DIANA
- Diani, por favor, explícame otra vez por qué hemos de recoger a Israel para que nos acompañe al Lago me pide Angie.
- Mi madre me ha ordenado que no le vea fuera del instituto, así que el Lago es el lugar perfecto para salir con él. Allí nadie nos verá.
- Excepto nosotros.
- Pero vosotros no vais a chivaros, ¿verdad?
Pillo a Nicola haciendo una mueca. Al principio me pareció buena idea. Salir en pareja a pasar el día al Lago podía ser algo divertido. Bueno, al menos cuando Angie y Nicola se recuperen de la conmoción inicial que les provocará la visión de Israel y yo juntos.
- Por favor, no me deis más el coñazo con esto.
- Ese chico es un perdedor, Diani -declara Nicola mientras llega al aparcamiento del instituto, donde gaston debe de estar esperándonos-. Es tu mejor amiga, Angie. Hazla entrar en razón.
- Lo he intentado, pero ya la conoces. Es muy cabezona.
Dejo escapar un suspiro.
- ¿Podéis dejar de hablar de mí como si no estuviera presente? Me gusta Israel. Y yo le gusto a él. Quiero darle una oportunidad.
- ¿Y cómo pretendes hacerlo? ¿Vais a mantener en secreto vuestra relación? ¿Toda la vida? -pregunta Angie.
Afortunadamente, ya hemos llegado, así que no tengo que responder. Israel está sentado en el bordillo, junto a su moto, con las piernas extendidas. Estoy nerviosa, y al abrir la puerta de atrás, me muerdo el labio inferior.
cuando ve a Nicola conduciendo y a Angie a su lado, se le tensa la mandíbula.
- Entra, Israel.
Me echo a un lado para dejarle sitio.
- No creo que sea muy buena idea -dice, asomando la cabeza.
- No seas tonto. Nicola ha prometido que se portará bien. ¿No es cierto, Nico?
Aguanto la respiración hasta oír la respuesta.
Nicola asiente con la cabeza en un gesto que demuestra poco interés.
- Claro -asegura impasible.
Estoy segura de que si Israrl fuera otro chico, se largaría de aquí. Pero toma asiento a mi lado.
- ¿A dónde vamos? -pregunta.
- Al lago Ginebra -respondo-. ¿Has estado allí antes?
- No.
- Está a una hora de camino. Los padres de Nicola tienen una cabaña.
El trayecto me recuerda más al ambiente propio de una biblioteca que a otra cosa. Nadie pronuncia ni una palabra. Cuando Nicola se detiene a repostar, Israel sale del coche, se aleja y se enciende un cigarrillo.
Me hundo en el asiento. Hasta ahora, el día no se parece en nada a cómo lo había imaginado. Angie y Nicola suelen ser muy divertidos cuando están juntos, pero ahora mismo parece que se dirigen a un funeral.
- ¿Os importaría intentar al menos mantener una conversación? -ruego a mi mejor amiga-. Puedes tirarte horas enteras hablando del tipo de perro al que besarías, pero no puedes ni articular dos palabras seguidas delante del chico que me gusta.
Angie se vuelve sobre su asiento.
- Lo siento. Es que... Diani, te mereces algo mejor. MUCHO mejor.
- ¿Te refieres a Mario?
- A cualquiera -resopla y se vuelve de nuevo.
Israel entra en el coche y le lanzo una tímida sonrisa. Pero él no me corresponde. Le cojo la mano y no me devuelve el apretón, aunque por lo menos tampoco la aparta. ¿Será una buena señal?
Cuando salimos de la gasolinera, Israel interviene:
- Tienes un neumático suelto. ¿Oyes ese ruido en la parte posterior izquierda?
Nicola se encoge de hombros.
- Lleva así un mes. No es gran cosa.
- Para en el arcén y te lo arreglo -sugiere Israel-. Si se suelta en mitad de la autopista, estaremos bien jodidos.
Estoy segura de que Nicola no quiere confiar en el análisis de Israel, pero después de un kilómetro y medio, acaba deteniéndose a un lado de la carretera, aunque a regañadientes.
- Nicola. -Angie señala el prostíbulo que tenemos enfrente-. ¿Qué tipo de personas crees que entran ahí?
- Ahora mismo, cariño, me importa un pepino. -Se vuelve hacia Israel y añade-: Vale, crack. Arréglame el coche.
Israel y Nicola salen del coche.
- Siento haberme quejado tanto -dice Angie.
- Yo también lo siento.
- ¿Crees que Nicola e Israel van a ponerse a discutir?
- Puede. Será mejor que salgamos y les distraigamos un poco.
Cuando salgo, Israel está sacando las herramientas del maletero.
Después de levantar el coche con el gato, Israel sujeta la llanta entre las manos. Nicola tiene los brazos en jarras y la mandíbula apretada en un gesto desafiante.
- ¿qué coño te pasa?
- No me caes bien, Israel.
- ¿Crees que tú me haces mucha gracia? -espeta Israel, mientras se arrodilla junto a la llanta y empieza a apretar los tornillos.
Me vuelvo hacia Angie. ¿Deberíamos intervenir? Mi mejor amiga se encoge de hombros y yo hago lo mismo. No es que hayan llegado a las manos... bueno, de momento.
Un coche se detiene a nuestro lado con un chirrido de ruedas. Hay cuatro dentro, dos delante y dos detrás. Israel les ignora mientras baja el coche con el gato y lleva las cosas al maletero.
- ¡Eh, nenas! ¿Qué os parece si dejáis plantados a esos perdedores y os venís con nosotros? Os enseñaremos qué es divertirse de verdad -grita uno de ellos a través de la ventanilla.
- ¡Vete a la mierda! -exclama Nicola. Uno de los chicos sale del coche y avanza hacia Nicola. Angie grita algo pero en ese instante no oigo sus palabras. Estoy demasiado absorta mirando a Nicola, que se ha quitado la camiseta y se ha interpuesto entre el tipo y Nicola.
- Apártate de mi camino -ordena el tipo-. No caigas tan bajo por defender a este capullo blancucho.
Nicola se planta frente al chico con la llanta de hierro firmemente sujeta en la mano.
- Si jodes al blanquito, estarás jodiéndome a mí. Así de simple. ¿Lo pillas, colega?
Otro chico sale del coche. Estamos metidos en un buen lío.
- Chicas, coged las llaves y meteos en el coche -ordena
Israel con un tono de voz confiado.
- Pero...
Su mirada transmite una serenidad casi letal. Oh, Dios.
Va totalmente en serio.
Nicola le lanza a Angie las llaves del coche. ¿Y ahora qué? ¿Se supone que tenemos que quedarnos sentaditas en el coche y ver cómo se pelean?
- No, no voy a ningún sitio -digo.
- Y yo tampoco -añade Angie.
Uno de los chicos del otro coche asoma la cabeza por la ventanilla.
- Nicola, ¿eres tú?
Israel se relaja.
- ¿Ernesto? ¿Qué coño haces con estos capullos?
El chico que responde al nombre de nico les dice algo a sus compinches, quienes no tardan en volver al coche. Casi parecen aliviados por no tener que enfrentarse a Israel y a Nicola.
- Dime tú primero qué haces con un puñado de niños ricos -dice Ernesto.
- Lárgate de aquí -ríe Israel.
Una vez que todos estamos de nuevo en el coche, Nicola dice: - Gracias por cubrirme las espaldas.
- No pasa nada -murmura Israel.
Nadie vuelve a romper el silencio hasta que llegamos a orillas del Lago. Nicola aparca delante de un bar para comer algo. Dentro, Angie y yo pedimos unas ensaladas, mientras Nicola e Israel optan por las hamburguesas.
Nos sentamos en un banco mientras esperamos la comida, sin pronunciar palabra. Le doy una patada a Angie por debajo de la mesa.
- Bueno, Israel -empieza-. ¿Has visto alguna peli buena últimamente?
- No.
- ¿Has solicitado el ingreso en alguna universidad?
Israel niega con la cabeza.
Sorprendentemente, Nicola interviene: - ¿Quién te ha enseñado tanto de coches?
- Mi primo -contesta Israrl.. Los fines de semana me paso por su casa y me quedo observando cómo resucita los coches.
- Mi padre tiene un Karmann Ghia del 72 en el garaje muerto de risa. Cree que volverá a funcionar por arte de magia.
- ¿Qué le pasa? -pregunta Israel.
Nicola se lo explica e Israel escucha con atención. Me siento y me relajo al escucharles discutir sobre las ventajas e inconvenientes de comprar piezas de recambio por eBay. La tensión parece desvanecerse a medida que avanza la conversación.
Tras acabar de comer, paseamos por la calle. gaston me toma de la mano y no puedo pensar en nada más que no sea estar allí con él.
- Mirad, hay una nueva galería -dice Angie, señalando el otro lado de la calle-. Y además es la inauguración. ¡Entremos!
- Genial -exclamo.
- Yo me quedaré fuera -añade Israrl cuando cruzo al otro lado con Angie y Nicola-. No me van mucho las galerías.
Sé que no es verdad. ¿Cuándo entenderá que no tiene por qué cumplir con la etiqueta que todos le han colocado? Si entrara, se daría cuenta de que se siente tan a gusto en la galería como en el taller de su primo.
- Vamos -insisto, tirando de él. Sonrío cuando entramos en la galería.
Doy una vuelta con Israrl, que camina con rigidez a mi lado.
- Relájate -le digo.
- Para ti es fácil decirlo -murmura.

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