viernes, 13 de junio de 2014

"Amor En Desencuentro" capítulo 23






Yidda se levantó de un brinco empujando a Julián en el camino.
Acomodó su vestido y subió su cremallera. El miedo a ser descubierta la llenó de repente.
¿A qué diablos jugaba echándose a los brazos de Julián? ¿A qué rayos jugaba besuqueándose con él en su sofá?
Ella era Yidda de Jiménez. La esposa de Ernesto. ¿Qué pretendía?
-       Que me maten – pensó.
Si esta pequeña aventura salía a la luz, Yidda no sabía que haría Ernesto, lo que si sabía era que Julián no estaría a salvo.
Vio a Julián acomodarse la ropa y mirarla interrogante. 
-       ¿Qué hago con él? – preguntó muy bajo.
Ella comenzó a dar vueltas en círculo mientras recogía todas sus cosas y cualquier evidencia de su visita.              
-       A tiéndelo – dijo cautelosa.
-       ¿Y tú?
-       ¡Diablos! – dijo ella frustrada y nerviosa recogiendo un broche que se le había caído - ¿Qué hace él aquí? Debería estar de viaje.
-       Pero en este momento está en mi puerta esperando que le abra.
-       Ábrele – le espeto ella.
-       Claro ¿Y tú? ¿Lo recibimos entre los dos? – la retó con sarcasmo.
Ella lo fulminó con la mirada.
-       Debo irme mientras tú hablas con él.
-       Yidda – comenzó él – no es mejor que…
-       No – lo interrumpió ella – Ernesto no va a enterarse de esta cena nunca. Soy su maldita esposa y no voy a dejarlo así que ni se te ocurra sugerir nada. Limítate a indicarme otra salida para irme antes de que me vea.
Julián se pasó las manos por el pelo con frustración.
¿Por qué ella se negaba a dejarlo? ¿No lo amaba? Tampoco es como si la situación fuera la indicada para ello. Él en definitiva no había esperado eso, ¿Qué hacia Ernesto en su puerta? ¿Por qué debía llegar justo en ese momento? Mirándola nerviosa y asustada una arruga de preocupación se le posó en la frente. ¿Por qué ella estaba tan asustada? ¿A que tanto temía?
¿Qué la hacía Ernesto?  Ella se vería tan frágil. Encontrar de lo que quería indicó la puerta de la cocina.
Ambos se dirigieron hacia allí solo para detenerse en seco cuando por castigo divino Ernesto dio la vuelta y tocó desde esa puerta.
Ambos contuvieron en aire cuando vieron a Ernesto dar vuelta a la cerradura. La puerta no tenia seguro.

Julián se giró solo para ver como Yidda se había quitado los zapatos y corría escalera arriba como una bala en total silencio.

-       Vecinito aquí estas – dijo Ernesto entrando con una sonrisa fingida.
-       No te dijeron que entrar sin permiso en casa ajena es de mala educación.  
-       No atender a visitantes también lo es – respondió éste encogiéndose de hombros y recostándose de un estante.
-       ¿Qué quieres Ernesto?
-       Vine porque te tengo una propuesta.
Julián alzó una ceja.
-       ¿Una propuesta?
-       Aja – contestó Ernesto tomando una uva de la encimera y comiéndola.
-       ¿Qué clase de propuesta?
-       Una que nos conviene a ambos.
-       ¿Y era tan urgente esa propuesta que no podía esperar?
Ernesto frunció levemente en sueño.
-       En realidad no.
-       Vale pues entonces que espere – contestó girándose.
-       Mal vecinito – Lo detuvo Ernesto - ¿No me vas a invitar pasar?
-       Ya entraste solo – le espeto el rubio – siéntate o algo, ya regreso.
Ernesto se encogió de hombros y comió otra uva.
-       Vale.

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La encontró en su cuarto dando vueltas.
-       ¿Qué haces? – le espetó ella cuando lo vio.
-       Vine a verte. Ernesto está abajo no te preocupes.
Ella lo fulminó con la mirada.
-       Estoy bien, solo ve con él.
-       ¿Tú que vas a hacer?- Le preguntó confuso cuando la vio arrancar la sabanas de su cama.
Ella no contesto.

Julian se acercó a ella y tomándola por los hombros la hizo girarse.
-       Esto es ridículo Yidda.
Ella se soltó.
-       No 
Julián, tú no lo entiendes. Él va a matarte si se entera de esto.
-       ¿Y a ti?
Ella se encogió de hombros.
-       Ya me las arreglare pero la pagare caro. Por el bien de ambos debes distraerlo mientras encuentro la forma de irme.
Él se dispuso a decir algo y ella lo calló con un beso.
Un beso dulce, embriagador, uno prohibido.

Yidda se separó lentamente y junto su frente a la de él.

-       No soy buena para ti Julián, te hago daño. Solo olvídate de todo antes de que sea demasiado tarde.
Él negó con la cabeza.
-       No puedo Yidda, es peligroso, lo sé, pero no me importa.
-       Porque no sabes en que te metes.
-       Porque eres tú. – le sonrió de manera dulce mientras acariciaba su mejilla – No me importa Ernesto, ni todos los problemas que vengan contigo. Yo te quiero a ti.
Ella se separó.
-       No sabes lo que dices.
-       Si lo sé y estoy dispuesto a jugármela. Todo depende de ti.
-       No lo hagas Julián, no me quieras, está mal.
-       No – Julián rió con tristeza – no lo está. Tú matrimonio está mal. Esto que tenemos nosotros no lo está. Porque se siente correcto.
Ella negó con la cabeza y él la beso.
-       Se siente correcto – susurró contra sus labios.

Ella se perdió en él, en sus labios cálidos y suaves. Se sentía correcto.

-       Ernesto espera abajo – susurró ella contra sus labios.
-       No importa – contesto él profundizando el beso.
-       Julián – se separó ella divertida. – ¡Basta! Me tengo que ir.
-       No, quédate conmigo. – pidió él hundiendo su rostro en el cuello de la joven.
Ella rió.
-       No puedo. –
Julián la abrazó más fuerte por la cintura y beso su cuello.
-       Julián – pidió ella con voz temblorosa ahogando un gemido. - ¡Basta!
-       Te dejo ir si prometes que volverás.
-       ¿¿Qué?? – ella lo miró insegura.
-       Dime que vas a volver y te suelto.
-       No puedo hacer eso, Ernesto…
-       Pablo pasa más tiempo de viaje que en casa… Dime que volverás.
-       Yo… - titubeó ella.
Julián la besó fuertemente.
-       Dímelo – susurró contra sus labios.
-       Lo hare – dijo ella fundiéndose con él.
-       Prométemelo – hablo él sin despegarse de ella.
-       Lo hare – contestó de igual manera.
    
-       Vecino… - La voz de Ernesto sonó estridente y desde la sala.
Ambos se separaron y Nicola caminó hacia la puerta para asomarse.
Al girarse se encontró su habitación vacía. Corrió hacia la ventana y la vio bajar el último tramo guindando de la sabana que había colgado.  
Ella alzo la vista y le tiró un beso antes de perderse en la oscuridad de la noche. 

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