lunes, 24 de marzo de 2014

"Una Princesa En Casa" capítulo 1

                         




-¿Llevas mucho tiempo en la agencia? La princesa Angie de Wynborough contempló atentamente a la mujer pulcramente vestida que caminaba nerviosa por el vestíbulo de la mansión del señor Porcella.


-¿Perdón?

-Tú también has venido por lo de la entrevista de trabajo, ¿verdad? -preguntó la mujer-. Yo fui niñera de los Esquenazi durante años, pero se han ido al extranjero y he preferido quedarme en Buenos Aires. Aunque ya no sé qué es peor, si vivir en Hong Kong o trabajar para Nicola Porcella.

En ese preciso instante, Angie lo comprendió todo. Una entrevista de trabajo. Ese era el motivo por el que le había resultado tan fácil entrar en casa de Porcella. Su secretaria creía que había pedido cita para una entrevista de trabajo.
Nicola Porcella era, sin duda, el hombre al que más difícil resultaba acceder de todo Perú. Durante cerca de una semana, a Angie le habían estado dando todo tipo de excusas cada vez que había intentado verlo.

Ella sospechaba que en realidad el señor Porcella ni siquiera había recibido sus mensajes. No le habría sorprendido lo más mínimo que este hubiera autorizado a su secretaria a filtrar sus visitas. Sin embargo, aquella mañana había tenido suerte. Había llamado por teléfono y, sin identificarse previamente, había pedido ver al señor Porcella. Su secretaria le había preguntado que si quería concertar una cita y Angie apenas había tenido tiempo de responder afirmativamente cuando la otra mujer la había citado para las tres en punto de la tarde sin pedirle siquiera el nombre.

Y Angie acababa de comprender que la única razón por la que había conseguido atravesar las puertas de aquella fortaleza era que había sido confundida con una de las candidatas al puesto de niñera.

-Supongo que habrá oído los rumores -la otra mujer parecía incapaz de permanecer quieta-. Ya sabe, los rumores sobre Nicola Porcella.

-Pues la verdad es que no –contestó Angie.

La otra aspirante al puesto se acercó a ella y le dijo en voz baja:

-Su mujer murió hace unos años en circunstancias misteriosas. He oído decir que él era uno de los principales sospechosos de su muerte, pero la policía no encontró nunca pruebas para acusarlo -se estremeció-. Qué lugar tan lúgubre.

-Está lloviendo -señaló Angie. Había empezado a llover mientras ella se dirigía desde Colorado hacia allí-. Con este tiempo, no hay lugar que no parezca lúgubre.

Había un espejo en la pared que estaba frente a ella y aprovechó para examinar críticamente su reflejo. Llevaba una blusa blanca abrochada prácticamente hasta la barbilla, una falda, una chaqueta de lana gris y zapatos de tacón. Su pelo no era Rubio, ni pelirrojo como el de sus hermanas. Aunque brillaba ligeramente bajo la tenue luz que se filtraba por las ventanas, continuaba siendo irremediable y vulgarmente rubio. Y no enmarcaba un rostro de exótica belleza, como el de Diana, ni de una elegancia regia, como el de Jazmín, ni siquiera un rostro encantador como el de Carol.

No, mientras sus hermanas parecían verdaderamente unas princesas, Rocio tenía un aspecto más similar... al de una niñera. Tenía el rostro excesivamente redondeado para su gusto, la boca demasiado suave y unos ojos cafes a los que ella no concedía ningún valor.

-Debe de ser imposible dormir en esta casa continuó diciendo la otra mujer-. Me pasaría la noche preguntándome si fue él el asesino -tomó su abrigo y su bolso y se dirigió hacia la puerta-. Me voy. Creo que prefiero estar en Hong Kong.
-Qué tontería -comentó Angie para sí cuando la otra mujer se marchó-. Si no sabe realmente lo que pasó. Solo son rumores que...
En ese momento, se abrió una de las puertas del vestíbulo y asomó la cabeza una mujer de aspecto latino.
-¿Es usted la única? -preguntó con un alegre acento mientras entraba en la habitación.
-Eso parece -contestó Angie, en tono de disculpa-. Sin embargo... -cerró la boca bruscamente. Ya tendría tiempo de disculparse por la confusión tras haber visto al elusivo Nicola Porcella.
-Yo soy Cathy -se presentó la mujer de pelo cano-. Soy el ama de llaves de Nicola.
Cathy y Nicola. Resultaba agradablemente informal. Angie reparó entonces en la indumentaria de Cathy: llevaba unos vaqueros, una enorme sudadera y unas playeras de lona.
-Todavía no puede atenderte -le dijo Cathy-, ¿pero por qué no vienes conmigo de todas formas?
Mientras el ama de llaves la conducía por un largo pasillo, Angie tuvo que esforzarse para seguirla y dejar de contemplar extasiada aquella hermosa propiedad, una extensa hacienda con el suelo de cerámica, arcos en las ventanas y un patio repleto de flores, a pesar de la fría lluvia otoñal.
Angie subió tras Cathy dos tramos de escaleras hasta llegar a un pasillo suficientemente ancho como para dar cabida a un juego de sillas y sofá que parecía hacer las veces de sala de espera.
-La habitación de Nicola está en la torre -le explicó Cathy, mientras se detenía al lado de una puerta de madera-. Y esta es la puerta de su despacho. Los niños y la niñera duermen en el ala este, en el segundo piso -señaló hacia el sofá-. ¿Por qué no te sientas? Nicola no tardará en llegar.

Mientras Angie se sentaba, Tina se alejó por las escaleras.

La joven exhaló entonces un largo suspiro. Bueno, allí estaba. Faltaban solo unos minutos para que se encontrara con el hombre que podía contestar a todas sus preguntas.
¿Pero estaría dispuesto a hacerlo cuando averiguara que se había servido del engaño para meterse en su casa? Seguramente no. De modo que lo mejor que podía hacer era intentar pensar rápidamente lo que le iba a decir.

Rocio tomó aire nuevamente y practicó la más agradable de sus sonrisas.
«Señor Porcella, es un placer poder encontrarme por fin con usted. Pero creo que ha habido un malentendido, señor. Su ama de llaves me ha confundido con una de sus futuras empleadas, cuando la verdad es que soy una princesa. Y ese, señor, ese el motivo de mi visita. Mi hermano mayor, el príncipe Rafon Arizaga, fue secuestrado cuando era niño. Durante estos últimos treinta años, ha sido dado por muerto, pero mis tres hermanas y yo tenemos razones para pensar que es posible que no haya muerto en todos estos años. Señor Porcella, creemos que su socio, el señor Rafael Cardozo, podría ser nuestro hermano y el verdadero heredero del trono de los Wynborough».

Sí. Todo saldría perfectamente.

Angie cerró los ojos y se imaginó a su hermana Diana y a su secretaria, Yamila Piñero, volando desde Colorado a Nuevo México para sacarla del lío en el que se estaba metiendo.
Aquello era un error. Viajar hasta Lima, asumiendo que podría encontrar a Rafael Cardozo y dando por sentado que no habría dificultad alguna para reunirse con Nicola Porcella había sido un error. Ella no estaba hecha para jugar a James Bond. Aquello era mucho más propio de Diana o Carol. Debería haberse limitado a ir al hogar infantil de Arizona en el que al parecer Rafon había estado tras haber sido secuestrado. Pero no sabía, qué tipo de locura se había apoderado de ella y al final se había mostrado de acuerdo en ir a Lima.
Donde había sido confundida con una niñera.

Oh, Dios. Por mucho que lo deseara, ya no podía dar marcha atrás. Si al final fracasaba, no iba a ser porque hubiera dejado de intentarlo. Tomó aire y volvió a ensayar:
«Señor Porcella, lo que tengo que decirle puede parecerle una completa locura, pero tengo que preguntarle, señor...»

La puerta del despacho se abrió en ese momento. Y tras ella apareció Nicola Porcella.
Angie lo había visto en fotografías. Y sabía por tanto que era un hombre extraordinariamente atractivo. Pero las fotografías no hacían justicia a la realidad.

Era más alto de lo que esperaba, debía de medir cerca de uno noventa. Sus hombros tenían prácticamente la misma anchura que la puerta y llevaba el pelo, un pelo rubio como el sol, completamente despeinado, como si hubiera estado mesándose los cabellos frustrado. Tenía un rostro atractivo, pero de duras facciones y la boca apretada en una sombría mueca. Sus ojos, aunque de expresión cansada, eran intensamente azules.

-Siento haberla hecho esperar -dijo con una aterciopelada voz de barítono-. Pase.

Angie tuvo que pasar delante de él para entrar en su despacho. Lo hizo rápidamente, percibiendo al pasar la suave fragancia de su colonia. Acababa de entrar, cuando sonó el teléfono del despacho. Angie se quedó paralizada, sin saber si debía seguir avanzando o quedarse esperando en el pasillo.

Pero Nicola Porcella cerró la puerta.

-Lo siento, tengo que atender esta llamada. ¿Pero por qué no se sienta? En seguida estaré con usted.
-Si quiere, no me importaría... -comenzó a decir ella, señalando hacia la puerta.
-No, no tardaré. Por favor, siéntese.

Mientras Angie se sentaba lentamente en el borde de uno de los sofás de cuero, Nicola se acercó al teléfono. Estaba de espaldas a ella, con la mirada fija en la ventana y se frotaba el cuello, intentando aliviar la tensión de sus músculos.

-Porcella -contestó.

Angie intentaba no escuchar y fijaba la mirada en las manos que entrelazaba nerviosa en su regazo.

-No -la voz de Nicola no dejaba ningún género de dudas-. Absolutamente no -rio, pero en su risa había más incredulidad que humor-. No lo estoy escondiendo. Créame, si supiera dónde está Rafael Cardozo, iría ahora mismo a verlo.

Rafael Cardozo. El hombre que podía ser su hermano. Angie prestó atención a la conversación.

-Sí, es posible que llame o se deje caer por aquí en cualquier momento. Así es como actúa normalmente -comentó Nicola, sentándose en el borde de su escritorio-. Pero no puedo prometerle nada -rio nuevamente-. Dios, no lo sé. Puede estar en cualquier parte. La última vez se fue a Nepal. Nepal. Es increíble, siempre lo he querido como a un hermano, ¿pero qué puede esperarse de alguien que huye a Nepal?

Se levantó y se volvió hacia ella. Angie borró rápidamente la sonrisa que había asomado a sus labios al oírlo reír y fijó su mirada en una acuarela.
Nicola Porcella no sabía dónde estaba Rafael Cardozo. Pero creía que podía dejarse caer por allí en cualquier momento. De modo que si Angie de verdad quería encontrar al señor Cardozo..

Nicola la estaba mirando. Continuaba hablando por teléfono y, aunque ella al principio pensaba que no le estaba prestando la menor atención, advirtió que le estaba mirando disimuladamente... ¿las piernas?

Pero aquello era absurdo. Si alguien tuviera la osadía de mirarle las piernas a una princesa, miraría las de Jazmín o las de Diana, no las suyas. Aunque sus piernas no fueran poco atractivas, no vestía de una forma que pudiera atraer la mirada de un hombre en su dirección. Eso en el caso de que el hombre en cuestión fuera suficientemente intrépido como para mirar las piernas de una princesa, cosa que habitualmente no ocurría.

Pero, por supuesto, Nicola Porcella no tenía idea de que ella era una princesa.

Continua...

1 comentario:

  1. hola qeria hacerte una pregunta vas a seguir subiendo mas capítulos de la novela una princesa en casa...??? muchas gracias :D esta muy buena la novela y me gustaría seguir leyendo otra vez muchas gracias!! :)

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