NICOLA
Hoy se suponía que tenía que cortar tres céspedes diferentes. Sin embargo, sólo
llamé y reprogramé todo momentos antes de que Angie saliera corriendo del
bosque hacia mi camioneta.
Ayer por la noche todo había cambiado para mí. Necesitaba decirle exactamente
cómo me sentía, pero no podía hacerlo ahora mismo, no quería tener esa
conversación todavía, sólo quería disfrutar de estar con ella.
Íbamos a pasar el día en la playa y mezclarnos con los turistas. Salir juntos en la
ciudad no era una opción, al menos no hasta que Mario llegara a casa y hablara
con él. No podía dejarla ir. No ahora. Esta vez no iba a sentarme y ver a Mario
tener todo, necesitaba a Angie. La amaba de una manera que sé que mi primo
nunca podrá.
Abrió la puerta del pasajero y entró. Que Dios me ayude, ella tenía unos shorts
diminutos y un top aún más pequeño que me dio un vistazo de su ombligo. La
playa estaba a cuarenta y cinco minutos y ella iba a volverme loco vestida así.
—Buenos días —dijo sonriendo mientras se deslizaba a mi lado y se sentaba a
horcajadas sobre el cambio de marchas.
Todas las preocupaciones sobre Mario huyeron de mi mente.
—Buenos días, hermosa —contesté y me incliné para besarla.
Ella suspiró y de inmediato se acerco a mí, pasando sus dedos por mi pelo. Tomó
todo mi autocontrol para retirarme.
—¿No quieres salir de aquí primero? —pregunté.
Frunció los labios como si acabara de quitarle su juguete favorito y se sentó
cruzando los brazos sobre el pecho.
—¿Cómo te estás sintiendo hoy? —pregunté sacándonos a la calle. Su hoyuelo me
guiñó. Necesité toda mi fuerza de voluntad para mantenerme conduciendo y no
detenerme para poder besar ese dulce punto.
—Estoy bien… quiero decir mejor que bien. Yo… —Hizo una pausa y le eché un
vistazo para ver sus mejillas ruborizarse a un rosa bastante brillante.
No podía dejar de reírme ante el rubor inocente en su cara. Alcanzándola con
cuidado tire de una de sus pequeñas manos que se retorcían nerviosamente en su
regazo y pasé mis dedos a través de ella, mientras que los primeros indicios de
posesión vinieron sobre mí.
—¿Estás dolorida? —pregunté. Había oído que las vírgenes estaban normalmente
doloridas después. Sin embargo, Angie había sido la primera virgen con la que
había estado.
Empezó a negar y luego su rubor se intensificó.
—Tal vez un poco.
—Lo siento —contesté, sintiendo un tirón de protección para acompañar la sana
posesión alzándose dentro de mí. Ella estaba convirtiendo mi interior en una zona
loca de guerra.
Me miró y sonrió con timidez.
—No lo hagas.
Dios, la amaba. Envolvió sus brazos a mi alrededor y puso su cabeza en mi
hombro. Fue una de las pocas veces que odié a mi caja de cambios. Prefería
permanecer así sin mover el brazo.
—Dime que te pusiste protector solar —dije mirando hacia su piel ligeramente
bronceada. El sol en la playa era intenso incluso para el mejor bronceado.
Rió y asintió. Todo estaba bien con el mundo. Una vez que nos saqué de la
carretera sur metí mis manos entre sus muslos y disfruté del paseo.
Normalmente no disfruto de las llenas playas turísticas. Pero hoy era diferente. No
me importaban los niños gritando y tirando arena en mi cara mientras correteaban
o los desagradables norteños bronceados que alimentaban a las malditas gaviotas.
Angie hacia todo mejor.
El sol era abrasador y aunque Angie estuviera contenta con tostarse en el calor,
seguí insistiendo para que fuera a las olas conmigo. Viéndola reír y jugar cuando
se sumergió en el sentido contrario de las olas, haciendo sentir como si nuestros
años de diferencias hubieran desaparecido. Estaba el entonces y el ahora. El tiempo
perdido en el medio era borroso. Estar con ella me hizo sentir completo. Siempre
me había mantenido unido, cuando mi mundo se derrumbaba a mi alrededor.
—OH DIOS MIO, HAY UNA MEDUSA. —Su chillido fue seguido por un cómico
intento de atravesar el agua agitada hacia la playa.
Contuve la risa y la seguí. No dudé que era una medusa. Era el momento para
ellas, pero con sus grandes ojos y su expresión de pánico, era tan linda que era
divertido.
ANGIE
—Siempre supe que serías irresistible una vez que dejaras de actuar como alguien
que no eres —susurró Nicola mientras envolvía sus brazos a mi alrededor.
Todavía estaba jadeando por correr a través de las olas. Se me escapó una risita sin
aliento y apoyé la cabeza contra su duro pecho.
—No es fácil ocultar a la chica mala en mi interior delante de la única persona que
sabe que existe —respondí.
Los brazos de Nicola se tensaron y respiró en mi cuello, mientras descansaba la
barbilla en mi hombro.
—No. Nunca vi una chica mala. No eres mala Angie. Sólo has estado fingiendo
ser otra persona durante mucho tiempo para hacer felices a tus padres y a Mario.
La chica que realmente eres es increíble. Eres amable, pero tienes agallas. Eres
brillante, pero nunca actúas superior. Sin embargo eres cuidadosa en saber cómo
divertirte y eres tan increíblemente sexy, pero no tienes idea.
Era difícil verme en la forma que él me describía, pero oírlo diciendo esas cosas me
hacia desear que las cosas fueran diferentes. Y no me había contenido con él en
absoluto. Cuando estaba con Nicola no pretendía. Era sólo yo. Y en lugar de la niña
mala vio algo deseable. Quería que el mundo me viera de esta manera también,
pero sabía que sólo alguien como Nicola encontraría todos mis defectos cualidades
atractivas.
—Me alegro de que me veas de esa manera. No estoy diciendo que estoy de
acuerdo, pero me hace feliz saber que no ves mis defectos.
Nicola se tensó detrás de mí por un momento antes de que sus brazos me dejaran.
Podía sentir su cuerpo alejándose de mí.
—¿Qué pasa? —pregunté dándome la vuelta para mirarlo de frente.
Él negó. Esperé a que hablara y después de unos minutos de silencio, volteó la
cabeza para estudiarme.
—¿Por qué estás con Mario?
Esta no era una pregunta para la que estuviera preparada. Sacudí mi cabeza.
—¿A qué te refieres?
Pasó la mano por su pelo, cerrando los ojos como si estuviera luchando para no
decir lo que estaba en la punta de su lengua.
—Te comportas como alguien más con él. Alguien que crees que va con él. Una
perfecta chica buena que sigue todas las reglas. Sin embargo, deseas romper cada
una de ellas, Angie. No eres una criminal, sólo quieres extender tus alas un poco y
disfrutar de la vida. Pero lo quieres tanto que estás dispuesta a negarte la libertad
de ser TÚ, sólo para poder tenerlo. —Calló, pero mantuvo la mirada suplicante en
mí.
Quería que dejara de hablar. No quería oír estas cosas. No era cierto. Yo era una
chica buena. Era el tipo de chica que alguien como Mario podía amar.
—Soy buena —logré decir por estrechez de mi garganta. Me sentía estúpida
diciendo esas palabras cuando debería haber estado en casa llorando la muerte de
mi abue. Cerré los ojos tratando de forzar mis pensamientos lejos de ella. No podía
pensar en eso ahora. No estaba preparada.
—No dije que fueras mala. Tu eres buena, Angie. ¿No me estás escuchando? Tienes el sentido deformado de lo que es bueno. Querer salir a escondidas con tu novio y saber si eres deseable, desear a tu maldito novio o dejar un maldito auto
todoterreno en un lugar de estacionamiento no te hace mala persona. Te hace un
ser humano.
Las lágrimas pican en mis ojos. Quería creerle. Había vivido con culpa por mucho
tiempo porque quería hacer las cosas que habían dicho que estaban mal. Pero este
era Nicola Porcella. Bebía demasiado y les hacía cosas a chicas en lugares públicos
que nunca había hecho en mi vida… hasta que empecé a pasar tiempo con él.
Mamá siempre me había dicho que Lucifer era hermoso.
—Pensaba que la Angie que yo conocía había desaparecido por completo. Me afligí
por ella durante mucho tiempo. Entonces, un día en el comedor Halley se acercó a Mario y coqueteó con él justo en frente de ti como si no estuvieras allí. Cuando se
dio vuelta para irse tropezaste con ella. Mario no lo vio, pero yo sí. —Una sonrisa
estiró la comisura de su boca—. Cuando ella estaba tendida allí en el suelo vi la
pequeña sonrisa que tocó tus labios antes de agacharte y ayudarla a levantarse
disculpándote profusamente. Hasta ese momento pensaba que estabas perdida. Me di cuenta de que mi Angie estaba debajo de todo ese brillo y esa cortesía, en alguna parte. Después de ese día empecé a mirarte y a disfrutar de los momentos en los que tenía un vistazo de lo real que salía mientras nadie estaba prestando atención. Es por eso que te dije esas cosas. Quería que reaccionaras para mí. Quería que fueras astuta para mí. Esos momentos en los que no podías soportarlo más y te rompías… yo vivía para esos momentos.
—¿Eras así conmigo porque querías que fuera astuta para ti? —pregunté.
Asintió con la cabeza y se inclinó para besar la punta de mi nariz.
—Realmente te gusta mi lado feo, ¿verdad Nicola?
—Nada acerca de ti es feo. Eres tan hermosa por dentro como lo eres por fuera,
pero no ves eso. Eso es lo que me mata. Mario es mi primo y yo haría cualquier
cosa por él. Pero está loco por haberte mantenido en algún maldito pedestal.
Quiero ver a la verdadera tú. A la que le gusta llevar unos shorts porque sabe que
me vuelven loco. La que corre desde el bosque a mi camioneta sonriendo como si
nada más importara. —Ahueca mi cara con su mano—. La verdadera Angie Arizaga es perfecta y estoy locamente enamorado de ella.
Mi estomago se aprieta. Yo tenía sentimientos por Nicola. Compartimos esta historia y ahora hemos tenido este verano, pero se suponía que el amor no era un factor en cuestión. Mario siempre se interpondría entre nosotros.
Los labios de Nicola se encontraron con los míos y todo lo demás se desvaneció. No me importaban todas las preocupaciones y argumentos de la parte trasera de mi cabeza. Sólo quería ser yo. Y en sus brazos sabía que podía serlo.

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