- Se puede sabes qué rayos es eso de que no quieres ver a Julián?? – preguntó Angie mirando a su amiga.
- Exactamente eso – contestó Yidda.
- Pues eso es idiota.
- Eso fue lo que hizo que casi perdieras a Nicola.
Angie se puso en pié y se llevó las manos a las caderas.
- Exacto, eso fue lo que casi hizo que perdiera a Nicola, ¿¿por nada?? ¿¿para qué simplemente no lo vieras más?? – la señaló con el dedo índice – no estuve a punto de perder al amor de mi vida para que tú decidieras simplemente no arriesgarte por amor. Ahora vas y buscas a Nicola.
- No lo haré Angie, éste es un juego demasiado peligroso para arriesgarnos.
- ¿¿Desde cuándo te da miedo el peligro??
Yidda suspiró.
- Desde que casi arruino el amor de mis dos mejores amigos.
Angie suavizo su mirada.
- Pero no paso, tu nos salvaste – se agachó frente a ella – incluso, nos ayudaste. Esto nos ayudo a no dar nada por sentado y a aprender a valorar lo que tenemos. Amo a Nicola infinitamente más ahora de lo que lo hacía hace una semana.
- Y todo el dolor que pasaste cuando se fue??
- Me ayudó a crecer. Fue exactamente ese dolor el que me hizo darme cuenta de que no puedo vivir sin él.
Angie tomó las manos de Yidda entre las suyas.
- Amiga, quiero que vivas ese amor, quiero que comprendas la sensación hermosa que da estar enamorada.
Yidda se levantó y caminó hasta la ventana
- Quieres que viva eso con Julián??
- Eres tú la que debe responder a eso… Es Julián él que te hace sentir así??
Yidda cerró los ojos.
- Es Julián el que despierta todas esas sensaciones extrañas en mi – miró a su amiga – me hace sentir débil, no me gusta.
- El amor te hace sensible al otro, es así.
- Pues no me gusta. – se abrazo a sí misma – me da miedo – susurró – además no se puede.
- El amor lo puede todo. –
- Deja de sonar como una postal de San Valentín la realidad es más complicada. – se quejó Yidda.
- ¿¿eso qué significa??
- Significa que tendré que aprender a olvidarme de Gastón.
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- Para ser el trabajo de tres hombres, la verdad es que, quedó muy bien – dijo Nicola terminando de acomodar los cojines. – cuando termines me lo prestas para traer a Angie…
Julián recorrió con la vista la pequeña cabaña.
- ¿¿No parece un bulo?? – Preguntó.
- No, tiene demasiada clase para ser un bulo – respondió Nikko – ahora, ¿¿Cómo vas a hacer para traerla aquí?? Ella ni siquiera quiere verte-
- No lo sé – contestó Julián – la traeré amordazada y arrastras si es necesario.
Nicola rió.
- Suerte con eso, jamás he visto a Yidda hacer lo que otros dicen, conseguir que venga será mas difícil que convencer a una piedra que dé agua.
- No me des tantos ánimos - se quejó Julián sentándose en la enorme cama de cuatro postes decorada.
- Y cuando piensas traerla? – preguntó Nikko.
- Hoy si es posible.
- Hoy llega Ernesto – anunció Nicola.
Julián se golpeó la cabeza con el poste de la cama repetidas veces.
- Maldita sea-
Nikko rió.
- Por lo menos te da más tiempo de arreglar tu nidito de amor, que entré los cd´s de Frank Sinatra y los almohadones de corazón no creo que logres convencerla mucho.
- Claro que si – intervino Nicola – a las mujeres les gustan estas cosas, muy en el fondo todas son románticas.
- Muy, muuuuuuuuuuuuuuuuuuuy en el fondo – rió Nikko.
Nicola también rió.
- Vale, admito que con Yidda la tienes un poco difícil. Pero aquí tienes dos opciones. O, te ama por preparar todo esto para ella o
- Te da una patada en los… - se burló Nikko.
- Ja-ja-ja muy gracioso, esto es serio – dijo Julián – la verdad es que no estoy muy seguro de traerla aquí.
- Ah no – se quejó Nicola – no pase todo el día arreglado, pintando y decorando está cabaña para convertirla en la guarida de Cupido, para que la desperdicies. Además es perfecta incluso tiene chimenea.
- Creo que en más que en la cabaña tú debes preocuparte en convencerla de traerla aquí y luego convencerla de… lo que sea que quieras convencerla – dijo Nikko.
Julián se pasó una mano por la cara.
- Convencerla de que la amo.
Nicola lo miró con simpatía y algo de lastima y Nikko le colocó una mano en el hombro.
- Suerte amigo.
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Estaba borracho, Yidda sintió el olor a alcohol apenas entrar en la casa, Ernesto había regresado.
- ¿¿Dónde estabas?? – lo escuchó preguntar desde el mini-bar.
Su voz clara que contrastaba con el fuerte olor a whisky hizo que un escalofrió la recorriera.
- En la caballeriza – respondió ella fingiéndose calmada.
- A esta hora?? – preguntó él.
- Si Ernesro, se acerca una tormenta y los caballos están inquietos.
- Tenemos trabajadores para eso.
- Pero yo quería ver en persona como estaba mi caballo.
- Ese maldito animal.
Ernesto se dio la vuelta y la miró con un vaso de alguna bebida en la mano.
- Se puede saber también porque te preocupa más un apestoso animal que tu esposo??
“porque me preocupa cualquier cosa antes que mi esposo” – pensó ella pero no lo dijo.
- Ahora ven y saluda a tu marido como es debido. – ordenó.
Yidda supo qué hacer. Lo había aprendido a lo largo de los años, se había aprendido a desconectar en esos momentos, dejaba a Ernesto hacer lo que quisiera con su cuerpo mientras su mente corría lejos de allí.
Camino por inercia hasta él e ignoró el fuerte olor a alcohol que desprendía él.
Ernesto tomó su rostro y la beso, fuerte, osco, desagradable. Yidd trató de apartarse, pero él le sostenía la parte posterior de su cabeza, con fuerza, retorciendo los dedos en su pelo. Le hacía daño. La empujó hacia la pared, sin dejar de besarla, tan fuerte, que parecía que sus costillas se estaban rompiendo. Y—de forma horrorosa—se restregó contra ella y pudo sentir el inicio de su excitación.
Esto la galvanizó. Comenzó a empujarlo en serio, tratando de decirle que ya bastaba, pero su boca absorbió sus palabras. Terminó haciendo sonidos de protesta, golpeando los puños contra su pecho.
Él se frotó aún más fuerte contra ella, y lo sintió completamente. ¡Dios, esto era horrible!
Tenía los ojos cerrados, como si se tratara de un momento romántico entre dos amantes, y no un acto de fuerza.
Su lengua se movía dentro de su boca como una babosa húmeda y caliente, y se puso enferma. Luchó más fuerte, tratando de darle patadas, logrando sobre todo magullarle los dedos de los pies. Su mano se apretó en su pelo, tirándole con tanta fuerza que le hizo brotar lágrimas en los ojos.
¡Suéltame! ¡Me estás haciendo daño!- Las palabras estaban allí, en su garganta, pero no podía decirlas, sólo podía hacer ruidos de horror. Finalmente consiguió darle una patada, pero solo consiguió que le agarrase la cabeza con más fuerza hacia él. Ahora estaba frenético, chocando sus dientes contra los suyos cuando cambió el beso para profundizar más en su boca, frotando las caderas contra ella. Ruidos horribles salían de su garganta.
Él le mordió el labio, haciéndole sangre. Ella pudo saborear su sangre, y él también, gimió, su sangre lo excitaba. Él se estaba excitando con el dolor. Definitivamente excitado con el sabor de su sangre y con su dolor.
Yidda tomó el labio de Ernesto entre los dientes y lo mordió lo más fuerte que pudo.
Ernesto se apartó de inmediato y se pasó una mano por su labio sangrante.
- Maldita – gritó y se abalanzó contra ella.
Yidda intentó apartarse pero Ernesto la tomó por el brazo con una mano y la abofeteó con la otra.
Ella cayó y se golpeó la cabeza contra el suelo, todo dio vueltas a su alrededor.
Escuchó como Ernesto se quitaba la correa e intentaba sentarse sobre ella, sacando fuerzas de donde no tenia lo pateo en la pierna haciéndolo retroceder e intentó levantarse pero él se lo impidió.
De repente ella lo miró a los ojos y hubo un momento de silencio, todo rastro del Ernesto que ella conocía había desaparecido, una vena cruel e inhumana se leía en sus ojos. Él iba a matarla.
El dolor los sintió de repente. Ernesto había utilizado la hebilla de la correa para golpearla en las piernas como con un látigo, el duro metal había rasgado sus pantalones. Intentó pararse pero Ernesto con otra abofeteada se lo impidió.
El segundo latigazo de la correa lo vio venir pero eso no disminuyó el dolor paralizante en sus piernas que comenzaban a sangras.
Debía salir de allí o moriría.
Miró frenética a su alrededor, detrás de ella había una mesa con un jarrón, solo debía acercarse un poco más.
Comenzó a arrastrarse, a retroceder y Ernesto volvió a golpearla, el dolor hizo que se detuviera un momento. Otro latigazo.
Él la miraba con odio y ella aprovechó el momento en que el estudió con cinismo su obra en las piernas de ella para romper el jarrón en su cabeza.
Ernesto cayó con un golpe secó y Yidda se aferró al mueble para poder levantarse.
Sus piernas sangraban, su cabeza le dolía, todo daba vueltas a su alrededor.
- Por favor – pidió al salir a la oscuridad de la noche pero nadie la escuchó.
La tormenta había comenzado y el agua hacia arder sus heridas. Se arrastró como pudo hasta la caballeriza y se desplomó aguantándose del cuello de su caballo.
“me debo montar, me debo ir o moriré” – pensó, pero sus piernas no respondían.
Whisky la acarició con su cabeza y ella recobró el sentido lo suficiente para montarse sobre él.
El caballo comenzó su carrera hacia a algún lugar mientras ella perdía el conocimiento.

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