jueves, 24 de julio de 2014

"Amor En Desencuentro" capítulo 37





Julián contuvo el aliento y miró sus enormes ojos verdes. Sintió una agridulce sensación en el pecho. La amaba ¡Diablos! Como la amaba. Lo que más quería en el mundo era estar con ella, hundirse en ella y reclamarla como suya, adorar su cuerpo perfecto de la cabeza a los pies y perderse en el, pero no podía, Julián 
 se había jurado no tener su cuerpo si antes no tenía su mente, su corazón, y Yidda estaba lejos de dárselos.

¡Al diablo con eso! – Susurró una voz en su mente – enséñale lo que es el amor con tu cuerpo.

     Julián quería eso más que nada, pero también sabía que no debía.  Ella estaba, asustada y dolida, y él no debía aprovecharse de eso. Pero, ¡Rayos! Que duro era.   

  
-      Yidda no creo que…
-      No – ella le tapó la boca y lo miró con sus ojos llenos de tristeza – por favor no me rechaces. Por favor.
Él tomó la mano que tapaba su boca y la besó.
-      No te rechazo, solo no creo que estés lista – siguió con su dedo el contorno de un moretón que se iba tornando amarillento. – has pasado por mucho últimamente y…

Ella lo besó, se aferró a él con desesperación, con dolor, con miedo, pero con lujuria y pasión. Un calor feroz surgió entre ellos

Julián sentía que moría. Tenerla en sus brazos entregada a él, habida de él, era lo más dulce que había sentido nunca. Tentativamente abrió mas la boca y sus lenguas hicieron contacto en un baile salvaje y pasional.
Yidda se sentó a horcajadas sobre él sin romper el beso y en ese mismo instante Julián decidió que moriría si no la tenía, pero no estaba dispuesto a poseerla en el suelo como dos salvajes, aunque era una idea excitante, quizá podrían hacerlo después, pero no ahora.

La instó a envolver sus piernas alrededor de su estrecha cintura y se levantó sin romper el contacto.
La depositó sobre la cama y se acostó junto a ella alineando sus cuerpos. Sus alientos se mezclaban y confundían. Las manos de ella masajeaban su espalda y las de él se enredaban en su larga cabellera perdiéndose en el sedoso contacto.       

Yidda no podía ignorar el consuelo de los brazos de Julián. Él era cálido y fuerte, una presencia tranquilizadora en la fría oscuridad de la noche. Bajo las suaves caricias de su mano en la espalda, sintió cómo sus tensos músculos comenzaban a aflojarse.  Sus labios eran exuberantes, cálidos y emocionantes. El rastrojo de su barba raspó suavemente contra su barbilla. Ella se acurrucó más cerca de él, e inmediatamente él profundizó el beso. Julián apretó su brazo alrededor de ella y Yidda sintió una palpitación vital, una urgencia inquieta en él y en sí misma. La respiración de él se hizo más pesada y su corazón latió más rápido, desembocado.

Su excitación era rápida y fuerte, y Julián luchaba, con todas sus fuerzas, contra ella. La boca de Yidda bajo la suya era suave y dócil. Su delicada fragancia llenó su cabeza y escuchó el suave gemido, angustiado, que provino de su propia garganta. Suavemente, tocó con su lengua el labio superior de ella, y luego, el inferior. Le complació sentir la rápida inhalación de ella. Una mano salió de su suave cabello para reposar contra su pecho, justo encima del lugar donde su corazón tronaba y alzó la otra para rápidamente desabotonar su camisa hasta la mitad, luego metió la mano de ella en el interior y la sostuvo contra su desnuda piel.
“Julián”, susurró ella, y otra grieta se abrió en el espíritu de él.
Juli se apartó para mirarla, bella y frágil, y él supo que eso era lo que había querido hacer desde la primera mañana en que la vio. Con avaricia la atrajo hacia él y tomó sus labios de nuevo. El interior de su boca era caliente y resbaladizo, y un intenso deseo que ardía en él, le dijo que la protegiera con su cuerpo y llenara de besos su suave y desnuda piel, mientras tiraba de sus caderas hacia las de él para impregnarse con su propio calor. Y después, que durmiese con la cabeza apoyada sobre su seno mientras la lluvia caía a su alrededor.

Julián estaba tan sumergido en sus propios deseos y sensaciones y no se había dado cuenta de cómo el cuerpo de Yidda se había puesto rígido en sus brazos, o como ella débilmente luchaba para apartarlo. Se alejó mirándola confundido y ella lo empujó con todas sus fuerzas.
Él  la soltó y ella brincó de la cama. Antes de que él pudiera decir nada ella había comenzado a correr lejos de él.


A Julián le había costado un segundo procesar lo que había pasado y ahora corría desenfrenado bajo la lluvia torrencial siguiendo a Yidda. No sabía que había hecho mal, no sabía en qué momento se había perdido, pero Yidda corría con desesperación y él solo quería hacerle sentir que todo estaba bien, que ella estaba a salvo.

Se maldijo por haberse dejado llevar, ella necesitaba dulzura y contención, no que él se le lanzara encima como un depredador hambriento.
Tenía que encontrarla y llevarla de vuelta a casa.

Yidda era un manojo de nervios y contradicciones. Sabía que se estaba comportando de una manera irracional pero no podía parar de correr. Correr no lejos de Julián, sino de sus recuerdos. De todo lo que ocultaba del mundo y la lastimaba.
Los pulmones le ardían, las piernas no le daban para más y su cabeza solo gritaba que corriera, que siguiera corriendo hasta estar lejos de todo y todos.
¡Un momento! ¿Y aquella vos? ¿Qué era? ¿Qué decía?
Yidda se detuvo y escucho, ¿su cerebro? ¿Su cuerpo? ¡Su corazón!
¿Qué gritaba?  ¡No! ¿Qué susurraba?

Julián la amaba, ella lo sabía.
Julián no la lastimaría, ella lo sabía.
Julián jamás sería como ÉL. 
Él, ese era su problema. Yidda no corría lejos de Julián, ni siquiera lejos de Ernesto, corría lejos de ella misma y sus recuerdos de él.
Y la única persona que podía ayudarla la había estado besando minutos antes.
¿¿pero que le pasaba??  ¿¿Porque corría lejos de él??
Él era el único que podía ayudarla, si ella se abría a él. 
Porque... Su corazón se lo grito. 
Porque ella lo amaba.  

Se puso tensa cuando escuchó a alguien acercarse, su respiración se trabó en su pecho y ella no movió un musculo mientras escudriñaba en la oscuridad.
El frío había calado hasta sus huesos y su sangre corría desenfrenada por sus venas.

Yidda miró a Julián llegar hasta ella, se veía preocupado y alerta. Había una sombra en sus verdes ojos cafés. Se detuvo frente a ella a escasos metros y la observó vigilante.

Ella se veía asustada – Julián observó su aspecto mojado y la sintió más frágil que nunca.
Algo no estaba bien, ella no estaba bien y el no saber qué sucedía lo estaba volviendo loco.
Midiendo sus movimientos extendió una mano hacia ella.

-      Está bien Yidda, estas a salvo, no voy a hacerte daño.
Ella lo miró como si le hubiera salido otra cabeza.
-      ¿¿Qué?? ¡No! – ella caminó hasta él y lo abrazó.
Julián envolvió sus brazos alrededor de ella muy lentamente, por miedo a que algún movimiento drástico la hiciera salir corriendo de nuevo.
-      Juli – él la miró con temor hasta de respirar por miedo de asustarla – no corría por ti, yo no te tengo miedo – ahora era él el confundido – es otra cosa, yo… No puedo explicarlo.
Él se envolvió un poco más a su alrededor.  
-      Vayamos a casa.


Yidda lo siguió en silencio. Entraron en la pequeña cabaña y él la hizo tomar un baño de agua caliente. Ella se vistió con su ropa interior y solo una camisa larga de él y se dirigió a la sala.
Lo encontró avivando el fuego de la chimenea, se había quitado la camisa y su piel bronceaba parecía brillas contra la luz de las llamas.  
Estaba pensativo y retraído, nada parecido al chico relajado que ella conocía, Yidda lamento haberle causado eso.

-      Julián –
Él se giró y la miró.

Yidda dio un paso adelante y lo miró a los ojos.
-      Basta de secretos, te mereces la verdad.
Él no dijo nada.
Ella suspiró para reunir valor.
-      Pero antes de que te cuente todo debo decirte que – se acercó a él y lo abrazo – Te amo.
 

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