- ¡Estás preciosa hoy! – Yidda aparto como pudo las manos de Ernesto y se encaminó hacia la cocina.
Tomó la bandeja de galletas y las acomodo en una pequeña cesta.
Ernesto entró en la cocina y sonriendo tomó una para saborearla.
- Están riquísimas. ¿Las hiciste para mí?
¡Jamás! – pensó Yidda tomando la canasta con galletas.
- ¿Vas a salir? – volvió a hablarle él esta vez frunciendo el ceño.
- Si, voy a visitar a Angie, hace mucho que no la veo.
Ernesto se cruzó de brazos y la miró apoyado del umbral de la puerta.
- Angie vino hace 2 días Yida.
Un escalofrió la recorrió. ¿Cómo lo sabía? ¿La estaba vigilando? Y si lo hacía ¿Qué más sabia?
- ¿Cómo…? – preguntó confundida.
Ernesto se encogió de hombros.
- Mis hombres la vieron salir –
Angie se alivió un poco pero no lo suficiente.
- Como sea – se paró mas derecha – para nosotras las mujeres dos días es una eternidad.
- Pero no han pasado dos días – Ernesto dio otra mordida a su galleta. – No me dijiste que la viste ayer también.
Angie quiso golpearse. Cierto, esa era la excusa que le había dado.
Sonrió fríamente y se encogió de hombros.
- dijo que quería hablar con Nicola y después me contaba. Luego que me fuera debió a hablar con él así que me necesita.
Ernesto bufó.
- Espero que te diga que va a dejó a ese don nadie. No sé como Angie se pudo haber fijando en un muerto de hambre como él. Ni siquiera es un hombre de verdad.
Tú no eres ni la mitad de hombre que él. – Se dijo Yidda tras recordar lo que su amigo había tenido que pasar y como siempre lo había hecho con la frente en alto.
- Como sea voy con ella – pasó a su lado y Ernesto la tomo del brazo.
Tomó otra galleta y se la llevó a los labios.
- Dile “hola” a Angie de mi parte.
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Julian miró el brillante sol del medio día y paso la manga de su camisa por su rostro para limpiar el sudor, había pasado toda la mañana trabajando codo a codo con sus hombres y estaba cansado, un dolor agradable causado por el esfuerzo lo hacía sentirse realizado.
Nicola se acercó a él sonriendo y con una pequeña cesta en la mano.
- ¿Quieres? – le ofreció pasándole las galletas.
Julián degustó una y sonrió.
- Te mando por nafta y regresas con galletas ¿De dónde las sacaste?
Victorio rió.
- Me las dio Yidda. – Julián casi se atragantó y tomó otra casi con adoración.
- ¿¿La viste en el pueblo?? – Nicola asintió. – estaba en la tienda cuando llegue, no sé qué hacía allí pero me dio estas galletas.
Julián asintió.
- ¿¿No te dijo nada??
Nicola negó con la cabeza y frunció un poco el ceño.
- Habló sobre ir al río a degollar a quién se atreviera a espiarla pero realmente no entendí a que se refería.
Julián si y asintió cómplice.
- ¿¿Al río sola?? ¿¿no dijo a qué hora??
El ceño de Nicola se frunció más.
- Si, como a las 2:30 Julián tomó otra galleta y vio alejarse a su amigo.
Miró su reloj y supo que tenía que ir.
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Yidda desmontó su caballo y tomando las riendas caminó por el espeso bosquejo hasta que diviso la pequeña cascada que seguía en un riachuelo. Amarró a Whisky a uno de los arboles cerca para que pudiera beber y pastar mientras recorría los alrededores para asegurarse de no haber sido seguida.
La idea de que Ernesto la descubriera le helaba la sangre, sobre todo porque sabía quién serias el que las pagaría.
Quitó su chaqueta y dejó que la suave brisa acariciara la piel de sus hombros que la camisa sin mangas dejaba la vista. Se agachó y mojó sus manos en el agua cristalina. Al colocarse de pie miró a su alrededor.
No estaba sola, podía sentirlo, miró a su alrededor y estudio el espeso follaje, nada.
Justo cuando iba a darse la vuelta una mano la agarró por las muñecas y la inmovilizo, con la otra mano tomó su cabello y tiró suavemente hacia atrás dejando expuesta la suave piel de su cuello que el hombre comenzó a besar.
Yidda cerró los ojos y se recostó en el cuerpo firme detrás de ella. Él olor de él la inundo. Olía a piel, jabón y un particular olor masculino característico que solo él podía poseer.
- La próxima vez que hagas eso voy a degollarte – lo regañó Yidda rondando la cabeza hacia un lado para darle mejor acceso.
Julián rió contra la piel de su clavícula.
- Según sé, en este momento estás a mi merced.
Yidda hizo un movimiento con las muñecas y Julián la soltó para posar las manos en sus caderas mientras ella se volteaba y rodeaba su cuello con los brazos.
- Bien vaquero, aquí me tienes, que vas a hacer conmigo.
Julián la miró de una manera cruda y oscura, y una sonrisa burlona se posó en sus labios.
- Esto.
Tras decir eso acercó a Yidda y la besó como si la vida se le fuera en eso.
Varios minutos después y con las respiraciones aceleradas ambos se separaron sin romper su abrazo.
- Así que… - Comenzó Julián. – ¿para qué me hiciste venir? – sonrió burlón – sé que soy irresistible y que cuando no me tienes cerca agonizas pero no tenias que poner gordo de galletas a Nicola para eso.
Yidda lo golpeo con suavidad en el hombro.
- Idiota – Julián sonrió y la besó de vuelta. – Te llame aquí – habló cuando por fin volvieron a separarse – Por lo que te dijo Ernesto.
Él la miró sin entender.
- Por la invitación a cenar. Debes rechazarla.
Julián frunció un poco el ceño.
- ¿Por qué?
- Porque lo conozco y creo que sospecha que era contigo con quién estaba la otra noche, y si eso es verdad probablemente todo sea una trampa.
- ¿Enserio crees que sabe algo?
Yidda se mordió el labio.
- No lo sé, yo solo… Lo pienso, no quiero arriesgarme.
- En ese caso con más razón debería ir, demostrarle que entre nosotros hay tanto fuego como en la Antártida.
- Hay mas fuego que en el infierno – se burló ella y él la beso en el cuello –
- Eso lo sé, pero él no debe saberlo. – habló contra su piel.
Ella se apartó y tomó su rostro para mirarlo.
- ¿Estás seguro de que podemos hacerlo?
- Debemos hacerlo si queremos quitárnoslo de encima.
- Pero no sé si podre, la incertidumbre y el miedo me van a dominar toda la noche y no lo sé, estaré demasiado nerviosa, él seguro va a notarlo.
Él la beso suavemente en los labios.
- No lo estarás Yidda, solo debemos fingir que nos somos indiferente, incluso que nos caemos un poco mal.
Ella lo miró con el ceño fruncido.
- De hecho me caes mal. Siempre tan engreído y perfecto.
Julián rió y la beso con más fuerza.
- Tú también, mujer terca e insoportable.
Ella se apartó fingiéndose dolida.
- ¿Enserio soy insoportable?
Él negó con una sonrisa.
- No, eres hermosa y perfecta.
Yidda sonrió y lo beso.
- Tú sigues siendo un idiota pero igual te quiero.
Julián la beso con todas sus fuerzas queriendo fundirse con ella.
Sus últimas palabras resonaban en su cabeza.
Pero igual te quiero. – ¿¿Lo quería?? Julián rogaba con todas sus fuerzas que sí.

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