Desde la puerta del cuarto hasta la cama, había un rastro de prendas. El vestido de Diana se perdía entre las sábanas a los pies de la cama. Los dos cuerpos desnudos yacían unidos en el centro del colchón. Hacía horas que había amanecido. Pero ninguno de los dos deseaba hacer otra cosa más que amarse. Israel le besaba el cuello mientras embestía contra la sensible carne, una vez más. Diana gemía y se aferraba a él, deseando que nunca terminase y rogando a su vez porque la tortura concluyese. Estaban hambrientos el uno del otro. Pero no era la lujuria lo que los movía. Sino el amor. Ambos notaron el cambio.
Nicola embistió por última vez con un grito ahogado al notar como ella se estrechaba contra él. No era simple sexo. Ella respondía a sus caricias con tanto amor como él. Jamás dudaría de ella de nuevo. Él la amaba y si ella estaba junto a él era porque también lo quería. Puede que no al mismo grado, pero se conformaba con lo que le pudiese dar.
Rodó sobre su espalda y se la llevó con él. La acurrucó sobre su pecho. Y ambos se permitieron descansar y abandonarse al sueño.
Pocas horas después, el despertador les hizo maldecir. Tenían que preparar las maletas y marcharse pronto al aeropuerto. Pero ninguno de los dos deseaba salir de la cama.
- Tenemos que despedirnos de todos -recordó Diana, cuando intentó levantarse y él no le dejó.
- Los veremos en Año Nuevo -repuso él.
- Solo a los chicos. Marisol y Renzo no irán. Debemos despedirlos -ordenó con calma, como si hablase con un niño desobediente.
- ¡No chero! -protestó Israel haciendo pucheros, mientras se abalanzaba sobre ella.
- ¡Me estás asfixiando! -gimió Diana, intentando apartarlo- Isra -dijo con ternura mientras le acariciaba la mejilla- Yo sé que tienes miedo de volver a la realidad. Yo también lo tengo. Pero no me arrepiento de lo que ha pasado entre nosotros. Y no deseo que cambie cuando lleguemos a casa.
Una enorme sonrisa se dibujo en el rostro de Israel. Ignorando las leves protestas de ella y el tiempo que corría en su contra, comenzó a besar cada parte a su alcance, del delicado cuerpo bajo él. Ella dejó de quejarse en cuanto llegó a su intimidad y millones de estrellas comenzaron a danzar a su alrededor. Una vez más hicieron el amor. Fuerte, exigente y con tanto amor, que ambos desearon embotellarlo para no perderlo. Sin apartar la mirada el uno del otro, llegaron el éxtasis de su unión. La felicidad, la paz y el amor, se reflejaba en sus miradas. No había dudas entre ellos. Nunca más.
Diana consiguió convencer a Israel para que se duchase solo, mientras ella hacía su maleta. Después cambiaron los papeles. Cuando todo estuvo listo, a la hora de almorzar, bajaron para encontrarse con toda la familia. Renzo y Piero estaban felices pero con un rastro de duda en su expresión. Mario no se deshizo de sus gafas de sol, que enmascaraban el estado post-borrachera. Y Angie se limitó a decir mil veces lo mal que se encontraba por la resaca, aunque su aspecto fuese saludable. Echarían de menos a esa familia.
¡Su familia!, pensó Israel. No había motivos para pensar que era la última vez que se verían. Y aun así se entristecía de tener que marcharse. Pero tenía muchos planes por delante. Y más ahora que tenía a Diana a su lado. Todo había sido muy extraño estando allí. Había sido una montaña rusa de emociones. Había aprendido más sobre su familia y sobre él mismo en esa semana, que en el resto de su vida. Y a la vez, se había dado cuenta de que la Diana que conocía seguía estando a su lado. Aunque más hermosa y especial de lo que nunca se podría haber imaginado.
La miró con ojos de enamorado y la besó los nudillos. No importaba cuanto la conociese, cada vez que la miraba su corazón daba un vuelco de felicidad. Aunque supiese todos y cada uno de sus defectos. Como que no soporta ir acompañada de compras porque le atrasan en su afán consumista. O que era incapaz de escuchar una canción, película o poema de amor, sin reírse de lo cursi que sonaba. No era ninguna flor delicada. Y esa fuerza con la que vivía era exactamente lo que lo enamoró de ella. Desde que eran pequeños y le decía que él era su "esclavo". Sin duda, ahora lo sería gustoso. Aunque tenía que reconocer que por entonces también lo era. La mayoría de las veces obedecía a cada deseo que la caprichosa chiquita tenía y si no estaba de acuerdo, ella acababa pegándole hasta que lo estuviese.
- ¿De qué te ríes? -preguntó Diana extrañada.
- Recordaba el día que me negué a ayudarte a robarle la caja de bombones a la profesora -explicó él con una enorme sonrisa.
- ¡Oh! -exclamó la chica sonrojada- No te pegué tan fuerte -protestó hundiéndose en su silla- Es que eras muy quejica.
- ¿De qué hablan? -preguntó Mario curioso.
- Recordábamos viejos tiempos -dijo Israel, soltando una carcajada al ver como ella se encogía- Una profesora llevó una caja de chocolates a escondidas a clase y pretendía comérselos con el resto de profesores. Pero a Diani no le pareció buena idea.
- Yo solo dije que si podía darnos algunos -replicó ella irritada.
- Y como la profesora dijo que no sabía de que bombones hablaba, ella se enojó -explicó Israel, sonriente.
- No me gusta que me mientan -aclaró ella, casi en un susurro.
- Así que decidió vengarse y robar todos los chocolates -concluyó el chico, con un brillo de admiración en la mirada.
- ¡No los robé! Me hice responsable de su distribución -argumentó indignada. Todos rieron con el ingenio de la chica.
- Pero lo peor -continuó Israel su historia- es que me obligó a ayudarla. Y como no quise me puso un ojo morado.
- Pensé que te lo habías hecho jugando al fútbol -dijo la madre con sorpresa.
- ¿Qué querías que dijese? ¿"No, me lo ha hecho una niña que pesa la mitad que yo, porque no quise ayudarla a robar unos chocolates"? -se burló Israel sin dejar de reír.
- Hermano, me decepcionas -comentó Mario en fingido tono de desaprobación.
- No lo victimicen tanto, que al final se comió la mitad de los chocolates y yo ni los probé -aclaró Diana indignada.
- Era para compensar el daño físico y psicológico que me habías infligido -bromeó Isra con una sonrisa pícara.
- Sabía que te tenía que haber dado en el labio en vez de en el ojo -farfulló Diana irritada.
El almuerzo concluyó y la hora de partir llegó. Todos intentaban disimular la tristeza que les provocaba. Excepto Pmario, que no era dado a ocultar nada en absoluto.
- Te echaré tanto de menos -dijo el italiano a Diana, burlón, mientras la abrazaba exageradamente- Si te cansas de este -señalando a su hermano- me llamas y yo te consuelo.
- No te sacrifiques tú tanto, hermanito -protestó Isra, apartándolo de su novia- Ella estará perfectamente bien conmigo -aseguró el joven, abrazándola.
- Tengan cuidado -sollozó Marisol, echándose en sus brazos.
- ¡Tranquila mamá! Te llamaremos en cuanto lleguemos para que sepas que el viaje fue bien -dijo él, alejándose del abrazo de su madre.
Todos callaron al ver que el muchacho se acercaba a su padre. Le extendió la mano y Renzo la apretó.
- Espero que la lleves a verme pronto -concedió Israel con media sonrisa.
- Será un placer -aceptó Renzo, disimulando la alegría que le producía saber que su hijo no le daría la espalda.
- Iremos a veros a tu depa nuevo. Cuando te instales -sugirió Marisol risueña, acercándose a los brazos de su futuro esposo- Y también tenéis que venir a la boda. Aún queda unos meses, porque hay miles de detalles que arreglar -continuó la mujer su discurso mientras todos los hombres ponían los ojos en blanco, al pensar en la hermosa mujer discutiendo con floristas, meseros y cura, por cada detalle- Pero no podéis faltar.
- Claro que no, mamá -aclaró Israel, agarrando de la cintura a Diana- Allí estaremos sin falta.
Tras un abrazo más de su madre y de Angie, y darles los datos de Diana a los hermanos para su encuentro la próxima semana, se marcharon hacía el aeropuerto. Había decidido que su madre no los acompañara o haría una escena en público. Los miró como se iban perdiendo de su vista. La imagen de una familia ¡Su familia!
Toda la tristeza que ese pensamiento le produjo se esfumó en cuanto notó el calor del cuerpo acurrucado sobre su hombro. Diana había sido toda su familia durante toda su vida. Y ahora más que nunca lo era todo para él.
La abrazó con más fuerza y se perdió en su aroma ¡Cuanto la amaba!

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