje con nuestro peso-. Desde que empezó el instituto has estado actuando como una puñetera mojigata.
- No quiero que nuestra relación se base en el sexo. Me da la sensación de que ya nunca hablamos -digo, incorporándome sobre la cama.
- Pues hablemos -dice.
- Tú primero. Di algo y después hablaré yo.
- Esta es la cosa más estúpida que he oído nunca. No tengo nada que decir, Diani. Si tú tienes algo en mente, suéltalo.
Respiro profundamente, castigándome a mí misma por sentirme más a gusto con Israel que en aquella cama con Mario. No puedo permitir que termine nuestra relación. Mi madre se pondría histérica, mis amigas se morirían... el mundo se acabaría...
Mario tira de mí para que me tumbe a su lado. No puedo romper con él solo porque me dé miedo tener relaciones sexuales. Después de todo, él también es virgen. Y me ha esperado para que los dos podamos compartir ese momento. La mayoría de nuestros amigos ya lo han hecho. Tal vez eso es lo que hace que me sienta como una estúpida y mi interés por Israel se haya convertido en la excusa perfecta para evitar acostarme con Mario.
Los brazos de Mario me rodean la cintura. Llevamos juntos dos años, ¿por qué echarlo todo a perder por una estúpida atracción hacia alguien al que ni siquiera debería dirigir la palabra?
Cuando sus labios están a escasos centímetros de los míos, reparo en algo que me deja helada. Una fotografía sobre el vestidor de Jaz, Mario y él en la playa, este verano.
Hay dos chicas con ellos, y Mario rodea cariñosamente con los brazos a una bonita morena con el pelo corto y enmarañado. Sonríen de oreja a oreja, como si tuvieran un secreto que están a punto de compartir.
- ¿Qué es eso? -le pregunto, señalando la fotografía e intentando que no se me refleje la inquietud en la voz. - Un par de chicas que conocimos en la playa -dice, recostándose de nuevo mientras yo sigo mirando la foto. - ¿Cómo se llama la chica a la que rodeas con el brazo?
- No lo sé. Creo que se llamaba Stefanie o algo así.
- Parecen una pareja -señalo.
- Eso es ridículo. Ven aquí -me ordena. Entonces se yergue y me impide seguir observando la fotografía.- Tú eres la única a la que deseo ahora Diana. -¿Qué quiere decir con ahora? ¿Se refiere a que este verano ha deseado a Stefanie pero que ahora me desea a mí? ¿Estoy analizando demasiado sus palabras? Antes de que me dé cuenta, me ha bajado el vestido y me ha subido el sujetador hasta la barbilla. Intento concentrarme y convencerme de que mis dudas son solo el producto de los nervios.
- ¿Has echado el pestillo de la puerta? -le pregunto, Intentado alejar la inquietud de mi mente.
- Si -responde él, totalmente absorto en mis pechos. Consciente de que tengo que poner de mi parte pero haciendo un gran esfuerzo por motivarme, lo toco por encima de los pantalones.
Mario se incorpora, me aparta la mano y se baja la cremallera.
Cuando se baja los pantalones hasta las rodillas, me dice:
- Vamos, Diani. Probemos algo nuevo.-No me siento bien, todo parece demasiado preparado. Me acerco un poco, aunque tengo la mente en otro sitio.
La puerta se abre con un chirrido y una cabeza se asoma por el resquicio. De inmediato, una sonrisa enorme se le dibuja en la cara.
- ¡Mierda! ¿Dónde hay una cámara de celular cuando la necesitas?
- ¡Pensaba que habías cerrado la puerta! -le grito a Mario enfadada mientras me apresuro a ponerme el sujetador y a bajarme el vestido-. Me has mentido. -Mario coge la manta y se tapa.
- Carajo, , déjanos un poco de intimidad, ¿quieres? Diana, deja de comportarte como una histérica.
- Por si no te has dado cuenta, esta es mi habitación -dice, y apoyándose en el marco de la puerta, enarca una de sus cejas y añade-: Diani, dime la verdad. ¿Son naturales?
-, eres un cerdo -le espeto, apartándome de Mario.
Mi novio intenta tomarme cuando bajo de la cama de un salto.
- Vuelve aquí, Diana. Siento no haber echado el cerrojo. Me he dejado llevar por el momento.
El problema es que el hecho de que la puerta estuviera abierta no es la única razón por la que estoy enfadada. Me ha llamado «histérica» sin pensárselo dos veces. Y no ha regañado a ese idiota por su comentario. Miro a mi novio y le digo:
- ¿Ah, sí? Bueno, pues ahora soy yo quien se deja llevar por el momento y se larga de aquí.
A la una y media de la mañana estoy en mi habitación, mirando el móvil. Mario me ha llamado treinta y seis veces. Y ha dejado diez mensajes. Desde que Angie me ha acompañado a casa, he intentado ignorarle. En parte porque tengo que dejar que se me pase el enfado. Me atormenta la idea de que me haya visto medio desnuda. Mientras buscaba a Angie para pedirle que me trajera a casa, pude escuchar al menos a cinco personas que susurraban sobre la escena que había tenido lugar en 1a habitación.
Pero es la trigésimo novena llamada de Mario, y mis pulsaciones ya han recuperado su ritmo habitual.
Finalmente, respondo al teléfono.
- Deja de llamarme -le suelto.
- Dejaré de hacerlo cuando oigas lo que tengo que decirte -anuncia Mario al otro lado de la línea con un tono de voz lleno de decepción.
- Pues habla. Te escucho.
Le oigo aspirar profundamente.
- Lo siento, Diani. Siento no haber echado el cerrojo de la puerta. Siento haber querido tener relaciones sexuales. Siento que uno de mis amigos se lo tome a broma cuando no tiene ninguna gracia. Siento no poder soportar verlos a Israel y a ti en clase. Siento haber cambiado este verano.
No sé qué decirle. Mario ha cambiado, pero ¿también lo he hecho yo? ¿O soy la misma persona que se despidió de él antes de que se marchara de vacaciones? No lo sé. Solo tengo una cosa clara.
- Mario, no quiero que nos peleemos más.
- Yo tampoco. ¿Puedes olvidar lo que ha pasado esta noche? Te prometo que te recompensaré. ¿Recuerdas nuestro último aniversario, cuando mi tío nos llevó en su avioneta para pasar el día?
Acabamos en un balneario. Cuando fuimos a cenar al restaurante por la noche, había un gigantesco ramo de rosas rojas en nuestra mesa, junto a una caja de color turquesa.
Dentro había un brazalete de oro blanco de Tiffany's.
- Sí, lo recuerdo.
- Voy a comprarte los pendientes que hacen juego con el brazalete, Diani.
No tengo valor para decirle que lo que quiero no son unos pendientes. Me encanta el brazalete y siempre lo llevo puesto. Pero lo que me dejó boquiabierta aquel día no fue el regalo, sino el hecho de que Mario fuera más allá de lo planeado solo para hacer que todo fuera súper especial. Eso es lo que recuerdo cuando veo el brazalete. No el regalo, sino su significado. He visto muy poco de ese Mario desde que empezó el instituto.
Los caros pendientes serían un símbolo de la disculpa de Mario y siempre me recordarían aquella noche. También servirían para sentirme culpable por no corresponderle con... mí virginidad. Puede que no sea consciente de ello, pero el hecho de que la idea me ronde por la cabeza es una señal. No quiero sentirme presionada.
- Mario, no quiero los pendientes.
- Entonces, ¿qué quieres? Dímelo.
Tardo un rato en contestar. Hace seis meses podría haber redactado un ensayo de cien páginas sobre lo que quería.
Desde que empezó el instituto, todo ha cambiado.
- Ahora mismo no sé lo que quiero. -Me duele tener que decir algo así, pero es lo que siento.
-Bueno, ¿me darás una pista cuando lo sepas?
Claro, si es que llego a descubrirlo.

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