—Lamento llegar tarde, Angiesita —dijo, presionando sus labios contra los míos—. Feliz cumpleaños.
—Gracias —dije, viendo a Nicola observándonos por el rabillo de mi ojo.
Mario levantó mi muñeca. —La estás usando.
—Dije que lo haría. ¿Quieres bailar?
Negó con su cabeza. —Uh… Yo no bailo.
—Oh, bueno, ¿Quieres ser testigo de mi bebida número cinco de Petron? —Sonreí, sosteniendo mis cinco billetes de veinte—. Tendré el doble si al final de la noche tomó quince.
—Eso es un poco peligroso, ¿no?
Me incliné hacia su oído. —Voy a acabar con ellos. He jugado a este juego con mi padre desde que tengo dieciséis.
—Oh —dijo, frunciendo el ceño con desaprobación—. ¿Bebías tequila con tu papá?
Me encogí de hombros. —Era su manera de pasar el tiempo juntos.
Mario no parecía impresionado cuando sus ojos se apartaron de los míos, escaneando la multitud. —No puedo quedarme mucho tiempo. Me iré temprano a un viaje de caza con mi padre.
—Fue buena idea que mi fiesta fuera esta noche, o no hubieras podido venir mañana —dije, sorprendida de escuchar sus planes.
Él sonrió y tomó mi mano. —Hubiera regresado a tiempo.
Tiré de él hacia el mostrador, tomé otro vaso y lo bebí, lo dejé caer fuertemente en el mostrador como lo hice anteriormente con el cinco. Rafael me dio otro billete, y baile hacia la sala. Nicola me agarró y bailamos con Diana y Israel.
Isra me dio un golpe en el trasero.
—¡Uno! —Agregó Diana dándome un segundo manotazo en el trasero, y luego todo el mundo en la fiesta se unió, incluyendo Mario.
En el número diecinueve, Nicola frotó sus manos. —Mi turno.
Froté mi trasero adolorido. — ¡Se amable! ¡Me duele el trasero! —Con una sonrisa malvada, él tomó impulso. Cerré mis ojos con fuerza. Después de unos momentos, los entre abrí de nuevo. Justo antes de que su mano hiciera contacto, él se detuvo y me dio una suave palmada.
— ¡Diecinueve! —exclamó.
Los invitados aplaudieron, y Diana comenzó una versión borracha de la canción Feliz Cumpleaños. Reí cuando llegó la parte de cantar mi nombre y la habitación entera cantó ―Pajarita.
Otra lenta canción provino del equipo de música, y Mario me llevó a la improvisada pista de baile. No me tomó mucho tiempo averiguar porque no bailaba.
—Lo siento —dijo después de pisar mis pies por tercera vez.
Apoyé mi cabeza contra su hombro. —Lo estás haciendo muy bien —mentí.
— ¿Qué vas a hacer el lunes en la noche?
— ¿Cenar contigo?
—Sí. En mi nuevo apartamento.
— ¡Encontraste uno!
Él rió y asintió. —Vamos a ordenar algo, sin embargo. Mi comida no es exactamente comestible.
—Me gustaría probarla, de todos modos —Le sonreí.
Mario miró alrededor de la habitación y entonces me llevó al pasillo. Él gentilmente me presionó contra la pared, besándome con sus labios suaves.. Al principio, le seguí el juego, pero después tuve la sensación de que lo que estaba haciendo no era bueno.
—Está bien, Mario —dije, maniobrando para apartarlo.
—¿Todo bien?
—Creo es que descortés de mi parte manosearme contigo en un rincón oscuro cuando tengo invitados por allí.
Él sonrió y me besó otra vez. —Tienes razón, lo siento. Sólo quería darte un memorable beso de cumpleaños antes de irme.
—¿Ya te vas?
Él tocó mi mejilla. —Tengo que despertarme en cuatro horas, negrita.
Apreté mis labios. —Bien. ¿Te veré el lunes?
—Me verás mañana. Me detendré cuando esté de regreso.
Él me llevó a la puerta y luego besó mi mejilla antes de irse. Noté que Israel, Diana y Nicola estaban mirándome fijamente.
—¡Papá se ha ido! —gritó Nicola cuando la puerta cerró—. ¡Hora de que la fiesta comience!
Todo el mundo aplaudió, y Nicols tiró de mí al centro de la pista.
—Un momento… iré por otro trago —dije, llevándolo de la mano hacia el mostrador. Bajé de golpe el vaso cuando terminé otro trago, y reí cuando Nicola tomó uno de los del final, haciendo muecas al bajar el caballito. Agarré otro, y tragué, y él hizo lo mismo.
—Siete más, Negra —dijo Rafael y me entregó dos billetes de veinte dólares más.
Limpié mi boca mientras Nicola me llevaba a la sala otra vez. Baile con Diani, y luego Isra, pero cuando el del equipo de fútbol trató de bailar conmigo, Nicola tiró de él hacia atrás por la camisa y negó con su cabeza.
El chico se encogió de hombros y se dio la vuelta, bailo con la primera chica que vio. Cuando había bebido diez tragos, el alcohol me golpeó con fuerza, y me sentí un poco mareada al lado del sofá de Rafael con Diana, bailando como tontas.
Nos reíamos por todo, agitando nuestros brazos en torno al ritmo.
Me tambaleé, casi cayendo sobre el sofá, pero las manos de Nicola estaban instantáneamente en mis caderas para estabilizarme.
—¡Has probado tu punto! —dijo—. Has bebido más que cualquier otra chica que he conocido. No te dejaré beber más.
—Al diablo contigo —dije arrastrando las palabras—. Tengo seiscientos dólares que me esperan en esos tragos, y tú de todas las personas no vas a decirme que no puedo hacer algo extremo por dinero.
—Si lo que quieres es dinero, Pajarita…
—No estoy pidiéndote dinero prestado —me burlé.
—Iba a sugerirte que empeñaras el brazalete —Él sonrió.
Le di una palmada en el brazo mientras Diana comenzaba una cuenta regresiva a la media noche. Cuando las manecillas del reloj se posaron en el doce, todos celebramos.
Tenía diecinueve.
Diana e Isra besaron cada una de mis mejillas, y Nicola me levantó del suelo, girándome alrededor.
—Feliz cumpleaños, Pajarita —dijo con una expresión suave.
Miré sus cálidos ojos verdes por un momento, sintiéndome perdida dentro de ellos. La habitación estaba congelada en el tiempo mientras nos miramos el uno al otro, tan cerca que podía sentir su respiración en mi piel.
—¡Más tragos! —dije, tambaleándome hacia el mostrador.
—Te ves acabada, negra. Creo que es hora de admitas que terminó tu noche —dijo Rafael.
—No soy una gallina —dije—. Quiero ver mi dinero.
Rafael colocó un billete de veinte debajo de los últimos dos vasos, y luego les gritó a sus compañeros de juego. —¡Ella va a beber los últimos! ¡Necesito quince!
Todos ellos se quejaron y rodaron sus ojos, sacando sus billeteras para sacar billetes de veinte al lado del último trago. Nicola había vaciado los cuatro tragos más al lado del número quince.
—Nunca hubiera creído que podría perder cincuenta dólares en una apuesta de quince tragos con una chica —se quejó.
—Créelo, —dije, tomando un vaso con una mano.
Bajé el vaso
—¿Pajarita? —preguntó Nicola, dando un paso en mi dirección.
Levanté un dedo y Rafael sonrió. —Ella va a perder —dijo.
—No, no lo hará —Diana negó con su cabeza—. Respira profundo, negra.
Cerré mis ojos e inhalé, tragando lo último de mi bebida.
—¡Santo Dios, Angie! ¡Vas a morir envenenada de alcohol! —gritó Israel.
—Ella lo tiene —Diana le aseguró.
Levanté mi cabeza y permití que el tequila bajara por mi garganta.
Mis dientes y labios se habían entumecido desde el trago número ocho, y los efectos en ese trago había hecho que estuviera casi en el borde.
La fiesta entera estalló en silbidos y gritos mientras Rafael me daba un fajo de billetes.
—Gracias —dije con orgullo, metiendo el dinero en mi sujetador.
—Eres increíblemente sexy justo ahora —dijo Nicola en mi oreja mientras caminamos a la sala.
Bailamos hasta la mañana, y el tequila corrió a través de mis venas hasta que me adentró en el olvido

No hay comentarios:
Publicar un comentario