-Ariana, ¿qué quieres que te ponga en el sándwich del almuerzo? -Angie cerró el refrigerador.
Llevaba un montón de envases de embutido en las manos y al volverse tropezó directamente con Nicola.
Él había previsto lo que iba a ocurrir, pero no se había apartado suficientemente rápido.
-Oh, lo siento.
-No, soy yo el que lo siente -contestó Nicola. Al tiempo que sujetaba los envases del queso y el jamón, presionaba involuntariamente el seno derecho de Angie-. Lo siento -volvió a decir.
Angie se acercó al mostrador y dejó allí los embutidos. Afortunadamente, aunque se había ruborizado, se estaba riendo.
Aquella mañana no parecía tener más de dieciocho años, con el pelo recogido en una cola de caballo, una total ausencia de maquillaje en el rostro y vestida con unos vaqueros y una camiseta.
-Bueno -dijo-, desde luego ahora sí que me he despertado.
-Lo siento -maldita fuera, Nicola también se había ruborizado. Y la verdad era que no podía recordar siquiera la última vez que le había ocurrido algo parecido. ¿Habría sido en sexto grado, quizá?
Se negaba a pensar en la suavidad del cuerpo de Angie, ni en el hecho de que aquel accidental tropiezo había sido lo más cerca que había estado con una mujer desde hacía años. Se negaba a reconocer las emociones y sensaciones que en él habían despertado. No quería analizar si el tumulto que sentía en su pecho era consecuencia del deseo o la atracción, puesto que desde un primer momento había decidido ya que sus sentimientos hacia Angie eran únicamente fraternales. De modo que lo mejor que podía hacer era cambiar rápidamente de tema.
-Y ya que estoy disculpándome, aprovecho también para pedirte perdón por haber cancelado nuestra reunión de anoche.
-No te preocupes. Gracias por haberme dejado una nota.
-Tuve que ir a la oficina y regresé bastante tarde. Creo que eran cerca de las dos y media -le explicó. No quería que pensara que había tenido que ausentarse por otro motivo.Tenemos que terminar un proyecto de software para un importante cliente, ayer surgió un problema y el director del proyecto estaba en casa, celebrando el décimo aniversario de su boda, así que tuve que ir yo en su lugar, a hacerme cargo de su equipo de trabajo.
-Un gesto muy dulce de tu parte -comentó Angie, mientras preparaba un sándwich para Adrianito.
Dulce. Dios santo. No creía que le hubieran dicho algo así en toda su vida.
-Cualquiera que haya conseguido permanecer casado durante diez años, se merece tener una noche libre.
-Yo nunca me casaré -anunció Ariana, rodando hasta la mesa en su monopatín.
-¿Sería posible que dejaras esa cosa en la puerta? -le preguntó su padre. Ariana no contestó. Y Nicola tampoco parecía esperar que lo hiciera.
Las mañanas eran uno de los momentos más tempestuosos del día. Al igual que Nicol, ni Ariana ni Adrianito se levantaban de muy buen humor.
-Entonces, Ariana -dijo Angie efusivamente-. ¿De qué quieres el sandwich? ¿De carne o de jamón? -era posible que su acento británico le hiciera parecer más contenta de lo que estaba, se dijo Nicola al oírla. O quizá simplemente fuera uno de esos extraños seres que se levantaban contentos por la mañana.
-No quiero llevar almuerzo -contestó Ariana, sin levantar la mirada de la mesa del desayuno.
-Pues lo vas a llevar quieras o no -replicó su padre. No había terminado de hablar cuando se dio cuenta de que aquella no era la mejor forma de decirlo-. Hazlo de jamón y queso -le pidió a Angie sombrío.
Angie continuaba radiante, ignorando la tensión que había en el ambiente.
-¿Qué te parece, Ariana? ¿Te lo hago de jamón y queso?
-Soy vegetariana.
-Pero anoche cenaste el guiso de carne que Cathy...
-Hoy -contestó Ariana rudamente-, hoy soy vegetariana.
«Dios mío, dame paciencia», pensó Nicola. Y al ver el gesto beligerante de su hija y los ojos abiertos como platos de Angie, comprendió que había expresado sus pensamientos en voz alta.
-Lo siento -dijo. Maldita fuera. Aquella mañana no hacía más que disculparse-. Bueno, Ariana, llévate entonces un sandwich de queso.
-Soy vegeta -al ver que su padre no parecía haberla entendido, explicó-: Tampoco como queso -«idiota», no lo había dicho pero por su tono era evidente que lo estaba pensando.
-Magnífico. En ese caso llévate una ensalada. ¿Hay lechuga, Angie?
-Desde luego, ahora mismo preparo una ensalada.
Adrianito entró en la cocina a cuatro patas y Nico sintió que se tensaban todos los músculos de su cuello. Estaba a punto de gritarle a su hijo para que se levantara, cuando Angie le dio un pisotón para que no dijera nada.
-Ay -exclamó. Vio entonces que Adriano se detenía al ver en el suelo su plato favorito lleno de un nada apetecible comida para perros.
Bueno, aquello sí que era interesante. Él nunca había llevado hasta ese extremo el juego de Adriano. La cara que puso el niño fue verdaderamente cómica. O lo habría sido al menos si Nicola hubiera conseguido encontrarle alguna gracia al hecho de que su hijo se sintiera más cómodo como animal que como humano.
-Buenos días, Adrianito -lo saludó Angie alegremente-.¿Esta mañana eres un niño o un perro? Al niño le he comprado un desayuno especial, pero para comerlo, tendrás que levantarte y sentarte a la mesa -mientras lo decía, colocaba un bol de leche con cereales azucarados en la mesa.
Adriano abrió los ojos de par en par y, por primera vez desde hacía semanas, dijo algo en voz alta.
-¡Cereales de la Suerte! -se levantó de un salto y se sentó a la mesa.
Y entonces ocurrió algo todavía más milagroso. Ariana alzó la cabeza de su desayuno y sonrió. Por su puesto, su sonrisa iba dirigida a Angie, que le sonrió a la niña y alzó el pulgar en señal de victoria. Era obvio que ambas habían planificado juntas la estrategia de los cereales.
Angie llevaba las uñas pintadas de negro. Señal inequívoca de que había pasado parte de la noche en compañía de su hija.
Nicola se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
-¿No saldrías anoche de casa para ir a comprar esos cereales, verdad?
-Por supuesto que no. Pedí que me los enviaran -susurró, y se acercó para decirle al oído-. Y perdón por el pisotón.
Aquella mujer olía maravillosamente bien, advirtió Nicola. Emanaba de ella una deliciosa fragancia, mezcla del olor a jabón y al delicado aroma de un perfume. Al estar tan cerca de ella, pudo ver las pecas que cubrían su nariz y sus mejillas. Eran adorables.
-¿Y cómo conseguiste que te los enviaran a esas horas? -preguntó, apartándose ligeramente al darse cuenta de que estaban acercándose demasiado.
-Con un poco de imaginación. Llame para pedir una pizza y cuando vinieron a entregármela, le ofrecía al chico veinte dólares a cambio de que me trajera una caja de cereales antes de las diez.
-Te devolveré lo que te has gastado. De hecho, pretendía pedirte que me hicieras una lista de tus gastos.
-Por supuesto -le dirigió una sonrisa-. Estás muy elegante esta mañana. Supongo que eso significa que tienes que ir a la oficina.
-Gracias. Y sí -se pasó la mano por el pelo, sintiéndose absurdamente complacido ante su cumplido-. Hoy tengo un día plagado de reuniones.
-¿Y a qué hora llegarás a casa? -preguntó Angie, mientras abría la caja de cereales con gesto eficiente.
-Cerca de las nueve, a tiempo para nuestra reunión.
-Oh, ¿no vas a venir a cenar? -la sonrisa de Angie se desvaneció.
-Tengo una reunión que probablemente termine bastante tarde.
La había desilusionado. Estaba intentando no mostrarlo, pero la había decepcionado. Era evidente que tenía otras expectativas, basadas probablemente en el hecho de que la mayor parte de las familias compartían al menos una comida durante el día. Pero la familia Porcella se parecía muy poco a otras familias.
-Tenemos que irnos -advirtió Ariana-. Adrianito, lávate los dientes rápidamente. El aliento te huele a perros -le dirigió a Angir otra de sus escasas sonrisas-. Para él es un cumplido -se dirigió rodando hacia la puerta-. Nos veremos en el coche.
-Llévate el almuerzo -le pidió Angir-. Y no olvides despedirte de tu padre.
-Adiós, Nicola. Asegúrate de ganar mucho dinero hoy, porque Dios sabe que con cuatro billones de dólares no tenemos dinero suficiente.
-En mi país -explicó Angie-, normalmente utilizamos los insultos en medio de una conversación. En los saludos y en las despedidas procuramos evitarlos. Un simple «que pases un buen día», habría bastado. Y quizá te parezca un poco anticuado, pero creo que todo el mundo necesita un abrazo por la mañana.
Ariana dirigió entonces toda la hostilidad que normalmente reservaba para su padre hacia Angie.
-Yo no -la convicción de sus palabras era desmentida por la mirada vacilante que le dirigió a su padre.
-Eso es absurdo -replicó Angie con una sonrisa-. Jamás he conocido a nadie al que no le guste que lo abracen.
Ariana entrecerró los ojos y Nicola se tensó. Aquello nunca era una buena señal. El carácter de su hija era muy similar al suyo. Pero, para su sorpresa, Ariana miró a Angie y a Nicola y volvió a sonreír. Pero aquella no era una sonrisa amable, sino profundamente calculadora.
-De acuerdo -dijo con obvia satisfacción-, si a nadie le viene mal un abrazo por las mañanas, entonces podéis empezar vosotros..
Nicola miró a Angie, que lo miró a su vez con una expresión de sorpresa que debía de ser idéntica a la suya. La joven se sonrojó y soltó una carcajada.
-Pero yo no soy de la familia.
-Ah, ya entiendo. Así que en realidad no crees que todo el mundo necesite un abrazo. Lo que querías decir es que solo algunas personas necesitan un abrazo. Y lo que yo digo es que no soy una de esas personas...
-No -la interrumpió Angir-. Eso no es lo que estoy diciendo. En realidad, estoy empezando a necesitar desesperadamente uno. Este es mi primer día de trabajo, por no mencionar que estoy a miles de kilómetros de mi casa y de mi familia. Simplemente, esperaba compartir mi ración de abrazos contigo y con Adriano, eso es todo.
-Así que quieres que nos abracemos -respondió Ariana-. ¿Sabes? Los Porcella somos expertos en dar besos al aire, y nos abrazamos procurando que nuestros cuerpos se rocen lo menos posible. Y cuando queremos despedirnos, normalmente nos estrechamos las manos, porque así tenemos la sensación de que estamos cerrando un negocio.
Ariana se acercó a su padre y dio un beso exagerado a cerca de un palmo de su mejilla.
-Que tengas un buen día -dijo muy tensa-. Intenta limitar a tres tus órdenes hostiles en el trabajo, ¿de acuerdo? -y se alejó patinando.
-Oh, Dios mío -musitó Angie-. Lo siento, yo...
-Ariana tiene razón -contestó Nicola-. No somos una familia muy cariñosa.
-Bueno -replicó Angie-, no me parece un rasgo muy apropiado para una familia. Creo que merecería la pena que intentarais cambiarlo -abrió la puerta de la cocina y se asomó al pasillo-. ¡Monito! Date prisa o llegaremos tarde.
Nicola se terminó el café mientras veía a Angie salir precipitadamente de la cocina.
Quizá ella pudiera enseñarlos a abrazarse, pensó. La idea le resultaba tan atractiva como absurda. Era más un deseo imposible que una esperanza.
Pero entonces recordó que esa misma mañana Angie había conseguido que Ariana sonriera y que Adriano hablara. Aquella mujer obraba milagros. Si alguien podía conseguir un imposible, esa era Angie.
Continuara ...

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