viernes, 28 de marzo de 2014

"Una Princesa En Casa" capítulo 5

                              



No me extraña que no estés casada. Basta con mirar tu ropa interior para entenderlo

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Angie ni siquiera arqueó una ceja. Continuó deshaciendo sus maletas en silencio.

-¿Cómo esperas atrapar a un hombre con una ropa interior como esta? -Ariana tomó unas bragas de algodón blanco y las sostuvo frente a ella.
-La ropa interior suelo llevarla debajo de mi ropa. Así que no creo que tenga nada que ver con mi habilidad para atrapar a un hombre.
-Eso no es cierto -Ariana comenzó a girar las bragas, sujetándolas con un dedo-Mi padre es soltero ¿verdad?
-Eso no es... -comenzó a protestar Angie, consciente de hacia dónde quería dirigir Ariana la conversación.
-Y es bastante guapo, ¿verdad?
-Ariana, realmente preferiría... 
-Es una pregunta muy fácil de contestar y las dos sabemos que la respuesta es sí. Sí, es muy atractivo. De hecho, podría ser una estrella de cine.
-De acuerdo, sí -admitió Angie-, tu padre es bastante atractivo, pero no sé qué tiene que ver eso con...
-¿Con tu ropa interior? -terminó Ariana por ella-. Claro que tiene que ver. Vas a vivir en esta casa durante un mes y medio. En la misma casa en la que vive Nicola. ¿No se te ha ocurrido pensar que podrías llegar a tener algún tipo de relación con él?
-¿Con tu padre? -Angie soltó una carcajada mientras colgaba los pocos vestidos que se había comprado en el armario-. No, definitivamente, no se me ha ocurrido.
-En otras palabras, lo que me estás diciendo es que tú miras a un nombre extremadamente atractivo que sabes que es soltero, rico y ni siquiera se te ocurre pensar que es un marido potencial.
-No es tan sencillo, Ariana. No todo el mundo está buscando marido.
-Pero tú sí -no había ni una sombra de duda en su voz-. Mírate, muñecos y bebés. Te gustan, ¿eh? Probablemente hasta tengas un camisón de florecitas rosas -comenzó a abrir los cajones de la cómoda en busca de aquel camisón, pero Angie se apoyó contra el mueble, impidiéndole que siguiera haciéndolo.

Aun así, Ariana no abandonó la conversación.

-Estoy segura de que sueñas con un maravilloso vestido de novia y un príncipe azul y con ser feliz después de tu maravillosa boda.

Angie observó a Ariana mientras esta se dejaba caer en la cama.

-¿Y tan terrible te parece? -le preguntó a la niña.
-¿Para ti? -Ariana hizo una mueca-. No. Si es eso lo que quieres, buena suerte. Espero que algún día tengas gemelos. Tu problema no es que quieras casarte. Tu problema es que miras a tipos como papá, como Nicola, y piensas que están totalmente fuera de tu alcance. Y aquí es donde volvemos a donde hemos empezado, porque la culpa de todo eso la tiene el que lleves una ropa interior tan aburrida. Te lo explicaré con un ejemplo. Tú estás aquí, ¿de acuerdo? Llevando esa ropa interior tan sosa. Y de pronto entra Nicola. Habláis, pero no sucede nada. No saltan chispas entre vosotros por culpa de esa ropa. Mientras estás hablando, durante todo el tiempo estás pensando en que eres la niñera y es imposible que a él le guste alguien como tú.

Para tener trece años, Ariana estaba demostrando ser increíblemente astuta. Definitivamente, había llegado el momento de ir a buscar a Adrianito.

-Creo que esta conversación ha... 
-Y ahora, imagínate lo que sucedería si llevaras algo de seda y encaje. Algo fabulosamente interesante.
-Ariana, ya es suficiente. Para. 
-Estoy a punto de llegar a donde quiero, no me vas a hacer callar ahora, ¿verdad?

Angie miró a la niña con las cejas arqueadas. Sabía que estaba manipulándola, pero sacudió la cabeza.

-Di lo que tengas que decir. Y que el cielo me ayude.
-Ya sabes lo que dice el refrán, «Dios ayuda a quien se ayuda». Y eso es lo que estoy intentando hacer aquí. Estoy intentando ayudarte a que te ayudes.
-¿Ya has dicho lo que querías decir? Porque si todavía no has acabado, ya es hora de que vayas pensando en hacerlo.
-De acuerdo -Ariana se levantó-. Sigue poniéndote tu ropa de niñera si te apetece.

Angie bajó la mirada hacia la falda y la blusa que llevaba. Ropas de niñera, muy bien. Pero el caso era que le gustaban.

-Pero esta vez -continuó Ariana-, ¿por qué no te pones algo realmente sorprendente debajo? Nicola no sabrá lo que llevas, pero tú sí. Y mientras estés hablando con él, estarás pensando en el maravilloso aspecto que tienes en ropa interior. Y no pensarás que Nico está fuera de tu alcance porque te considerarás suficientemente buena, así que,en vez de nerviosa y tímida, serás más atrevida. Y antes de que él pueda darse cuenta siquiera, estará invitándote a salir. Y esa es la razón por la que deberías quemar toda esta aburrida ropa interior.

Angie miró fijamente a Ariana.
-Bueno, tendré en cuenta tu consejo, gracias. ¿Y podrías darme alguna idea también para tratar a Adriano?
-¿No vas a intentar refutarme?
-No, déjalo, gracias.

Ariana se encogió de hombros.

-Como quieras -tomó el monopatín con el que había entrado en la habitación, se montó en él y salió patinando al pasillo.

Angie se asomó a la puerta para decirle:

-¿No crees que eso deberías hacerlo fuera?

Ariana volvió a encogerse de hombros.

-Esta casa es muy grande y a Nicola no le importa. Ah, y probablemente Adriano esté en el cuarto de juegos -contestó mientras se alejaba.


Angie se asomó al cuarto de juegos y silbó tentativamente. La habitación estaba vacía, o al menos eso parecía.
Pero donde quisiera que Adriano se hubiera ido, no podía estar lejos. La televisión estaba encendida. En la pantalla aparecían imágenes de La Dama y el Vagabundo, una excelente elección para un niño que fingía ser un perro.

Angie apagó el televisor, sacó la cinta de vídeo y volvió a silbar.

Y allí estaba. Una pequeña barbilla, un rostro ovalado y dos enormes ojos castaños asomándose por detrás de las cortinas. Como niño, Adrianito era demasiado vergonzoso para enfrentarse a ella. Pero siendo un perro, podía observarla todo lo que quisiera, porque los perros jamás tenían vergüenza.
Angie se sentó en el suelo, abrió el bolso que se había llevado con ella y sacó un juguete. Era un sonriente cerdito sosteniendo un balón de fútbol. Se lo mostró y Adriano comenzó a avanzar hacia ella.

Angie alzó entonces el juguete, quitándolo de su alcance.

-Siéntate -le dijo con firmeza, como si fuera un auténtico perro.

Adriano se sentó, manteniendo la mirada fija en el juguete. Angie se lo acercó lentamente para que lo olfateara y le acarició suavemente la cabeza. Entonces Adriano la miró.

-Me llamo Angie -le dijo-. ¿Te acuerdas de mí? Voy a quedarme para cuidarte durante las próximas semanas.

Adriano no dijo una palabra, pero tampoco Angie esperaba que lo hiciera.

-Ven aquí, perrito -era tan pequeño que Angie podía levantarlo sin problemas-. Todos los cachorritos necesitan a alguien en quien acurrucarse, ¿no crees?

Adriano no le rodeó el cuello con los brazos, pero tampoco se resistió. Se estrechó contra ella y Angie lo sentó en su regazo.
El niño tomó entonces el juguete con la boca, se apartó y dejó caer el juguete en frente de Angie.
-¿Qué es lo que quieres? -le preguntó ella. Lo entendía perfectamente, pero quería ver si podía conseguir que pronunciara alguna palabra.

Pero Adriano continuaba sin hablar. Se limitó a acercarle el juguete empujándolo con la nariz.
Angie decidió hacerle caso. Al fin y al cabo, ya había conseguido darle un abrazo, algo que sospechaba jamás habría logrado si lo hubiera tratado como a un niño.

-¿Quieres que te lo tire? -le preguntó.

El niño ladró feliz.

Angie lanzó el juguete al centro de la habitación y Adriano corrió a buscarlo y se lo devolvió.

-Buen perrito -lo animó Angie-. Eso ha...
-¿A qué viene esto?

Nicola Porcella estaba en el marco de la puerta mirándola con expresión tormentosa.
Adriano desapareció como por artes de magia.


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