Desde la puerta Renzo veía la escena con expresión sombría. Israel temio temió que sus palabras hirientes contra su madre, hubiesen convencido al hombre para abandonarla. Sabía que él la amaba pero el miedo y el sentido de culpa se apoderó de él. Si él dejaba a su madre por su culpa nunca se lo perdonaría.
Se levantó como pudo, evitando los efectos del alcohol y la conmoción de todo lo sucedido esa noche. Caminó hacía el hombre e intentó pensar qué decir.
- Renzo, yo sé que todo lo que he dicho puede haber afectado un poco a tu visión sobre mi madre -comenzó a decir Israel, inseguro de cómo continuar- Pero yo estaba muy equivocado sobre ella. Ella es una buena mujer.
- Es la mejor mujer del mundo -afirmó Renzo sin cambiar su expresión triste.
- Yo sé que la amas -continuó el muchacho defendiendo la idea de que estuviesen juntos- No debe afectarte su pasado.
- El pasado me afecta, muchacho. Más de lo que te puedas imaginar -aseguró el hombre. Israel pudo ver como una ráfaga de dolor inundaba los ojos de Renzo.
Marisol se levantó a toda prisa del sofá y abrazó a su futuro marido. Este le devolvió el abrazo y le acarició la mejilla con ternura.
- Si la amas ¿qué importa el resto? -preguntó Israel algo confundido.
Diani desde el sofá sintió una punzada de dolor, por el comentario. Cuando hay amor el pasado no importa. Pero en su caso, el pasado había sido un muro insondable. Lo que dejaba aún más claro que él no la amaba.. De repente, se sintió fuera de lugar. Era una conversación privada y ella no era su novia de verdad. Sería mejor que se fuese, pensó Diani, mientras se levantaba lentamente.
- ¡Siempre la he amado! -afirmó Renzo, haciendo que Diana se sentase de nuevo.
Algo iba a pasar, se dijo Diani. Estaba segura de que las sorpresas no había acabado esa noche. Y rezaba a Dios para que si era lo que ella estaba pensando, Israel se lo tomase bien. Decidió quedarse. Israel la necesitaría. Aunque no fuese fuerte podría contenerlo un poco.
Israel los miraba sin entender nada y Marisol se apartó de su futuro marido para acercarse a su hijo.
- Hijo, hay algo que debes saber -le aseguró su madre casi en un susurro- Tu verdadero padre no te abandonó. Él no sabía que existías y cuando se ha enterado ha querido contártelo.
- ¿Se ha enterado? -repitió atónito- ¿Mi padre sabe que existo? ¿Y por qué no da la cara?
- Es lo que intenté-dijo Renzo, para la sorpresa de Israel.
¿Renzo Shuller era su padre? se preguntó Israel, confuso. Repitió sus palabras en su cabeza una y otra vez. Eso era lo que parecía ¡Era su verdadero padre!
La sorpresa y el estupor lo inundaron. Miró atónito a sus progenitores ¡Sus padres! Y se tambaleó. Sintió de nuevo la ya conocida calidez del cuerpo de Diani, y se apoyó en ella.
- Me enamoré de él nada más conocerlo, pero ambos sabíamos que para él solo serían unas vacaciones. Después volvió a Italia y no supe más de él -explicó su madre apresuradamente- Él no sabía que estuviese embarazada...
- ¡No hay excusa! -gruñó Renzo- Yo debí estar seguro de que nuestros encuentros no habían tenido consecuencias antes de irme ¡Te abandoné! -exclamó con tristeza.
- No es cierto, amor. Tus padres te obligaron a casarte con otra mujer. No sabías que yo estaba esperando un hijo tuyo -lo excusó Marisol desesperada.
- Él tiene motivos para echármelo en cara -afirmó Renzo- Otro hombre se ocupó de vosotros, cuando debería haberlo hecho yo.
- ¡No te culpes! -le rogó Marisol.
Israel dispersó la maraña de sentimientos que se acumulaba en su interior y se aferró a uno de ellos. Rabia. Se separó de Diani y enfrentó al hombre que le había dado la vida, para aparecer cuando ya no lo necesitaba.
- Por supuesto que se tiene que culpar -vociferó Israel- No estuvo cuando era un niño. Durante años, después de enterarme de que no era hijo de Piero, me sentí como un apestado. Tan insignificante que ni mi propio padre había querido saber de mí ¡Tiene mucho de qué culparse!
- Lo sé, hijo -dijo Renzo.
- ¡No me llames así! ¡No soy tal cosa! -protestó él iracundo.
- Un momento, Israel -le recriminó su madre- No seas injusto. Renzo no sabía nada de tu existencia. Y en cuanto se enteró quiso conocerte. Por eso te pedí que vinieses esta semana.
- ¡Una bonita reunión familiar! -exclamó Israel con sarcasmo.
- Quería conocerte -admitió Renzo, con expresión paciente- Entiendo que estés furioso. Aún lo tienes que asimilar...
- ¡No! -gritó Israel- No hay nada más de qué hablar.
Sus gritos habían despertado al resto de los ocupantes de la casa. Y Angie y Mario aparecieron por la puerta.
- ¡No grites a mi padre! -ordenó Angie, abrazando a Renzo.
- Al parecer también es el mío -comentó a Israel y rió con arrogancia al ver la cara que ponía la chica- Ahora también quieres gritarle tú ¿eh?
- ¡Eso no es verdad! -gruñó la joven.
- Sí, lo es -aseguró Mario desde la puerta.
Todos lo miraron atónitos. Nadie se esperaba que el muchacho lo supiese. Este miró a su padre y sonrió.
- A parte del parecido familiar, no es difícil atar cabos -aseguró Mario con desgana- Insististe mucho para que lo conociésemos. Y hablabas de él como si quisieses vendérnoslo ¡Todo virtudes! Sin embargo, te pusiste colérico cuando viste a Angie coquetearle. Y tú nunca le has negado nada a tu niña consentida. Pero imagino que el incesto te pareció demasiado -se burló el muchacho de su padre, caminando para acercarse al resto.
Diani había hecho unas deducciones parecidas. Siempre que veía a Mario sentía algo conocido y atrayente. Era el parecido con Israel. Pero en ese momento hacía otra deducción. Si dejaba a Israel allí, acabaría la cosa a golpes. Mario y él tenían un sentido de la oportunidad igual de distorsionado. Cuando deberían ser cautelosos, decidían ser sardónicos e irritantes. Con dos temperamentales como aquellos, furiosos, en la misma sala, nada podría salir bien.
- Creo que es mejor que descanses un poco -le dijo Diani a Israel- Mañana podréis hablar con más calma.
Pero Israel la ignoró y siguió mirando al que según acababa de saber, era su hermano.
- Sí, hermanito. Ve con mi cuñadita a dormir un poco –bromeó Mario entre risas- Y si eres un buen hermano podrías compartirla.
Israel hizo el amago de lanzarse contra él, pero Renzo se le adelantó. El hombre lo cogió por la camisa y lo subió un palmo del suelo.
- Todos estamos muy tensos -dijo Renzo con voz tranquila y autoritaria, sin soltar a su hijo- Tenemos mucho que aclarar. Pero no voy a permitir que os insultéis entre vosotros. Y mucho menos que ofendas a una dama - le advirtió a Mario, soltándole en el suelo.
- Creo que Diani tiene razón. Vayamos a intentar dormir un poco. O dar vueltas en la cama intentando pensar con claridad -intentó bromear con pesar, Marisol- Mañana continuaremos la charla.
Pero nadie se movió. Los tres jóvenes morenos de idénticos ojos, miraban a su padre con miles de preguntas en su expresión. Renzo suspiró abatido. Y Diana supo que tenía que hacer algo. No se aclararía nada si estaban todos presentes. Solo se atacarían los unos a los otros. Estaban a la defensiva e igual de irritables ¡Tenía que hacer algo! Tenía que llevarse de allí a Israel, y permitirle que pensase con claridad. Los ataques de Mario no contribuirían en nada a aclarar las cosas ¡Tenía que sacarlo de allí!
- Bueno, es hora de irme -afirmó Diana, haciendo que todos la miraran- Llamaré a un taxi para que me lleve al aeropuerto. Seguro que a estas horas no pillo tráfico, ni cola para conseguir un billete.
- ¿Irte? -repitió Israel, como si no hubiese entendido el significado de la palabra.
- Sí. Ya tengo hecha la maleta. Solo necesito un taxi -aseguró la muchacha relajadamente.
- Si quieres puedo llevarte, cara -sugirió Mario con una sonrisa pícara.
Israel miró al descarado provocador y después a la muchacha ¿Irse? ¿En ese momento? No tenía la menor intención de dejarle que hiciese tal cosa. La necesitaba a su lado. Si en un día normal, no verla le hacía gemir de dolor, esa noche que su vida se derrumbaba ante él, no iba a dejar que se alejase ni un centímetro de él.
Cogió de la muñeca con fuerza y decisión a Diani y la arrastró hasta la puerta. Pasó junto a su hermanastro, empujándolo con fiereza, con la mano libre. El joven le iba a responder pero su padre se lo impidió. Israel salió del despacho con Diana y la condujo hasta las escaleras. Allí se encontró la maleta abandonada de la chica y la recogió con decisión. Subió a grandes zancadas los escalones, haciendo que Diana corriera para seguirle el ritmo. Al llegar al cuarto soltó la maleta y a la chica ¡Ella no iría a ningún sitio sin él!
Diana suspiró aliviada. Aliviada no solo por llegar sana y salva hasta el cuarto -cosa que dudo durante el trayecto-, sino porque su plan había funcionado. Cuando Israel se enfadaba le costaba razonar, y sus instintos primitivos se apoderaban de él. Y para la fortuna de ella, el más fuerte de todos ellos era el de posesión. Sabía que no la dejaría ir a ninguna parte estando tan furioso. En ese estado necesitaba controlarlo todo, y que ella lo abandonase entonces no era aceptable. Suspiró de nuevo y se sentó en la cama. Había sido una noche muy larga. Y sería una madrugada interminable.

No hay comentarios:
Publicar un comentario